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Para el dramaturgo
argentino Fernando
Rubio, el teatro y la
vida son indivisibles,
al punto de que no
podría precisar
exactamente dónde
termina uno o comienza
la otra. Hay un lazo que
los une, a través del
cual todas las
preguntas, inquietudes y
obsesiones que lo
atormentan diariamente,
van a parar a su teatro.
De modo que el teatro
viene a ser, a grandes
rasgos, un modo de
explicarse la vida.
Por eso, fundó en el
2001 el grupo
INTIMOTEATROITINERANTE,
para llevar a la
práctica todo aquello
que venía pensando
durante años acerca del
teatro. Más que contar
una historia
aristotélicamente
correcta, Fernando
quiere compartir de
cerca ideas y emociones
con el espectador. Eso
es lo que intenta
Donde comienza el día,
una obra que, además de
escribir, también
interpreta junto a otros
seis actores.
Aquí no hay escenarios
ni plateas ni balcones,
solo varias cabinas de
lona dentro de las
cuales se sientan entre
seis y ocho
espectadores. Ante ellos
van desfilando uno a uno
los personajes sin
nombre y cuentan
historias inconexas
sobre la soledad, las
cuales irá enlazando, a
su manera, cada
receptor. La cercanía
con los actores, el uso
del espacio, las
reacciones del público,
hacen que cada
representación sea una
experiencia única.
La primera, por ejemplo,
fue en la Escuela de
Mecánica de la Armada (ESMA),
el centro más grande de
detención que hubo en
Argentina durante la
dictadura. Allí, los
ecos del lugar cargaron
de sentido los textos.
Durante su quinto viaje
a Cuba, en esta edición
del Mayo Teatral,
Fernando estrenó la obra
en la plazoleta del Tren
Blindado, en Santa
Clara. Luego, ya en La
Habana, las cabinas se
instalaron en el patio
de la Casa Museo Simón
Bolívar. Justo al
terminar la presentación
allí accedió a conversar
sobre su teatro, o
mejor, sobre su vida.
El teatro es una de las
manifestaciones
artísticas que mayor
cercanía tiene con el
espectador. Sin embargo,
usted transgrede los
límites y lo lleva más
allá. ¿Por qué esta
obsesión con la
cercanía?
Tiene un origen muy
claro y está en que
cuando comenzaba a
estudiar teatro
rápidamente sentí que
había algo que no
sucedía en mí y me di
cuenta de que ese no era
el teatro que quería
hacer. Me interesó
buscar, apenas empecé mi
diálogo con el teatro,
situaciones, lugares,
encuentros con las
personas que estuviesen
separados de esa idea
del espectáculo.
Necesitaba figurar los
cuerpos de una manera
diferente, las miradas,
las zonas, las
proximidades, de una
manera tal que
pudiéramos establecer un
acontecimiento, ya no un
espectáculo, ya no una
obra. Ella está, pero el
momento en que sucede
tiene que ser un
acontecimiento. De lo
contrario, siento que me
ocurren menos
sensaciones. Me
desespero todos los días
por que algo pase. Uno
vive muchos momentos de
la vida sin que algo
interesante suceda.
Cuando construyo algo
intento que me
deslumbre, que me haga
volver a ser inocente, y
quiero generar eso en
los otros también,
compartirlo, volver a
pensar nuestras maneras
de mirar, de estar, de
entender y escuchar, de
acercarnos y alejarnos.
Cuestionar cómo y qué
significa ir al teatro.
Si todo anda siempre
igual, en mí, por lo
menos, algo se aquieta,
y prefiero estar en
movimiento.
Aunque no existe el
escenario, en una puesta
de este tipo el espacio
cumple una función muy
importante dentro de la
obra y en cada nuevo
espacio hay distintas
resemantizaciones de la
misma. ¿Tienen esto en
cuenta durante la
investigación, estudian
los lugares desde un
punto de vista
geográfico?
Por supuesto, parte del
estudio de la geografía
y el urbanismo es un
elemento central. La
construcción del espacio
es casi el punto de
partida desde donde
trazo las ideas para la
nueva obra. En general,
primero dibujo, a veces
incluso trabajo con
mapas, y planteo
situaciones en los
lugares. El estudio del
lugar donde va a ser
dada la situación x es
tan fundamental como la
escritura del texto,
como lo que se va ahí a
decir, a vivir, como el
pensamiento y el trabajo
con los actores. Siempre
trato de desarrollar
espacios que cumplan con
esto. Ninguna situación
está separada del lugar
donde sucede y ese lugar
es fundamental para
establecer la situación.
No es lo mismo un
asesinato en un
ascensor, que en una
bañera o en una plaza
pública. No es lo mismo
el teatro a 30
centímetros del otro,
que a 30 metros. En ese
sentido, pienso la
construcción de
situaciones, asumiendo
que va a ser el espacio
el que determina aquello
que va a suceder y no al
revés. El texto apunta a
eso también, pero lo
primero que nos
determina es dónde
estamos.
