|
Jóvenes “haciendo cine”,
“moviendo ideas”,
adictos a la sala
oscura, hacen suya la
céntrica calle 23 en su
intersección con 10 y 12
mientras transcurre en
La Habana la Muestra
Joven ICAIC, antigua
Muestra de Nuevos
Realizadores. El evento
que ya suma 11 ediciones
ha servido para llamar
la atención sobre una
nueva hornada de
creadores audiovisuales
cuya impronta resulta
ineludible en la
conformación del cine
nacional contemporáneo,
aunque no sean sus obras
las que conforman las
carteleras
cinematográficas.
La irrupción de este
grupo creativo en las
dinámicas de la
industria del séptimo
arte en la Isla no ha
estado exenta de
tensiones y desafíos.
Las tecnologías
digitales democratizaron
la producción
audiovisual, de modo que
ya no se requiere estar
dentro de la industria
para producir una obra.
Muchos de quienes hoy se
dedican al cine lo hacen
de manera empírica e
independiente, echando
mano a las pocas
herramientas disponibles
y con la convicción de
iluminar zonas veladas
de la realidad.
“El género documental es
mucho más factible ahora
porque con una cámara
pequeña de mediana
calidad, un micrófono
que capte bien el
sonido, un par de
personas dispuestas a
ayudarte y una
computadora para editar,
puedes moverte y captar
la realidad cambiante,
las cosas que están
sucediendo en la calle”,
confiesa
Karel Ducasse,
director de varios
audiovisuales, entre
ellos el documental
Zona de silencio.
“Impulsados por una
vocación irrefrenable
que los compulsa o
obtener una cámara y una
computadora donde
editar, los jóvenes
cubanos están asumiendo
la responsabilidad de no
dejar que pasen los años
sin dejar de grabar en
cualquier soporte el
correspondiente
testimonio de lo que
significa ser y estar en
Cuba, hoy por hoy”,
afirman los
investigadores
Joel del Río y Marta
Díaz en su libro Cien
caminos del cine cubano.
Con el espíritu de la
irreverencia, este
audiovisual refuta,
pregunta, se muestra
imperfecto y puja por
encontrar sitio dentro
de una industria
deprimida e insuficiente
para la demanda de
creadores y público. Si
la generación de Titón,
Solás,
Santiago Álvarez y
Julio García
Espinosa estuvo
marcada por la cohesión
con respecto al
Instituto Cubano de Arte
e Industria
Cinematográficos (ICAIC)
como núcleo creativo,
los contemporáneos
buscan nuevos caminos y
estructuras menos
rígidas desde las cuales
comunicarse con el
público.
¿A dónde vamos?
Los albores de este
rompimiento se
encuentran a mediados de
la década del 80 del
siglo pasado, cuando
desde la Asociación
Hermanos Saíz (AHS) se
realizaron talleres de
creación cinematográfica
en los cuales
participaron jóvenes
como Jorge Luis Sánchez,
Enrique Álvarez, Ricardo
Vega, Arturo Sotto, Rudy
Mora, entre otros, con
amplio reconocimiento en
la actualidad. A la par,
la Escuela Internacional
de Cine y Televisión de
San Antonio de los Baños
(EICTV), fundada en
1986, y la Facultad de
Medios Audiovisuales (FAMCA)
del Instituto Superior
de Arte (ISA) sentaron
la base académica de ese
“otro” cine que venía
gestándose en el país,
para el cual la variedad
de formatos, estéticas y
preocupaciones temáticas
se convirtió en una
marca definitiva.
No obstante, la
presencia de las
escuelas no supone
per se una garantía
de renovación
ideotemática o estética,
como lo apunta Juan
Antonio García Borrero
en uno de los post de su
blog Cine Cubano, la
Pupila Insomne: “en
las escuelas se está
enseñando a filmar
“mejor”, pero no a
cuestionar de dónde sale
ese concepto de “lo
mejor”. A cuestionar la
autoridad misma del que
canoniza”.
