La Habana. Año XI.
12 al 18 de MAYO de 2012

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Noche de reyes, por teatro el público
¡Que se va el vapor!
Dania del Pino • La Habana
Foto: yurisnorido.blogspot.com

¡Ay, Carmela!, ¡qué fiesta más linda celebraron los muchachos de El Público el pasado domingo! La función número cien de Noche de Reyes abarrotó la sala del teatro Trianón, y la cumbancha llegó hasta el separador de la calle Línea, con todo el público gritando el nombre de Carlos Díaz. ¡Yo también grité! Y me fui feliz, después de haberme muerto de la risa sentada en mi butaca y haber salido bailando conga hasta la acera, con unas ganas tremendas de seguir moviendo el cuerpo y escapar de la rutina habitual de coger algún P para llegar a mi casa.

¡Qué grandeza la de esos actores! Todos estaban allí, exponiéndose frente al espectador con la debida vivacidad y la pizca de desfachatez que siempre debe tener un actor; develando ante el público la pluralidad de los elencos y las diversas maneras de asumir un mismo personaje; mostrando la aportación que cada uno de ellos, de acuerdo a sus competencias, pueden hacer a la puesta en escena; tomando su parte del pastel, para decirlo a lo cine francés.

En aquella función recordé la crítica que hiciera para el periódico Entretelones en octubre del 2011 y ratifiqué algunos criterios que entonces expuse. El mayor hallazgo de la puesta era —como ha sido también el de muchos montajes de Carlos Díaz— la asunción de un clásico desde un discurso contemporáneo que dialoga con el texto y la época de Shakespeare, a partir de los mecanismos escénicos efectivos y ya recurrentes en la poética del grupo: la atrevida y deslumbrante visualidad de la escena, la ironía en el decir de los actores, su gestualidad grotesca y sensual, los desnudos, el travestismo y los elementos carnavalescos.

Entonces resalté la banda sonora a cargo de Bárbara Llanes —nombre que ya se ha hecho recurrente en el panorama teatral—, por permitir al público disfrutar de los más variados ritmos cubanos, en su mayoría interpretados por los actores del elenco. ¡Y qué decir de los vestuarios, Carmela! Roberto Ramos Mori conjuga colores y formas de la moda actual, con modelos del período isabelino para, como ya es habitual, presentar una deslumbrante pasarela en la que los actores devienen modelos e interactúan con los espectadores. Eso es hacer diseño de vestuario: concentrar en una pieza, la tesis que sostiene un director o que defiende un actor sobre la escena. Baste recordar los vestuarios de Viola, que refuerzan lo ambiguo de su identidad, o los trajes de conejos que aluden a la industria Play Boy y dialogan con el vestido de época que usa Olivia para guardar luto por su hermano.

Me resultó ahora impactante la eficacia de un texto como La duodécima noche, de William Shakespeare que sirvió de plataforma a la versión de Norge Espinosa y que a pesar de haber sido escrito cuatro siglos atrás, aborda un tema de tanta actualidad como el de la identidad del individuo. Pero Carmela, si bien el ser humano se ha hecho siempre las mismas preguntas en torno a sí mismo, me deslumbró, por tercera vez, el talento de Carlos Díaz para dialogar con la comedia de enredos, siempre desde el calor y la festividad de su isla.

Volví a ver las máscaras de la Comedia del arte y la mascarada, forma de entretenimiento cortesana puesta de moda en la época de Shakespeare, unidas al gran carnaval cubano, a las canciones, expresiones, consignas y poemas de nuestra cotidianeidad revolucionaria, saliendo de boca de los actores, a veces de modo involuntario, como si revelaran a los sujetos que se esconden tras el disfraz de los personajes. Entonces el texto se convirtió en pretexto para mí también, y me uní a la celebración que propone Díaz. Y más allá de vislumbrar el juego de dobles, verdad y mentira, realidad y ficción, virilidad y delicadeza, que retozan ante los ojos del espectador para hablarle del amor, ese sentimiento capaz de borrar las diferencias, sentí el placer de compartir un espacio común con jóvenes de mi generación, con actores que, camuflajeados en su máscara y en el acto de hacer teatro, hablaban de ellos mismos, de su tiempo y de mí.

