La Habana. Año X.
21 al 27 de ABRIL de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 

Iconoclasia y vehemencia
en la Muestra Joven ICAIC
Frank Padrón • La Habana
Fotos: Cortesía Oficina de la Muestra Joven

Si de números se tratara, pudiera resumirse, tras la recientemente finalizada Muestra Joven ICAIC, que el documental (con 41 títulos) seguido por la ficción (37) han sido los géneros reinantes en esta edición de 2012 —la 11, para seguir con los cardinales— en detrimento del animado (apenas nueve filmes), otrora reinante.

Pero, afortunadamente, no se trata de ello: el ya acostumbrado encuentro juvenil de “audiovisualistas” —término que sustituiría las alusiones al cine, casi quimérico, o al video— sigue reafirmándose como una apuesta por la irreverencia, el derrumbe de (mal erigidas) estatuas, el desenfado expresivo, la búsqueda y la cada vez más abierta y expansiva diversidad (de todo tipo).

Aunque como cualquier festival que se respete, se trata de mucho más que de los premios, metodológicamente habría que comenzar por ellos, desde el supuesto de que se trata de lo mejor.


Uvero

Uvero (Arian Enrique Pernas) significa la reinvención —literalmente desde el cine— de una comunidad desaparecida: el tratamiento de la imagen es lo más revelador de un texto donde a la animación se une la foto fija a partir de un imaginativo y cuidadoso trabajo cromático, una mezcla de texturas y gamas, una dinámica de movimientos que remedan los zooms y travellings de la ficción canónica, todo aderezado por una banda sonora (del propio director, en realidad “multioficio”) pletórica de efectos altamente sugestivos, que emiten la conceptualización desde los propios códigos morfológicos: solo el arte —en este caso el número siete, o el que sea— salva de la ruina, el olvido, la nada.

De agua dulce (Damián Saínz) fue el título agraciado en cuanto a documentales. Se inserta dentro de una línea que cada vez cobra más fuerza en el mundo en cuanto encauzar el género tenido, como se sabe, por paradigma colectivista y épico, en “piezas de cámara”, focalizando individuos, acercándose a subjetividades, como mostró ampliamente esta edición.

Mientras prepara los peces que pesca de noche en el río que atraviesa su pueblo, el exrecluso Kinkín rememora una vida turbia y conflictiva; el monólogo se complementa tanto con sus movimientos ante el “objeto de trabajo” —implican sangre, cierta violencia, desmembramientos…—, como con lo turbio de las aguas: correlatos eficaces de una personalidad, que el realizador ha logrado aprovechar notablemente, sin desdeñar el deliberado desenfoque del lente: todo coadyuva a subrayar como sin hacerlo, a matizar las palabras de un hombre que rememora sin remordimientos, con la llaneza que el propio discurso fílmico intenta —y consigue— traducir, apoyado también en una eficaz banda sonora.


Camionero

Camionero (Sebastián Miló) no solo fue el premio de ficción: lo hubiera sido del público con solo medir la fuerza y el entusiasmo de los aplausos.

Todo ocurre durante las llamadas “escuelas en el campo”: ESBEC (Secundarias) e IPUEC (Preuniversitarios) que surgieron en la década de los 70 y duraron hasta hace muy poco, cuando, ante la situación del país, fueron eliminadas.

De cualquier modo, el escenario pudiera ser cualquier institución de “régimen interno” —incluidos los campamentos militares y hasta las prisiones—: conglomerado humano, insuficientes controles para evitar excesos… lo cual implica los rejuegos de poder(es), el abuso de los más débiles por los dictadores y déspotas cotidianos, llegando a las violaciones no siempre explícitamente sexuales, pero con altos componentes de ello ante el grado de humillación y martirio que implican.

Baste recordar títulos como La naranja mecánica (Kubrick) o La ciudad y los perros (Lombardi, partiendo de Vargas Llosa) para evocar solo algunas de las tantas veces en que el cine ha reflejado el asunto, pero el joven Miló se inserta en el canon con propiedad, con justicia (y justeza); primeramente, por la manera en que lo ha contextualizado, mirando y revisando la (nuestra) historia con sentido crítico, sin temor al dolor que entraña para cualquiera (¿y quién no?) que haya sido víctima, o hasta desdichado testigo —por la impotencia de no poder hacer más que virar el rostro— de circunstancias como las que, con desgarrador verismo, acerca el filme.

