Cuba no deja de
estar muy vinculada
a las celebraciones
del bicentenario de
la primera
independencia de
América Latina y el
Caribe, pues a pesar
de que su primera
independencia
—profundamente
recortada por la
intervención de los
EE.UU. en el
conflicto
hispano-cubano— no
llegó hasta finales
del siglo XIX, hubo
conspiraciones y
revueltas en la Isla
en todo el período
1808-1826,
inspiradas en lo que
estaba sucediendo en
el resto de la
región, pero ellas
fueron
protagonizadas por
elementos ajenos a
los plantadores
esclavistas, es
decir:
representantes de
las capas medias,
intelectuales,
campesinos,
artesanos y esclavos1.
La burguesía esclavista
cubana, en esos momentos
rectora de una
transformación esencial
en la evolución
económico-social de la
Isla: la del tránsito de
una sociedad criolla a
una sociedad de
plantación esclavista,
que le reportaba mayores
riquezas, se convirtió
en el valladar
fundamental para el
retraso de la
independencia de la Isla
respecto a sus pares de
Latinoamérica. A
diferencia de lo
ocurrido en otras
posesiones coloniales de
España en América, esta
burguesía esclavista
insular disfrutó al
menos hasta los años 30
del siglo XIX, de
franquicias especiales
otorgadas por la Corona
española para el
comercio de sus
productos y la entrada
de esclavos, así como de
otros privilegios que le
dieron cierto margen de
autonomía. Ello explica
su indisposición a
sacrificar tales
beneficios —muchos de
ellos reclamados por los
territorios americanos
desde los inicios del
proceso juntista— a
cambio de una
independencia que
consideraban riesgosa
para sus intereses
creados, con la
agravante de reproducir
en la Isla una segunda
Haití.2
El “miedo al negro”
perturbaba profundamente
sus cabezas. Esta
problemática ha sido
estudiada y divulgada
por numerosos
historiadores cubanos,
sin embargo, es propicio
en el marco de la
conmemoración
bicentenaria, sacar a
flote otro tema no menos
importante, que influyó
también de cierta manera
en el retraso de la
independencia de la
Isla: la firme posición
del gobierno de los
EE.UU. contra cualquier
intento que desde el
exterior pretendiera
independizar a la ínsula
por la fuerza. A pesar
de que la Isla aún no
estaba madura para la
independencia y de que
el reformismo —no el
independentismo— era la
corriente política más
fuerte en esos momentos,
la posibilidad de forzar
la situación a favor de
una independencia
impuesta desde fuera se
manejó en varias
oportunidades y diversos
planes en función de
ello fueron puestos en
ejecución. ¿Qué hubiera
pasado si Simón Bolívar
y Guadalupe de Victoria
no se hubieran topado
con un escollo tan
poderoso como fue el
rechazo del gobierno
estadounidense y
hubieran podido coronar
sus planes de lanzar una
expedición conjunta para
independizar a Cuba y
Puerto Rico? Esta es una
pregunta que nos hacemos
muchos en la
contemporaneidad.
Por tal razón, se hace
necesario describir y
analizar el papel
desempeñado por el
gobierno de los EE.UU.
frente a Cuba en los
años de la primera
independencia de América
Latina y el Caribe, así
como su labor de zapa
contra los planes de
Simón Bolívar y otros
próceres
independentistas de
Sudamérica y México de
extender la llama
independentista hasta la
Mayor de las Antillas, a
pesar del apoyo que
algunos cubanos habían
brindado a la causa
independentista de las
Trece Colonias. Este
último aspecto merece
una breve atención.
Un auxilio silenciado
Un gran silencio y
omisión puede
encontrarse en la mayor
parte de los textos de
historia de los EE.UU.,
referente a la ayuda que
dio Cuba a la
independencia de las
Trece Colonias, más allá
del conflicto
interimperios y la
participación de España
como potencia rival de
Gran Bretaña.
En momentos en que se
inicia el proceso
independentista en las
Trece Colonias, las
relaciones comerciales
entre estas y la isla de
Cuba eran sustanciales
y, lejos de disminuir
con el conflicto, se
elevaron aún más. La
oligarquía habanera y
los comerciantes de las
Trece Colonias
defendieron sus nexos
comerciales ante cada
intento de la Corona
británica de limitarlos.
Esto tuvo inmediatamente
una expresión política
en el hecho de que las
principales figuras
implicadas en ese
intercambio comercial,
serían claves en el
financiamiento,
aprovisionamiento,
espionaje y otras formas
de apoyo al movimiento
independentista en
Norteamérica.3
La figura más destacada
en la ayuda cubana a las
fuerzas independentistas
de las Trece Colonias,
fue el comerciante
habanero Juan Miralles,
quien llegó a ser
representante del
Gobierno español ante
los rebeldes de
Norteamérica. Miralles
alcanzó a ganar tal
admiración de
Washington, que murió en
su propia casa en
Morristown, Nueva Jersey,
el 28 de abril de 1780.
“En este país se le
quería universalmente y
del mismo modo será
lamentada su muerte”,
expresó Washington ante
la desaparición física
de Miralles. Durante la
lucha independentista de
las Trece Colonias,
Miralles fue un activo
agente al servicio del
espionaje español. Su
ayuda se concretó en la
creación junto a Robert
Morris —capitán del
puerto de Filadelfia y
traficante de negros,
conocido como “el
cerebro financiero de la
guerra de independencia
de los EE.UU.”— de una
amplia red de
abastecimientos de ropa,
alimentos, armas y
medicinas para las
fuerzas independentistas
norteamericanas, que
tenía en La Habana su
epicentro fundamental.
Luego de rotas las
relaciones entre España
y Gran Bretaña, La
Habana sería también un
puente ineludible para
intensificar la ayuda
comercial, financiera y
militar a los rebeldes,
la cual se canalizaba a
través de la Luisiana.4
Asimismo, fuerzas
criollas de La Habana
participaron en la
brillante campaña del
general indiano Bernardo
Gálvez sobre las
Floridas y en la toma
del punto más fuerte de
los ingleses en la costa
antillana de
Norteamérica: Penzacola.
