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El violonchelo o
violoncelo está
catalogado como un
“instrumento grande, de
tesitura grave,
perteneciente a la
familia del violín, que
se sostiene entre las
piernas del intérprete”
y hasta finales del
siglo XVIII fue
considerado “de apoyo”
que interpretaba la
parte de bajo y
rellenaba la textura
musical.
En Cuba el estudio del
instrumento “está
garantizado”, según
aseguró en entrevista
exclusiva concedida a
La Jiribilla, la
destacada chelista
Amparo del Riego,
egresada de las
academias cubanas y
solista de la
Filarmónica Nacional.
Amparo, quien por muchos
años ha ejercido la
docencia en Cuba y fuera
de la Isla, está a la
expectativa por la
próxima salida al
mercado de un disco con
música de cámara de la
autoría del gran
pianista y compositor
José María Vitier. Ese
CD, según dijo, se grabó
en 2009 y actualmente se
encuentra “en fábrica”,
al tiempo que reiteró
que tuvo “el honor, el
placer y el lujo” de ser
acompañada por Vitier en
los temas “Intimidad”,
“Balada para el amor
adolescente” y “Sofía”,
que compuso para la
película El siglo de
las luces.
La músico afirma
—categóricamente— que se
siente fruto de la
política cultural de
Cuba: “provengo, dice,
de una familia que
escuchaba abundante
música clásica de manera
natural, aunque no había
ningún miembro que se
dedicara,
profesionalmente, a
ella. En el año 1969,
llego a la escuela de
música
Alejandro García Caturla
y me dicen que escoja
entre el violín o el
violonchelo
—sinceramente, no los
conocía porque siempre
me incliné por el piano—
y dije sin tener la
menor conciencia de lo
que hacía: ¡chelo!,
aunque jamás lo había
visto”.
Durante unos 12 años
vivió en México…
Allí, fui la solista
invitada de la Sinfónica
Nacional de México para
interpretar el
“Concierto para
violonchelo y orquesta”,
del compositor mexicano
Manuel de Elías, obra
que me dedicara y
dirigiera en Bellas
Artes; fui dirigida,
también, por el gran
director mexicano
Herrera de la Fuente con
la Orquesta Sinfónica de
Xalapa. Fui invitada
(como solista) de las
Orquestas Sinfónicas de
Guanajuato y Michoacán;
fundé el Trío de Cámara
Tempori junto a Monique
Rassetti (pianista
suiza) y Carlos Egry
(violinista mexicano),
con los cuales me
presenté en múltiples
ocasiones en diferentes
salas del país, grabando
un disco dedicado a
mujeres compositoras del
siglo XIX. Fui invitada
como solista con la
Orquesta de Música de
Cámara Helvética
(Suiza), la Orquesta
Sinfónica del Festival
de Música Contemporánea
de Puerto Rico, la
Orquesta Sinfónica
Nacional de El Salvador,
entre otras. Fue una
etapa profesional muy
fructífera, hice música
de cámara con colegas de
Suiza, Rusia, Alaska,
Argentina, EE.UU.,
México. Colaboré como
profesora de violonchelo
del Conservatorio las
Rosas (México) en todos
los niveles,
Desde la pedagogía ¿qué
labor desarrolla en
estos momentos?
De conjunto con el
Instituto Cubano de la
Música, en los últimos
cuatro años estoy
inmersa en una labor
hermosísima: a lo largo
de todo el país atiendo
a los niños que estudian
chelo e intento reanimar
el instrumento en Cuba.
Hace unos años hablar de
30 o 40 alumnos era dar
por sentado que había
muchos chelistas, pero
en este momento tenemos
más de ¡200 alumnos en
todo el país! Esto es
muy importante porque
constituye la base para
la cuerda de las
orquestas sinfónicas del
futuro. Estamos hablando
de alumnos de entre ocho
y 16 años, que es el
período de nivel
elemental y medio. Es
una labor muy agradecida
que me llena de energía.
También estoy trabajando
con mi profesor
Roussi Dragnev, de
origen búlgaro, Doctor
de la Academia de
Ciencias de Bulgaria en
Pedagogía y Metodología,
con quien desarrollamos
un trabajo a nivel
nacional para lograr
altos niveles técnicos
que nos permitan
trascender nuestras
fronteras.
¿Cuál o cuáles son las
características que
tiene que poseer un niño
que se incline por
chelo?
Ningún instrumento es
fácil, pero tampoco
difícil. Uno de los
elementos decisivos es
contar con un profesor
dotado con todas las
herramientas
pedagógicas, armado con
la técnica del
instrumento y, también,
contar con niños con una
capacidad de trabajo
extra.
Los alumnos de música
llegan a su casa y
tienen que continuar
estudiando y dejar el
juego —que es tan
importante a esas
edades— a un lado. Es
complicado. También
deben contar con una
familia que los apoye e
impulse y que tenga
claro que su hijo va a
ser artista y que el
instrumento no es
simplemente eso sino que
forma parte de un
concepto más general que
tiene que ver con la
actitud que se tenga
hacia el arte.
Igualmente, debe poseer
una pasión desmedida por
lo que se está haciendo.
Eso hay que inculcarlo
también.
Creo en un buen profesor
y un excelente sistema
—como el que tenemos
implementado en nuestro
país— que funciona a
nivel nacional. A pesar
de que tenemos que
mejorar muchos aspectos,
es realmente un
privilegio en este
momento, en esta época,
en este mundo en que
vivimos —que sabemos
está al revés— tener un
país entero en función
de las escuelas de arte,
con instrumentos, con
capacidad y con
programas pensados e
instituidos.