Ciertas constantes
generales definen lo que
García Borrero ha dado
en llamar “generación
del desenfado”. El
crítico descubre esta
actitud no solo en el
plano temático de las
ficciones y
documentales, sino
también en lo formal y
narrativo: “La renuncia
expresa a un
trascendentalismo
artístico se traduce en
el cultivo de un
discurso audiovisual que
deja atrás la reticencia
de utilizar códigos
tradicionalmente
considerados
‘comerciales’ o
‘menores’ por la
industria, así como la
exploración desinhibida
de aspectos éticos que
en el cine oficial se
tiende a examinar con
más pudor o discreción”,
escribe en su artículo
“Los pronósticos de la
imagen”.
Entre lo más llamativo
de las obras de estos
jóvenes cineastas se
encuentra la voluntad de
abordar temas
conflictivos e
invisibles en el
discurso de los medios,
asumiendo el encargo
social de dejar rastros
de lo que preocupa a su
generación, sobre todo
desde el documental.
Para ello, se acercan a
“un método de
representación
hondamente noble, y de
irrefutable eficacia
social”, según Del Río y
Díaz en el libro citado.
A juicio de los
investigadores
“predomina la
honestidad, la sincera
inquietud y el rigor en
el tratamiento del tema,
algo suficiente para
garantizar que el
documental cubano ha
recomenzado su
despegue”.
La vejez, las
diferencias entre el
campo y la ciudad, las
crisis existenciales de
muchos cubanos,
proyectos frustrados de
realización personal,
crisis de generación
entre padres hijos,
homofobia,
visibilización de
identidades sexuales
diversas, violencia de
género, entre otros,
vienen siendo
esclarecidos desde las
miradas cinematográficas
noveles. Sin embargo,
para el crítico Gustavo
Arcos “muchos de esos
temas que son sólidos,
necesarios, se quedan en
la superficie y en solo
mostrar el asunto, en
ser atractivos porque se
está diciendo algo; pero
eso parece más del campo
del periodismo, de la
televisión, del
reportaje, y pienso que
deberían ser más
verticales en los
análisis de las obras”.
Con él, Ducasse señala
cierto facilismo de
algunos colegas de
generación al acercarse
a temas conflictivos
como garantía de éxito,
pues todo depende de la
ética con que se asuma.
“Que no se toquen esos
temas es malo, pero que
se haga en demasía y con
facilismo u oportunismo,
es mucho peor. Un
mensaje para mí mismo y
el resto de los
realizadores sería que
si escogemos un tema lo
hagamos pensando en un
bien mayor, si creemos
que tenemos algo
interesante que decir.
Si no queremos dar
respuestas, sino
simplemente llamar la
atención de la gente
sobre ciertas zonas que
pasan por alto, que cada
cual lo haga desde la
mayor honestidad”.
A la par, el realizador
advierte que ciertas
zonas de la realidad
quedan descuidadas al no
ser tan “polémicas”.
“Debemos tratar de
buscar un equilibrio,
porque ninguna sociedad
es tan triste ni tan
alegre. La complejidad
del arte está en eso, en
poder mirar todo tipo de
fenómenos, porque el
mundo y la vida son muy
ricos”, confirma.
La búsqueda de nuevos
lenguajes, de una
vanguardia que rehúye de
las clásicas visiones
aristotélicas y mezcla
las fronteras entre
ficción y realidad
resalta entre lo más
significativo dentro de
las ficciones, que ya
han dado muestras de
madurez en cortos y
largometrajes como
Utopía, de Arturo
Infante; Personal
Belongins y Juan
de los Muertos de
Alejandro Brugés;
Memorias del Desarrollo
de Miguel Coyula y el
más reciente
Camionero, de
Sebastián Miló, entre
otros.
|

Camionero |
No obstante, Arcos no
vislumbra un cambio en
el lenguaje del cine
cubano, signo que
atribuye en cierta
medida a la falta de
consolidación y
desarrollo en el país de
los talentos emergentes.
