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A lo largo de los
últimos 20 años el
audiovisual cubano, en
particular el cine, se
ha visto renovado por la
emergencia de
realizadores,
fotógrafos, guionistas,
editores, sonidistas y
productores graduados en
la Escuela Internacional
de Cine y Televisión (EICTV)
de San Antonio de los
Baños. Y la anterior
aseveración es sumamente
fácil de demostrar si
repasamos, como se
intenta en este trabajo,
la obra de Juan Carlos
Cremata, Arturo Sotto,
Jorge Molina, Alejandro
Brugués y Miguel Coyula,
cinco egresados de una
Escuela cuya impronta
innovadora salta a la
vista.
Hay razones concretas,
desvinculadas de los
misterios o el azar,
para que los egresados
cubanos de la EICTV se
inclinen de una u otra
manera hacia la
renovación temática o
formal de nuestro
entorno audiovisual.
Ellos suelen llegar a la
Escuela con alguna
experiencia en la
creación, y allí entran
en contacto con las
mejores y más
heterodoxas creaciones
cinematográficas del
mundo entero, reciben
como profesores a
profesionales en activo
y de primerísimo nivel
y, además, se ven
sometidos a la constante
vinculación entre teoría
y práctica. De modo que
si hay talento, deseos
de hacer, sensibilidad,
tesón y disciplina es
difícil que el joven
realizador egresado de
la EICTV salga de
aquellas aulas aferrado
al conformismo o con la
cabeza vacía de
proyectos.
Luego de graduarse en
Teatrología y
Dramaturgia en el
Instituto Superior de
Arte, y de realizar y
escribir series
infantiles para la
televisión, Juan Carlos
Cremata formó parte de
la primera generación de
directores de la EICTV,
de donde egresó en 1990,
luego de realizar el
corto de ficción,
satírico, delirante y
vanguardista, Oscuros
rinocerontes enjaulados
(muy a la moda), que
fue archivado como
material de especial
calidad por el Museo de
Arte Moderno de Nueva
York, el llamado MOMA.
El corto
adquirió una aureola
medio mitológica, de
cine cubano distinto,
alternativo, arriesgado
y muy artístico.
En 1999, de
regreso a Cuba, luego de
largo itinerario por
diversos países, realiza
el documental, también
de sesgo nostálgico,
experimental y crítico,
La Época, El Encanto y
Fin de Siglo,
que hilvana en su
título,
intencionadamente, los
nombres de tres
emblemáticas tiendas por
departamentos de La
Habana que definieron el
espíritu centrohabanero.
Debutó en el
largometraje de ficción
con Nada (2001)
que sorprendió por su
estilización visual, y
luego emprendió la
realización, apoyado por
la Casa Productora de
Telenovelas, del primer
largometraje cubano
protagonizado por niños,
Viva Cuba (2005)
que tuvo un enorme éxito
de público, y se
convirtió en la película
más premiada del cine
nacional. Nada y
Viva Cuba iban
mucho más allá de
mostrar los problemas
migratorios, los cubanos
que deciden abandonar el
país para radicarse en
otra parte. Los dos
filmes evidencian la
falta de comunicación,
de solidaridad, de
apoyo, y la necesidad de
escucharnos, entendernos
y aceptarnos. En 2008
emprendió la realización
de dos proyectos al
unísono: la adaptación
al cine de las obras
teatrales El premio
flaco y Chamaco.
Acaba de concluir el
rodaje de una tercera
versión de un
acontecimiento escénico:
Contigo pan y cebolla.
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Viva Cuba,
2005 |
Luego de la
experimentación visual y
(anti)narrativa de
Cremata, llegaron otros
empeños de egresados
cuyas líneas de creación
se apartaban de las
pautas asentadas por la
principal productora de
cine en Cuba:
Talco para lo negro
(1992, Arturo Sotto) y
Molina’s Culpa
(1992, Jorge Molina).
Arturo Sotto fue
catalogado, luego de sus
primeras obras, como el
cineasta capaz de
recobrar el esplendor e
ímpetu renovador del
cine cubano en los años
60. Desde el principio
su obra manifestó fuerte
inclinación a lo
experimental, con el
corto
Talco para lo negro,
por su estilo
provocativo y chocante,
distanciado de las
convenciones narrativas.
