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El año 1890 marcó para
Costa Rica el primer
proyecto modernizador
del país impulsado por
el gobierno tras la
independencia. El
proceso tuvo entre sus
objetivos más
importantes la
definición de una
identidad cultural y
moral consecuentes con
los nuevos principios
ideológicos y éticos
promovidos por el
estado. Además de
aparecer en esa época
los símbolos nacionales,
tuvieron lugar otros
proyectos, entre ellos,
el reordenamiento de la
ciudad capital. Para
establecer el orden y
controlar el crecimiento
acelerado de la
población, se tuvo en
cuenta el estado mental
de los ciudadanos, que
fueron clasificados en
“cuerdos” y “locos”. La
locura no debía
expandirse, por lo que
muchas personas quedaron
confinadas en el Asilo
Chapuí. Algunos de ellos
eran mujeres. Algunas de
esas mujeres jamás
estuvieron locas.
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De la historia del
Chapuí parte Vacío,
la propuesta que
presenta el grupo Abya
Yala (Costa Rica) en
Mayo Teatral este 2012.
Roxana Ávila, la
directora del colectivo
(junto con David Korsh),
explica que la pieza
empezó como un proyecto
de investigación para la
escena a partir de una
tesis de la psicóloga
costarricense Mercedes
González sobre la
construcción cultural de
la locura en su país
entre 1890 y 1910.
“En la tesis, la señora
González toma los
expedientes clínicos de
muchas personas que
fueron internadas en ese
asilo, enfocándose
principalmente en las
mujeres. Aunque la tesis
va hasta 1910 con esa
búsqueda, Anabel
Contreras (la dramaturga
del grupo), Aylín Morera
(coautora del texto) y
yo, decidimos que nos
iríamos hasta 1950 con
este tipo de casos,
porque por ese período,
Costa Rica se ve abocada
a un segundo proceso
modernizador. El estado
se hace laico de ley,
pero no de hecho, y
define además cuál es la
posición de la mujer en
la sociedad. La
medicina, por ejemplo,
es uno de los ámbitos
que se masculinizan;
quiere decir que, a
pesar de que veníamos de
una tradición en que las
mujeres se encargaban de
la sabiduría de los
partos y de lo
concerniente a la
reproducción, se impone
la verdad única de un
médico varón y la
obligación de dar a luz
en un hospital. Emerge
una gran cantidad de
recursos para sanear la
medicina, quitándole de
esta forma a la mujer,
el último pedacito de
poder que le quedaba.
“Esta investigación nos
llevó entonces a
estudiar la historia del
patriarcado, que explica
cómo el ser humano, al
darse cuenta de que un
hijo nace necesariamente
de la unión de dos
personas, los hombres
empiezan a reclamar su
protagonismo en el
nacimiento. En ese
discurso, durante muchos
siglos y muy lentamente,
el hombre le fue
quitando a la mujer su
posición de diosa
venerada, capaz de dar
vida, por ser el primer
objeto de propiedad de
los varones. Y además
objeto de consumo, de
violación, de robo, etc.
Todo ese viaje es muy
complejo, pero está
presente hasta el día de
hoy porque termina
poniendo a la mujer en
la posición de una
enfermera ayudando al
médico.”
Vacío,
a diferencia de la
investigación que le da
origen, no
transcurre en el
manicomio…
No veía un montón de
mujeres con los pelos
sueltos gritando; me
parecía muy torpe. Veía
un lugar de muchas
canciones. Escuchaba
mucha música leyendo
esta tesis, porque las
canciones y el cine
conforman a la mujer
costarricense en su
manera de sentir, de
expresar el afecto, el
deseo, la sexualidad y
la sensualidad. Me
imaginaba cómo la música
que escuchó mi mamá, las
que escucharon mis
abuelas y mis tías, pudo
conformarlas a ellas en
sus emociones y
sensibilidades. Una
podía tener a María
Félix en una pantalla
gigante, mientras se
preguntaba cómo siendo
una indígena de trenza
larga hasta las
rodillas, llegaría a
parecerse a ella. La
contradicción existe
porque uno aprende toda
la parafernalia de
relaciones humanas a
través de los medios y
la tecnología.
