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Los invisibles
La película termina y
cada cual agarra por su
lado sin mirar a la
pantalla. El proyector
sigue andando, pero el
acomodador ha encendido
las luces para que los
espectadores salgan como
si se hubiera disparado
la señal de arrancada en
una carrera de pista.
Sobre el fondo negro
corren los créditos, el
único momento en que se
menciona a cada uno de
los nombres del equipo
de realización del
filme. Nadie los lee.
Son tipos invisibles.
El cine es un trabajo de
equipo. Un escritor
puede pasarse diez años
sumergido entre papeles
para escribir su novela,
un músico necesita la
soledad para garabatear
el pentagrama, a un
pintor le bastan los
pinceles para cubrir el
lienzo. A un director de
cine, no. Aunque haya
tenido la idea de rodar
la película. Aunque sea
el único que aparezca en
las noticias si la
película tiene algún
éxito. Aunque sepa hacer
de todo como el hombre
orquesta…
A veces algún fotógrafo
corre con la suerte de
que un cinéfilo lo
identifique por el
manejo de la luz y los
encuadres en un filme.
Pero eso ocurre a veces,
generalmente porque el
fotógrafo acumula
décadas en el oficio.
Los editores, los
guionistas, los
productores, los
sonidistas y hasta los
actores, pasan a menudo
a un segundo plano
después de que la
película se termina. Si
son jóvenes y han
logrado un desempeño
extraordinario, tal vez
consigan la atención de
la crítica y alguna
llamada de un director
consagrado en busca de
talentos. Tal vez…
Los avatares
Ante las escasas
posibilidades de
inserción en la
industria
cinematográfica cubana
(teniendo en
consideración que esta
cuenta con capacidad
para asumir muy pocas
producciones al año),
los jóvenes de las
especialidades
“invisibles” encuentran
trabajo en los proyectos
de otros jóvenes
realizadores. Para
egresar de la Facultad
de Medios Audiovisuales
(FAMCA) del Instituto
Superior de Arte, por
ejemplo, los estudiantes
presentan una obra y son
evaluados por ella, de
acuerdo con sus
diferentes disciplinas.
Algunos de estos
ejercicios logran quedar
después entre los
seleccionados para
concursar en la Muestra
Joven ICAIC, y a partir
de la Muestra se amplían
las relaciones con otros
jóvenes del medio, más
allá del aula de clases.
La mayoría de las
productoras
independientes que
operan en Cuba aún sin
pleno reconocimiento
legal, se nutren de esas
alianzas entre jóvenes
egresados de las
escuelas y los talleres
de formación
cinematográfica, e
incluso, de muchos
autodidactas con la
capacidad de manejar los
recursos y el lenguaje
del cine a través de la
democratización que
supone el avance de las
tecnologías digitales.
Alejandro Brugués, uno
de los gestores del
proyecto independiente
Quinta Avenida y
director de los
largometrajes de ficción
Personal Belongins
y Juan de los Muertos,
explica que su
generación está
aprendiendo a ajustarse
a una realidad global en
la cual el cine se
muestra distinto: “Mi
generación ha sabido
adaptarse a una serie de
circunstancias
complejas: un país en el
que apenas se produce
cine, donde faltan
presupuestos. Creo que
estamos haciendo un buen
trabajo. El año pasado
por primera vez vi una
diversidad temática en
nuestros títulos,
completamente diferente
de lo que había visto en
años anteriores”.
No obstante, Abel Arcos,
guionista de La
piscina, señala que
es muy difícil para un
escritor de guiones
—sobre todo cuando se
está empezando—
establecerse y hacer
carrera en un país que
no pasa de las diez
películas al año:
“Conozco a más de 15
(por solo poner un
número) guionistas
cubanos, que están en la
misma situación: un
estado que consiste en
escribir y escribir y
volver a escribir y no
ver ni un guion
filmado”.
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La
piscina |
En el plano de los
clichés entra también la
experiencia de la actriz
Claudia Muñiz, quien
protagonizara
recientemente el filme
Marina, de Kiki
Álvarez: “Resulta muy
difícil desmontar los
estereotipos. Para una
mulata o una jabá, como
yo, es muy complejo
encontrar un personaje
que no sea el de la
jinetera o la muchacha
sexualmente
extrovertida. Muchos de
los personajes que he
hecho van por ahí. Creo
que en la medida en que
empecemos a amueblarnos
el cerebro de otra
manera, las cosas van a
ir cambiando. Ya eso se
está viendo, algunos
personajes de películas
tan distintas entre sí
como La piscina o
Boleto al paraíso
están ahí con esos
rostros nuevos que
espero cada vez más
pueblen las pantallas de
nuestro cine”.
Para Claudia, sin
embargo, los jóvenes
actores deben
sobreponerse, además, a
algunas fisuras en el
orden de la formación,
derivadas del deterioro
de la calidad de la
enseñanza artística en
los últimos años con
respecto a lo que
ocurría en los tiempos
fundacionales de la
Escuela Nacional de Arte
y el ISA: “Con suerte
tienes un buen profesor
de actuación durante tus
cinco años, y digo con
suerte porque funciona
así. Pero nada te
garantiza que así será.
A veces quedan lagunas
que luego es muy difícil
superar. Las
oportunidades de
formación y superación
dependen en buena medida
de lo que puedas hacer
por ti mismo en muchos
casos. Así han sido las
cosas para mí. Tampoco
quiero decir que todo
sea en blanco y negro,
ni que mi experiencia
sea la única”.
