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El 11 definitivamente no
es un buen número; más
allá de tratarse del
primer número
palíndromo, lo cual
siempre resulta
atractivo, sus
connotaciones nunca han
sido halagüeñas.
Los cristianos, por
ejemplo, lo asumen como
un número maldito, por
eso no lo incluyeron en
su simbología, San
Agustín de Hipona
incluso le llamaba el
blasón del pecado. Está
a medio camino entre el
diez y el 12, tan
cargados de
significaciones en la
cultura occidental. Es
el quinto número primo,
después del siete y
antes del 13, o sea,
nada especial. Los
pitagóricos adoraban el
diez, que formaba la
tetrakys, una figura
sagrada, sin
embargo, al 11 nunca le
hicieron mucho caso.
Hasta el dominó parece
evitarlo.
Sin ir muy lejos, basta
mirar las fechas
recientes: 11 de marzo
de 2011, terremoto y
tsunami en Japón, más de
15 mil muertos; 11 de
marzo de 2004, atentados
en el metro de Madrid,
191 fallecidos; 11 de
abril de 2002, golpe de
Estado en Venezuela. Sin
olvidar, desde luego, el
11 de septiembre y los
aviones como bombas y
las bombas sobre la
Moneda. O sea, salvo en
el fútbol, el 11 nunca
ha traído demasiada
suerte.
Sin embargo, más allá de
cábalas, supersticiones,
augurios, simbologías y
fatalismos, La
Jiribilla cumple 11
años. Es cierto que este
aniversario no tiene la
novedad y expectación
del quinto ni la dulce
sensación que provoca
el
décimo. La verdad es que
hasta suena feo: undécimo. Pero aquí,
aunque creen en
ángeles,
nunca han sido muy
supersticiosos —solo lo
imprescindible— ni le
tienen miedo a las
palabras.
Desde aquel 5 de mayo de
2001, día en que asomó
por primera vez al
ciberespacio, la revista
aprendió a remar con el
viento en contra. Cuando
se hace un medio digital
desde una vieja
laptop, con una
bicicleta china como
único medio de
transporte, sacrificando
los domingos en la
redacción de Juventud
Rebelde o en un
angosto cuarto del
Palacio del Segundo
Cabo, yéndose de
madrugada los días de
cierre —y los que no—,
uno suele perderle
el miedo a las
adversidades.
Por supuesto, La
Jiribilla ya no se
hace así. Pero
el espíritu del inicio,
esa sensación de hacer
algo distinto, de nadar
río arriba, de defender
la verdad de Cuba sin
importar lo adverso que
sea el contexto, de
sentir que
Lezama, de
una forma u otra,
siempre anda cerca; eso,
no se ha perdido.
Basta revisar los
últimos números, el
espíritu todavía puede
verse en muchos de los
dosieres, en el diseño,
en las ilustraciones, en
las ediciones de
La
Jiribilla de Papel
—extraño caso donde la
versión impresa sucede a
la digital, pues
apareció justo dos años
después de esta—,
incluso, llega a
sentirse en los
conciertos de El
Patio
de Baldovina.
Por eso, a pesar del 11
y su fatalidad capicúa,
la revista
celebrará su aniversario
este 16 de mayo a las
4:30 de la tarde con una
exposición de Sándor
González, 11 años no
son nada, y un
concierto de Raúl
Torres. También se
entregará el Ángel de la
jiribilla, pues, a fin
de cuentas, nadie mejor
que los ángeles para
contrarrestar a los
números y su mala
suerte. Y este,
particularmente, jamás
ha creído en esas cosas. |