Su debut en la ficción,
Pon tu pensamiento en mí
(1995) muy afín con el
cine de autor a la
europea, se aplicaba a
desentrañar la esencia
ficticia de los mitos, y
a la desmitificación del
dirigente político
mediante una película de
barroco y sobrecargado
simbolismo. En
Amor vertical
(1997), Sotto realizó
una polémica comedia de
fuertes tintes eróticos
y críticos sobre la
situación de la
vivienda, y luego de un
largo impasse
creativo se unió al
actor Jorge Perugorría
(protagonista de Amor
vertical) en la
realización del
documental musical
Habana abierta
(2003) en el cual se
registra la memorable
actuación del famoso
conjunto musical cubano.
Con La noche de los
inocentes (2007),
combinó elementos del
cine policiaco con los
del melodrama y la
comedia de enredos, a
partir de personajes y
situaciones extraídos de
la contemporaneidad, y
luego se encarga del
capítulo cubano de la
serie documental Los
latinoamericanos,
relativo al surrealismo
en Cuba y que se
titularía Bretón es
un bebé.
Jorge Molina se graduó
en la especialidad de
Dirección y logró
sostener una carrera
como actor (El plano,
de
Julio García
Espinosa; Madagascar
y La vida es
silbar, de Fernando
Pérez; Quiéreme y
verás y Lisanka,
de Daniel Díaz Torres)
mientras realizaba
cortometrajes, que
fueron creciendo hasta
el largo, completamente
al margen del
ICAIC. Su
película de tesis en la
Escuela, Molina’s
Culpa, rendía
homenaje al cine de
terror gótico, otro
género apenas practicado
en nuestro entorno, y
potenciaba el erotismo,
el desnudo femenino y la
visión
sicodélico-delirante de
los personajes, todos
ellos elementos bastante
ausente de nuestras
pantallas. Hay un pueblo
en el fin del mundo
azotado por los crímenes
del asesino de los siete
cueros, y en ese medio
asfixiante y marginal,
una prostituta se
encuentra con un joven
religioso y reprimido.
Luego realiza Fría
Jenny (2000) y
Molina’s Test (2001)
donde retoma el aire
pesadillesco, absurdo,
al borde del grotesco y
siempre consagrado al
erotismo, para contar la
historia de dos jóvenes
que ponen a prueba su
concepto del amor cuando
aceptan la hospitalidad
de una extraña pareja.
Jorge Molina continúa
sus elucubraciones sobre
la sexualidad, la
crueldad y la condición
humana, haciendo cine
siempre a contrapelo de
múltiples sospechas y
reticencias, un cine
bizarro y sicotrónico,
como a él mismo le gusta
clasificarlo:
Molina´s Solarix
(2006), Molina´s
Mofo (2008),
Molina´s El hombre que
hablaba con Marte
(2009), Molina´s
Fantasy (2009) y
finalmente el
largometraje Molina´s
Ferozz (2010), del
cual ha escrito Ignacio
del Valle, en el blog de
cine latino, que “tiene
en común con los
cortometrajes de Jorge
Molina un espíritu
abiertamente
irreverente, una
búsqueda declarada por
provocar al público,
perturbarlo e
incomodarlo. A ello se
une una voluntad férrea
–ferozz-
a la hora de explorar,
sin falso pudor, los
límites del erotismo, la
sensualidad y la
violencia. (…) El
imaginario que construye
Molina se adentra en lo
burlesco, en la
picaresca y en lo
grotesco. El realizador
incorpora, además,
elementos de la santería
cubana y de la religión
cristiana, que conjuga
con mitos populares como
el cagüeiro, un
hombre-bestia que acecha
de noche en los campos
cubanos. Pero
Molina’s Ferozz
va más allá. Quizá lo
que pueda resultar más
perturbador en el filme,
sea que aborda sin
rodeos temáticas tan
polémicas como la
autoflagelación, el
incesto o la violación y
que dedica una escena a
un tema tan tabú como lo
es la zoofilia. Todo
ello, dicho sea de paso,
lo logra con un dejo
irónico y
endiabladamente
humorístico”.