Entonces, durante el
estreno en la ESMA,
¿cómo condicionó este
espacio a los
espectadores?
Eso es muy interesante,
porque además intento
que estos espacios sean
móviles, o sea, no
concibo el espacio para
que ocupe un lugar
determinado, sino que lo
pienso en sí mismo,
después se puede llevar
a otro sitio y modificar
cualquier lugar donde
intervenga. La ESMA, si
bien es un lugar
fundamental, constituye
uno más de todos
aquellos que pueda
habitar la obra. Las
resonancias son las que
cambian. Porque si digo:
“Esperamos que vuelvan”
en la ESMA, donde hubo
muchísimos
desaparecidos, empiezan
a hablar los silencios
del lugar. Si lo digo
aquí en Cuba, sucede
otro tanto.
Por otro lado, son
abstracciones, cuando
escribo intento
encontrar zonas que no
cierren nada, sino que
abran posibilidades de
pensamiento. Pretendo
iluminar zonas que en su
relación texto a texto
puedan visibilizar algo
nunca antes visto de esa
manera. De modo que los
textos no tienen una
ilación, pero sí tienen
una construcción interna
de capas y capas de
relaciones. Al trabajar
esas capas y la búsqueda
de la universalidad
mediante discursos
literarios, ya no
dramatúrgicos, entiendo
que también puedo
establecer zonas
periféricas para que el
espectador empiece a
mirar desde una
perspectiva diferente.
La palabra que se
construye no tiene
relación directa con la
literatura dramática,
los cuerpos de los
actores establecen zonas
que no son codificadas
rápidamente: no se sabe
quiénes son, no tienen
nombres los personajes,
las ropas que visten no
cuentan demasiado. Por
tanto, creo que
establecer capas
profundas, que no
evidencien nada, hace
que se genere un
espectador más poderoso.
Al ver la estructura de
la obra, las historias
fragmentadas,
aparentemente inconexas,
donde el espectador arma
y llena los espacios,
resulta muy difícil no
pensar en Rayuela.
Exactamente. Aunque, de
hecho, no pensé en
Rayuela a la hora de
escribirlo, si bien
Cortázar es un escritor
muy amigable para mi
pensamiento y escritura.
Pero no me sorprende
esto que decís porque
varias personas han
asociado algunas
construcciones de la
literatura de Cortázar
con esta forma. Es
fundamental construir
pensamientos que no
terminen de decirte qué
es lo que tenés que
pensar. Estoy cansado de
tanto cuento literal, de
tanta dramaturgia que me
viene a contar una
historia, la cierra y me
voy, con mis
multiplicaciones, pero
siempre con un cierre.
Se ha puesto demasiado
realista el teatro en
los últimos tiempos, me
gusta habitar zonas más
incomprensibles, porque
en general las cosas que
entiendo, las entiendo
sensiblemente. Siempre
tengo mucho para decir,
me gusta pensar y
hablar, pero también
desconfío de aquello que
creo que sé. Espero
nunca construir un
teatro que le diga al
otro lo que tiene que
pensar, sino que lo
estimule.
Lo descarnado de la
puesta resulta bastante
arriesgado, porque no
hay luces ni efectos que
distraigan al
espectador, cualquier
equivocación será
apreciada
inmediatamente.
Si alguien se cae o se
desmaya, está ahí
delante de uno o si un
actor tuviera un vacío,
también. En ese sentido,
esas construcciones
internas, que el
espectador desconoce,
son muy estimulantes
para mí. Él no sabe lo
que vendrá, empieza a
intuir un sistema en el
que hay un actor detrás
de otro que cuenta una
historia, hay una
campana que marca el fin
y el comienzo, pero lo
que sucede es inesperado
siempre y esa forma
física descarnada
provoca que el
espectador también esté
en un espacio
descarnado, pues también
estoy mirándolo, no solo
él a mí. Veo sus
reacciones y trabajo con
eso. De esta forma de
construir, que para
muchas personas puede
ser incómoda a veces,
novedosa otras, nosotros
también desarrollamos
nuestro pensamiento y
nuestra acción de
trabajo. Cuando hay un
espectador que entiende
bien esas zonas, empieza
a colaborar con
nosotros, es algo
evidente muchas veces.
Hoy, por ejemplo, en el
instante en que una
actriz iba a mostrar su
foto de niña, una
espectadora hizo lo
mismo, entró a
participar en ese
momento.
Si bien el teatro que
intento consiste en
accionar desde la
presencia, no desde una
acción determinada,
también el espectador es
libre de construir, y no
sabés con qué te vas a
encontrar, si con
respuestas en palabras,
si con fisicalidad,
interrogantes,
transmisión de
sensaciones. Si veo que
alguien está
desinteresado, eso
dialoga conmigo y con
los otros espectadores.
