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Desde los extremos
opuestos del escenario,
dos mujeres lanzan
interrogantes, posibles
trayectos hacia destinos
verdaderamente justos.
Bien pueden ser una
misma, mitades en las
que inevitablemente se
debate el ser femenino
como parte de una
herencia que pone cotos,
dispone y estandariza la
libertad y los sentidos.
Frente a ellas, cuatro
recogedoras de café
intentan encontrar un
camino con el que, tal
vez, logren superar
aquellas barreras que
debieron enfrentar sus
antepasadas. Y cuentan
historias, las suyas y
las de otras muchas
impuestas para llegar al
lugar esperado.
Iniciación en blanco y
negro para mujeres sin
color,
la más reciente puesta
en escena de Teatro
Macubá, dirigido por
Fátima Patterson,
resulta una provocación,
un enigma. La directora
se sumerge en los
dilemas de la identidad
femenina, construida
sobre la base de una
exclusión social y a la
vez en relación con
otras muchas
dominaciones y símbolos.
El colectivo escénico de
Santiago de Cuba llega
con esto a sus 20 años
de trabajo y lo celebra
como parte del evento
Mayo Teatral, que
convoca de manera bienal
la Casa de las Américas.
Desde hace varios años,
el grupo cuenta con una
sede en la calle
Enramada de la ciudad,
en la cual, además de
presentar cada fin de
semana su repertorio,
dan cabida a otras
propuestas artísticas a
manera de café-teatro.
“Aquí estamos desde
1999, trabajando
sostenidamente para
construir nuestra casa,
con nuestras propias
manos, y eso nos da la
seguridad de poder
presentarnos con
regularidad y hacer lo
que queramos”, sostiene
la teatrista.
Macubá, cuenta Patterson,
quiere decir Madre Cuba,
y esa fue la razón por
la que eligieron el
nombre para el grupo
fundado en mayo de 1992
por dos hombres y cuatro
mujeres. Los
antecedentes pueden
hallarse en el Cabildo
Santiago y el Conjunto
Dramático de Oriente, a
los que pertenecían los
integrantes del
conjunto, que hoy ya
suma 15 miembros.
Patterson, procedente de
la radio y la
televisión, siguió una
estética que bebe del
teatro popular, con
presencia de componentes
del folclor cubano, los
patakines y las
tradiciones orales del
palo monte, el panteón
vudú y la poesía
caribeña. Imprescindible
para la formación de los
actores ha sido su
entrenamiento en la
música, la danza y la
narración oral,
presentes en todas las
puestas. Fueron de este
colectivo las primeras
mujeres que tocaron en
la Isla los tambores
batá, sin importar las
críticas de las personas
aferradas a las
prohibiciones de que
manos femeninas
interpreten desde este
instrumento sagrado para
la religión yoruba.
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Macubá sigue dos temas
fundamentales: la mujer
y la muerte. La
religiosidad popular,
vista desde el
sincretismo que prima en
la sociedad cubana, es
otro de sus elementos
distintivos. “He
trabajado con la
tradición de la
religiosidad popular
desde la teatralidad”,
asegura la directora.
“Nosotros pertenecemos a
una determinada zona del
mundo, estamos en el
Caribe, en Cuba, en
Santiago, y la cultura
popular es muy rica como
para renunciar a ella”.
La temática de la mujer
llega desde una de sus
primeras obras,
Repique por Mafifa,
interpretada y escrita
por Patterson a partir
de la vida
de Gladys
Linares Acuña, la última
campanera
de la
centenaria conga de Los
Hoyos, de Santiago de
Cuba. “Era una mujer de
la cultura popular,
negra, pobre, y llegó a
trabajar en una
agrupación totalmente
machista. Se fabuló
mucho sobre su vida,
pero ella se hizo
respetar y cuando murió,
en 1984, hicieron una
ceremonia muy emotiva
con la conga y la banda
municipal. Por primera
vez la agrupación
acompañó a uno de los
suyos hasta su última
morada”, cuenta la
creadora.
Desde las narraciones
orales presentadas por
el grupo, también se
sumergían en
cuestionamientos de
género. Sobre todo al
trabajar alguno de los
patakines, privilegiaba
y reconceptualizaba
aquellos referidos a las
mujeres diosas. Sin
embargo, no es hasta
Iniciación en Blanco y
negro para mujeres sin
color, estrenada en
julio de 2011 durante el
Festival del Caribe, que
cristalizan de manera
consciente esas
inquietudes.