Jazz Vilá, otro actor
joven que ha
incursionado en el cine
a través de las
películas de Brugués (Personal
belongings, 2007 y
Juan de los Muertos,
2011), opina que “la
falta de recursos y un
estancado programa de
estudios limitan la
formación integral del
actor, lo mismo que el
escaso intercambio con
técnicas más efectivas y
vanguardistas”. Con este
criterio coincide el
sonidista Ariel Novo (Melaza,
junto con Rubén Valdés):
“Las oportunidades de
formación son
insuficientes para
nosotros. La FAMCA tiene
muy pocos talleres por
especialidad, mientras
que la Escuela
Internacional de Cine y
Televisión de San
Antonio de los Baños
ofrece muchísimos, pero
la matrícula para los
cubanos es muy reducida.
Ninguna de las dos
permite la entrada de
alumnos a estos talleres
en cursos que no sean de
la modalidad regular.
Las posibilidades de
superación, son casi
nulas: no existen cursos
o conferencias, y si
existen, no se les da la
suficiente promoción. Lo
otro es el tema de
Internet, donde sí
encuentras muchísima
información, talleres,
clases magistrales,
mesas redondas, etc.,
pero en Cuba es muy
restringido el acceso”.
Según Ariel, los
escollos que encuentran
los especialistas de
sonido, fotografía o
edición, se extienden a
la carencia de equipos:
“Aunque
muchos de estos se hayan
abaratado, no significa
que estén al alcance de
la mayoría y los pocos
que pueden acceder a
ellos pasan muchísimo
trabajo para
conseguirlos, porque en
Cuba no existen tiendas
especializadas para la
compra de estos”.
Por su parte,
el productor y
realizador Jesús Miguel
Hernández (Ella
trabaja, 2007),
expresa su preocupación
por la mayoría de los
cineastas jóvenes
desconocen también las
vías para “mover” sus
obras: “Aunque hay gente
haciendo audiovisuales,
es complicado
insertarlos en espacios
si no tienes el
conocimiento de hacia
dónde ir. En la FAMCA
nunca durante los cinco
años de formación se
aborda qué hacer con tu
obra cuando la
realizaste, y la gente,
si no sabe, se queda sin
hacer nada. Es
importante empezar dando
pasos pequeños, pero no
se puede obviar que hay
profesionales
especializados en la
promoción de películas”.
Los roles
Un caso típico de
invisibilización. El rol
del productor
frecuentemente se
confunde con el de un
asistente encargado de
resolver las cuestiones
del transporte y la
alimentación del equipo.
Jesús Miguel apunta que
el ICAIC, al privilegiar
el cine de autor,
fortaleció el binomio
realizador-director de
producción y que muchos
jóvenes reproducen este
modelo sin reconocer la
importancia de figuras
como la del productor
ejecutivo, por ejemplo.
“Existen pocos
productores ejecutivos
con la capacidad de
tener una visión
ideoestética de la obra,
de trazar una estrategia
desde el momento en que
comienza el trabajo de
mesa hasta que la cinta,
ya terminada, comience a
transitar por espacios
de exhibición. Algunos
se están dando cuenta de
que existe esta
necesidad, pero no hay
patrón de comparación
dentro del país.
Comprender esto pudiera
ayudar a que se valore
más el trabajo del
productor; porque,
aunque no es así en el
resto del mundo, acá el
único trabajo que se
destaca es el del
director. El productor
tiene que ser tan
creativo como el
director y esa película
tiene que tener un
público, un espacio en
el que sea vista”.
En lo que concierne a su
especialidad, Arcos
sugiere: “quizá
para el cine cubano lo
ideal sería que a veces
fueran guionistas los
que escribieran y no
directores con ansias de
autores”.
De manera general,
comenta Ariel, los
directores prestan mucha
atención a la
fotografía, por ejemplo;
pero se olvidan de otros
pilares como la
dirección de arte, el
sonido y la dirección de
actores, que es una
asignatura pendiente
para la nueva generación
de realizadores.
Lo pendiente
“Cuando hice La edad
de la peseta —decía
el realizador Pavel
Giroud en una entrevista
publicada en el libro
Entrevistas a contraluz
(Sed de Belleza, 2011)—
me sentí parte de una
generación, porque
quienes me estaban
acompañando eran Luis
Najmías, un fotógrafo de
mi edad que hacía su
primera película, y
Lester Hamlet, el
editor. Estaba llena de
actores que debutaban en
el cine y mucha gente
joven que se incorporaba
en áreas como asistentes
de dirección y
producción”.
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Seis años después de
La edad de la peseta,
los jóvenes siguen
haciendo cine con la
intención de renovarlo.
Sin embargo, tanto entre
los directores como
entre los que se dedican
a las especialidades
“invisibles” falta la
voluntad de unirse
nuevamente como
generación, con mucha
mayor intención
participativa (en los
debates y la realidad
artístico-social) que la
de fundar proyectos
independientes: “Somos
gente haciendo películas
—destaca Brugués—, pero
no nos apoyamos como
grupo, por lo menos de
manera que yo conozca.
Esto es una lástima. He
visto más apoyo y
solidaridad en grupos de
cineastas de otros
lugares del mundo. Hace
años, cuando comenzó el
proyecto que terminó
convirtiéndose en
Tres veces dos, nos
metimos todos a trabajar
en un cuarto, pero eso
no ha vuelto a suceder.
Igual no es obligatorio
hacerlo, pero seguro
ayudaría”. |