“Esa necesidad de que
una generación o grupo
de creadores se asiente
y haga algo más allá de
sus ejercicios de
escuela o su primera
obra recién graduados no
logra afianzarse en
Cuba”, opina.
Borrero considera a su
vez que lo que resiente
al cine joven cubano es
el escaso diálogo que
muchas de estas
películas se proponen
con la historia total
del cine. “No se trata
de tomar una cámara o
una computadora, y
punto, sino de entender
cuál es el sentido que
puede tener utilizar
este plano o el otro,
esta música o aquella,
este parlamento o el
próximo, y de qué manera
eso que nos parece tan
‘nuevo’ ya ha sido
perfeccionado hasta la
saciedad por aquellos
que sentaron las bases
del lenguaje
cinematográfico”.
¿De-generación?
El hecho de que
confluyan en Cuba una
considerable cantidad de
jóvenes interesados en
las artes audiovisuales,
con disímiles
preocupaciones
temáticas, ideológicas y
estéticas, ha hecho a
cierta zona de la
crítica preguntarse si
existe o no un
movimiento de cine joven
nacional. Este no
estaría marcado
solamente por un
determinado límite de
edad, se necesitaría un
“espíritu generacional
identificable”, como
afirman Del Río y Díaz.
Un movimiento supone
cierta intención
estética compartida,
modos de hacer comunes,
posición similar con
respecto al mundo e
implicación con la obra
de sus contemporáneos,
rasgos no identificables
en las proyecciones
públicas de esta
promoción.
Damián Saínz,
recientemente
distinguido con el
premio a mejor
documental en la 11na.
Muestra Joven por De
agua dulce, prefiere
no enmarcarse en ningún
grupo o movimiento si
bien dice sentirse
implicado con algunos de
sus colegas
contemporáneos. “No me
gustan los -ismos, todo
lo que agrupa y separa
para poder asir. Creo
más en la dispersión, en
la diversidad, en el ser
inacabado”, reflexiona.
Su opinión no difiere de
otros jóvenes.
Karel Ducasse, por
ejemplo, confirma la
inexistencia de un
sentido de grupo entre
esta hornada creativa,
solo avistable en la
recurrencia de temas
sociales complejos en el
documental. “En ese
sentido quizá sí haya
cierto ambiente de
generación
cinematográfica; pero al
mismo tiempo hay mucha
dispersión, cada cual va
por su lado, porque la
vida va muy rápido y son
varios los problemas que
golpean a la gente. Esto
hace que nos dispersemos
y se pierda el
sentimiento de grupo.
Incluso, muchas veces ni
siquiera escoges el tema
que más desearías para
hacer una película, sino
que tocas el que tienes
a mano”.
La apatía, la idea de
que su misión es solo
hacer cine y no
intervenir sobre la
realidad desde posturas
extrartísticas salta a
la vista en una
producción
cinematográfica que, al
mismo tiempo, se
presenta muy crítica con
su contexto. Gustavo
Arcos advierte una
diferencia entre esta
apariencia nihilista de
los realizadores jóvenes
y la de los fundadores
del ICAIC. “En los 60 o
70 los cineastas no solo
hacían películas, sino
tenían necesidad de
expresarse más allá de
las imágenes, también
desde posturas públicas.
Opinaban en la revista
Cine Cubano,
suscribían manifiestos,
defendían la institución
cuando estuvo en
peligro. Tenían una voz
pública importante para
defender lo que ellos
consideraban un proyecto
legítimo. Ahora eso no
sucede. Los jóvenes
están dispersos,
haciendo películas, pero
no se siente relación
entre ellos”.
La falta de una meta
común pudiera estar
resintiendo la madurez
del grupo según lo cree
Borrero, para que “sigan
existiendo buenos
momentos de cineastas
jóvenes, mas no
exactamente un ‘cine
joven’, con una
teleología de grupo, una
voluntad colectiva que
desde la diversidad se
proponga alcanzar
resultados siempre
superiores”. Para el
investigador, por el
momento habrá que seguir
hablando de esta
ausencia de voluntad
intelectual que confirma
la hegemonía de un
audiovisual que renuncia
al pensamiento crítico
que antes enarbolaba el
cineasta todo el tiempo
inconforme. “Estoy de
acuerdo en que la
inconformidad también
puede mostrarse dándole
la espalda a todo esto
que nos satura. Pero
tarde o temprano, la
dialéctica que a lo
largo de la historia
establecen cíclicamente
la utopía y el
desencanto, nos empujará
otra vez a la primera”.
