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I
Hassane Kouyaté es un
hombre impresionante,
con una imponente
presencia escénica, de
la que muy pocos pueden
hacer gala ante su
público, de manera
generosa y natural. Es
una leyenda en sí mismo.
Compartió el vientre de
su madre con su hermano
gemelo, aunque
estuvieron juntos tan
solo dos años. Quiso el
destino dejarlo
desolado, arrancándole
de su lado a quien venía
a acompañarlo, al menos,
una buena parte de la
vida. África lo recibió
hace 49 años, cuando
transcurrían 28 días del
mes de febrero, y lo
bendijo de tal manera
que lo alzó de la tierra
muy alto, tanto, que lo
hizo ser de todos. El
hijo de Sotigui Kouyaté
hoy es nuestro, aunque
cada quien al escucharlo
prefiera creer que es
solo suyo.
De niño vivió en un
pueblo habitado por no
más de 90 personas, con
sus típicas casas,
mesas, sillas, perros,
gallinas y pollos,
cabras y chivos. Los
hombres con más de una
esposa. Las mujeres,
trabajadoras y hermosas,
vestían trajes de
colores y siempre
cantaban, algunas con
sus críos a cuestas.
Los jóvenes, las
muchachas, los niños y
los ancianos vivían
felices en aquel poblado
de Burkina Faso, donde
nunca faltaba el sol
fuerte. Sin embargo,
eran las noches las
preferidas para, bajo la
luz de la luna y las
estrellas, y frente al
fuego vivo de una gran
hoguera, escuchar al
patriarca de la
comunidad, su abuelo. Lo
escuchaban sin hacer
distancias, llenando el
espacio en forma de
caracol, siempre
cercanos unos a otros,
para mirarse a los ojos.
Aquello que el pequeño
Hassane y su gran
familia hacían en las
noches era, en verdad,
un gran espectáculo que
el Rey de la sabiduría
les ofrecía como sin
darse cuenta, pues para
ellos solo se cumplía la
vieja tradición de
contar historias, de
sostener en el tiempo
las antiguas leyendas.
Así fue creciendo
Hassane Kouyaté, como
todos los niños:
inquieto, alegre,
curioso, disfrutando la
suerte de pertenecer a
la familia de una alta
casta de griots,
reconocidos desde 1235
por el
Mansa Sounjata Keita.
Cuando en su mente
infantil no podía dar
respuesta a cuanta
interrogante lo
asaltaba, buscaba las
historias de los suyos,
de su estirpe, el más
grande y poderoso libro
que tuvo para aprender
en la vida. “¿Por qué
teje la araña, abuelo?
¿Qué es el tiempo, la
risa, el llanto, la
guerra? ¿La libertad y
el amor? ¿Los caminos?
¿La verdad? ¿El miedo?
¿Qué es el mar? ¿Qué es
la muerte?” “Todo tiene
tres respuestas posibles
—le decía el viejo— la
mía, la tuya y la que
encontrarás en tu
andar”.
Los Kouyaté gustaban de
las artes, del teatro,
de la palabra, y a ello
dedicaron su existencia.
Atesoraban siglos de
saberes sobre su pueblo.
Fueron declarados los
amos de las ceremonias y
por eso son conocidos
como Djelis, que quiere
decir, los que explican
cuentos o cantan poemas.
Son los guardianes de la
tradición y los únicos
autorizados a mediar
cuando hay conflictos
entre personas, clanes y
tribus, incluso en las
relaciones entre otros
pueblos y gobiernos.
Para el muchacho, aquel
mundo era más que una
fantasía, era la misma
vida, lo real. Pero
resultó que un día
empezó a cansarse de
todo aquello, no quería
saber del teatro ni de
historias ni de nada.
Cada vez que llegaba a
la casa después del
juego o de la escuela,
preguntaba por sus
padres y la respuesta
siempre era la misma:
están para el teatro.
Hassane quería estar con
ellos más tiempo y no
podía. Le disgustaba
tanta lejanía y que “el
teatro” le arrebatara el
cariño familiar que
tanto deseaba. Entonces
se juró a sí mismo no
involucrarse nunca en
ese mundo; al fin y al
cabo era demasiado
teatral, decía para sus
adentros. Seré un hombre
de negocios. Y así fue.
El niño creció y se hizo
un hermoso varón, alto,
elegante, con una
extraordinaria fuerza
hasta para el abrazo.
Fuerza en la mirada, en
los gestos; ímpetu en
las acciones, los
movimientos. Hassane
cumplió su predicción y
se fue de la casa una
tibia mañana para
estudiar. Se hizo
empresario, todo un
señor de negocios y
hasta un ostentoso
puesto de trabajo logró
obtener: representante
de la Peugeot para toda
África. Hassane Kouyaté,
retoño de los Nyamakala
(energías ocultas) del
imperio, respiró
profundo, como quien se
asegura de estar vivo y
haber cumplido una larga
meta. Pero el azar lo
hizo acercarse a lo que
tanto había negado, y
una extraña sensación lo
atrapó desde adentro.
