La Habana. Año XI.
12 al 18 de MAYO de 2012

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Una vez más en Cuba Hassane Kouyaté

Mayra Viñalet • La Habana

Fotos: Cortesía de la autora

I

Hassane Kouyaté es un hombre impresionante, con una imponente presencia escénica, de la que muy pocos pueden hacer gala ante su público, de manera generosa y natural. Es una leyenda en sí mismo. Compartió el vientre de su madre con su hermano gemelo, aunque estuvieron juntos tan solo dos años. Quiso el destino dejarlo desolado, arrancándole de su lado a quien venía a acompañarlo, al menos, una buena parte de la vida. África lo recibió hace 49 años, cuando transcurrían 28 días del mes de febrero, y lo bendijo de tal manera que lo alzó de la tierra muy alto, tanto, que lo hizo ser de todos. El hijo de Sotigui Kouyaté hoy es nuestro, aunque cada quien al escucharlo prefiera creer que es solo suyo.  

De niño vivió en un pueblo habitado por no más de 90 personas, con sus típicas casas, mesas, sillas, perros, gallinas y pollos, cabras y chivos.  Los hombres con más de una esposa. Las mujeres, trabajadoras y hermosas, vestían trajes de colores y siempre cantaban, algunas con sus críos a cuestas.  Los jóvenes, las muchachas, los niños y los ancianos vivían felices en aquel poblado de Burkina Faso, donde nunca faltaba el sol fuerte. Sin embargo, eran las noches las preferidas para, bajo la luz de la luna y las estrellas, y frente al fuego vivo de una gran hoguera, escuchar al patriarca de la comunidad, su abuelo. Lo escuchaban sin hacer distancias, llenando el espacio en forma de caracol, siempre cercanos unos a otros, para mirarse a los ojos. Aquello que el pequeño Hassane y su gran familia hacían en las noches era, en verdad, un gran espectáculo que el Rey de la sabiduría les ofrecía como sin darse cuenta, pues para ellos solo se cumplía la vieja tradición de contar historias, de sostener en el tiempo las antiguas leyendas.

Así fue creciendo Hassane Kouyaté, como todos los niños: inquieto, alegre, curioso, disfrutando la suerte de pertenecer a la familia de una alta casta de griots, reconocidos desde 1235 por el Mansa Sounjata Keita.  Cuando en su mente infantil no podía dar respuesta a cuanta interrogante lo asaltaba, buscaba las historias de los suyos, de su estirpe, el más grande y poderoso libro que tuvo para aprender en la vida. “¿Por qué teje la araña, abuelo? ¿Qué es el tiempo, la risa, el llanto, la guerra? ¿La libertad y el amor? ¿Los caminos? ¿La verdad? ¿El miedo? ¿Qué es el mar? ¿Qué es la muerte?” “Todo tiene tres respuestas posibles —le decía el viejo— la mía, la tuya y la que encontrarás en tu andar”.

Los Kouyaté gustaban de las artes, del teatro, de la palabra, y a ello dedicaron su existencia. Atesoraban siglos de saberes sobre su pueblo. Fueron declarados los amos de las ceremonias y por eso son conocidos como Djelis, que quiere decir, los que explican cuentos o cantan poemas. Son los guardianes de la tradición y los únicos autorizados a mediar cuando hay conflictos entre personas, clanes y tribus, incluso en las relaciones entre otros pueblos y gobiernos. Para el muchacho, aquel mundo era más que una fantasía, era la misma vida, lo real. Pero resultó que un día empezó a cansarse de todo aquello, no quería saber del teatro ni de historias ni de nada. Cada vez que llegaba a la casa después del juego o de la escuela, preguntaba por sus padres y la respuesta siempre era la misma: están para el teatro. Hassane quería estar con ellos más tiempo y no podía. Le disgustaba tanta lejanía y que “el teatro” le arrebatara el cariño familiar que tanto deseaba. Entonces se juró a sí mismo no involucrarse nunca en ese mundo; al fin y al cabo era demasiado teatral, decía para sus adentros. Seré un hombre de negocios. Y así fue.