Habitualmente en el
teatro siempre hay
alguien que se queda
dormido, si en la cabina
se queda alguien dormido
es muy sensible la
situación. Por tanto,
creo que hay otras
formas descarnadas y muy
invasivas que están
presentes en la vida de
cada uno todos los días
y no construyen
absolutamente nada más
que un deterioro. Darle
espacios a este tipo de
propuestas implica
repensar esos deterioros
y construir algo que nos
permita por lo menos
sospechar del momento
que estamos viviendo.
Pues estamos en una
época demasiado compleja
y no tan buena muchas de
las veces.
Para usted, ¿la idea que
quiere transmitir
resulta más importante
que los actores?
No creo que esté
separada la importancia
de las ideas de la
importancia de los
cuerpos, entiendo que
una idea es un cuerpo.
Aquello que se provoca
en otro o aquello que se
provoca en mí, es cuerpo
y es idea. Por tanto, en
ese pensar y sentir,
está lo que busco con el
teatro que pienso hace
muchos años y sobre el
que voy desarrollando
distintos sistemas,
objetos, situaciones,
posibilidades visuales,
así como formas del
cuerpo del espectador y
del actor. Pues, por
suerte, somos cuerpos e
ideas, si solo fuéramos
ideas, no podríamos
habitarlas.
¿Cómo es el trabajo con
los actores en este tipo
de propuesta?
Con muchos de ellos
trabajo hace bastante
tiempo, basta decir dos
palabras y ya me
entienden. Llevo diez
años investigando sobre
estos temas y ya no
constituyen solamente
una forma de hacer
teatro, sino un lenguaje
teatral. Elijo a los
actores primero por su
capacidad, por supuesto,
pero voy variando ese
acercamiento en mis
obras. No existe un
parámetro anterior, pues
por lo general ellos
nunca han hecho este
tipo de trabajo. Por
tanto, cuando hay un
actor o una actriz que
llega nuevo, arranca
casi de cero, con sus
herramientas previas,
pero sin un montón de
parámetros, pensamientos
y desarrollos de la
acción que trabajo desde
hace tiempo, los cuales
no están probados en
otras formas escénicas.
El trabajo es muy
intenso, muy
enriquecedor y lúdico
también. Muchas veces
ensayo estas situaciones
fuera de una sala, he
ensayado dentro de
iglesias, en
cementerios, en la
calle, comiendo, arriba
de un medio de
locomoción, en mi casa,
caminando. Encuentro
siempre formas
diferentes para generar
una memoria de ese
relato. Antes de pasar a
la escena, intento que
el actor ya tenga varias
situaciones previas para
poder contar esas
historias.
Supongo que con esta
obra haya vivido muchas
experiencias intensas,
¿pudiera contarme
alguna?
Una ocurrió precisamente
en la ESMA. Desde el
primer parlamento una
mujer empezó a llorar y
estuvo así hasta que
terminó la obra. Cada
vez que un actor
entraba, era un momento
conmocionante, porque
era una mujer grande, en
el medio de la ESMA,
llorando sin parar. Era
ella la que dominaba la
situación dramática. Las
historias continuaban,
pero su cuerpo
transmitía energías e
informaciones, porque
uno también empezaba a
generar interrogantes.
Decía el texto y al
mismo tiempo pensaba: a
esta mujer la
secuestraron y le
desaparecieron una hija
o un hijo.
Luego, cuando terminó la
obra, el director del
Instituto Goethe, en
Buenos Aires, vino y me
dijo: “Fernando, quiero
felicitarte porque la
obra me pareció
maravillosa, estoy
totalmente conmovido,
pero me acaba de pasar
algo que nunca me había
sucedido en todos mis
años de teatro. Esta
mujer que estuvo
llorando, al terminar la
obra y cuando ya nos
levantábamos para salir,
nos frenó a todos, nos
miró a los ojos llorando
y dijo: ‘Por favor,
despidámonos con un
abrazo, porque esto que
acaba de pasar
probablemente jamás nos
vuelva a ocurrir a
ninguno de nosotros y
seguramente nunca nos
vuelva a pasar juntos’.”
Luego todos se
abrazaron.
Cuando ocurre algo así,
soy feliz y me conmuevo,
pues siento que no me
equivoqué sobre aquello
que pensé hace algunos
años que quería hacer.
Si puedo lograr eso en
una persona o en un
grupo de personas, pues
está bien. Es cierto que
trabajo estéticas muy
estrictas y rigurosas,
porque no creo que el
teatro sea solamente
conmover, sino que ante
todo debe haber una
estética. Pero cuando
ocurre esto en la vida
de una persona, siento
que eso soy yo y que es
lo que quiero generar en
los límites más
profundos de mi corazón
y pensamiento.