Con el dominio de este
enclave se garantizó el
control del cauce del
río Mississippi y por
tanto la ruta de
abastecimientos a los
rebeldes.5
Panzacola fue sitiada
por las fuerzas de
Gálvez a inicios de
abril de 1781. A
mediados de ese mismo
mes, se recibió un
refuerzo decisivo del
general cubano Cajigal y
Monserrate, quien se
unió al sitio con mil
600 hombres, de los
cuales 640 pertenecían a
fuerzas habaneras y el
resto al Ejército de
Operaciones. En mayo la
plaza cayó en manos de
las tropas
hispano-habaneras. Por
su destacada
participación en la
acción Cajigal sería el
primer cubano en ser
nombrado por la Corona
española gobernador de
la Isla, el 29 de mayo
de 1781.6
Pero, sin lugar a duda,
la forma más elocuente
en que se expresó la
ayuda de la población
cubana a la causa
independentista de los
EE.UU. se materializó
cuando hombres y mujeres
acaudalados de La Habana
auxiliaron
financieramente al
general francés
Rochambeu y al mismo
Washington, quienes no
contaban con los
recursos necesarios para
sufragar los gastos que
implicaban sus
ambiciosos planes de
asestarle un golpe
definitivo a los
ingleses en Yorktown.
Washington necesitaba
alrededor de un millón
200 mil libras
esterlinas, para poder
abastecer y pagar a sus
tropas.
Utilizando la red que
había creado Miralles
—después de fracasar
varias gestiones
realizadas para la
obtención del dinero—
los dirigentes
independentistas
norteamericanos se
dirigieron al gobernador
de Cuba para comunicar
la urgencia con que se
necesitaba este
financiamiento. De
inmediato se realizó en
la Isla una recaudación
pública en la cual las
damas habaneras
entregaron parte de sus
joyas. En total se
reunió la cifra de 1 800
000 pesos de ocho reales7.
Con esta importante suma
de dinero se pudo pagar
a las tropas
independentistas, cubrir
gastos de abastecimiento
e iniciar el avance
contra las fuerzas del
general británico
Cornwallis en la región
virginiana de Yorktown.
Después de varios días
de combate, las tropas
británicas se rindieron
y el 31 de octubre de
1781 firmaron la
capitulación.
Cuando se habla de esta
importante victoria que
garantizó la
independencia de las
Trece Colonias hay que
decir que los cubanos no
solo apoyaron desde el
punto de vista
financiero, sino también
militar. Entre los
refuerzos que recibió el
Ejército Continental de
Washington y las tropas
francesas de Rochambeau,
estuvieron los
batallones de pardos y
morenos de La Habana,
los cuales mostraron
singular arrojo en los
combates en que
participaron. Uno de
ellos, José Antonio
Aponte, encabezaría en
1812 una de las más
célebres conspiraciones
contra el poder colonial
español en la Isla.8
Finalmente en 1783
mediante el Tratado de
París, los ingleses
reconocieron la
independencia de las
Trece Colonias.
Cada vez que se hable
del conflicto
EE.UU.-Cuba y se
pretenda hacer
comprender su origen y
su esencia, es necesario
hacer alusión a estos
pasajes demostrativos de
que, mientras Cuba apoyó
la independencia de las
Trece Colonias, los
EE.UU. olvidaron esta
colaboración e
inmediatamente se
convirtieron en los
principales enemigos de
la independencia cubana.
Mientras Cuba comenzaba
su larga historia de
solidaridad por la
libertad de otros
pueblos, EE.UU. nacía
con ínfulas imperiales
que atentaban contra la
soberanía de otras
naciones, especialmente
las de América Latina y
el Caribe. Cuba sufriría
de inmediato los efectos
de la política exterior
de los EE.UU.
Las ambiciones de EE.UU.
sobre Cuba
Desde fines del siglo
XVIII, Cuba estuvo
enmarcada dentro de la
concepción geopolítica
de los EE.UU., en la que
era percibida como una
extensión más del
territorio de la
emergente nación.9
Benjamín Franklin, quien
sería uno de los padres
de la independencia, ya
recomendaba a Inglaterra
en la época de las Trece
Colonias la toma de la
isla de Cuba.10
La posición geográfica
de la ínsula,
privilegiada en cuanto
al acceso a las más
importantes vías de
comunicación y a las
rutas comerciales del
Caribe, la calidad de
sus puertos y su
excelente posición para
el establecimiento de
puntos defensivos de la
región americana que, ya
los EE.UU. consideraban
suya, entre otras
razones, convirtieron a
la Mayor de las Antillas
en una fruta apetecida
para la nación del norte
que, desde su
nacimiento, estuvo
signada por la sicología
expansionista y de
grandeza da la mayoría
de sus Padres
Fundadores. De esta
manera, Cuba
representaba para la
política estadounidense
un puente necesario con
vista a sus aspiraciones
hegemónicas sobre el
continente americano.
A inicios del siglo XIX,
diversas declaraciones
de Thomas Jefferson
ilustraban la
importancia que en las
proyecciones
expansionistas
estadounidenses tenía
Cuba. Además de Cuba, la
Florida y México
constituían también, por
su posición geográfica,
el punto de mira de las
primeras ambiciones
territoriales de los
EE.UU.11
Luego de comprarle a
Napoleón Bonaparte el
inmenso territorio de la
Luisiana por 60 millones
de francos, se hacía
claro que la Florida era
la próxima aspiración
estadounidense y esta,
curiosamente, apuntaba
como dedo hacia Cuba.
En noviembre de 1805,
Jefferson manifestó a
Anthony Merry, ministro
británico en EE.UU.: “La
posesión de la isla de
Cuba es necesaria para
la defensa de la
Luisiana y la Florida
porque es la llave del
Golfo”12.