El niño creció y se hizo un hermoso varón, alto, elegante, con una extraordinaria fuerza hasta para el abrazo. Fuerza en la mirada, en los gestos; ímpetu en las acciones, los movimientos. Hassane cumplió su predicción y se fue de la casa una tibia mañana para estudiar. Se hizo empresario, todo un señor de negocios y hasta un ostentoso puesto de trabajo logró obtener: representante de la Peugeot para toda África. Hassane Kouyaté, retoño de los Nyamakala (energías ocultas) del imperio, respiró profundo, como quien se asegura de estar vivo y haber cumplido una larga meta. Pero el azar lo hizo acercarse a lo que tanto había negado, y una extraña sensación lo atrapó desde adentro. Debió sentir un inmenso deseo de correr a su poblado para encontrarse con sus mayores y preguntar, como cuando era un niño: “¿Qué haré con estas energías invisibles que tengo? ¿Cómo continuar viviendo afuera de este maravilloso mundo que conozco desde que abrí mis ojos?”. En escasos minutos Hassane hizo una retrospectiva y dijo: “Bueno, voy a hacerlo por un poco de tiempo, espérenme un momento, por favor, enseguida regreso…”. Jamás volvió.

II

Nunca antes lo había visto, nunca había escuchado hablar de él, pero lo descubrí una noche en el escenario del patio de la Casa de la Poesía.   Hassane Kouyaté llegó a Cuba, por primera vez, un día frío de enero del año 2008. Traía en su ancha espalda —cubierta por un radiante traje azul— siglos de historias, y en su corazón, los mejores cuentos de su pueblo. Bajo el brazo, un tambor que golpeaba para anunciar su entrada. Y contó…  Contó con la fuerza de la más temible fiera de una selva, a quien hay que respetar y escuchar con extrema atención, sin apartarle ni un segundo la mirada. Después nos dejó su sabiduría, para que nadie lo vaya a juzgar nunca de no compartir las enseñanzas. Y supe entonces quién era y de dónde había surgido este hombre hermoso, como quiere él que sean todos los hombres de sus cuentos. Me acerqué a Hassane sin timidez, ofreciéndole mi mano en gesto de saludo y cortesía, al tiempo que mis padres le decían, es nuestra hija… Le sonreí y él me abrazó; nos abrazamos, aunque pocas palabras pudimos intercambiar esa primera vez, por las limitaciones del idioma.

III

Han pasado cuatro años de aquel primer encuentro y ahora vuelve a nosotros como si nunca hubiera partido, otra vez de la mano de Coralia Rodríguez, narradora y actriz, pero sobre todo, su amiga, que de manera espléndida traslada al español las palabras que él nos desgrana en francés.   

Hassane Kouyaté, icono de la compañía teatral de Peter Brook, griot, actor y director, Caballero de las Artes y las Letras de Francia y Burkina Faso, regresó este año a La Habana para el homenaje por los 50 años de vida artística de la narradora Mayra Navarro, en la Jornada de Narración Oral Los dueños de la Palabra, junto con la narradora franco-haitiana Mimí Barthélémy y la cubana Coralia Rodríguez.

En la primera noche la Sala Teatro Llauradó, sede de la Jornada comenzó a llenarse poco a poco. Allí estaba él, como espectador de la presentación de Mayra Navarro; entró silenciosamente, para disfrutar del espectáculo. Muy pocos aún habían tenido la oportunidad de saludarlo. Cuando los aplausos indicaron el fin de la contada, fue que lo vi. Con su fuerza de siempre hubo de abrazarme y ofrecerme, en español, un afectuoso saludo. El reencuentro fue especial; fotos, anécdotas y reuniones en cada una de las noches, con un grupo formado por algo más de 20 personas. El día de su espectáculo fue el tercero, y también el último del encuentro. Bastó para confirmar a quién teníamos delante en la escena, con las luces realzando su rostro firme. Allí estaba aquel niño que quiso huir del maravilloso mundo de las artes. Estaba frente a nosotros convertido en un hombre, magistral, único.  Y esta vez contó como un ángel, como el más genial de los hacedores de este arte. Durante una hora y media irradió su energía, abrió su corazón y nos hizo reír, conmovernos, reflexionar. De nuevo disfruté del inconmensurable talento de Hassane Kouyaté, moviéndose impetuosamente por el escenario; entrando y saliendo del agua para no mojarse los pies: subiendo la soga para alcanzar la estrella que tanto le coqueteó; como ratón y como serpiente, dentro de una cueva a la que nosotros mismos lo mandamos. Cuando Hassane Kouyaté cuenta, centellea la vida y yo, desde mi butaca, le guiño un ojo cómplice y le hago llegar mi admiración.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.