La Habana. Año XI.
12 al 18 de MAYO de 2012

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Árbol de frutos únicos
Omar Valiño • La Habana

A la memoria de Miguel Menéndez, por mis deudas


En la última noche del Festival de Camagüey, hace ya casi dos años, Ernesto Parra me pidió le consiguiera un asesor para un próximo proceso de trabajo que quería iniciar. No le confesé que quería ser yo por eso que en Cuba llamamos pena, es decir, vergüenza.

Pero nos quedamos al habla, como de alguna manera lo hemos estado a lo largo de varios años, y finalmente la flecha convergió en mí. Quería aventurarme por varias razones. Porque me gusta trabajar como asesor, ese gozne entre teoría y práctica que siempre puede aportar precisiones e ideas frente al material “hirviendo”. Porque me gusta la relación con Las Tunas, provincia con la cual guardo un cierto compromiso por un trabajo no terminado allá en los 90, y donde son tan generosos conmigo. Y, sobre todo, porque calculaba que aprendería mucho de un proceso que se mueve en una especialidad de la que desconocía casi todo y de la cual sé algo hoy gracias precisamente al montaje de Narices.

No pude aportar mucho porque Ernesto Parra lo tenía todo muy claro, muy calculado a partir, además, de su texto-guion, a la vez que abierto a los aportes de los actores y demás miembros del equipo. Así debe ser. El director tiene ideas en la cabeza y vías para cosificarlas sobre las tablas, al tiempo que los actores convierten aquellos signos en algo nuevo, enriquecido y suyo.

Después de un tiempo, sistemático y firme, creativo y vencedor de obstáculos, el espectáculo arranca su peregrinar con la temporada oficial de estreno en el Teatro 28 de Septiembre, sede de la agrupación en su territorio.

Si usted —niño, joven o viejo—, con toda su imaginación dispuesta, despierta o entra al interior de un payaso, hay un recinto insoslayable en su viaje. Sin esos orificios, o si el apéndice se pierde o cae, el payaso extravía su propia condición. Vamos todos, pues, a buscar y encontrar, junto con actrices y actores, dentro de un espectáculo que es cartografía de identidades, tan antiguas como la necesidad de todo humano de SER.

Espante el asombro y atraviese el umbral para luego escarbar en el reino del payaso. Ábrase porque la sorpresa es parte del universo del clown y la inversión de la lógica cotidiana es imprescindible a su poética.

Teatro Tuyo, bajo el liderazgo de Ernesto Parra (por interés propio y sin la vana pretensión de ser reconocidos en el futuro como iniciadores), comenzó, hace más de una década, la siembra a cuya siega asistimos desde hace algún tiempo; cosecha que hoy se expande sobre los escenarios de Las Tunas.

Este montaje es una particular parada —nunca definitivo puerto— de la agrupación en su travesía hasta la desembocadura. Si en La estación, el director y dramaturgo consiguió como actor en solitario demostrar cuánto había alcanzado saber, deglutir y construir en su inmersión en la estética del clown, en esta puesta en escena se trata del salto de esa estación individual a una instancia colectiva.

Ellos no soñaron ser fundadores, pero resulta que Las Tunas, desafiando su aridez, es excelente muestra de cómo el cultivo de un artista —más tarde refrendado por un grupo— se expande en el gusto de seguidores, primero, y de un público, finalmente. La provincia es hoy el lugar indiscutido de la magia en Cuba, gracias a Píter. En el presente, el territorio renueva, en las manos de jóvenes titiriteros, sus conquistas en la animación de figuras.

Ahora Tunas suma otro punto —como ese elemento-símbolo que se persigue en esta puesta— a la geografía escénica de Cuba. Gracias a Parra y su tropa es ciudad con un árbol que florece aquí y nos brinda sus frutos únicos: narices de payaso.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.