En segundo lugar, por la salud narrativa que despliega, casi analépticamente (comienza cuando va a hacerlo el desenlace) con la voz in off del narrador-protagonista, en momentos en que lo requiere la dramaturgia, sin entorpecer para nada el asentamiento de esta, antes bien, concentrándola mejor.  

No por último, están las actuaciones, también laureadas en la Muestra. Héctor Medina (Vinci) se ratifica como alguien que ya trascendió el paternalista estatus de la “joven promesa” para erigirse en un actor maduro, dúctil, sólido en gestualidad y eufonía; Rainier Díaz y Antonio Alonso le siguen con ágil y seguro paso.


La piscina

El polémico mediometraje de ficción La piscina (Carlos Machado) obtuvo el premio al “riesgo artístico”. Coincido en que lo es, solo considero que pierde casi todo lo que arriesga esta propuesta que sigue muy de cerca los presupuestos del “nuevo nuevo cine” —sobre todo argentino— en cuanto a sugerir más que narrar, concentrarse más en la atmósfera que en el devenir, asumir aún dentro de los cauces fictivos, una perspectiva documental a la hora de exponer y recrear personajes y sucesos.

Esta narrativa, siempre encantando o desconcertando en festivales y semanas de cine, ha arrojado de todo, y de veras que se encuentran perlas en esta nueva manera de concebir el relato fílmico que subvierte y trastoca unidades aristotélicas y viejas maneras de contar, pero hay que saber jugar con estos códigos, apostar, apuntar y dar en la diana.

Pienso que Carlos Machado no lo consiguió: el encuentro en el espacio acuático “abierto y democrático” a que alude el título de varios adolescentes discapacitados y un entrenador indiferente a todo, desaprovecha las potencialidades dramáticas que una historia así tenía: de choques, conflictos, encontronazos, desarrollo de personajes y las infinitas acciones que de ellos y sus relaciones derivarían, para exponer un desconflictuado y apático (más que el propio entrenador) trayecto donde el “no pasa nada” llega a límites exasperantes; en vez del poder sugestivo y la densidad sicosociológica que, en sus mejores exponentes, logra este tipo de cine, aquí hallamos la extrema banalización de una “no historia” que, como la serpiente, se muerde la cola, y lo peor, se la muerde a un público indefenso y —con toda la razón del mundo— decepcionado, que siente le han dado “gato por liebre” y no hay fotografía de Raúl Rodríguez (limpia y escrutadora como es habitual) ni buen sonido de Evelio Gay que la salven.

Mucho habría para comentar en esta 11na. Muestra, tan solo en su parcela competitiva: ficciones que no cuajaron del todo porque o no lograron aunar satisfactoriamente las diversas secciones de su diégesis (Pizza de jamón, Carlos Melián) o descuidaron un notable guion mediante una puesta deslucida y atropellada (AM, Dariela Miñoso); documentales con un impacto indiscutible, que despliegan una fuerte expresividad solo a golpe de imágenes e intertítulos (Usufructo, de Eliecer Jiménez) o prescindiendo de estos últimos, mas con un eficaz empleo de la “puesta en escena” (El círculo, Ariagna Fajardo; La niña Mala; Jorge de León) o donde la imagen se refuerza con un sugestivo tratamiento sonoro, tanto o más expresivo que aquella (Estampida; Frank Evelio Aguilar); otros que, teniendo en manos un motivador tema, se extravían en las prisas y urgencias del reportaje (La leyenda de la bruja; Carlos Y. Rodríguez); dentro del animado, valga resaltar así mismo filmes como Los cuentos de Panchito (los mares y los peces; Karel Ducasse) basado en leyendas taínas resueltas con imaginación y buen trazo, y al que tal vez solo reste cierto empuje en la arrancada, o Confórmate con ser libre; Javier Rivero, de la serie Usando la cabeza) que en elementales líneas y apenas dos minutos esboza una convincente defensa de la diversidad y el respeto a la diferencia.

Lo importante, más allá de lauros y consideraciones puntuales, es que contamos con un auténtico movimiento de talentosos hacedores del nuevo audiovisual cubano, y esto, afortunadamente cada Muestra —la recién finalizada no es para nada una excepción— lo (de)muestra.  

 
 
 
 


GALERÍA de fotogramas

Cine joven en Cuba

 
 

ARTE DIGITAL EN LA JIRIBILLA:

 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.