Se me ocurría que el
espectáculo debía tratar
sobre la maternidad y la
locura, un vínculo que
produce desequilibrio
porque las expectativas
que genera son
imposibles de cumplir
del todo. Una no logra
ser nunca la madre que
se le pide, y como la
culpa es tan grande y
tan violenta, las
mujeres llegan a caer en
estado de demencia. Las
exigencias son
excesivas: estar bien
vestida, ser una pareja
correcta, tener la
capacidad de educar,
cuidar consentir,
vigilar porque los demás
estén bien y solo luego
preocuparse por una
misma. Ha existido un
esfuerzo muy grande por
colocar a la mujer
dentro de límites en la
sociedad. La que se sale
un poquito de esos
márgenes es condenada
por las mismas mujeres y
por los hombres, como un
desecho. Una mujer que
mata un niño no es peor
que un hombre que hace
lo mismo, pero se le
juzga con más severidad,
porque les adjudicamos a
las féminas su capacidad
y necesidad innata de
amar y acoger.
Para la pieza, tomamos
los discursos médicos de
la época sobre cómo se
veía el cuerpo humano,
sobre el útero como
generador de
inestabilidad emocional.
Durante la investigación
nos interesó
particularmente un texto
en el cual se explicaba
que el clítoris es la
única parte del cuerpo
humano dedicada
únicamente al placer, y
esto también lo
utilizamos para
desmontar los patrones
dominantes en los
estudios de género.
Las canciones, por su
parte, debían colocarse
en un lugar donde no
parecieran raras, y por
ello fue que encontramos
la idea de hacer el
espectáculo como un
cabaret de los años 50
del siglo pasado, ese
tipo de sitios donde se
permite que se cante,
pero a la misma vez no
es solo para eso. Les
fuimos peguntando a
nuestras abuelas, madres
y tías sobre las
canciones que asociaban
con determinados sucesos
o facetas de sus vidas,
y decidimos dejar las
que lograron
emocionarnos.
Otra de las líneas del
discurso escénico tiene
que ver con unas cartas
que escribían las
mujeres del asilo
estudiadas en la tesis.
El director de la
institución se arrogaba
el derecho de enviarlas
o no a sus familiares,
por lo que muchas fueron
retenidas. Las mujeres,
además de haber sido
obligadas a internarse,
no tenían voz para
expresarse ni vía de
comunicación alguna con
el exterior. Saber esto
nos provocó un dolor
brutal, por lo que
decidimos incluir las
cartas. Resolvimos
hacerlas a mano cada
noche de función, y las
entregamos a los
espectadores.
Aunque toma elementos
históricos aportados por
la tesis de Gómez, esta
pieza apela directamente
a la realidad del siglo
XXI. Evidente no ha
dejado de existir en su
país la necesidad de
abordar el tema de la
discriminación de
género…
De la tesis tomamos
solamente los casos
relacionados con el
asunto de la maternidad.
Esto nos afecta porque
nuestras madres, abuelas
y bisabuelas fueron
formadas con criterios
similares a los de
aquella época. Mi madre
actuó según lo que le
fue posible hacer, pero
a mí me atraviesan las
decisiones que ella tomó
para asumir su
maternidad.
La relación madre-hija
es más complicada que la
de madre-hijo, porque a
las mujeres les han
enseñado que los varones
deben ser elevados por
la familia, no las
niñas; pero al mismo
tiempo la madre que
recibe esta educación es
mujer y esa complicación
de discurso atraviesa a
una generación tras
otra.
El tema es actual porque
esta realidad no ha
dejado de ser así nunca,
ni va a terminar hasta
que no cambiemos
completamente la
sociedad. La mujer está
puesta en un lugar de
madre en función del
padre, de mujer en
relación con una
necesidad funcional de
la sociedad y no como un
ser humano pleno. Pero
es muy peligroso
cuestionar esto, porque
significa cuestionarse
prácticamente toda la
historia.
La vigencia está dada en
tanto mi mamá trata de
ser la madre que puede,
y luego yo hago lo
mismo, sabiendo que no
puedo ser todo lo que se
me pide, y si me revelo
tengo que pagarlo de
cierta manera. Este no
es un tema histórico,
hemos sido herederas de
esta formación y todavía
no logramos salirnos
completamente del
sistema.