Cuba cuenta hoy con
todas las condiciones
aunque debemos trabajar
en elevar el nivel de
nuestros profesores,
cubrir algunas
expectativas que existen
en determinadas zonas en
las que, quizá, exista
la posibilidad de crear
una orquesta sinfónica y
que la música clásica —a
la que llamo así—
rescate sus lugares.
Todo esto hay que
lograrlo con eficiencia
y con alto grado de
nivel técnico.
¿Cuáles son los caminos
para llegar a un buen
repertorio?
Esto se puede ir
cultivando y orientando
desde que el estudiante
es pequeño. Recuerdo que
cuando era niña me
preguntaban ¿a qué
aspiras tú? y respondía:
quiero ser solista.
Existen niños que desde
edades tempranas sueñan
con ser maestros, otros
con pertenecer a una
orquesta… y todo es
válido. Esta es una
carrera muy larga, que
para empezar, dura ¡11
años! —lo digo porque
después son cuatro o
cinco años para hacer la
licenciatura en nivel
superior—. Durante todo
ese tiempo el repertorio
se tiene que ir
dosificando y se debe ir
construyendo desde que
somos chicos. Por
ejemplo, cuando somos
niños no podemos tocar,
quizá, a
Johann Sebastian Bach,
pero sí se puede entrar
en el barroco italiano y
asumir algunas obras de
Antonio Vivaldi. Hay que
ir como probando,
tanteando y también
teniendo en cuenta los
intereses y el gusto del
alumno.
Lógicamente, eso está en
manos del profesor…
Absolutamente. En
nuestro país todas las
escuelas y todos los
profesores tenemos a
disposición el material
para poder trabajar
correctamente; pero el
secreto está en que hay
que preparar las clases.
Un alumno talentoso
recorre rápidamente el
repertorio del
instrumento y cubre
todas las necesidades
técnicas y expresivas.
A la hora de seleccionar
un repertorio para un
alumno que ha recibido
siete años de
instrucción en el
instrumento, y tiene 15
años, debe ser capaz de
enfrentar obras
diferentes que van desde
el barroco hasta la
música contemporánea,
pasando por lo clásico y
lo romántico, incluyendo
música de nuestros
compositores
latinoamericanos: el
secreto es no violentar
el repertorio, o sea,
escoger lo que el alumno
puede tocar.
En el nivel medio, el
estudiante debe asumir
obras de mayor
complejidad técnica,
ampliando el repertorio
y definiendo sus
aptitudes y
posibilidades para
desempeñar su rol dentro
de la música. Cuando
finaliza el nivel
superior, debe contar
con una completa
formación técnica,
expresiva, con un
repertorio general, en
resumen, una cultura
musical e integral. A
partir de este momento,
el joven chelista, se
integrará, de acuerdo a
sus posibilidades y a
sus resultados al mundo
de la música.
¿Cómo se da el
desdoblamiento entre lo
más clásico y lo más
contemporáneo?
¡Eso es todo un tema! y
te pongo un ejemplo: en
estos momentos tengo un
alumno, excelente,
talentosísimo —que acaba
de hacer su pase del
nivel elemental al
medio—llamado César
Eduardo Ramos (alumno de
la Escuela Paulita
Concepción). Él está
tocando una obra
contemporánea y estoy
fascinada porque el
lenguaje que manejó
durante siete años fue
el de los clásicos y los
tradicionales del
violonchelo, sin
embargo, cuando se
tienen las herramientas
técnicas con una sólida
formación, se puede
entrar a la música
contemporánea con toda
comodidad y seguridad.
La música contemporánea
debería ser —como lo
indica el término— la
que se hace en nuestra
época. Sin embargo, a
veces estamos tocando a
Shostakóvich o a
Villalobos y seguimos
diciendo ‘contemporáneo’
y son obras que datan de
hace cien años. Es otro
lenguaje y estamos
trabajando escalas
diferentes y abordamos
el instrumento de una
manera distinta. Debemos
entrar, también, en la
música contemporánea
porque la tenemos
escrita para nuestro
instrumento, de
compositores
contemporáneos que son
fantásticos. Se puede.
¿Y el futuro del chelo
cubano?
¡Magnífico! Me considero
una persona muy
optimista —en eso el
impulsor mayor es mi
compañero Víctor
Pellegrini— y pienso que
los sueños tienen que
tener una dosis de
optimismo muy grande.
Estoy convencida de que
en Cuba tenemos un
material humano
fantástico; contamos con
jóvenes muy
inteligentes, con niños
muy vivos y todo ello
conforma una cantera
rica, variada,
incalculable e
invaluable para crecer.
Estos elementos,
conforman una plataforma
para proyectar e
insertar a los jóvenes
violonchelistas cubanos
en el universo de la
música clásica en todo
el mundo.
La salud del violonchelo
—instrumento que amo
apasionadamente— va por
buen camino, pero hay
que cuidarlo y, sobre
todo, hay que estudiar
mucho, diariamente,
porque no se logra nada
si no hay una entrega
individual rigurosa.
¿Academia Cubana de
Violonchelo?
¡Mi gran aspiración, mi
gran sueño!: contar en
nuestro país con una
Academia Cubana de
Violonchelo con calidad
de excelencia. Sí se
puede. |