También consideraba que,
en caso de guerra con
España, a causa de la
Florida, los EE.UU. se
apoderarían además de
Cuba. Con vistas a este
plan, mandó un cónsul a
la Isla con la misión de
estudiar secretamente su
capacidad defensiva.13
A tal punto llegaron las
pretensiones
expansionistas de
Jefferson en relación
con Cuba que, en 1808,
envió un mensajero
secreto a la Isla, el
general Wilkinson, a
investigar la posición
de los grandes
hacendados y
terratenientes criollos
en torno a la
posibilidad de anexión
de Cuba. Por igual, su
gabinete redactó una
resolución para
conocimiento de los
cubanos y mexicanos en
la que se señalaba que
los EE.UU. estaban de
acuerdo con la
permanencia de Cuba y
México en manos
españolas, pero si
Francia o Inglaterra
osaban apoderarse de
estos territorios,
debían declarar su
independencia, y
Washington los apoyaría.14
El 19 de abril de 1809,
ya en su condición de
exmandatario, Jefferson
escribió a su sucesor
James Madison
(1809-1817), señalándole
su confianza en que el
conquistador Napoleón
consentiría, sin
dificultad, que la Unión
recibiera la Florida, y
que también admitiría
con un poco más de
reticencia que los
EE.UU. tomaran posesión
de la Mayor de las
Antillas. Días después,
el 27 de abril, le
escribirá de nuevo a
Madison para expresarle:
“Aunque con alguna
dificultad, consentirá
también (España) en que
se agregue a Cuba a
nuestra Unión, a fin de
que ayudemos a México y
las demás provincias.
Eso sería un buen
precio.
“Entonces yo haría
levantar en la parte más
remota al sur de la Isla
una columna que llevase
la inscripción NEC PLUS
ULTRA, como para indicar
que allí estaría el
límite, de donde no
podría pasarse, de
nuestras adquisiciones
en esa dirección.
Entonces, solo
tendríamos que incluir
el Norte (Canadá) en
nuestra Confederación.
Lo haríamos, por
supuesto, en la primera
guerra, y tendríamos un
imperio para la libertad
como jamás se ha visto
otro desde la Creación.
Persuadido estoy que
nunca ha existido una
Constitución tan bien
calculada como la
nuestra para un imperio
en crecimiento que se
gobierna a sí mismo (…)
Se objetará, si
recibimos a Cuba, que no
habrá entonces manera de
fijar un límite a
nuestras adquisiciones.
Podemos defender a Cuba
sin una marina. Este
hecho establece el
principio que debe
limitar nuestras miras.
Nada que requiera una
marina para ser
defendido debe ser
aceptado.”15
James Madison, sucesor
de Jefferson en la
presidencia de los
EE.UU. (1809-1817),
continuaría la misma
política de su antecesor
en relación con la Isla:
mantenerla en las manos
más débiles hasta que
llegara la hora oportuna
de lanzarse sobre ella.
Entretanto, utilizando
la vía diplomática,
continuó pavimentando el
camino hacia la anexión.
Ese fue el objetivo de
la visita a Cuba del
cónsul William Shaler,
quien, bajo la
encomienda de Madison,
prosiguió en las
gestiones desarrolladas
por Wilkinson con los
hacendados y
terratenientes
esclavistas de la Isla.
Entretanto, el jefe
naval estadounidense de
la costa del Golfo de
México propuso un ataque
a La Habana, pero
Madison rechazó la
propuesta, al considerar
que la situación interna
no era propicia para
enfrentar un conflicto
con España.16
Bajo la presidencia de
James Monroe (1817-1825)
se delineó lo que sería
la política exterior de
los EE.UU. hacia Cuba,
al menos hasta fines del
siglo XIX, y pasaría a
la historia como la
“teoría de la fruta
madura”. John Quincy
Adams, entonces
secretario de Estado del
presidente Monroe, fue
la figura principal en
el diseño de esta
política. En
instrucciones a Hugo
Nelson, representante de
los EE.UU. en Madrid, le
expresó entre otras
cosas que:
“Los vínculos que unen a
los EE.UU. con Cuba
—geográficos,
comerciales, políticos,
etc.— son tan fuertes
que cuando se hecha una
mirada hacia el probable
rumbo de los
acontecimientos en los
próximos cincuenta años,
es imposible resistir la
convicción de que la
anexión de Cuba a la
República norteamericana
será indispensable para
la existencia y la
integridad de la Unión.
Es obvio que no estamos
preparados aún para ese
acontecimiento y que
numerosas y formidables
objeciones se presentan
a primera vista contra
la extensión de nuestros
dominios territoriales
más allá del mar. Tanto
en lo interior como en
lo exterior, hay que
prever y vencer
determinados obstáculos
a la única política
mediante la cual Cuba
puede ser adquirida y
conservada. Pero hay
leyes de gravitación
política como las hay de
gravitación física y así
como una manzana
separada de su árbol por
la fuerza del viento no
puede, aunque quisiera,
dejar de caer al suelo,
Cuba, rota la artificial
conexión que la une a
España, separada de esta
e incapaz de sostenerse
a sí misma, ha de
gravitar necesariamente
hacia la Unión
norteamericana y
solo hacia ella. A la
Unión misma, por su
parte, le será
imposible, en virtud de
la propia ley, dejar de
admitirla en su seno”17.
Adams estaba convencido
de que aún no era el
momento de apoderarse de
Cuba, pero mientras, era
preferible que la Isla
permaneciera en las
manos débiles de España,
a que Inglaterra o
Francia posaran sus
ambiciones sobre ella.18
De materializarse esto
último, EE.UU. estaría
dispuesto a ir a la
guerra.
La Doctrina Monroe
Ante los voraces
apetitos de las
potencias europeas sobre
los territorios
americanos, enfrentados
a los intereses
expansionistas de los
EE.UU., a fines de 1823,
mediante un mensaje al
Congreso, el presidente
James Monroe proclamó lo
que se conocería como la
Doctrina Monroe:
“El principio con el que
están ligados los
derechos e intereses de
los EE.UU. es que el
continente americano,
debido a las condiciones
de la libertad y la
independencia que
conquistó y mantiene, no
puede ya ser considerado
como terreno de una
futura colonización por
parte de ninguna de las
potencias europeas.
[...] En la guerra de
potencias europeas por
asuntos que les
concernían nunca hemos
tomado parte, ni sería
propio de nuestra
política el hacerlo.