La temática está siendo
muy abordada también por
otros grupos de teatro
en América Latina. ¿Cómo
se inscribe la propuesta
de Abya Yala en ese
contexto?
Hay muchísimos trabajos
interesantes de
creadores
latinoamericanos sobre
este tema. Sin embargo,
en cuanto a la forma, yo
nunca había visto una
propuesta como la de
Vacío; no solo en
América Latina, sino
tampoco en Europa o
Estados Unidos.
Necesitábamos mucha
comunicación para
nuestro espectáculo. Me
imaginé que el cabaret
debía llevar música,
cantantes, mesitas para
el público… Así empezó a
construirse lentamente
una pieza increíblemente
íntima, política y
crítica, pero a la vez
muy suave y muy dulce.
Uno se conmueve con las
canciones, las disfruta,
y mientras, se nos hace
llegar el discurso duro
de la pieza, relacionado
con los referentes del
cuerpo, los dictámenes
médicos, los casos
clínicos, y la voz de
las 17 mujeres
participantes en la
investigación, que
aporta elementos que
fuimos aprendiendo en el
proceso.
Hay siempre 12 focos
visuales en la obra,
dentro de los que se
incluye a una mujer
colgada del techo,
inalcanzable como el
prototipo de ama de casa
perfecta de los años 50
norteamericanos.
La estética ya contiene
el discurso. A lo que
hacemos no se le puede
sacar la idea y armar un
montaje con canciones
infantiles o cualquier
otra cosa. La forma en
que se ha planteado el
asunto es exactamente la
que se necesitaba para
expresar el contenido.
Ser originales en este
sentido es uno de los
objetivos del grupo
desde su fundación.
A veces uno ve montajes
de compañías muy
importantes a nivel
mundial y los reconoce
porque tienen un sello,
un color que los va
marcando, un modo de
hacer las cosas que se
repite. Me parece
genial, pero nosotros
desde el principio
dijimos que, para serle
fieles a la idea de que
la forma y el contenido
son uno, no podíamos
tomar la misma forma y
ponerle otros textos,
otros colores y otro
vestuario.
Hemos tenido muchas
obras muy exitosas
durante los últimos 21
años, pero ninguna se
parece a otra. Hacemos
la obra que se presenta
en Cuba, pero también un
espectáculo de calle,
monólogos, ópera… No hay
un formato fijo. La
gente nos reclama que
sigamos con la línea de
algunos montajes
exitosos, pero siempre
nos parece que si
repetimos la estética,
estaremos diciendo lo
mismo.
Entonces cuando
empezamos a preparar una
pieza tenemos que
preguntarnos cómo se
hace desde el detalle
más mínimo. Esto podría
ser visto como una
maldición si se quiere,
porque de alguna manera
es más fácil tener
definida la forma. Si ya
el músico sabe que va a
componer una sonata,
lucha por ver de qué
trata, pero conoce de
antemano la estructura.
Nosotros, por el
contrario, tenemos que
idear también esa
estructura, por lo cual
el proceso de
preparación de una obra
es extenuante y consume
mucho tiempo.
¿Dónde encuentra el
grupo los textos y los
temas de las obras? ¿Qué
tipo de dramaturgia les
interesa?
Son pocas las veces en
que trabajamos a partir
de textos. Montamos
Medida por medida,
de Shakespeare, pero si
el escritor resucitara,
diría que su obra no
tiene nada que ver con
nuestro trabajo. A
aquella pieza le
cambiamos el título y
quedó como M por M
robada de William
Shakespeare.
Muchas otras veces
empezamos con lo que he
impartido en el taller
como parte del Mayo
Teatral: eso que yo
llamo “dramaturgia
escénica”. No es
necesariamente creación
colectiva, sino que la
gente trae material
diverso sobre un tema y
se va conformando una
investigación.
Participan también
muchos especialistas e
investigadores de
diversos campos. La
gente va trayendo
material, y le vamos
poniendo nombre, y lo
vamos relacionando hasta
armar lentamente la
pieza.