Existen
Al final, los años de
estudio, ya sea en la
FAMCA del ISA o en la
EICTV, las ideas, los
guiones, los sueños, van
a parar a una sala
oscura, proyectados
sobre un fondo blanco.
Todo se resume a eso. Es
allí, ante los ojos del
espectador, donde se
realiza, en última
instancia, el cine. Es
él —la crítica no es más
que un espectador
entrenado— quien
decidirá si valió la
pena el esfuerzo, si lo
que tiene delante es
arte o una pérdida de
tiempo.
Que sea capaz de
reconocerlo o no es otra
historia. Pero
transformar la idea en
imágenes en movimiento
puede tornarse un
proceso largo, azaroso y
extenuante, más aun si
eres un joven cineasta.
La tecnología ha
abaratado los costos y
posibilitado que muchos
jóvenes tengan en sus
manos los medios para
hacer una película,
incluso sin llegar a
saber muy bien cómo se
usan. Pero el cine es un
arte que tiene mucho de
industria, salir a
filmar es solo la
primera parte del
problema.
“En Cuba hay una
situación muy atípica
—explica el productor
Jesús Miguel Hernández—,
de las pocas personas
que acceden a estudiar
en una escuela de cine,
casi ninguna entra a
trabajar en el ICAIC.
Los jóvenes muchas veces
no saben qué camino
transitar desde la
realización de sus obras
hasta en qué mercados
distribuirlas, cómo
moverlas para buscar una
retribución y obtener
alguna ganancia”.
Si en los 90 las
coproducciones
extranjeras fueron la
mejor alternativa para
hacer cine en medio del
período especial, a
inicios de siglo, las
producciones
independientes parecen
ser la variante
preferida por la mayoría
de los cineastas; en
realidad, en muchos
casos es la única
variante.
Jesús Miguel Hernández
reconoce que desde hace
algún tiempo
realizadores y
productores han
producido sus materiales
principalmente de modo
independiente: “Ahora
mismo casi todos los
realizadores cubanos
están haciendo sus obras
de manera independiente
y buscan mecanismos y
estrategias tratando de
alcanzar alianzas entre
sí o entre
instituciones”.
Aunque actualmente
trabaja en el ICRT, el
realizador de 32 años
Karel Ducasse considera
que hay géneros que por
sus propias
características se
avienen más con el
estilo de las
producciones
independientes,
especialmente los cortos
de ficción, pero, sobre
todo, el documental.
Marcos Menéndez, quien
es autodidacta y todos
los días se enfrenta a
la circunstancia de
hacer cortos de
animación en Puerto
Padre, Las Tunas,
asegura que las cuotas
de libertad creativa que
tiene un realizador
independiente no se
encuentran en ninguna
otra modalidad de
producción: “Yo he
tenido la posibilidad de
trabajar para la
industria y creo que la
libertad con que haces
el cine independiente al
final se nota en la
obra”.
Pero hacer la película,
aunque difícil, no es la
mayor dificultad a que
se enfrentan los jóvenes
realizadores. La
cuestión está en
insertarla dentro de los
circuitos de
distribución y
exhibición
cinematográfica del
país.
“Al ICAIC llegan jóvenes
graduados de las
escuelas de cine todos
los años —asegura Jesús
Miguel Hernández—, pero
no son muchos porque la
producción no es muy
grande, pero los que
logran entrar comienzan
a producir dentro de la
industria y al mismo
tiempo buscan maneras
alternativas de hacer
sus películas. En la
industria, si bien se ha
tratado de incluir a los
jóvenes, aún hay temores
y resquemores. Aunque
con el tiempo estos
obstáculos se han ido
evitando porque el
ICAIC, desde la Muestra
de Cine Joven, ha
logrado aglutinar a un
grupo de jóvenes de todo
el país que llegan a La
Habana buscando un
espacio donde exhibir
sus películas y también
un modo de incorporarse
a la industria para
poder generar nuevos
audiovisuales”.
