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Si de números se
tratara, pudiera
resumirse, tras la
recientemente finalizada
Muestra Joven ICAIC, que
el documental (con 41
títulos) seguido por la
ficción (37) han sido
los géneros reinantes en
esta edición de 2012 —la
11, para seguir con los
cardinales— en
detrimento del animado
(apenas nueve filmes),
otrora reinante.
Pero, afortunadamente,
no se trata de ello: el
ya acostumbrado
encuentro juvenil de
“audiovisualistas”
—término que sustituiría
las alusiones al cine,
casi quimérico, o al
video— sigue
reafirmándose como una
apuesta por la
irreverencia, el
derrumbe de (mal
erigidas) estatuas, el
desenfado expresivo, la
búsqueda y la cada vez
más abierta y expansiva
diversidad (de todo
tipo).
Aunque como cualquier
festival que se respete,
se trata de mucho más
que de los premios,
metodológicamente habría
que comenzar por ellos,
desde el supuesto de que
se trata de lo mejor.
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Uvero |
Uvero
(Arian Enrique Pernas)
significa la reinvención
—literalmente desde el
cine— de una comunidad
desaparecida: el
tratamiento de la imagen
es lo más revelador de
un texto donde a la
animación se une la foto
fija a partir de un
imaginativo y cuidadoso
trabajo cromático, una
mezcla de texturas y
gamas, una dinámica de
movimientos que remedan
los zooms y
travellings de la
ficción canónica, todo
aderezado por una banda
sonora (del propio
director, en realidad “multioficio”)
pletórica de efectos
altamente sugestivos,
que emiten la
conceptualización desde
los propios códigos
morfológicos: solo el
arte —en este caso el
número siete, o el que
sea— salva de la ruina,
el olvido, la nada.
De agua dulce
(Damián
Saínz) fue el título
agraciado en cuanto a
documentales. Se inserta
dentro de una línea que
cada vez cobra más
fuerza en el mundo en
cuanto encauzar el
género tenido, como se
sabe, por paradigma
colectivista y épico, en
“piezas de cámara”,
focalizando individuos,
acercándose a
subjetividades, como
mostró ampliamente esta
edición.
Mientras prepara los
peces que pesca de noche
en el río que atraviesa
su pueblo, el exrecluso
Kinkín rememora una vida
turbia y conflictiva; el
monólogo se complementa
tanto con sus
movimientos ante el
“objeto de trabajo”
—implican sangre, cierta
violencia,
desmembramientos…—, como
con lo turbio de las
aguas: correlatos
eficaces de una
personalidad, que el
realizador ha logrado
aprovechar notablemente,
sin desdeñar el
deliberado desenfoque
del lente: todo coadyuva
a subrayar como sin
hacerlo, a matizar las
palabras de un hombre
que rememora sin
remordimientos, con la
llaneza que el propio
discurso fílmico intenta
—y consigue— traducir,
apoyado también en una
eficaz banda sonora.
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Camionero |
Camionero
(Sebastián Miló) no solo
fue el premio de
ficción: lo hubiera sido
del público con solo
medir la fuerza y el
entusiasmo de los
aplausos.
Todo ocurre durante las
llamadas “escuelas en el
campo”: ESBEC
(Secundarias) e IPUEC
(Preuniversitarios) que
surgieron en la década
de los 70 y duraron
hasta hace muy poco,
cuando, ante la
situación del país,
fueron eliminadas.
De cualquier modo, el
escenario pudiera ser
cualquier institución de
“régimen interno”
—incluidos los
campamentos militares y
hasta las prisiones—:
conglomerado humano,
insuficientes controles
para evitar excesos… lo
cual implica los
rejuegos de poder(es),
el abuso de los más
débiles por los
dictadores y déspotas
cotidianos, llegando a
las violaciones no
siempre explícitamente
sexuales, pero con altos
componentes de ello ante
el grado de humillación
y martirio que implican.
Baste recordar títulos
como La naranja
mecánica (Kubrick) o
La ciudad y los
perros (Lombardi,
partiendo de Vargas
Llosa) para evocar solo
algunas de las tantas
veces en que el cine ha
reflejado el asunto,
pero el joven Miló se
inserta en el canon con
propiedad, con justicia
(y justeza);
primeramente, por la
manera en que lo ha
contextualizado, mirando
y revisando la (nuestra)
historia con sentido
crítico, sin temor al
dolor que entraña para
cualquiera (¿y quién
no?) que haya sido
víctima, o hasta
desdichado testigo —por
la impotencia de no
poder hacer más que
virar el rostro— de
circunstancias como las
que, con desgarrador
verismo, acerca el
filme.