Debió sentir un inmenso
deseo de correr a su
poblado para encontrarse
con sus mayores y
preguntar, como cuando
era un niño: “¿Qué haré
con estas energías
invisibles que tengo?
¿Cómo continuar viviendo
afuera de este
maravilloso mundo que
conozco desde que abrí
mis ojos?”. En escasos
minutos Hassane hizo una
retrospectiva y dijo:
“Bueno, voy a hacerlo
por un poco de tiempo,
espérenme un momento,
por favor, enseguida
regreso…”. Jamás volvió.
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 |
II
Nunca antes lo había
visto, nunca había
escuchado hablar de él,
pero lo descubrí una
noche en el escenario
del patio de la Casa de
la Poesía. Hassane
Kouyaté llegó a Cuba,
por primera vez, un día
frío de enero del año
2008. Traía en su ancha
espalda —cubierta por un
radiante traje azul—
siglos de historias, y
en su corazón, los
mejores cuentos de su
pueblo. Bajo el brazo,
un tambor que golpeaba
para anunciar su
entrada. Y contó… Contó
con la fuerza de la más
temible fiera de una
selva, a quien hay que
respetar y escuchar con
extrema atención, sin
apartarle ni un segundo
la mirada. Después nos
dejó su sabiduría, para
que nadie lo vaya a
juzgar nunca de no
compartir las
enseñanzas. Y supe
entonces quién era y de
dónde había surgido este
hombre hermoso, como
quiere él que sean todos
los hombres de sus
cuentos. Me acerqué a
Hassane sin timidez,
ofreciéndole mi mano en
gesto de saludo y
cortesía, al tiempo que
mis padres le decían, es
nuestra hija… Le sonreí
y él me abrazó; nos
abrazamos, aunque pocas
palabras pudimos
intercambiar esa primera
vez, por las
limitaciones del idioma.
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 |
III
Han pasado cuatro años
de aquel primer
encuentro y ahora vuelve
a nosotros como si nunca
hubiera partido, otra
vez de la mano de
Coralia Rodríguez,
narradora y actriz, pero
sobre todo, su amiga,
que de manera espléndida
traslada al español las
palabras que él nos
desgrana en francés.
Hassane Kouyaté, icono
de la compañía teatral
de Peter Brook, griot,
actor y director,
Caballero de las Artes y
las Letras de Francia y
Burkina Faso, regresó
este año a La Habana
para el homenaje por los
50 años de vida
artística de la
narradora Mayra Navarro,
en la Jornada de
Narración Oral Los
dueños de la Palabra,
junto con la
narradora
franco-haitiana Mimí
Barthélémy y la cubana
Coralia Rodríguez.
En la primera noche la
Sala Teatro Llauradó,
sede de la Jornada
comenzó a llenarse poco
a poco. Allí estaba él,
como espectador de la
presentación de Mayra
Navarro; entró
silenciosamente, para
disfrutar del
espectáculo. Muy pocos
aún habían tenido la
oportunidad de
saludarlo. Cuando los
aplausos indicaron el
fin de la contada, fue
que lo vi. Con su fuerza
de siempre hubo de
abrazarme y ofrecerme,
en español, un afectuoso
saludo. El reencuentro
fue especial; fotos,
anécdotas y reuniones en
cada una de las noches,
con un grupo formado por
algo más de 20 personas.
El día de su espectáculo
fue el tercero, y
también el último del
encuentro. Bastó para
confirmar a quién
teníamos delante en la
escena, con las luces
realzando su rostro
firme. Allí estaba aquel
niño que quiso huir del
maravilloso mundo de las
artes. Estaba frente a
nosotros convertido en
un hombre, magistral,
único. Y esta vez contó
como un ángel, como el
más genial de los
hacedores de este arte.
Durante una hora y media
irradió su energía,
abrió su corazón y nos
hizo reír, conmovernos,
reflexionar. De nuevo
disfruté del
inconmensurable talento
de Hassane Kouyaté,
moviéndose
impetuosamente por el
escenario; entrando y
saliendo del agua para
no mojarse los pies:
subiendo la soga para
alcanzar la estrella que
tanto le coqueteó; como
ratón y como serpiente,
dentro de una cueva a la
que nosotros mismos lo
mandamos. Cuando Hassane
Kouyaté cuenta,
centellea la vida y yo,
desde mi butaca, le
guiño un ojo cómplice y
le hago llegar mi
admiración.
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