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Fina García Marruz es la
figura intelectual
escogida para recibir
este año la imagen
tutelar de nuestra
revista: el Ángel de la
Jiribilla, esa inquieta
criatura que
Lezama hizo nacer de
la médula misma de lo
cubano para danzar,
proteger, combatir, todo
a la vez, para que nunca
olvidemos las razones
esenciales de nuestro
ser.
Es una labor
prácticamente inútil
explicar a ustedes las
razones de esta
distinción, porque en
esta sala estamos, sobre
todo, aquellos que
amamos y admiramos a
Fina por su persona y
por su obra. Pero no
está de más recordar que
Fina formó parte
esencial de esas
revistas, o mejor,
auténticos proyectos
culturales, que ya son
mitos en el siglo XX
cubano: Espuela de
Plata, Clavileño y
Orígenes. Que en
su casa de la calle
Neptuno, junto al piano
de Josefina Badía, animó
junto a su hermana
Bella, tertulias que
reunían a una parte de
la juventud intelectual
más inquieta del país.
Sabemos que la
literatura cubana le
debe poemarios
fundamentales como:
Las miradas perdidas,
Visitaciones y
Habana del Centro. Y
que esa poesía le ha
valido lauros como el
Premio Iberoamericano
Pablo Neruda, el
Reina Sofía de Poesía
Iberoamericana, sin
olvidar nuestro Premio
Nacional de Literatura.
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Investigadora literaria
y ensayista, su quehacer
en estos terrenos se
caracteriza tanto por el
extremo rigor de sus
búsquedas en los
archivos y bibliotecas,
como por la agudeza de
sus juicios y su
capacidad persuasiva, a
partir de una prosa
elegante y de gran
altura poética. Así se
evidencia, por ejemplo,
en su conjunto de
ensayos Hablar de la
poesía, en La
familia de Orígenes,
así como en los dos
volúmenes de Temas
martianos,
realizados en
colaboración con Cintio,
sin olvidar sus
Estudios delmontinos,
un libro dedicado a
estudiar la vida y obra
de una figura esencial y
contradictoria de
nuestro siglo XIX, el
escritor y animador
cultural Domingo del
Monte y Aponte, que le
valió a su autora el
Premio Anual de la
Academia Cubana de la
Lengua.
Si estas razones no
fueran suficiente,
habría que decir que se
entrega la distinción,
sobre todo, a Fina
persona: a la
trabajadora humilde y
constante de la
Biblioteca Nacional y
del Centro de Estudios
Martianos; a la que ha
recibido, escuchado y
aconsejado a tantas
personas, con sabiduría
tal —puedo dar fe de
ello— que sus palabras
han sido decisivas en
muchas vidas; a la que
no perdió la esperanza
ni la fe en Dios, en la
humanidad y en Cuba, aun
en tiempos muy
difíciles; a la que como
su amado Martí, ha
sabido hacer del amor
una auténtica energía
revolucionaria.
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Confieso que mientras
leo estas palabras
vuelvo a ser aquel
estudiante del Camagüey
que quiso ir a la
Biblioteca Nacional a
conocer, allá por el año
1976, a Cintio y a Fina
en su celda laboriosa y
les llevó sus poemas
inéditos y sus
inquietudes
intelectuales aún sin
cauce, y recibió de
ellos lo que nunca podrá
pagarles y me vuelven la
timidez y el azoro de
aquella tarde al subir
las escaleras de aquel
recinto, que solo se
disiparon cuando ellos
me abrieron los brazos.
Aún así no me atrevo a
dedicarle esta
distinción solo, ni
siquiera acompañado
únicamente por mis
compañeros de La
Jiribilla, quiero
sentir junto a mí a esos
que la quisieron y
acompañaron en vida y
que hoy son rumorosas,
pero verificables
presencias en torno
nuestro. Reciba, pues,
Fina, este Ángel,
también de las manos de
esos otros ángeles que
son Josefina Badía y
Medardo Vitier, Juan
Ramón, Lezama, y Bella y
Eliseo,
Cintio y Julián Orbón, Cleva y Samuel y
Friol. Hasta el cielo de
Cuba se ha puesto en pie
para abrazarla, Fina, y
la tarde tiene otra luz,
porque ese Ángel va
volando hacia sus
brazos.
Palabras de elogio a Fina García Marruz en la
entrega del Ángel de la
Jiribilla |