Sólo cuando nuestros
derechos son pisoteados
o amenazados seriamente
tenemos en cuenta las
injurias o nos
preparamos para nuestra
defensa. [...] Para
mantener la pureza y las
amistosas relaciones
existentes entre EE.UU.
y aquellas potencias
debemos declarar que
estamos obligados a
considerar todo intento
de su parte para
extender su sistema a
cualquier nación de este
hemisferio, como
peligroso para nuestra
paz y seguridad. [...]
Nuestra política
respecto de Europa que
fue adoptada en la
primera época de las
guerras que durante
tanto tiempo agitaron a
ese sector del globo
[...] sigue siendo la
misma; es decir, no
interferir en los
intereses internos de
ninguna de sus
potencias; considerar al
Gobierno de facto como
el Gobierno legítimo
para nosotros; cultivar
relaciones amistosas con
él y mantenerlas
mediante una política
franca, firme y humana,
respondiendo en todos
los casos a las justas
solicitudes de todas las
potencias y no aceptando
injurias de ninguna.
Pero con referencia a
esos continentes las
circunstancias son
claras y eminentemente
distintas. Es imposible
que las potencias
aliadas extiendan su
sistema político a
cualquier parte de uno
y otro continente sin
amenazar nuestra paz y
seguridad; nadie puede
creer que nuestros
hermanos sureños, si son
abandonados a sí mismos,
puedan adoptar ese
sistema por propia
voluntad. Es igualmente
imposible, por
consiguiente, que
nosotros admitamos con
indiferencia una
intervención de
cualquier clase”19.
A partir de aquel
momento, la “seguridad”
comenzó a constituir un
término clave en los
discursos de política
exterior de los líderes
estadounidenses. Podría
decirse que comenzaba el
largo camino del cinismo
que caracterizaría hasta
la actualidad la
proyección exterior de
ese país. La “seguridad
nacional” e incluso
continental se
presentaba como un fin
en sí mismo, cuando en
realidad solo cumplía
una función utilitaria
para encubrir o
justificar los
verdaderos propósitos
hegemónicos que
perseguía el gobierno de
los EE.UU. sobre América
Latina y el Caribe.20
Sin embargo, durante los
primeros tres años que
siguieron a la
enunciación de la
Doctrina Monroe, los
países de la región la
invocaron en no menos de
cinco oportunidades con
el objeto de hacer
frente a amenazas reales
o aparentes a su
independencia e
integridad territorial,
solo para recibir
respuestas negativas o
evasivas del gobierno
norteamericano.21
El problema residía en
que la Doctrina
Monroe había sido
creada únicamente para
ser interpretada a
conveniencia de los
EE.UU., no por los
países de nuestro
hemisferio.
La Doctrina Monroe constituyó en realidad
la respuesta pública del
gobierno estadounidense
a la propuesta del
ministro de Relaciones
Exteriores de
Inglaterra, George
Canning, de realizar una
declaración conjunta
angloamericana
manifestándose en contra
de cualquier intento de
la Santa Alianza y
Francia por restaurar el
absolutismo de España en
los territorios
hispanoamericanos.
“¿No ha llegado acaso el
momento —decía Canning—
de que nuestros
Gobiernos puedan
entenderse
recíprocamente, respecto
de las colonias
españolas? Y si podemos
llegar a una
inteligencia, ¿no sería
útil para nosotros
mismos, y beneficioso
para el mundo que los
principios en que se
fundase dicho acuerdo se
establecieran con
claridad y declararan
abiertamente? Para
nosotros mismos (los
británicos) no hay nada
que ocultar. 1ro.
Entendemos que es
imposible que España
recobre sus colonias.
2do Entendemos que el
reconocimiento de las
mismas como Estados
independientes es
cuestión de tiempo y de
circunstancias. 3ro
Estamos dispuestos a no
crear ningún obstáculo
para que dichas colonias
y España lleguen a un
acuerdo mediante
negociaciones amistosas.
4to No abrigamos la
intención de
posesionarnos de ninguna
parte de dichas
colonias. 5to No podemos
ver con indiferencia la
cesión de cualquier
parte de ellas a
cualquier otra potencia.
Si estas opiniones o
sentimientos son
comunes, como firmemente
creo que los son, a
vuestro Gobierno y al
nuestro, ¿por qué hemos
de vacilar en
confiárnoslos mutuamente
el uno al otro y en
declararlos a la faz del
mundo?22
El inteligente juego
diplomático de Canning
provocó agudos debates
en el gabinete
estadounidense. Adams
comprendió de inmediato
el alcance de la
proposición de Canning:
los EE.UU. debían
renunciar a sus planes
expansionistas;
especialmente sobre
Texas y Cuba, que eran
los que estaban sobre el
tapete, a cambio de una
garantía, por tiempo
indefinido, del statu
quo en el Nuevo
Mundo. Pero el
secretario de Estado de
los EE.UU. sabía que lo
del peligro de nuevas
colonizaciones en favor
de España de la Santa
Alianza y Francia sobre
los territorios
americanos era una
pantalla de los ingleses
para frenar a los
propios EE.UU. en sus
planes expansionistas.
Por tal motivo, Adams se
opuso con vehemencia a
que se accediera a la
proposición inglesa.23
“El objeto de Canning
parece haber sido
—señaló Adams en sus
memorias— obtener alguna
garantía pública de los
EE.UU. contra la
intervención armada de
la Santa Alianza en
España y en sus colonias
aparentemente; pero en
realidad, o de una
manera especial, contra
la adquisición por los
EE.UU. mismos de
cualquier parte de las
posesiones españolas de
América. (…)No tenemos
intención de apoderarnos
por la fuerza de las
armas de Texas o de
Cuba. Pero los
habitantes de cualquiera
de ellas, o de ambas,
pueden hacer uso de
derechos que son
fundamentales y
solicitar su unión con
nosotros. Respecto de la
Gran Bretaña nunca lo
harían, seguramente.
Uniéndonos a ésta en la
declaración que nos
propone, le daríamos una
sustancial e
inconveniente garantía
contra nosotros mismos,
sin obtener nada a
cambio, realmente. Sin
entrar ahora a averiguar
la conveniencia de
anexarnos a Texas o a
Cuba, debemos, por los
menos, quedar en
libertad para proceder
en cualquier emergencia
que se presente, y no
atarnos a ningún
principio que pueda
utilizarse contra
nosotros mismos después
de establecido”24.
