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Este era un pueblo en
medio del desierto.
Rodeado de arena o mar,
lo mismo da. El aire,
demasiado reseco y
empolvado. El sol dibuja
espejismos en el
horizonte. Por las
calles áridas deambula
el aullido de un coyote.
Al otro lado de la
plaza, guarecidos bajo
la sombra de la taberna,
suena la banda.
Son cinco, van armados y
tienen la pinta
inconfundible de los
forajidos. En un rincón,
el pianista mueve la
cabeza y lleva lentes
oscuros. Al fondo, otro
marca el ritmo
repiqueteando dos
cucharas sobre el muslo.
A su lado, una muchacha
rubia, sombrero calado a
la altura de los ojos,
acciona las cuerdas de
un contrabajo. Los
líderes van al frente:
un hombre y una mujer.
Él está embozado con un
pañuelo y empuña algo
parecido a un banjo o
una guitarra. Ella
canta, lleva una pluma
amarrada al pelo y en su
piel se ven rasgos de
ascendencia cherokee.
Pestañeo, y solo
entonces caigo en la
cuenta de que nada de
esto es exactamente así.
No están armados ni son
forajidos ni siquiera se
ven intimidantes. Son
los trovadores Ariel
Díaz y Lilliana Héctor
junto con sus tres
músicos. Él no lleva un
pañuelo en la boca sino
en el pelo. Ella es
trigueña, pero
difícilmente podría
pasar por cherokee,
navaja o sioux. José
Víctor Gavilondo, toca
una pianola, no usa
lentes oscuros, sino
unos que corrigen su
miopía, y mueve la
cabeza por la música,
nada más. Ernesto Raymat
no tiene cucharas, sino
dos baquetas y con ellas
golpea la batería.
Claudia Reynaldo es
rubia, aunque no usa
sombrero ni contrabajo,
toca un bajo eléctrico
común, de toda la vida.
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La taberna tampoco es
una taberna, sino el
Patio de Baldovina, no
hay olor a whisky ni
maderas crujientes ni
oscuros pistoleros, solo
unas cuantas sillas
plásticas, un árbol y un
poco de brisa. El coyote
era un simple perro
flaco que maldecía su
suerte frente al parque.
La culpa la tienen las
películas, tanto Salvaje
Oeste, tanto
spaghetti western y
tanto Llanero Solitario.
Pero, sobre todo, la
culpa la tiene la banda,
porque está tocando
country, y la
música, aunque no lo
parezca, también puede
provocar alucinaciones.
Ariel y Lilliana han
venido al Patio esta
tarde a presentar su
nuevo disco: Pueblo
sin ley. “Nosotros
ya hicimos un concierto
aquí hace algunos años
—me cuenta él— y es un
lugar con el que me
identifico, he asistido
a muchos conciertos
desde el principio.
Además, cuando estoy
fuera de Cuba y quiero
buscar información de la
cultura cubana, de una
manera casi automática
siempre acudo a La
Jiribilla. Eso
ocurre por varias
razones: primero porque
visualmente es muy
atractiva, y segundo por
el enfoque tan singular
que tiene sobre nuestra
cultura. También he
colaborado varias veces
con la revista. Cuando
fuimos a presentar el
disco no queríamos
enjaularlo en un teatro,
porque es lo que siempre
se hace, aquí intentamos
hacer algo más parecido
al disco, abierto,
fresco, no era justo
encerrarlo en un teatro
con la luz apagada”.
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En efecto, esta música
se hizo para tocar al
aire libre, alrededor de
una hoguera, en un
portal de madera después
del trabajo, a lomos de
un caballo en el
desierto y todos los
otros clichés que uno
pueda recordar. El disco
es un homenaje al
Country and Western que
se tocaba en el oeste y
el sur de los EE.UU. a
base de guitarra, banjo,
violín o armónica. Ya
fuera en tonadas
tristes, nostálgicas,
alcohólico-depresivas o
alegres, rápidas y
divertidas, con el sabor
de la música celta
todavía latente.
Así es la canción que
presta su título al
disco, la primera que
escribieron, casi a modo
de broma. Un ritmo
pegajoso marcado por el
bajo y una percusión
apenas perceptible,
donde destaca, sobre
todo, el piano, cuyas
florituras y escalas
hacen mover al más
tieso. El tema trata
sobre un pueblo que,
confiado por la ayuda
que recibe de un
poderoso condado amigo,
se dedica al despilfarro
hedonista; hasta que un
tornado arrasa con el
condado y el pueblo de
la historia, a su vez,
es azotado por la
crisis.
