|
¿Qué hago aquí? Estoy
sentado junto a otras
cinco personas a las que
apenas conozco. Hay
calor, el aire asfixia y
una sensación angustiosa
empieza a reptar muy
despacio desde el
estómago. Quisiera salir
corriendo, pero no
puedo. Estamos
encerrados en una cabina
hecha de lona blanca,
como de hospital
psiquiátrico, y aunque
técnicamente no hay
rejas ni llaves, no
existe nada más
subyugante y opresivo
que los espacios
pequeños y la mirada
acusadora de los otros.
Si me voy ahora, no
podré escapar al juicio
de estas personas.
Como siempre, fue detrás
de una mujer que acabé
en esta situación. Yo
estaba en el patio de la
Casa Simón Bolívar y,
como el resto de la
gente, no hacía nada en
particular. Miraba los
vitrales, las paredes
blancas, los marcos
azules de madera, las
columnas de piedra
desnuda, el pozo. Hasta
que ella me tocó el
hombro. Era una muchacha
rubia, pequeña, de
movimientos ágiles. Me
tomó del brazo y me
llevó consigo, descorrió
la lona de una de las
siete cabinas instaladas
en el patio y señaló
dentro, con un
imperativo no exento de
dulzura: “Sentate ahí”.
Así lo hice, sin
siquiera pensarlo, en
pocos minutos ya éramos
seis.
|

Donde comienza
el día, Intimoteatroitinerante,
Argentina |
Luego sonó una campana.
Un golpe seco, en
apariencia inofensivo.
Pero en ese instante
supe que todo iba a
comenzar y que ya no
habría vuelta atrás.
Ella entró y se sentó
frente a nosotros,
observándonos
detenidamente a cada
uno. Durante los
segundos que sus ojos se
tocaron con los míos no
pude moverme ni
respirar, solo mirarla.
Después suspiró
profundo, exhalando
tristeza, y dijo en un
tono apenas perceptible:
“Llorando estuve toda la
noche. Se hizo de día,
miré por la ventana y
tenía un árbol gigante
pegado a los ojos”.
Ese es el inicio de
Donde comienza el día,
la obra que el grupo
argentino
INTIMOTEATROITINERANTE
ha traído a esta edición
del Mayo Teatral.
Fernando Rubio, su
director, quien además
de escribir las obras
también interpreta,
fundó el grupo en el
2001 para poner en
práctica su particular
visión del teatro. A
Rubio no le interesa la
noción tradicional del
espectáculo, poco le
importan las luces, los
escenarios, los palcos o
las plateas; solo le
preocupa la idea, el
actor y los
espectadores, que la
obra sea para ellos un
acontecimiento intenso y
único. Lo demás
simplemente son adornos.
Eso explica una
propuesta tan
descarnada. Aquí no hay
trucos ni distracciones,
solo el actor, los seis
espectadores y el texto.
El más mínimo desliz,
lapsus o imprecisión,
todos lo notaremos. Ni
siquiera tienen un telón
detrás del cual
refugiarse. Su único
respiro ocurre mientras
transitan de una cabina
a otra. Allí, Fernando
da indicaciones mediante
señas, dirige la
orquesta y hace sonar la
campana de bronce, la
que indica que todos,
incluido él, deben
entrar a la siguiente
cabina y decir el
próximo parlamento
mirando al espectador a
los ojos.
Como hizo con cada uno
de nosotros la muchacha
rubia, que en este
instante acaba de salir.
Contó una historia algo
caótica sobre un viejo a
quien nunca llegó a
conocer, solo sabía que
la miraba y sonreía,
igual que ella, pero
jamás se atrevió a
hablarle y por eso se
arrepiente. Algo similar
a lo que tal vez nos
sucede a cada uno en
este silencio incómodo
que ella ha dejado tras
de sí, no nos atrevemos
ni a mirarnos. Callamos,
con los ojos en la silla
vacía y la certeza de
que nuestras soledades
son infranqueables, como
la suya, pues ella puede
gritar toda la noche sin
que nadie la escuche.
|