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Molina’s Ferozz |
Otro de los egresados
cuyo nombre ha sonado
más en fechas recientes
ha sido Alejandro
Brugués, quien estudió Publicidad,
Sicología y Filología,
hasta graduarse en la
especialidad de Guion,
que le valió para
iniciar una carrera como
escritor de los
largometrajes
Bailando chachachá,
de Manuel Herrera,
Tres veces dos (en
el segundo cuento,
titulado Lila y
dirigido por Lester
Hamlet), y Frutas en
el café, de Humberto
Padrón. Finalmente
decide dar el salto a la
dirección en el 2006 con
el largometraje
Personal Belongings,
también con guion suyo.
Tomó parte en la
creación de Producciones
de la 5ta. Avenida
(conformada junto con el
también egresado Inti
Herrera) y más tarde le
dio forma a la
popularísima comedia de
zombies, Juan de los
Muertos (2011)
aplaudida en decenas de
festivales
internacionales gracias,
sobre todo, a la
habilidad del
director-guionista para
articular los temas
sempiternos del cine
cubano con una
imaginería visual y
genérica bastante ajena
a nuestro medio.
Protagonizada por Alexis
Díaz de Villegas y Jorge
Molina, en la más
descacharrante y
farsesca de sus
actuaciones, Juan de
los Muertos “juega
su mejor baza no gracias
a unos eficaces efectos
especiales, que los
tiene —según asegura la
influyente revista
especializada española
Fotogramas— ni a
sus escenas de acción,
más que aceptables. No
la tiene en sus muertos,
sino en sus vivos. En la
figura de ese Juan de
los Muertos y su grupo
de pícaros
supervivientes (…) un
puñado de personajes
extraídos de la realidad
cubana, dotados de un
sano cinismo vitalista,
antídoto perfecto a los
insoportables y
tristones supervivientes
del estilo de la serie
The Walking Dead.
En muchas comedias
zombi, lo más divertido
son los muertos; aquí,
son los muy, pero que
muy vivos cubanos
libres, comandados por
un héroe a su medida… y
quizá a la nuestra”.
Realizador, guionista,
productor, músico,
fotógrafo y editor,
egresado en la
especialidad de
Dirección,
Miguel Coyula se
consagró como cineasta
adicto a la renovación
formal desde
Clase Z Tropical
(2000),
El
tenedor plástico (2001)
y
Cucarachas rojas
(2003) en las cuales
baraja naipes tan
inusuales en nuestro
medio como la ciencia
ficción distópica, el
cine de vanguardia
antinarrativo y el
anime. Luego de los
filmes mencionados,
le dio
continuación, fuera de
Cuba, a su plan de cine
experimental y reflexivo
mediante
Memorias del desarrollo,
una
de las más conspicuas y
polémicas obras del
audiovisual cubano
reciente, aunque esté
realizada fuera de la
Isla. Largometraje de
ficción que logra
convencer a casi todos
los amantes del cine más
arriesgado, por su
afiligranado diseño de
producción y esmerada
composición fotográfica,
entre varias otras
virtudes, Memorias
del desarrollo
evidencia su excelencia
visual desde la primera
escena, porque el filme,
antes que movilizar los
mecanismos reflexivos
sobre la identidad
cubana trasplantada,
intenta trazar los
itinerarios de nostalgia
e insatisfacción
emplazados por el
exilio. Casi todo lo que
el espectador ve, a la
vez lo observa desde su
pasividad cuestionadora
el protagonista
absoluto, aquel mismo
cínico, saludablemente
inconforme, pero más
gastado y taciturno que
hace más de 40 años nos
presentaron
Tomás
Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes en Memorias
del subdesarrollo,
la mejor película cubana
de todos los tiempos.
Coyula logró tender un
sólido puente entre la
posmodernidad rampante,
en sus acepciones más
nostálgicas, descreídas,
fragmentarias, y el cine
cubano del período
clásico, con aquella
esplendente vocación
combinatoria de
documental y ficción, y
el sortilegio de
combinar elementos
contextuales y
perspicacia
introspectiva. Sin
renunciar para nada a
una poética personal
(avanzada desde sus
obras anteriores) el
realizador ha destilado
su voluntad de
comunicación, y
emprendió esta película
ambiciosa, cargada de
referencias
transtextuales,
concienzuda y meticulosa
secuela de un clásico
indiscutible cuya
majestad ha sido
amorosamente retada, y
de algún modo
trascendida, por medio
de las técnicas del
collage fotográfico
y sonoro que le
confieren una voluntad
alusiva y una ambición
simbólica prácticamente
insondables. |