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A la memoria de Miguel
Menéndez, por mis deudas
En la última noche del
Festival de Camagüey,
hace ya casi dos años,
Ernesto Parra me pidió
le consiguiera un asesor
para un próximo proceso
de trabajo que quería
iniciar. No le confesé
que quería ser yo por
eso que en Cuba llamamos
pena, es decir,
vergüenza.
Pero nos quedamos al
habla, como de alguna
manera lo hemos estado a
lo largo de varios años,
y finalmente la flecha
convergió en mí. Quería
aventurarme por varias
razones. Porque me gusta
trabajar como asesor,
ese gozne entre teoría y
práctica que siempre
puede aportar
precisiones e ideas
frente al material
“hirviendo”. Porque me
gusta la relación con
Las Tunas, provincia con
la cual guardo un cierto
compromiso por un
trabajo no terminado
allá en los 90, y donde
son tan generosos
conmigo. Y, sobre todo,
porque calculaba que
aprendería mucho de un
proceso que se mueve en
una especialidad de la
que desconocía casi todo
y de la cual sé algo hoy
gracias precisamente al
montaje de Narices.
No pude aportar mucho
porque Ernesto Parra lo
tenía todo muy claro,
muy calculado a partir,
además, de su texto-guion,
a la vez que abierto a
los aportes de los
actores y demás miembros
del equipo. Así debe
ser. El director tiene
ideas en la cabeza y
vías para cosificarlas
sobre las tablas, al
tiempo que los actores
convierten aquellos
signos en algo nuevo,
enriquecido y suyo.
Después de un tiempo,
sistemático y firme,
creativo y vencedor de
obstáculos, el
espectáculo arranca su
peregrinar con la
temporada oficial de
estreno en el Teatro 28
de Septiembre, sede de
la agrupación en su
territorio.
Si usted —niño, joven o
viejo—, con toda su
imaginación dispuesta,
despierta o entra al
interior de un payaso,
hay un recinto
insoslayable en su
viaje. Sin esos
orificios, o si el
apéndice se pierde o
cae, el payaso extravía
su propia condición.
Vamos todos, pues, a
buscar y encontrar,
junto con actrices y
actores, dentro de un
espectáculo que es
cartografía de
identidades, tan
antiguas como la
necesidad de todo humano
de SER.
Espante el asombro y
atraviese el umbral para
luego escarbar en el
reino del payaso. Ábrase
porque la sorpresa es
parte del universo del
clown y la
inversión de la lógica
cotidiana es
imprescindible a su
poética.
Teatro Tuyo, bajo el
liderazgo de Ernesto
Parra (por interés
propio y sin la vana
pretensión de ser
reconocidos en el futuro
como iniciadores),
comenzó, hace más de una
década, la siembra a
cuya siega asistimos
desde hace algún tiempo;
cosecha que hoy se
expande sobre los
escenarios de Las Tunas.
Este montaje es una
particular parada —nunca
definitivo puerto— de la
agrupación en su
travesía hasta la
desembocadura. Si en
La estación, el
director y dramaturgo
consiguió como actor en
solitario demostrar
cuánto había alcanzado
saber, deglutir y
construir en su
inmersión en la estética
del clown, en
esta puesta en escena se
trata del salto de esa
estación individual a
una instancia colectiva.
Ellos no soñaron ser
fundadores, pero resulta
que Las Tunas,
desafiando su aridez, es
excelente muestra de
cómo el cultivo de un
artista —más tarde
refrendado por un grupo—
se expande en el gusto
de seguidores, primero,
y de un público,
finalmente. La provincia
es hoy el lugar
indiscutido de la magia
en Cuba, gracias a
Píter. En el
presente, el territorio
renueva, en las manos de
jóvenes titiriteros, sus
conquistas en la
animación de figuras.
Ahora Tunas suma otro
punto —como ese
elemento-símbolo que se
persigue en esta puesta—
a la geografía escénica
de Cuba. Gracias a Parra
y su tropa es ciudad con
un árbol que florece
aquí y nos brinda sus
frutos únicos: narices
de payaso. |