Los argumentos de Adams
terminaron por vencer
las vacilaciones de
Monroe y el secretario
de Guerra, John C.
Calhoun, luego de largos
debates del gabinete
estadounidense y de
consultas a los
expresidentes Jefferson
y Madison sobre qué
posición debía adoptar
el gobierno de
Washington respecto a la
propuesta inglesa.
Calhoun defendía la idea
de aceptar la propuesta
de Inglaterra debido a
su convencimiento de la
existencia de un peligro
real de que la Santa
Alianza restaurara a
España en la posesión de
sus colonias en América.
Adams, sin embargo, no
abrigaba ningún temor al
respecto, “creo tanto
que la Santa Alianza
restaure la dominación
española en América como
que el Chimborazo se
hunda en el océano”25,
escribía en sus
memorias. Finalmente se
decidió a rechazar las
proposiciones de
Inglaterra de la manera
más inteligente posible
y escondiendo los
verdaderos móviles de
los EE.UU. Adams
escribió a Canning con
un cinismo diplomático
insuperable, que
convenía con este en
todas sus proposiciones,
pero que para hacer la
declaración conjunta era
indispensable que
Inglaterra “reconociera
previamente la
independencia de las
nuevas repúblicas del
Nuevo Mundo”26.
Podía suceder que
Inglaterra, con tal de
lograr la solicitada
declaración conjunta,
aceptara de inmediato
reconocer la
independencia de las
nuevas repúblicas
americanas. Por tal
razón, el gabinete
estadounidense acordó
que antes de que dicha
comunicación llegara a
manos de Canning, el
presidente Monroe
enviara un mensaje al
Congreso manifestándose
en contra de cualquier
nuevo intento europeo de
apoderarse de algún
territorio del Nuevo
Mundo. De esta manera,
los EE.UU. no quedaban
comprometidos en nada y
garantizaban su futura
expansión territorial a
costa de los territorios
de Nuestra América,
cumpliéndose al pie de
la letra la
recomendación de Adams
de que los EE.UU. debían
aprovechar la
oportunidad para hacer
una declaración por su
propia cuenta “que ate
las manos de todas las
potencias, Inglaterra
inclusive, pero que se
las deje libres, entera,
absolutamente libres en
América, a EE.UU.”27.
Esto se pondría aún más
en evidencia, cuando el
26 de octubre de 1825,
el gobierno de los
EE.UU. rechazara otra
propuesta de Canning, en
la que se ofrecía un
acuerdo tripartito entre
EE.UU., Francia e
Inglaterra, para
establecer un compromiso
de garantía a España de
su dominio sobre Cuba.28
Como se ha visto, no
había ningún noble
principio a favor de la
independencia de los
pueblos de América
Latina y el Caribe en la
Doctrina Monroe,
ni EE.UU. pretendía
realmente convertirse
—como proclamaba
cínicamente— en defensor
de los intereses y
derechos de nuestro
subcontinente frente a
las potencias
extrarregionales,
simplemente estaba
garantizando para el
presente y futuro sus
propios intereses
hegemónicos.
El Congreso de Panamá y
la independencia de Cuba
Uno de los proyectos que
más oposición generó en
los grupos de poder
estadounidenses fue el
que preparaban en 1825
fuerzas mancomunadas de
Simón Bolívar y
Guadalupe Victoria
—presidente de México—
para organizar una
expedición con el
objetivo de independizar
a Cuba y Puerto Rico. El
presidente de los EE.UU.
en ese momento, John
Quincy Adams
(1825-1829), y su
secretario de Estado,
Henry Clay, estaban
convencidos de que la
independencia de Cuba y
Puerto Rico afectaría
los intereses
hegemónicos de su
nación. Clay expresó al
respecto: “Si Cuba se
declarase independiente,
el número y la
composición de su
población hacen
improbable que pudieran
mantener su
independencia. Semejante
declaración prematura
podría producir una
repetición de aquellas
terribles escenas de que
una isla vecina fue
desdichado teatro”.
Evidentemente se estaba
refiriendo a Haití.
“Este país —continuó
Clay— prefiere que Cuba
y Puerto Rico continúen
dependiendo de España.
Este gobierno no desea
ningún cambio político
de la actual situación”.29
La administración Adams-Clay
de inmediato dio una
serie de pasos para
evitar los proyectados
planes de Colombia y
México. Primero, se
comunicó por vía
diplomática con los
gobiernos de México y
Colombia para hacerles
saber que los EE.UU. no
tolerarían cambio alguno
en la situación de Cuba
y Puerto Rico. Segundo,
intentó convencer a
España de que solo
haciendo la paz con sus
colonias insurgentes y
reconociendo la
independencia de México
y Colombia se lograría
que estas desistieran de
sus planes de invadir a
Cuba. Tercero, trató de
lograr una mediación de
potencias extranjeras
para que estas
influyeran en una
decisión de Madrid de
reconocer la
independencia de los
países hispanoamericanos
recién liberados. Clay
escribió a los ministros
de los EE.UU. en Rusia,
Francia e Inglaterra
enviándoles
instrucciones de que
buscasen apoyo para
aquel plan.
Entretanto, el primer
ministro enviado a
México por los EE.UU.,
Joel R. Poinsett,30
se esforzaba cumpliendo
las estrictas
instrucciones de su
gobierno por evitar que
avanzara el proyecto de
invasión a Cuba. Utilizó
“los celos mexicanos
respecto a Colombia”, e
informó a Clay que si
estos “se
cultivaban” seriamente,
producirían los
resultados que EE.UU.
esperaba. Para ganar
tiempo mientras Poinsett
continuaba realizando
esta labor, el 20 de
diciembre de 1825, Clay
envió notas idénticas a
los gobiernos de México
y Colombia pidiendo la
suspensión por tiempo
limitado de la salida de
la expedición hacia Cuba
y Puerto Rico
Ante la fuerte presión
diplomática
estadounidense, los
gobiernos de Bogotá y de
México respondieron que
no se aceleraría
operación alguna de gran
magnitud contra las
Antillas españolas,
hasta que la propuesta
fuera sometida al juicio
del Congreso
Anfictiónico de Panamá,
por celebrarse en 1826.
