|
Los domingos suelen ser
días donde la morosidad
parece se apodera de
nosotros. Si ahora nos
sucede, cuando
disponemos de la radio,
la televisión, el cine y
otros múltiples espacios
de entretenimiento,
¿cómo sería en el siglo
xix? El ocasional
teatro para ver
compañías españolas,
francesas o italianas,
el paseo en quitrines
por las empolvadas
calles, la retreta, las
tertulias en los
domicilios, la
infaltable asistencia a
la misa dominical. Eso,
para las pudientes. Las
pobres, las esclavas, si
acaso un baile de cuna,
como a los que asistía
Cecilia Valdés, donde la
contradanza enardecía la
pasión de los blancos
ricos —ellos sí podían
asistir a las fiestas
“de negros”— por las
mulatas vestidas de
fiesta. Pero también
para las mujeres que
supieran leer y escribir
—blancas en su mayoría,
con cierta posición
económica, por supuesto,
pues había que
suscribirse— se fundaron
revistas, muchas de
ellas “dedicadas al
bello secso [sic]”, como
entonces se escribía.
Entre estas, figura
El Amigo de las Mujeres,
cuyo primer número vio
la luz el 23 de octubre
de 1864. En el obligado
prospecto que debía
preceder a cualquier
publicación expresaron
la intención de “hacer
un periódico elegante y
moral a la vez,
instructivo y de recreo,
que pueda entrar lo
mismo en el gabinete de
la opulenta habanera que
en la modesta casa de la
obrera...”, propósito
que dudo pudiera
cumplirse, pues en ese
momento las obreras eran
bastante pocas, por lo
general analfabetas y
con tan escasos recursos
económicos que les era
imposible, supongo,
dedicar un real para tal
distracción. La revista
se extendió hasta 1867,
pero en los cuatro años,
aproximadamente, de su
existencia, hubo
momentos en que dejó de
publicarse.
Aunque dedicada casi
exclusivamente a
trabajos de carácter
literario, abrió sus
páginas a artículos
sobre bellas artes,
modas, teatros y
anuncios. Pero lo
singular de esta
publicación, tan poco
conocida, es su
impresionante cuerpo de
colaboradores, formado
por “la flor y nata” de
la literatura cubana del
momento y que convierten
sus páginas en una
verdadera antología en
lo referente al género
poético. Encontramos las
firmas de Luisa Pérez de
Zambrana, Rafael María
de Mendive, Antonio
Sellén, José Fornaris,
Juan Clemente Zenea,
Tristán de Jesús Medina,
Úrsula Céspedes de
Escanaverino, Mercedes
Valdés Mendoza, Ignacio
María de Acosta, el
gaditano Antonio López
Prieto, que años más
tarde, en 1881, publicó
una de las antologías
más importantes del
siglo
xix cubano:
Parnaso cubano, que
comprende autores desde
Manuel de Zequeira hasta
aquellos contemporáneos
al antologador, Antonio
Enrique de Zafra y otros
autores menos conocidos.
Aunque no se sabe
exactamente cuándo
desapareció, algunos
autores afirman que fue
en el año 1867, como se
expresó antes.
Los números revisados de
El Amigo de las
Mujeres muestran una
verdadera colección
antológica de “poesías
selectas”, como solía
decirse entonces, de
modo que Juan Clemente
Zenea, el llamado
posteriormente “poeta
mártir”, uno de los
“dioses mayores de la
poesía cubana”, “el
primer poeta cubano que
tiene cultura poética,
es decir cultura
partiendo de la poesía,
de las sutiles
progresiones de la
metáfora, de las
relaciones entre el
cuerpo y la imagen”,
según apreciaciones del
autorizado Lezama Lima,
está representado con
composiciones de su
libro Cantos de la
tarde (1860), como
la titulada “Sobre el
mar”, dedicada a Rafael
María de Mendive, de la
cual extraemos estas
estrofas:
Hinchaba el viento las
lonas,
La quilla espumas
hollaba,
Y en la popa tremolaba
Orgulloso el pabellón;
Y yo a la borda del
buque
Lloroso y meditabundo,
Llevaba en mi mente un
mundo
De entusiasmo y de
ilusión.
[...]
Entonces ¡ay! como
nunca,
lloré mi tiempo perdido,
Y lamenté arrepentido
Mis ignorancias de ayer,
Y maldije aquellas horas
De perversas amistades,
Y las locas mocedades,
Y el abuso del placer.