En segundo lugar, por la
salud narrativa que
despliega, casi
analépticamente
(comienza cuando va a
hacerlo el desenlace)
con la voz in off
del
narrador-protagonista,
en momentos en que lo
requiere la dramaturgia,
sin entorpecer para nada
el asentamiento de esta,
antes bien,
concentrándola mejor.
No por último, están las
actuaciones, también
laureadas en la Muestra.
Héctor Medina (Vinci)
se ratifica como alguien
que ya trascendió el
paternalista estatus de
la “joven promesa” para
erigirse en un actor
maduro, dúctil, sólido
en gestualidad y
eufonía; Rainier Díaz y
Antonio Alonso le siguen
con ágil y seguro paso.
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La piscina |
El polémico mediometraje
de ficción La piscina
(Carlos Machado) obtuvo
el premio al “riesgo
artístico”. Coincido en
que lo es, solo
considero que pierde
casi todo lo que
arriesga esta propuesta
que sigue muy de cerca
los presupuestos del
“nuevo nuevo cine”
—sobre todo argentino—
en cuanto a sugerir más
que narrar, concentrarse
más en la atmósfera que
en el devenir, asumir
aún dentro de los cauces
fictivos, una
perspectiva documental a
la hora de exponer y
recrear personajes y
sucesos.
Esta narrativa, siempre
encantando o
desconcertando en
festivales y semanas de
cine, ha arrojado de
todo, y de veras que se
encuentran perlas en
esta nueva manera de
concebir el relato
fílmico que subvierte y
trastoca unidades
aristotélicas y viejas
maneras de contar, pero
hay que saber jugar con
estos códigos, apostar,
apuntar y dar en la
diana.
Pienso que Carlos
Machado no lo consiguió:
el encuentro en el
espacio acuático
“abierto y democrático”
a que alude el título de
varios adolescentes
discapacitados y un
entrenador indiferente a
todo, desaprovecha las
potencialidades
dramáticas que una
historia así tenía: de
choques, conflictos,
encontronazos,
desarrollo de personajes
y las infinitas acciones
que de ellos y sus
relaciones derivarían,
para exponer un
desconflictuado y
apático (más que el
propio entrenador)
trayecto donde el “no
pasa nada” llega a
límites exasperantes; en
vez del poder sugestivo
y la densidad
sicosociológica que, en
sus mejores exponentes,
logra este tipo de cine,
aquí hallamos la extrema
banalización de una “no
historia” que, como la
serpiente, se muerde la
cola, y lo peor, se la
muerde a un público
indefenso y —con toda la
razón del mundo—
decepcionado, que siente
le han dado “gato por
liebre” y no hay
fotografía de Raúl
Rodríguez (limpia y
escrutadora como es
habitual) ni buen sonido
de Evelio Gay que la
salven.
Mucho habría para
comentar en esta 11na.
Muestra, tan solo en su
parcela competitiva:
ficciones que no
cuajaron del todo porque
o no lograron aunar
satisfactoriamente las
diversas secciones de su
diégesis (Pizza de
jamón, Carlos Melián)
o descuidaron un notable
guion mediante una
puesta deslucida y
atropellada (AM,
Dariela Miñoso);
documentales con un
impacto indiscutible,
que despliegan una
fuerte expresividad solo
a golpe de imágenes e
intertítulos (Usufructo,
de Eliecer Jiménez) o
prescindiendo de estos
últimos, mas con un
eficaz empleo de la
“puesta en escena” (El
círculo, Ariagna
Fajardo; La niña Mala;
Jorge de León) o donde
la imagen se refuerza
con un sugestivo
tratamiento sonoro,
tanto o más expresivo
que aquella (Estampida;
Frank Evelio Aguilar);
otros que, teniendo en
manos un motivador tema,
se extravían en las
prisas y urgencias del
reportaje (La leyenda
de la bruja; Carlos
Y. Rodríguez); dentro
del animado, valga
resaltar así mismo
filmes como Los
cuentos de Panchito (los
mares y los peces;
Karel Ducasse)
basado en leyendas
taínas resueltas con
imaginación y buen
trazo, y al que tal vez
solo reste cierto empuje
en la arrancada, o
Confórmate con ser libre;
Javier Rivero, de la
serie Usando la
cabeza) que en
elementales líneas y
apenas dos minutos
esboza una convincente
defensa de la diversidad
y el respeto a la
diferencia.
Lo importante, más allá
de lauros y
consideraciones
puntuales, es que
contamos con un
auténtico movimiento de
talentosos hacedores del
nuevo audiovisual
cubano, y esto,
afortunadamente cada
Muestra —la recién
finalizada no es para
nada una excepción— lo (de)muestra.
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