Como dijo apenadamente
Simón Bolívar a una
delegación de
revolucionarios cubanos
que lo visitó en
Caracas: “No podemos
desafiar al gobierno
norteamericano,
resuelto, en unión del
de Inglaterra, a
mantener la autoridad de
España sobre las Islas
de Cuba y Puerto Rico…”31.
El presidente
estadounidense John
Quincy Adams (1825-1829)
llevó al órgano
legislativo de su país
la invitación —cursada
por Francisco de Paula
Santander en contra de
los deseos y la voluntad
de Bolívar— que había
recibido solicitando la
participación de los
EE.UU. en el Congreso
Anfictiónico de Panamá.
El 18 de marzo de 1826,
en su mensaje a los
congresistas, destacó la
importancia de la
presencia de
representantes del
gobierno estadounidense
en el Congreso de Panamá
para evitar que
prosperara cualquier
plan en favor de la
independencia de Cuba y
Puerto Rico: “La
invasión de ambas islas
por las fuerzas unidas
de México y Colombia se
halla abiertamente entre
los proyectos que se
proponen llevar adelante
en Panamá los Estados
belicosos… De allí que
sea necesario mandar
allí representantes que
velen por los intereses
de los EE.UU. respecto
de Cuba y Puerto Rico.
La liberación de las
islas significaría la
liberación de la
población negra esclava
de las mismas y una
gravísima amenaza para
los estados del sur…
todos nuestros esfuerzos
se dirigirán a mantener
el estado de cosas
existente, la
tranquilidad de las
islas y la paz y
seguridad de sus
habitantes”32.
El 26 de marzo de 1825,
Henry Clay, al cursar
instrucciones a Joel
Roberts Poinsett, amplió
respecto a las
preocupaciones del
gobierno de los EE.UU.
sobre la proyectada
expedición conjunta de
Colombia y México:
“Caso de que la guerra
se prolongue
indefinidamente, ¿a qué
fin se dedicarán las
armas de los nuevos
Gobiernos? No es
improbable que se
vuelvan hacia la
conquista de Cuba y
Puerto Rico y que, con
esa mira, se concierte
una operación combinada
entre las de Colombia y
México. Los EE.UU. no
pueden permanecer
indiferentes ante
semejante evolución. Su
comercio, su paz y su
seguridad se hallan
demasiado íntimamente
relacionados con la
fortuna y la suerte de
la isla de Cuba para que
puedan mirar ningún
cambio de su condición y
de sus relaciones
políticas sin profunda
alarma y cuidado. No
están dispuestos a
intervenir en su estado
real actual; pero no
pueden contemplar con
indiferencia ningún
cambio que se realice
con ese objeto. Por la
posición que ocupa, Cuba
domina el Golfo de
México y el valioso
comercio de los EE.UU.
que necesariamente tiene
que pasar cerca de sus
costas. En poder de
España, sus puertos
están abiertos, sus
cañones silenciosos e
inofensivos y su
posición garantizada por
los mutuos celos e
intereses de las
potencias marítimas de
Europa. Bajo el dominio
de cualquiera de esas
potencias que no sea
España y, sobre todo,
bajo el de Gran Bretaña,
los EE.UU. tendrían
justa causa de alarma.
Tampoco pueden
contemplar ellos que ese
dominio pase a México o
a Colombia sin sentir
alguna aprehensión
respecto al porvenir.
Ninguno de esos dos
Estados tiene todavía,
ni es posible que la
adquieran pronto, la
fuerza marítima
necesaria para conservar
y proteger a Cuba, caso
de lograr su conquista.
Los EE.UU. no desean
engrandecerse con la
adquisición de Cuba. Con
todo, si dicha Isla
hubiese de ser
convertida en
dependencia de alguno de
los Estados americanos
sería imposible dejar de
aceptar que la ley de su
posición proclama que
debe ser agregada a los
EE.UU. Abundando
en esos productos a que
el suelo y el clima de
México y de Colombia se
adaptan mejor, ninguna
de ellas puede
necesitarla, mientras
que si se considera ese
aspecto de la cuestión,
caso de que los EE.UU.
se prestaran a las
indicaciones de interés,
Cuba sería para ellos
particularmente
deseable. Si la
población de Cuba fuera
capaz de sostener su
independencia y se
lanzase francamente a
hacer una declaración de
ella, quizás el interés
real de todas las partes
sería que poseyese un
gobierno propio
independiente. Pero
entonces sería digno
considerar si las
potencias del continente
americano no harían
mejor en garantizar esa
independencia contra
cualquier ataque europeo
dirigido contra su
existencia. Sin embargo,
lo que el presidente le
ordena hacer es
acordarle una atención
vigilante a cualquier
paso relativo a Cuba y
averiguar los designios
del gobierno de México
con relación a ella. Y
usted queda autorizado
para revelar
francamente, si se
hiciese necesario en el
curso de los
acontecimientos, los
sentimientos e intereses
que se exponen en estas
instrucciones y que el
pueblo de los EE.UU.
abriga con respecto a
esa isla.”33
Después de meses
de debate en el Congreso
de los EE.UU. —en la
Cámara la discusión duró
cuatro meses, y el
Senado, en sesión
secreta, trató el asunto
en un período más breve—
se aprobó finalmente la
participación en el
Congreso de Panamá. Los
representantes de
Washington al Congreso
Anfictiónico de Panamá
serían Richard C.
Anderson y John Sergeant,
nombrados Enviados
Extraordinarios y
Ministros
Plenipotenciarios de los
EE.UU. cerca del
Congreso de Panamá.
Ninguno de los dos pudo
finalmente participar en
los debates del
Congreso, pues Anderson
falleció camino a Panamá
y Sergeant, retrasado,
solo logró unirse con
los delegados en México,
donde formó con Joel R.
Poinsett el equipo de
negociadores de los
EE.UU. Ambos enviados
del gobierno de
Washington habían
recibido instrucciones
claras de rechazar con
vehemencia y fuertes
amenazas el proyecto
colombo-mexicano de
independizar a Cuba y
Puerto Rico.
