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¡Ay, Carmela!, ¡qué
fiesta más linda
celebraron los muchachos
de El Público el pasado
domingo! La función
número cien de Noche
de Reyes abarrotó la
sala del teatro Trianón,
y la cumbancha llegó
hasta el separador de la
calle Línea, con todo el
público gritando el
nombre de Carlos Díaz.
¡Yo también grité! Y me
fui feliz, después de
haberme muerto de la
risa sentada en mi
butaca y haber salido
bailando conga hasta la
acera, con unas ganas
tremendas de seguir
moviendo el cuerpo y
escapar de la rutina
habitual de coger algún
P para llegar a mi casa.
¡Qué grandeza la de esos
actores! Todos estaban
allí, exponiéndose
frente al espectador con
la debida vivacidad y la
pizca de desfachatez que
siempre debe tener un
actor; develando ante el
público la pluralidad de
los elencos y las
diversas maneras de
asumir un mismo
personaje; mostrando la
aportación que cada uno
de ellos, de acuerdo a
sus competencias, pueden
hacer a la puesta en
escena; tomando su
parte del pastel,
para decirlo a lo cine
francés.
En aquella función
recordé la crítica que
hiciera para el
periódico
Entretelones en
octubre del 2011 y
ratifiqué algunos
criterios que entonces
expuse. El mayor
hallazgo de la puesta
era —como ha sido
también el de muchos
montajes de Carlos Díaz—
la asunción de un
clásico desde un
discurso contemporáneo
que dialoga con el texto
y la época de
Shakespeare, a partir de
los mecanismos escénicos
efectivos y ya
recurrentes en la
poética del grupo: la
atrevida y deslumbrante
visualidad de la escena,
la ironía en el decir de
los actores, su
gestualidad grotesca y
sensual, los desnudos,
el travestismo y los
elementos carnavalescos.
Entonces resalté la
banda sonora a cargo de
Bárbara Llanes —nombre
que ya se ha hecho
recurrente en el
panorama teatral—, por
permitir al público
disfrutar de los más
variados ritmos cubanos,
en su mayoría
interpretados por los
actores del elenco. ¡Y
qué decir de los
vestuarios, Carmela!
Roberto Ramos Mori
conjuga colores y formas
de la moda actual, con
modelos del período
isabelino para, como ya
es habitual, presentar
una deslumbrante
pasarela en la que los
actores devienen modelos
e interactúan con los
espectadores. Eso es
hacer diseño de
vestuario: concentrar en
una pieza, la tesis que
sostiene un director o
que defiende un actor
sobre la escena. Baste
recordar los vestuarios
de Viola, que refuerzan
lo ambiguo de su
identidad, o los trajes
de conejos que aluden a
la industria Play Boy y
dialogan con el vestido
de época que usa Olivia
para guardar luto por su
hermano.
Me resultó ahora
impactante la eficacia
de un texto como La
duodécima noche, de
William Shakespeare que
sirvió de plataforma a
la versión de Norge
Espinosa y que a pesar
de haber sido escrito
cuatro siglos atrás,
aborda un tema de tanta
actualidad como el de la
identidad del individuo.
Pero Carmela, si bien el
ser humano se ha hecho
siempre las mismas
preguntas en torno a sí
mismo, me deslumbró, por
tercera vez, el talento
de Carlos Díaz para
dialogar con la comedia
de enredos, siempre
desde el calor y la
festividad de su isla.
Volví a ver las máscaras
de la Comedia del arte y
la mascarada, forma de
entretenimiento
cortesana puesta de moda
en la época de
Shakespeare, unidas al
gran carnaval cubano, a
las canciones,
expresiones, consignas y
poemas de nuestra
cotidianeidad
revolucionaria, saliendo
de boca de los actores,
a veces de modo
involuntario, como si
revelaran a los sujetos
que se esconden tras el
disfraz de los
personajes. Entonces el
texto se convirtió en
pretexto para mí
también, y me uní a la
celebración que propone
Díaz. Y más allá de
vislumbrar el juego de
dobles, verdad y
mentira, realidad y
ficción, virilidad y
delicadeza, que retozan
ante los ojos del
espectador para hablarle
del amor, ese
sentimiento capaz de
borrar las diferencias,
sentí el placer de
compartir un espacio
común con jóvenes de mi
generación, con actores
que, camuflajeados en su
máscara y en el acto de
hacer teatro, hablaban
de ellos mismos, de su
tiempo y de mí.