Dos voces calificadas
apuntalan la figura de
Tristán de Jesús
Medina, activo
colaborador de El
Amigo de las
Mujeres: José Lezama
Lima lo incluyó en el
tomo
ii de su
Antología de la poesía
cubana y Cintio
Vitier le dio espacio en
su obra La crítica
literaria y estética en
el siglo
xix cubano,
apoyándose en la
afinidad que tienen sus
crónicas de 1881
tituladas “Recuerdos de
la patria del poeta
Coleridge” y “Cervantes
y Calderón”, con la
crítica literaria que,
en esos mismos años,
hacía José Martí. Sin
embargo, la obra de
Tristán de Jesús Medina
aún espera estudios y
descubrimientos. En
fecha reciente el
especialista Jorge
Ferrer dio a la luz
Tristán de Jesús Medina,
retrato de apóstata con
fondo canónico
(Madrid, Editorial
Verbum, 2004), obra que
contiene artículos,
ensayos y sermones de
este controvertido
autor.
Nacido en Bayamo en
1833, Tristán estudió en
La Habana, Filadelfia,
Madrid y Alemania. De
nuevo en la isla, a los
18 años contrajo
matrimonio con Magdalena
de la Junquera, joven
que, al decir de Max
Henríquez Ureña, lo
sedujo “por su belleza
angelical”. Enviudó al
año siguiente, y quedó
al cuidado de una hija.
Abrumado por el dolor,
que le condujo a
escribir su romance
“Adiós a Magdalena”, ni
siquiera el estudio del
violín, su instrumento
favorito, le produjo
consuelo. Su decisión
fue determinante:
seguiría la carrera
eclesiástica. Se ordenó
en el Seminario de San
Basilio el Magno, en
Santiago de Cuba, donde
ejerció también como
profesor en las cátedras
de Física Experimental e
Historia Universal. En
los periódicos El
Redactor y El
Orden, de dicha
ciudad, publicó, en el
primero, su novela “Una
lágrima y una gota de
rocío”, y en el segundo
otra titulada “Un joven
alemán”, que repitió en
la revista que
comentamos. Ambas se
inscriben más bien en la
narración extensa, sin
llegar a constituir
propiamente novelas En
1854 editó los cuadernos
No me olvides,
redactados casi
enteramente por él,
donde dio a conocer
también los primeros
capítulos de otra
novela, El doctor
In-Fausto, y algunas
poesías. En 1856 celebró
su primera misa. De
nuevo en La Habana, ganó
merecido prestigio como
orador sagrado y
colaboró en revistas y
periódicos, momento en
que se vincula a esta
revista con una de las
pocas narraciones suyas
que han llegado a
nuestros días: “Un joven
alemán”, entregada por
capítulos en números
sucesivos, que en tanto
obra de juventud adolece
de confusiones y
sorpresas relacionadas
con el estado civil de
los personajes,
situaciones violentas y
conflictivas, crímenes
refinadamente concebidos
y, en general, un
conjunto de efectismos
propios del romanticismo
en decadencia. Publicó
también en esta revista
algunas poesías en
composiciones de rasgos
nerviosos y algunos
destellos de imaginación
ferviente.
Prestigió las páginas de
El Amigo de las
Mujeres Luisa Pérez
de Zambrana, ya por
entonces reconocida
poetisa, cuyas mejores
páginas ya por entonces
se habían
“desespañolizado”, como
advierte Cintio Vitier,
de nuestra lírica. Allí
publicó composiciones de
las que aún están
ausentes la tristeza que
posteriormente
acompañaron sus
Elegías familiares,
preñadas del dolor por
los sufrimientos
padecidos a lo largo de
su extensa vida: pérdida
del esposo y,
paulatinamente, de sus
cinco hijos. Sus
composiciones para esta
revista estallan en
inocencia y delicia de
vivir, como en su poema
“A mi amigo A. L.”,
donde leemos
... Vísteme solo
de muselina blanca, que
es el traje
que a la tranquila
sencillez de mi alma
ý a la escasez de la
fortuna mía
armoniza más bien....
O en este “vaporoso”
segmento de “El lirio”:
Porque gracioso en el
esbelto tallo
como un vaso riquísimo
de esencia
la frente rebosada de
inocencia
del Sol alzaba al
amoroso rayo;
mas luego que la luz lo
fatigaba
al agua temblorosa se
inclinaba.
Así transcurren las
páginas de El Amigo
de las Mujeres,
pletóricas de buena
poesía, de un decir
lírico coronado por las
mejores voces del
momento, quienes en
tiempo no muy distante
comenzarían a dar,
algunos de ellos, un
giro temático a sus
inspiraciones, al
preñarse de alusiones a
la libertad de Cuba,
cuando ya en 1868 la
guerra había estallado
en los campos del
oriente cubano. |