En efecto, eventos como
el Festival Imago de la
FAMCA del ISA, el
Festival de Cine Pobre
de Gibara, la Muestra
Joven ICAIC o el Almacén
de la imagen, en
Camagüey, de la AHS, son
una oportunidad ideal
para que muchos de estos
cineastas finalmente
logren verse en la
pantalla.
Por ejemplo, Karel
Ducasse reconoce que, en
términos de exhibición,
la Muestra es casi el
único modo en que un
cineasta independiente
logra insertarse en los
circuitos de
distribución, “pues
generalmente los
materiales que llegan a
esos circuitos de cine
son producciones del
ICAIC, la única
productora que tiene el
país, por tanto, la
muestra permite que los
trabajos que son
aceptados sean exhibidos
en varios cines: el
Chaplin, 23 y 12, etc.”
Sin embargo, no cree que
ese deba ser el final
del ciclo, la
consagración del
cineasta, el punto
culminante. La vida de
un filme, si este vale
la pena, va mucho más
allá, y a menudo depende
de su realizador
encontrar espacios
alternativos para
exhibir:
“La Muestra resulta un
buen espacio, pero es
simplemente un escalón
de exhibición, si se
queda ahí uno mismo
limita su obra. Ofrece
ciertas ventajas porque
las películas se ven en
la pantalla grande y
tienes contactos con
otros realizadores. Pero
a veces, debido a la
poca presencia de
público que hay en los
cines, los materiales no
los ven más de 50
personas.”
“Tengo mucho que
agradecerle a la Muestra
—confiesa Marcos
Menéndez—, porque ha
condicionado mi carrera
y la ha definido. Yo
trabajo pensando en ese
espacio, pues sé que es
una posibilidad para que
mi obra se proyecte en
los cines y la vean
otros realizadores.”
Por su parte, Ana
Alpízar, estudiante de
cuarto año de la FAMCA,
la asume como una
especie de ejercicio
académico, una forma de
prepararse para lo que
vendrá, lo cual, en la
carrera de una cineasta,
no es poca cosa:
“Agradezco muchísimo que
siendo todavía
estudiante pueda mostrar
mi corto (Alumbrones)
aquí, tener la
posibilidad de comenzar
a trabajar con 20 años y
no más tarde como les
ocurrió a otros
realizadores”. Después
de presentarlo en el
Imago y en la Muestra
piensa llevarlo al
Festival de Cine Pobre
de Gibara, luego… nada.
“Siento que se va a
quedar sin vida, ya no
tengo otro espacio donde
mostrarlo”.
Algo parecido le ocurría
a Arián Pernas, quien
ganó el premio al mejor
corto de animación en la
pasada Muestra con
Uvero: “¿Qué
va a pasar ahora con el
trabajo? —se preguntaba—
No sé. Lo traje aquí y
fuera de eso no tengo
idea de qué vendrá
después”.
Muchos cineastas
coinciden en que más
allá de estos espacios
de muy corta duración
—Gibara, la Muestra, el
Festival Internacional
de Videoarte de
Camagüey, el Almacén de
la Imagen y similares—,
no existen muchas
oportunidades de
exhibición. “Muchas
veces pasas un año
esperando a que comience
algún evento para poder
exhibir”, asegura Erian
Ruiz, animador,
fotógrafo y director de
26 años.