Por un momento me sentí
frente a un show de
travestis, que cantaban
los temas más pegados
del momento y brindaban
a los que estábamos una
oportunidad para el
esparcimiento, para la
alegría; la posibilidad
de escapar del tedio
cotidiano y tararear las
letras de “Someone like
you”, de una Adele
encarnada por Tony
Alonso; o de “Caballo
Viejo”, que sirviera de
presentación a la
telenovela que se
transmitió por nuestra
pequeña pantalla.
Pasaron por mis ojos las
imágenes de Fresa y
Chocolate, de Tomás
Gutiérrez Alea, o de
La bella del Alhambra,
de Enrique Pineda
Barnet, y comprendí que
el público asiste
desaforadamente a los
estrenos de Carlos Díaz,
no para ver un clásico a
la usanza del teatro
isabelino, ni para ver
cuerpos desnudos caminar
sobre la pasarela como
algunos piensan. No
Carmela, los
espectadores asisten al
Trianón para verse a sí
mismos, para refrescar,
como en una película,
fragmentos de su
realidad y poder ver una
versión en vivo de Lady
Gaga o a una actriz
haciendo sufrir a Patry
Withe.
Con un elenco que aboga
por la diversidad, a
través de una rica
mixtura de formas y
procedimientos
escénicos, integrados
coherentemente a través
del tono burlesco y
paródico en el decir de
los actores; vi a
egresados de la Escuela
Nacional de Arte
interactuar con
intérpretes de la
compañía con
experiencias en otros
colectivos teatrales y
la televisión. Entre
todos sustentaban el
discurso de la puesta en
escena. Enumerar cada
una de las actuaciones y
buenos desempeños sería
imposible. Sigo
resaltando el trabajo de
Freddy Maragoto y Tamara
Venereo en el rol del
Bufón, defendiendo cada
uno sus perspectivas y
referentes individuales
y despertando en el
público múltiples
lecturas que lo remiten
a la figura del Babalawo
o Sacerdote de Ifá, como
símbolo de la cultura
afrocubana en nuestro
país, o a la influencia
dejada por la Unión
Soviética en la Isla.
Se destaca Iván Infante,
como Antonio, con una
lograda caracterización;
Jaime Jiménez, Ariel
López, las tres Olivias
con un mayor equilibrio
en sus interpretaciones
y los muchachos más
jóvenes dan muestras de
una madurez alcanzada a
lo largo de la extensa
temporada. Pero no puedo
dejar de hablar de
Yanier Palmero, Javier
Fano y Gerandi Basart.
Si bien sigo creyendo
que el talento de
Palmero supera su
cometido en el personaje
de Malborio, y que
entregas anteriores lo
han hecho brillar mucho
más, su exquisita
técnica y trabajo
corporal dan muestras de
su indudable competencia
como actor. Y como él,
el dúo que asume a Sir
Toby y Sir Andrew,
devienen los únicos
roles sin dobles dentro
del proceso, una severa
faena que los ha puesto
a prueba y de la que han
salido airosos. El
binomio Fano-Basart se
erige como uno de los
más deliciosos aderezos
de la Noche de Reyes
por su lograda
coordinación, el
dinamismo de sus
acciones físicas y la
coherencia con que
asumen el texto,
siguiendo al dedillo los
principios del teatro de
Carlos Díaz.
Allí todos nos sentimos
bien, los de todas las
razas y todas las
preferencias sexuales,
los de todos los países
que como parte de Mayo
Teatral asistieron, los
de cada uno de los
grupos sociales, que por
un momento fuimos
verdaderamente iguales,
sin edad, sin nombre ni
sexo, sin religión, sin
status social. ¡Ay,
mi amor! Esa
sensación de placer la
voy a agradecer siempre,
la misma sensación que
sentí cuando Fernando
Echavarría me conmovió
en su interpretación de
Petra von Kant, o cuando
lloré con la imagen de
un Adolfo Llauradó
construido
magistralmente por
Lester Martínez; o
cuando Yailene Sierra me
deslumbró con su
actuación de Puta
Respetuosa, en un
espectáculo que me
sirvió de prueba de
ingreso al Instituto
Superior de Arte. Esa
fuerza emotiva que hoy
vislumbro en la
interpretación musical
de Gerandi Basart y que
espero encontrar en la
reposición de
Calígula. No te la
pierdas, Carmela. Allí
estaré esperándote para
seguir riendo. |