“Después de terminar esa
canción en estilo
country —cuenta
Ariel—, nos planteamos
el reto de hacer ese
tipo de música y
mantenernos en esa línea
durante todo el disco,
algo que no habíamos
hecho hasta ahora.
Resultó bastante difícil
sobre todo porque no
queríamos repetirnos.
Buscamos rítmicas,
ambientes para las
canciones y creo que al
final se logró bastante
bien. Estamos contentos
con el resultado, a
pesar de que lo grabamos
en nuestra casa, en un
estudio medio
improvisado”.
Tal vez el estudio lo
fuera, pero los músicos,
definitivamente no.
Ninguno de los tres
parece tener más de 20
años y tocan con una
destreza que les dobla
la edad. Salta al oído
que son músicos de
escuela, quizá con un
pasado más cercano al
jazz que al
country. Al terminar
el concierto Lilliana me
lo confirma:
“Estos músicos empezaron
a trabajar con nosotros
a raíz de un concierto
anterior, como nos
complementamos tan bien
y teníamos la idea de
grabar el disco, pues
decidimos seguir con
ellos. Tienen una
formación académica y
hacen un trabajo un poco
más jazzístico. Eso, sin
dudas, nos ha aportado
mucho a nuestra forma de
escribir las canciones,
ahora componemos de otro
modo porque ellos nos
han enseñado, como
también es probable que
ellos hayan aprendido
algo con nosotros”.
Además del country,
el estilo más evidente,
el disco también tiene
elementos cercanos al
pop rock y a un
género —postmodernidad
gloriosa— que no
pertenece a la música,
sino al cine: el
Western.
“También es un homenaje
al cine —reconoce
Ariel—. A mí
personalmente me gustan
mucho las películas del
oeste. En el disco hay
efectos casi
cinematográficos que te
llevan a ese mundo.
Puedes escucharlo como
una unidad y va narrando
una historia, como un
filme. Lo hicimos así a
propósito, sin miedo a
caer en el cliché, con
muchos guiños que son
disfrutables más allá de
las canciones”.
Además de los guiños al
cine, hay otros quizá
más sutiles, que a
través de los códigos de
bandidos, pistolas y
ganado, no apelan
directamente a ese
mundo, sino al nuestro.
Según Lilliana, la
realidad social del país
es un tema recurrente en
la obra de ambos, pues,
trovadores al fin, eso
nunca ha dejado de
preocuparles.
“Creo que la sociedad,
el público, la gente
está necesitada de
escuchar cosas como esta
—apostilla Ariel—,
porque nuestras
preocupaciones no son
solo nuestras, y eso se
ve en las reacciones de
las personas cuando se
identifican con
determinadas canciones.
Hay cosas que debemos
decir, el arte no puede
seguir un camino
solamente lúdico, como
acostumbran algunos
últimamente, no solo en
la música. Sobre todo
las canciones de un
trovador cubano deben
retomar el camino de la
preocupación por lo que
le rodea”.
Ese es el espíritu de
este disco, el del
trovador, no importa de
dónde, que mira al mundo
de medio lado y empuña
la guitarra nostálgica,
mientras se pone el sol,
porque no le queda de
otra. Solo así puede
traer un poco de orden
al caos.
Un disco que en realidad
aún no es, porque a
pesar de que ya
terminaron la grabación,
todavía no está en ese
soporte. Piensan
presentarlo a alguna
disquera aquí en Cuba y
hacer una tirada de mil
copias en EE.UU. que
costearán ellos mismos.
Mientras, han traído una
laptop al Patio de
Baldovina y todo el que
quiera copiarlo puede
hacerlo, no cuesta nada.
“Ahora viene el tiempo
en que tenemos que
defender el disco
—vaticina Lilliana—,
presentarlo en la radio,
ya está casi terminado
un videoclip al tema
“Lejanías” y queremos
seguir promocionándolo.
Inicialmente ese es el
plan. Después los dos
pensamos grabar cada uno
un disco en solitario
que, si todo sale bien,
lanzaremos juntos”.
Por lo pronto, Pueblo
sin ley —salvo la
incursión que implica en
la carrera de ambos
artistas— no es más que
esto: un sencillo
homenaje a la música
country, que se
disfruta precisamente
por eso. Basta con
cerrar los ojos,
escuchar y la película
comienza. La historia,
contaba por una banda de
cinco forajidos, de un
pueblo donde alguna vez
hubo ley, pero ya no. |