La dramaturgia, sin
embargo, siempre es de
la dirección, no de tipo
grupal. Escribir entre
muchos se vuelve algo
muy complicado. Hay una
visión más vertical que
en los proyectos de
creación colectiva y no
es tan estricta la
relación con el tema,
porque la forma va
abriendo canales de
asociación libre. Es en
ese juego de materiales
e ideas idas y venidas
que se conforma un
espectáculo que responde
a una visión pequeñita,
una pincelada sobre un
fenómeno de la
realidad.
Nuestro Norte no ha
estado en aquella
premisa de los años 70
que hablaba del teatro
como transformador de la
realidad. Nosotros en
esa posibilidad, sobre
todo porque el teatro
llega a una mínima
cantidad de personas. No
obstante, sí existe de
nuestro lado un esfuerzo
por hacer un teatro que
comunique algo, que
toque a las personas de
alguna forma. Tampoco es
un teatro banal y
liviano, pero esa
consigna que nos avocaba
a ser la nueva
conciencia de los
pueblos no puede
cumplirse objetivamente.
De alguna manera nuestro
teatro es vanguardista
al proponer
constantemente nuevas
formas escénicas, pero a
la misma vez es popular,
porque queremos que sea
entendible lo que
decimos.
Retomando la concepción
dramatúrgica con que
trabaja el grupo, me
pregunto cuál es para
ustedes el papel del
actor, teniendo en
cuenta que esta figura
por lo general exige
participar en la
construcción de las
obras desde el inicio.
Lo más importante para
un actor nuestro es que
sea capaz de generar
material que le parezca
muy interesante; y,
también, capaz de
defenderlo, pues cuando
estamos en la fase de
terminar la obra, se
quita mucho en función
de la síntesis. En la
guerra sin cuartel por
defender una escena o un
pedacito de texto, ellos
tienen que ser capaces
de proponer sus ideas
con fuerza.
El tipo de entrenamiento
varía con cada obra en
dependencia de lo que se
vaya a montar, pero el
actor siempre es el
dueño del material
escénico. No de lo que
queda finalmente, porque
ahí intervienen los
directores, pero sí del
papel de cada cual. Si
ellos no se hacen
responsables, ellos
mismos se borran de la
puesta.
Claramente Abya Yala es
un lugar abierto a lo
que cada cual tenga para
proponer y, como además
es un grupo de teatro
que no tiene apoyos ni
dinero de nadie, es un
grupo muy específico. No
se le exige a nadie una
retribución, pero al
mismo tiempo se cobra
muy caro, en el sentido
de que hay que tener a
veces dos trabajos para
mantener este y los
encuentros suman 20 o 30
horas por semana; se
realizan en los momentos
más insospechados. Es
duro, pero si alguien
asume ese precio y no le
pagan nada, es porque le
interesa decir algo.
Ustedes trabajan como
compañía independiente.
¿Sucede también así con
la mayoría de los grupos
de teatro en Costa Rica?
En mi país hay muchos
grupos independientes,
también hay gente que
trabaja sola y el estado
produce por su parte
algunas obras. No existe
una compañía nacional de
teatro, como sí las hay
de danza y de música.
Por otro lado, se
produce mucho teatro en
Costa Rica, pero no todo
es bueno. Hay esfuerzos
importantes, pues dos
universidades tienen
escuelas de teatro y
existen otros dos
institutos que forman
profesionales de las
tablas. También existen
figuras y grupos con
trayectorias sólidas,
pero de manera general,
el nuestro es un teatro
joven que está creciendo
poco a poco.
Teniendo esa
experiencia, lo que más
me impresiona del
público cubano es el
nivel de educación
teatral acerca del
tejido más delgado de
las lógicas de la escena
(las decisiones tomadas,
la relación con las
estéticas, etc.). Acá
los espectadores pueden
entender bien lo que uno
está haciendo. En Costa
Rica esto casi nunca
sucede, uno produce algo
y siente un gran vacío
del otro lado al no
quedar seguro de que lo
dicho resuena en los
niveles para los cuales
se ha concebido. Vengo a
Cuba y me percato de que
está funcionando nuestro
trabajo porque la gente
lo está recibiendo, y
hablan a partir de una
enorme inteligencia y
conocimiento del
quehacer teatral
profundo, esto se
agradece mucho. |