“Entre los asuntos que
deben llamar la
consideración del
Congreso no hay uno que
tenga un interés tan
poderoso y tan dominante
como el que se refiere a
Cuba y Puerto Rico, pero
en particular al
primero. La isla de
Cuba, por su posición,
por el número y el
carácter de su
población, y por sus
recursos enormes aunque
casi desconocidos, es en
la actualidad el
importante objeto que
atrae la atención tanto
de Europa como de
América. Ninguna
potencia, ni aun España
misma, tienen un interés
más profundo en su
suerte futura,
cualquiera que fuese,
que EE.UU.… no deseamos
mudanza alguna en la
posesión o condición
política de aquella
isla…, no podemos ver
con indiferencia que
pasase de España a otra
potencia europea.
Tampoco deseamos que se
transfiera o anexe a
alguno de los nuevos
estados americanos.
(…)
Las relaciones francas y
amistosas que siempre
deseamos cultivar con
las nuevas Repúblicas,
exige que ustedes
expongan claramente y
sin reserva, que EE.UU.
con la invasión a Cuba
tendría demasiado que
perder para mirar con
indiferencia una guerra
de invasión seguida de
una manera desoladora, y
para ver una raza de
habitantes peleando
contra la otra, en apoyo
de unos principios y con
motivos que
necesariamente
conducirán a los excesos
más atroces cuando no a
la exterminación de una
de las partes: la
humanidad de EE.UU. a
favor del más débil, que
precisamente sería el
que sufriese más, y el
imperioso deber de
defenderse contra el
contagio de ejemplos tan
cercanos y peligrosos,
le obligaría a toda
costa (aun a expensas de
la amistad de Colombia y
México) a emplear todos
los medios necesarios
para su seguridad”34.
Es cierto que la
abolición de la
esclavitud tendría
cierto impacto
subversivo para los
estados esclavistas
sureños de la nación del
Norte, pero la raíz del
problema estaba en que
de triunfar los planes
de Bolívar y de
Guadalupe de Victoria de
independizar a Cuba y
Puerto Rico, las
ambiciones
expansionistas de los
EE.UU. sobre estas islas
quedarían frustradas, o
al menos se harían bien
difíciles de acometer.
También existía el temor
real en el gobierno de
Washington de que
Inglaterra se
aprovechara de cualquier
situación de
inestabilidad para
imponer su poderío naval
y apoderarse de las
islas, cuando los EE.UU.
aun no tenían capacidad
suficiente para
enfrentársele. La
anexión de Cuba y Puerto
Rico es el verdadero
“interés más profundo”
del que habla Clay en
las instrucciones
trasmitidas a Anderson y
Sergeant. Claro que,
para enmascararlo,
orienta bien a sus
enviados sobre las
justificaciones que
deben emplear a la hora
de explicar la conducta
de los EE.UU.
A pesar de que
los enviados de
Washington no
participaron finalmente
en las discusiones del
Congreso de Panamá, es
evidente que el rechazo
de los gobiernos de
EE.UU. e Inglaterra —de
conocimiento público—
frente a cualquier
intentona de romper el
status quo de las
islas de Cuba y Puerto
Rico influyó
negativamente en las
decisiones de los
delegados de las
repúblicas
hispanoamericanas en el
Congreso de Panamá.35 A nada se llegó
en concreto al respecto
en el cónclave, que se
desarrolló desde el 22
de junio al 15 de julio
de 1826, con la
asistencia de
delegaciones de Perú,
Centroamérica, México y
Colombia, así como de
Gran Bretaña y Holanda.
En definitiva, la
oposición de los EE.UU.
e Inglaterra, sumado a
los graves problemas
internos que enfrentaban
y enfrentarían las
repúblicas
hispanoamericanas,
hicieron abortar los
hermosos planes
emancipadores de Bolívar
y del gobierno mexicano
respecto a Cuba y Puerto
Rico. Esa situación se
mantendría durante los
años 1827, 1828 y 1829,
cada vez que se intentó
revivir la empresa
redentora.
A tal punto llegó la
hostilidad
estadounidense a los
proyectados planes de
independizar a Cuba, que
Henry Clay, en carta que
le envió al capitán
general de la Isla,
Francisco Dionisio
Vives, ofreció en nombre
del presidente Adams
todo tipo de ayuda para
impedir que Cuba saliese
de manos de España
mediante el
reforzamiento de sus
defensas. Vives consultó
a Madrid y la respuesta
fue que aceptara todo
tipo de auxilio excepto
el desembarco de tropas.36
Años después, el
secretario de Estado de
los EE.UU., Martin Van
Buren (1829-1831), en
comunicación a su
ministro en España,
dejaría también
constancia escrita sobre
cuál había sido la
posición de su gobierno
frente a la
independencia de Cuba y
Puerto Rico:
“Contemplando con mirada
celosa estos últimos
restos del poder español
en América, estos dos
estados (Colombia y
México), unieron en una
ocasión sus fuerzas y
levantaron su brazo para
descargar un golpe, que
de haber tenido éxito
habría acabado para
siempre con la
influencia española en
esta región del globo,
pero este golpe fue
detenido principalmente
por la oportuna
intervención de este
gobierno (…) a fin de
preservar para su
Majestad Católica estas
inapreciables porciones
de sus posiciones
coloniales.37
A este pasaje bochornoso
de la historia de los
EE.UU., se referiría
también años más tarde
nuestro Apóstol, José
Martí, en uno de sus
célebres discursos: “Y
ya ponía Bolívar el pie
en el estribo, cuando un
hombre que hablaba
inglés, y que venía del
Norte con papeles de
gobierno, le asió el
caballo de la brida y le
habló así: “¡Yo soy
libre, tú eres libre,
pero ese pueblo que ha
de ser mío, porque lo
quiero para mí, no puede
ser libre¡”.38
Finalmente, la Isla solo
pudo lograr la
separación de España a
fines del siglo XIX.
Pero la alegría de los
cubanos duró muy poco,
pues los EE.UU. que
oportunistamente habían
intervenido en el
conflicto
cubano-español,
convirtieron a la Isla
en un enclave
neocolonial yanqui. El
gobierno de Washington
continuaría durante todo
el siglo XX siendo el
principal enemigo de la
soberanía de Cuba.