Donde comienza
el día, Intimoteatroitinerante,
Argentina |
Vuelve a sonar la
campana. Un muchacho
asoma desde fuera,
levanta tímidamente un
pedazo de la tela y nos
observa, sonríe. Entra
despacio y ocupa la
única silla vacía.
“¿Cómo se llama?”,
pregunta. Y aunque
alguien responde, es
inútil, nadie sabe su
nombre en realidad.
Nadie sabe quiénes
somos. Él, por ejemplo,
tiene en sus manos una
foto de cuando era niño,
pero no tiene fecha ni
nombre, nadie sabe que
es él, solo una foto
recortada en el tiempo.
Por eso habla cada vez
más bajo, con la
esperanza de que alguien
lo escuche.
Difícil hacerlo con las
voces de la calle, los
pregones, el ruido de
esta ciudad que se
mezcla con las historias
que cuentan los actores.
De ahí que, aunque no
hay escenario o una
construcción escénica
propiamente dicha, el
espacio sea tan
importante en esta
puesta. El espacio y lo
que le transmite al
espectador, resemantizan
constantemente la obra,
cada nuevo espacio,
propone diferentes
lecturas.
Por ejemplo, la pieza se
estrenó en la Escuela de
Mecánica de la Armada,
la ESMA, el centro de
detención más grande
durante la dictadura
argentina y en el que
dejaron sus gritos casi
cinco mil detenidos.
Aunque el texto no alude
directamente a ese
momento, allí, durante
la representación, los
desaparecidos comenzaron
a hablar. Y una señora
gruesa, sentada en el
interior de una de las
cabinas, no paró de
llorar en toda la
función. Fue ella, y no
los actores, quien
aportó la mayor carga
dramática.
Me alegro de no haber
estado allí. Si hay algo
que soporto mucho menos
que el calor, la asfixia
o la incomodidad en el
aire, es ver a una mujer
llorando. A esta, la que
ahora nos cuenta su
historia, le corren dos
lágrimas enormes por las
mejillas. Hay tres niños
en una barca, cantan una
vieja canción irlandesa
y se alejan, uno de
ellos es su hijo. No
escucho más, no sé qué
ocurre al final, solo
quiero levantarme y
abrazarla. Apretarla
fuerte y decirle que
todo va a estar bien,
que su hijo, ellos, los
desaparecidos, los que
se alejan en el mar, los
que alguna vez se
fueron, siempre
regresan.
Solo el ambiente cargado
puede explicar que
llegase a pensar
semejante estupidez,
pues eso yo no lo sé. No
sé si regresan, no sé si
existen, no sé si alguna
vez existieron. Al final
no la abrazo, no digo
nada, no respiro. Solo
espero que termine
pronto antes de que haga
el ridículo de echarme a
llorar también.
Me tocó ver a una mujer,
golpe bajo, pero esta
misma historia, en otra
cabina, la cuenta un
hombre. Lo que lleva a
pensar que en realidad
los actores no importan,
solo el texto y las
ideas que transmite,
como una especie de
distanciamiento
brechteano. Falso. Para
Fernando las ideas
tienen cuerpo, o sea, es
tan importante la idea
como el cuerpo que la
transmite y la siente.
“En ese pensar y sentir
—me confesaría horas más
tarde—, está lo que
busco con el teatro que
pienso hace muchos años
y sobre el que voy
desarrollando distintos
sistemas, objetos,
situaciones,
posibilidades visuales,
así como formas del
cuerpo del espectador y
del actor. Pues, por
suerte, somos cuerpos e
ideas, creo que si solo
fuéramos ideas, no
podríamos habitarlas.”
Visto de esta manera,
los límites entre el
teatro y la vida se
vuelven difusos. Texto,
actor y espectadores
acaban fundidos en una
sola experiencia vital.
Después de todo, somos
una misma cosa, aunque
pocas veces lo notemos.
Tal vez porque no nos
escuchamos, tal vez
porque la vida pasa tan
rápido que no nos
detenemos a mirar al
otro, jamás nos
acercamos lo suficiente
como para darnos cuenta
de que nuestra
individualidad solo se
completa en él. Yo soy
yo, porque tú estás del
otro lado.
|

Donde comienza
el día, Intimoteatroitinerante,
Argentina |
Quizá por eso esta obra
propone hacerlo todo un
poco más despacio,
sentarnos a escuchar el
susurro de los
personajes. A medida que
pasan los siete actores
frente a nosotros, se
van diluyendo nuestras
soledades. Apenas
hablamos, es cierto,
pero hay miradas
cercanas y la certeza de
que esta experiencia
única, irrepetible,
heracliteana, de alguna
manera nos ha unido, nos
ha hecho cómplices.
Puede que nunca
lleguemos a conocernos
del todo, pero estar
encerrados aquí, con el
calor, la tristeza y la
soledad de los
personajes, nos hizo
parte de algo común, no
muy diferente de
nosotros mismos como
individuos.
Por eso, a pesar de lo
perturbador de la
puesta, de la angustia,
de las miradas
intimidantes justo
frente a tu cara, la
mayoría salimos
sonriendo. A fin de
cuentas, el día apenas
comienza en esta tarde
de mayo y aquellos que
todavía respiramos y
existimos, tenemos
delante una infinidad de
posibilidades. Porque la
vida, igual que el
teatro, no es más que
eso: la oportunidad
permanente de volver a
comenzar. |