|
La sede de la Asociación
Hermanos Saíz (AHS), el
Pabellón Cuba, acoge una
de las muestras
oficiales de la Oncena
Bienal de La Habana, con
una exposición dedicada,
por supuesto, al arte
joven. Creaciones
compartidas fue
inaugurada el pasado
domingo y agrupa a 19
jóvenes de 11 países.
José Manuel Noceda,
curador de la muestra
junto con el artista
Rewell Altunaga, explicó
que esta propuesta tiene
lecturas un tanto
diferentes de otras
anteriores hechas en el
mismo lugar, porque aquí
se juega con elementos
constitutivos o
funcionales del espacio
y se exploran los
distintos niveles de
comunicación del arte
con el público.
Esto uno lo aprecia
desde la entrada
principal, donde el
espectador tiene que
transitar bajo una
estructura de madera de
la que cuelgan cientos
de cucharas mecidas por
el viento. O cuando sube
las escaleras y sufre un
sobresalto
“Sospechosos”, con la
obra de Cuco Suárez,
varios marcos metálicos,
parecidos a los
detectores de los
aeropuertos, en los que
se activa una alarma al
paso de las personas y
una voz metálica les
asegura: “Sabemos quién
eres, te tenemos
controlado”.
|

"Sospechosos",
Cuco Suárez |
Una vez dentro, se llega
a un pasillo tenebroso,
a oscuras, con un olor a
rosas que no deja de ser
inquietante. En medio
del camino, alumbrado
por una sola luz,
aparece “El Príncipe”
(2007), de Naivy Pérez,
un príncipe negro
sembrado sobre un
solitario montículo de
tierra.
Al volver a la luz, a
medida que desaparece la
ceguera inicial, uno va
descubriendo, poco a
poco, que el Pabellón
Cuba se ha transformado
en una inmensa galería
de arte, aunque no en el
sentido tradicional. A
su derecha, por ejemplo,
en el mismo lugar desde
donde muchas bandas
jóvenes han ofrecido
conciertos, verá un
graderío. Este mira a
Cuba, por así decirlo,
una mesa de billar que,
en lugar de ser
rectangular como dictan
las reglas, tiene la
forma de la Isla. La
pieza es “Encuentro
irregular: Nivelación
del campo” (2012), de
Tony Labat.
Luego, al bajar, el
espectador descubre que
las columnas han dejado
de serlo para
transformarse en
cuadros. Una serie de
cuadros en los que
aparece uno mismo con
fragmentos encima de
“Escritura y temblor”,
de Patricio Marchant.
Obviamente, son nueve
espejos con textos
autoadhesivos que
reflexionan sobre el
cuerpo o sobre nosotros
mismos. Los trajo Nury
González desde Chile,
quien le asegura a todo
el que se asome a su
obra: “Cuerpo hay ahí”
(2012).
Un poco más allá,
llegamos a una cocina.
Las cazuelas están
listas y reverberando,
pero en ellas no se
prepara sopa, sino arte.
La pintura que hierve en
esos calderos, es una
metáfora de la vida en
común, o “Common life”
(2012), de Beatriz
Lecuona y Óscar
Hernández.
|

"Common
life" (2012), de
Beatriz Lecuona
y Óscar
Hernández |
Muy cerca, está la
bicicleta traída por Lin
Shin de China, un
artefacto que recuerda a
los limpiabotas de La
Habana, pero, en este
caso, sirve para lavar
los pies. Junto a ella
se encuentra el
televisor
autorreferencial de
Maksaens Denis, de
Haití, en el que aparece
un hombre mirando otro
televisor y
autoflagelándose,
metáfora bastante
evidente de cuánto puede
embrutecernos.
Justo en medio del
pabellón, uno puede
entrar a la casa
invertida de Haubitz-Zoche
y observar, con los pies
en el techo, el video de
dos mujeres haciendo
nado sincronizado de
cabeza, como la casa.
Luego, muchos salen
tambaleándose a causa
del vértigo que ya
vaticinaba el título de
la obra.
A un costado, han
implementado una serie
de cabinas en las que se
muestran diferentes
instalaciones. En la de
Aluán Argüelles, por
ejemplo, un hombre nos
juzga con su mirada
desde la pantalla. El
Colectivo Quintapata, de
República Dominicana,
invita a los visitantes
a mascar chicle y dejar
la goma, y estos,
obedientes, los pegan
sobre las caras de
cuatro individuos que
advierten por qué no se
debe masticar chicle.
|

"ADN", Colectivo
Quinta Pata |
Iván Capote, por su
parte, grafica el sonido
de unas claves de madera
con los propios
instrumentos. Mientras
Mauricio Abad nos
asegura que “existe el
silencio, pero si
gritas, la vida se
llenará de color”, y al
hacerlo, en efecto, la
pantalla se ilumina,
pero aparece una serie
de personas a las que
uno difícilmente podrá
escuchar a causa de sus
propios gritos.
Afuera, la brasileña Lia
Chaia incita al
espectador a que se
atreva a caminar usando
sus chancletas de madera
en forma de flechas que
apuntan hacia todas
direcciones. Luego,
cuando este lo hace,
descubre que hay una
mirilla siempre
apuntándole.
Obviamente, estas no son
todas las obras, pero la
idea queda bastante
clara: la exposición se
integra al espacio, a
sus pasillos y
concavidades, columnas y
vigas. De forma tal que
el pabellón, en sí, se
convierte en una sola
pieza. Y el espectador,
a medida que se adentra,
vive una experiencia
única e irrepetible, de
esas que solo puede
provocar el arte. |