“Después que termina la
Muestra Joven hay gente
que tiene suerte y logra
colocar las obras en
diferentes festivales
—comenta Marcos
Menéndez—. Gracias a eso
yo he tenido la
oportunidad de presentar
mis obras en otros
países. Pero pienso que
a nivel nacional debería
hacerse un esfuerzo
mayor para que las obras
que obtienen buenos
resultados en la Muestra
se exhiban en otros
lugares, tal vez en la
televisión o en las
salas de cine del resto
del país, porque hasta
en la Sierra Maestra hay
salas de cine o Joven
Club de Video, o sea,
los espacios existen,
solo deben utilizarse”.
En esto parecen
coincidir casi todos.
Por ejemplo, Karel
Ducasse se preguntaba
sorprendido cómo era
posible que en un país
con un proyecto cultural
que se supone que es
inclusivo, abierto y
democrático, los cines
estén llenos de
producciones externas.
Mientras Gustavo Arcos
no comprende por qué,
junto a las películas
extranjeras, no se
estrenan documentales y
animados cubanos
independientes con mayor
frecuencia, pues son muy
pocos los trabajos que
llegan a los cines
después de la Muestra.
“Además, la Muestra
tiene un límite de edad
que son los 35 años
—agrega el crítico—,
pero cabría preguntarse
por todo aquel que tiene
una edad mayor a esa y
hace un material
alternativo a la
industria. ¿Dónde queda,
dónde se exhibe, dónde
están sus espacios?
Muchos eventos tienen
límite de edad. Y la
televisión no exhibe la
mayoría de los
materiales, aunque sería
un medio natural para
muchos de estos
trabajos. Todavía
tenemos un talón de
Aquiles con respecto a
la distribución y
exhibición, a veces por
razones que tienen que
ver con la calidad del
material, con la
producción, pero siento
que hay sobre todo el
prejuicio de que lo
alternativo, lo
underground es
políticamente incorrecto
o incómodo.”
Al parecer, todo apunta
a que la alternatividad
—alternatividad real más
allá de los eslóganes
comerciales— es una de
las vías más factibles.
Arcos cree que no se
limita al audiovisual,
sino que se extiende
también a la música, las
artes pláticas e incluso
la artesanía. Las
producciones
independientes, en su
opinión, no solo
seguirán creciendo, sino
que marcarán la manera
de hacer cine. Menciona,
además, dos productoras
de esta naturaleza que
ya son relevantes en el
país: 5ta. Avenida y El
Central, grupos formados
mayoritariamente por
jóvenes, con todo el
equipamiento y que ya
empiezan a mostrar
resultados.
“Desde
el Congreso de la UNEAC
se está debatiendo sobre
el registro del creador
independiente, mientras
ese problema no se
apruebe, va a seguir
siendo caótico todo lo
que tiene que ver con
distribución-producción
y todo lo relacionado
con el cine en Cuba, no
solamente el que es
independiente.
Debemos asimilar lo que
sucede con esta
producción alternativa
en otros países. Es
necesaria una ley del
audiovisual. Pensar el
audiovisual en todos sus
sentidos: el desarrollo
del guion, la filmación,
la distribución
internacional, la
postproducción. Además,
hacer carteles,
propaganda, publicidad,
la cuestión de los
derechos legales de las
obras. Hay muchas zonas
donde se necesita
todavía un orden, una
dinámica, una
organicidad.
Para que el cine genere
ganancia y funcione con
cierto rigor hace falta
tener un control de lo
que se produce porque el
caos y la arbitrariedad
provocan que se hagan
las obras pero no haya
dónde exhibirlas.”
Por su parte, Karel
insiste en que es
necesario conciliar dos
elementos: hacer
propuestas
cinematográficas
culturalmente
interesantes y que al
mismo tiempo logre
recaudar dinero. Hay que
volver a llenar los
cines. “Esto es urgente
porque el cine es un
arte muy caro y el país
tiene que recuperar el
dinero invertido en las
salas, en la
distribución, en la
exhibición. Y es una
realidad que a partir de
la llegada de la
tecnología digital la
gente casi no acude a
los cines. Entonces, hay
que tratar de congeniar
todas esas cosas:
calidad, tratamiento,
temas, con realizaciones
bien hechas, que
atraigan público y sean
populares”. |