“En esta obra se
concretó todo el
pensamiento y el
discurso que venía
teniendo sobre el tema
de la mujer. Si te
dijera que mi intención
fue hacer una obra de
teatro feminista te
estaría mintiendo.
Fueron coincidencias,
casualidades, la vida
misma que te va
planteando retos y la
visión de lo que va
pasando a tu alrededor
que nos hace ir
creciendo. Quisimos
establecer un diálogo
con la mujer y con los
otros seres humanos que
pueblan el universo,
sobre todo para hacernos
preguntas que están sin
respuesta. ¿Los
conceptos que manejamos
son realmente los que
nos sirven para definir
las cosas cotidianas?
¿No hay conceptos y
definiciones que pueden
estar distorsionados?
¿Yo sé lo que quiero
ser? ¿En qué momento me
di cuenta de cuál es el
camino? ¿Era recto, no
hubo obstáculos?”.
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Salvar la memoria,
desenterrar pasados
dolorosos es una manera
de rendir homenajes a
una estirpe. “No quiero
permitir que se olviden
ciertas cosas. Mi madre
me contó que su abuela
esclava le cortó la
cabeza al mayoral porque
la había violado y la
golpeaba. Un día él vino
con el látigo y ella no
se dejó golpear, le
cortó la cabeza. ¿Esa
mujer es honrada? ¿Quién
honraría a esa mujer? La
honro yo, porque esa es
mi memoria”, reivindica.
“Mi carrera se definió
cuando comencé a darme
cuenta de quién era: una
mujer nacida en el
centro de Los Hoyos,
negra, pobre, hija de
una serie de
circunstancias a las que
me debía. Descubrir mi
raigambre fue importante
para aportar una visión
de la mujer en nuestro
país, pues, aunque
estamos privilegiadas,
debemos hablar de los
problemas que se
mantienen. Esta
discusión nos la debemos
en toda su profundidad,
aunque se está
acometiendo ahora, se
está yendo a la raíz de
las problemáticas para
que visibilicemos
nuestros conflictos,
porque a veces no nos
percatamos de que somos
agredidas, atacadas, no
solo de manera física,
sino psicológicamente.
Pasamos por la vida sin
reparar en esta
situación y sin tratar
de detenerla.”
Para Patterson, una de
sus contribuciones es
justamente escribir la
obra, llevarla a escena
y lograr que muchas
mujeres la vean. El
trabajo comunitario,
asentado en elementos de
la cultura popular, los
ha trasladado a los
barrios, los parques,
las calles. “Por las
comunidades llevamos
problemáticas de todo
tipo, porque el teatro
tiene una incidencia
social muy fuerte. No
siempre tenemos las
soluciones, pero
planteamos el problema
para que la gente se de
cuenta de que algo está
funcionando mal”.
A las cuestiones de
género la teatrista
entrelaza todo un
sistema de
discriminaciones que
tienen que ver también
con la raza o la
posición social. “En
Santiago no estamos
excluidos de ese
fenómeno, porque es una
provincia muy mestiza y
a la vez muy machista.
El problema negro existe
todavía y solo se
resolverá cuando lo
podamos discutir
abiertamente. Ese será
siempre mi teatro,
porque lo siento como
una responsabilidad
social y obligación”.
Fátima prepara ahora una
nueva puesta llamada
Ropa de plancha,
inspirada en la vida de
su madre, quien fue
lavandera y planchadora.
“Con ese trabajo
sostenía a la familia,
queriendo siempre
sobresalir sobre las
miserias y las
desgracias. Ella se
quedó huérfana con 3
años y aunque pasó
muchos avatares insistía
en no ser tragada por la
marginalidad. Tuvo un
interés por estudiar y
aunque no lo pudo
lograr, era una lectora
infatigable. La obra
trata de esa resistencia
de algunas mujeres,
resueltas pese a todo a
uno perecer”.
Trabajar con el legado
cultural cubano es para
Patterson su principal
premisa. “Soy una mujer
que respeta su cultura y
conozco que solo esta me
permite volar,
expresarme con mayor
libertad y liberarme de
muchos prejuicios que
todavía subsisten en la
sociedad”. |