Seguramente eso también
me trajo a Cuba.
Seguramente estar acá
hablando con vos, me va
a llevar a encontrarme
de un modo mejor con mi
mujer. Seguramente
encontrarme con mi mujer
me va a ayudar a
escribir una mejor obra
o pensar un poco más
lúcida y sensiblemente
aquellas cosas que me
preocupan, que me
obsesionan.
Con el correr de los
años me fui dando cuenta
de que encontraba mucho
eco en los demás, sobre
aquello que pensaba,
hacía o escribía. Fueron
muchas las personas en
este tiempo que se
sintieron enormemente
identificadas con mi
teatro. Eso me alegra
muchísimo, porque mi
búsqueda no está
solamente en el teatro,
sino en las personas.
Espero poder seguir
creando y aprendiendo de
todas estas
experiencias, nunca
dejar de indagar, de
cuestionarme, de ser
crítico. Me gustaría
investigar siempre y
espero no acomodarme
nunca.
Esta modernidad en la
que todos vivimos, trae
consigo una condición
casi objetiva: la
soledad del hombre.
¿Cree que una propuesta
de este tipo ayude a
contrarrestar eso?
Bueno, sería una gran
responsabilidad. Pero
también es bueno
sentirse solo, porque es
bueno sentirse
acompañado. Es bueno
generar este tipo de
propuestas porque
indagan sobre esos
espacios. Mientras
construís
colectivamente, indagás
sobre la soledad, sobre
el individuo. Siempre
hay una doble mirada, lo
que estamos haciendo y
lo que nos preguntamos.
Lo que hacemos es
colectivo y lo que nos
preguntamos es
solitario, pues aunque
accionemos
solitariamente, somos
parte de un grupo, y
cuando nos distraemos de
eso, cometemos los
peores errores.
Hay un montón de cosas
desde la soledad que
ayudan a pensar mejor,
que ayudan a construir
un mundo más atento, y
creo que el arte no
tiene que pretender más
que eso: estar atento.
Después, en qué va a
devenir nuestra mirada,
ya veremos. Quizá el
mundo sea simplemente un
ciclo de alegrías y
destrucciones, altruismo
y bajeza, y no podamos
hacer demasiado para que
eso cambie, solo
construir pequeños
momentos. Siempre
recuerdo una frase de
Gilles Deleuze que me
contó un maestro muy
querido. Cuando a
Deleuze le preguntaron
luego del Mayo Francés
si creía que la
Revolución era posible,
él dijo que no, pero que
creía que se podían
generar pequeños
acontecimientos diarios
que revolucionaran la
cabeza de la gente. Yo
quiero hacer eso con mi
teatro.
¿Qué significación tiene
representar esta obra en
Cuba?
Saber que muchas de las
cosas que hice, aunque
no directamente, siempre
estuvieron en diálogo
con algo de lo que
conformó este país.
Venir acá es sentirme
cerca de un montón de
pensamientos y
sensaciones esenciales
que me fueron
transmitidas de maneras
muy diversas. Venir a
Cuba es sentir que uno
construye su teatro de
una manera valiosa para
los otros, porque de lo
contrario no estaríamos
acá. Viajo mucho, tengo
la suerte o la
consecuencia de un
trabajo incansable que
me ha llevado a un
montón de festivales
internacionales, y estar
acá es sentir que hay
una parte del mundo
todavía viva, que sigue
siendo singular. Una de
las cosas que está
perdiendo nuestro mundo
es la singularidad, las
formas constantes de
venta de lo que somos
han ido destruyendo algo
de lo mejor de nosotros.
Y llegar a un lugar como
Cuba es darse cuenta de
que ese espejo, que
tenemos todos los días
en muchas de las grandes
ciudades, se ve mal.
Por supuesto, en todo
siempre hay algo que se
ve mal, o no viviríamos
en este mundo
imperfecto, pero aquí
siento esa certeza,
llena de interrogantes a
la vez. Sé algo
esencial, que al mismo
tiempo no puedo terminar
de construir en
pensamientos o en
palabras, que me
fascina, me pone fuerte,
me ilumina, me da ganas.
Quiero mucho a este país
por un montón de razones
y no están separadas del
movimiento político con
el que fue construido.
Con sus imperfecciones,
con todo aquello que
seguramente los que lo
viven a diario puedan
objetar o apoyar. Pero,
por esas mismas razones,
por esa complejidad, es
que me encanta venir a
este lugar. Siento que
en esas fuerzas y
contradicciones tan
necesarias uno
finalmente aprende a
mirar mejor, a sentir
mejor y a seguir
cuestionándose para
avanzar. Tratando de ser
más sensible e
inteligente y no un
idiota que todos los
días no se pregunta
nada. Eso es Cuba para
mí. |