¡Grata manera de
agradecer el apoyo que
dio la Mayor de las
Antillas a la causa
independentista de las
Trece Colonias! La
segunda independencia
costaría todavía mucho
esfuerzo y sangre a los
cubanos y llegaría con
el alba del 1ro. de
Enero de 1959.
Notas:
1- Sergio Guerra
Vilaboy,
Historia mínima
de América,
La Habana,
Editorial Pueblo
y Educación,
2003, p.101.
2-
Para ampliar ver
excelente ensayo
del historiador
cubano Arturo
Sorhegui, “La
Habana y el
proceso de la
primera
independencia en
Hispanoamérica”,
en: Repensar
la independencia
de América
Latina desde el
Caribe, La
Habana,
Editorial de
Ciencias
Sociales, 2009,
pp.269-304.
3- Eduardo
Torres Cuevas,
“Lo que le debe
la independencia
de los EE.UU. a
Cuba. Una ayuda
olvidada”, en:
En Busca de
la Cubanidad,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 2006,
p.156, t.1
4- Ibídem, p.163
5- Ibídem,
pp.165-166.
6-
Ibídem, 166.
7- Ibídem, p.168
8- Ibídem, p.169
9- Esteban Morales, “La
política de
EE.UU. contra
Cuba y la Crisis
de Octubre”, en:
Cuba
Socialista
#25, 2002, p.3.
10- Felipe de J.
Pérez Cruz:
“Para pensar el
bicentenario de
la primera
independencia
Latinoamericana
y Caribeña”,
(conferencia)
en:
Bicentenario de
la primera
independencia de
América Latina y
el Caribe,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 2010,
p.63.
11- Ángela Grau
Imperatori,
El sueño
irrealizado del
Tío Sam,
Casa Editora
Abril, La
Habana, 1997,
(segunda
edición), p.8.
12- Citado por
Rolando
Rodríguez en:
Cuba: La Forja
de una Nación,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 2005,
(2da edición),
t.1, p.43.
13-
Ibídem.
14- Ibídem,
pp.43-44.
15- Gregorio
Selser,
Enciclopedia de
las
intervenciones
extranjeras en
América Latina,
Monimbó e.,
Dietzenbach,
RFA, 1992, p.9.
16- Francisco
Pividal,
Bolívar:
Pensamiento
Precursor del
Antimperialismo,
Fondo Cultural
Alba, La Habana,
2006 p.71.
17- Citado por
Ángela Grau
Imperatori,
Ob.Cit,
pp.11-12.
18- Hay que
decir que para
aquella época
EE.UU. era más
débil que
España,
Inglaterra y
Francia. No
tenía marina de
guerra y no
podía competir
aún
económicamente
con estas
potencias. Su
primera tarea
fue la expansión
hacia el oeste y
el norte de
México, al
tiempo que
esperó activa y
pacientemente
por el
debilitamiento
del imperio
colonial
español. El
momento oportuno
para apoderarse
de Cuba le
llegaría a
EE.UU. a fines
del siglo XIX.
19-
Doctrina Monroe:
Fragmentos del
séptimo mensaje
anual al
Congreso de los
EE.UU. del
Presidente James
Monroe, del 2 de
diciembre de
1823 en:
http://www.dipublico.com.ar/?p=8679
(Internet)
20-“…desde el nacimiento de
la doctrina
Monroe, en 1823,
los EE.UU. al
colocar en
primer lugar sus
aspiraciones
hegemónicas,
procuran
justificarlas
tempranamente,
apelando a
supuestos
intereses
comunes de
seguridad con
América Latina,
cuyas amenazas
provenían de la
posible
presencia
europea. La
doctrina de la
seguridad
nacional
norteamericana,
aunque no se
estructura como
tal hasta el
siglo XX, bajo
los imperativos
de la etapa
imperialista, en
la que se
emplazará al
comunismo como
la ‘amenaza
externa’, tiene
sus raíces en la
temprana
ideología
monroísta, que
será retomada
hacia finales
del siglo XIX al
calor del
panamericanismo.
Desde aquella
época se irá
construyendo la
concepción de la
hegemonía de los
EE.UU. en
América Latina
mediante la
presunta defensa
de la ‘seguridad
nacional’,
configurándose
así las visiones
sobre ‘el
enemigo
exterior’:
primero serían
las metrópolis
coloniales…
después los
países
comunistas… más
tarde, los
Estados y
movimientos
terroristas.”
Citado de Jorge
Hernández
Martínez, La
hegemonía
estadounidense y
la “seguridad
nacional” en
América Latina:
apuntes para una
reconstrucción
histórica, en:
www.uh.cu/centros/ceseu/BT%20.../IJHHEg05.pdf,
(Internet).
21-
Alberto Van Klaveren,
Teoría y
Práctica de la
política
exterior
Latinoamericana,
FESCOL, Bogotá.
1983, p.121.
22- Citado por
Ramiro Guerra
en: La
expansión
territorial de
los EE.UU.,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 1973,
p.165.
23- Ramiro
Guerra, Ob.Cit,
pp.169-170.
24-
Citado por
Ibídem,
pp.170-171.
25- Citado por Ramiro
Guerra en: En
el camino de la
independencia,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 1974,
p.46.
26-
Ibídem, p.52.
27- Ibídem, p.40.
28- Ramiro
Guerra, En el
camino de la
independencia,
Ob.Cit, p.57.
29- Citado por
Philips Foner,
Historia de
Cuba y sus
relaciones con
EE.UU.,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana, 1973,
t.1, p.169.
30- Considerado como uno
de los primeros
espías
estadounidenses
en América
Latina y
declarado
anteriormente en
Chile como
persona non
grata por su
interferencia en
los asuntos
internos de ese
país cuando se
desempeñaba como
agente especial
de los EE.UU.
31- Ibídem, p.174.
32-
Manuel Medina
Castro, Ob.Cit,
pp.165-166.
33-
Ibídem, pp.
175-176.
34- Germán A. de
la Reza,
Documentos sobre
|