Por un momento me sentí frente a un show de travestis, que cantaban los temas más pegados del momento y brindaban a los que estábamos una oportunidad para el esparcimiento, para la alegría; la posibilidad de escapar del tedio cotidiano y tararear las letras de “Someone like you”, de una Adele encarnada por Tony Alonso; o de “Caballo Viejo”, que sirviera de presentación a la telenovela que se transmitió por nuestra pequeña pantalla. Pasaron por mis ojos las imágenes de Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea, o de La bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet, y comprendí que el público asiste desaforadamente a los estrenos de Carlos Díaz, no para ver un clásico a la usanza del teatro isabelino, ni para ver cuerpos desnudos caminar sobre la pasarela como algunos piensan. No Carmela, los espectadores asisten al Trianón para verse a sí mismos, para refrescar, como en una película, fragmentos de su realidad y poder ver una versión en vivo de Lady Gaga o a una actriz haciendo sufrir a Patry Withe.

Con un elenco que aboga por la diversidad, a través de una rica mixtura de formas y procedimientos escénicos, integrados coherentemente a través del tono burlesco y paródico en el decir de los actores; vi a egresados de la Escuela Nacional de Arte interactuar con intérpretes de la compañía con experiencias en otros colectivos teatrales y la televisión. Entre todos sustentaban el discurso de la puesta en escena. Enumerar cada una de las actuaciones y buenos desempeños sería imposible. Sigo resaltando el trabajo de Freddy Maragoto y Tamara Venereo en el rol del Bufón, defendiendo cada uno sus perspectivas y referentes individuales y despertando en el público múltiples lecturas que lo remiten a la figura del Babalawo o Sacerdote de Ifá, como símbolo de la cultura afrocubana en nuestro país, o a la influencia dejada por la Unión Soviética en la Isla.

Se destaca Iván Infante, como Antonio, con una lograda caracterización; Jaime Jiménez, Ariel López, las tres Olivias con un mayor equilibrio en sus interpretaciones y los muchachos más jóvenes dan muestras de una madurez alcanzada a lo largo de la extensa temporada. Pero no puedo dejar de hablar de Yanier Palmero, Javier Fano y Gerandi Basart. Si bien sigo creyendo que el talento de Palmero supera su cometido en el personaje de Malborio, y que entregas anteriores lo han hecho brillar mucho más, su exquisita técnica y trabajo corporal dan muestras de su indudable competencia como actor. Y como él, el dúo que asume a Sir Toby y Sir Andrew, devienen los únicos roles sin dobles dentro del proceso, una severa faena que los ha puesto a prueba y de la que han salido airosos. El binomio Fano-Basart se erige como uno de los más deliciosos aderezos de la Noche de Reyes por su lograda coordinación, el dinamismo de sus acciones físicas y la coherencia con que asumen el texto, siguiendo al dedillo los principios del teatro de Carlos Díaz.

Allí todos nos sentimos bien, los de todas las razas y todas las preferencias sexuales, los de todos los países que como parte de Mayo Teatral asistieron, los de cada uno de los grupos sociales, que por un momento fuimos verdaderamente iguales, sin edad, sin nombre ni sexo, sin religión, sin status social. ¡Ay, mi amor! Esa sensación de placer la voy a agradecer siempre, la misma sensación que sentí cuando Fernando Echavarría me conmovió en su interpretación de Petra von Kant, o cuando lloré con la imagen de un Adolfo Llauradó construido magistralmente por Lester Martínez; o cuando Yailene Sierra me deslumbró con su actuación de Puta Respetuosa, en un espectáculo que me sirvió de prueba de ingreso al Instituto Superior de Arte. Esa fuerza emotiva que hoy vislumbro en la interpretación musical de Gerandi Basart y que espero encontrar en la reposición de Calígula. No te la pierdas, Carmela. Allí estaré esperándote para seguir riendo.
 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.