La Habana. Año XI.
12 al 18 de MAYO de 2012

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El origen de los mapuches
A. S. Yhanes • La Habana
Foto: Yaima Amador

En el principio, eran dos culebras enormes. La primera, Kay Kay, vivía en el fondo del mar, gobernaba las aguas y tomaba su nombre del sonido que hace el agua al caer. La otra, Xeng Xeng, vivía en las montañas, y se llamaba así por el ruido de la tierra cuando tiembla, ese precisamente era su poder, controlar la tierra.
 

El hombre, por su parte, vivía en armonía con la naturaleza, había sido creado para cuidar de ella. Pero un día, descuidó sus obligaciones, dejó de preocuparse por la vida comunitaria e intento destruir los lugares sagrados en busca de oro. Así que Ngenechén —el equivalente mapuche del Dios de los cristianos—, al ver a las personas que él mismo había creado comportándose tan mal, decidió exterminarlos. Y Kay Kay se ofreció para cumplir tan triste misión, haciendo crecer las aguas.

Este es el mito fundacional del pueblo mapuche, una leyenda que los abuelos todavía cuentan a sus nietos junto al fuego. Pero la historia llegó a Cuba de una manera un tanto diferente. Fue durante la última edición del Mayo Teatral, a través de dos juglares, los miembros del grupo chileno Tryo Teatro Banda. Su director y fundador, Francisco Sánchez, o simplemente Pancho, creó el grupo en el 2000 justo para esto: hacer espectáculos ligados a la tradición chilena.

Pancho nació en Santiago, es hijo de una croata y un chileno, su abuelo paterno era argentino y sus bisabuelos, españoles. Quizá porque no tiene antepasados chilenos, o porque necesita reafirmar su identidad, o tal vez por ambas, el caso es que se obsesionó con estos temas. Y mientras más investigaba, se le hacía más evidente el desconocimiento que hay en Chile de su propia historia.

Eso explica algunos títulos de su repertorio: La Araucana —inspirada en el poema épico de Alonso de Ercilla, cuyo nombre viene de los araucanos, el modo en que los conquistadores llamaban a los mapuches y que estos, dicho sea de paso, odiaban—, La Tirana, Cautiverio Felis (SIC), Pedro de Valdivia o esta que presentaron en La Habana: Buscando a Kay Kay y Xeng Xeng Vilu. Todas tienen algo en común, además del tema, obviamente, el hecho de que hacen justicia a los vencidos, pues Pancho nunca se creyó aquel cuento de que los indios eran unos salvajes y los españoles vinieron a civilizarlos.

Por eso, antes de montar la obra, recorrió todo el sur de Chile y Argentina en automóvil investigando las comunidades mapuches. De hecho, la puesta es casi una crónica de ese viaje en septiembre de 2008. Allí, él y Pablo —el otro actor que aparece a su lado en esta puesta, quien es de Temuco, una ciudad eminentemente mapuche—, no solo conocieron las historias, aprendieron a usar muchos de los instrumentos que ahora utilizan en el espectáculo y compartieron con los artesanos que los construyen.

“Esa experiencia fue muy importante —me cuenta Pancho—, pues una cosa es investigar a través de libros y otra muy distinta es ir al lugar, ver los árboles, sentir la tierra, visitar incluso una isla en el Pacífico, que está emergiendo del mar y es como el Xeng Xeng que va subiendo. Todo eso nos aportó mucho, no solo en cuanto a información, sino a nivel sensorial. Estar allí, comer, compartir con la gente, conversar, le fue dando nutrientes emotivos al proyecto. Cuando uno hace una investigación de un mes en el territorio indígena se empapa de todo el sentido de lo que está haciendo, llegas a querer la obra, porque gastaste energía, tiempo, vida”.

Fue así, recopilando las diferentes versiones del mito de Kay Kay y Xeng Xeng, que armaron la suya. Sobre el escenario, utilizando las técnicas de la juglaría: títeres, música, sonidos onomatopéyicos, humor; los dos actores recrean la épica batalla entre ambas serpientes.

Por un lado, Kay Kay, que pretende ahogar a los hombres y, por el otro, Xeng Xeng, que intenta salvarlos haciendo crecer los cerros más altos para que se refugien allí. Tal vez así nacieron los Andes, no sé, el caso es que los cerros crecieron tanto, que llegaron muy cerca del sol y las personas tuvieron que construir cántaros de greda para protegerse. Al final, tras la victoria de Xeng Xeng, los únicos cuatro sobrevivientes fueron los fundadores del pueblo mapuche.

Quizá a alguno pudiera parecerle exagerado, pero un señor mapuche le aseguró a Pancho que en la cima de un cerro cercano todavía podían encontrase restos de aquellos cántaros. Por eso incluyeron el pasaje en la obra.

No es la primera vez que algo así les ocurre. Al final de una de las representaciones de Pedro de Valdivia —la pieza que obligó a Pancho a usar mostacho y perilla—, una señora mapuche se les acercó: “Muy bonita la obra, pero no la están haciendo bien, porque a Pedro de Valdivia los mapuches le comieron el corazón”. Desde ese día, sobre el escenario, los enemigos del conquistador de Chile devoran un tomate ensangrentado.

“Con Buscando a Kay Kay y Xeng Xeng Vilu intentamos demostrar que este mito de la antigüedad mapuche puede ser útil hoy día —asegura Pancho—. El castigo que recibe el hombre por abandonar la vida comunitaria, descuidar la naturaleza, todo eso tiene consecuencias graves para la humanidad y lo estamos viviendo”.

En Chile, hablar de la cultura mapuche todavía es bastante complejo, pues, debido a la discriminación, hay mucha gente que rechaza su cultura. Sin embargo, las personas suelen responder positivamente a la obra, incluso los propios indígenas.

“Si bien el pueblo mapuche es muy diverso —me explica—, en general, diría que lo disfrutan y se ríen muchísimo. Al final ellos también han ido quedando colgados de la historia y hay cosas que muchos también desconocían, por eso la recepción es tan buena”.

Aunque eso no tuvo que decírmelo, pude comprobarlo yo mismo al final de una de las representaciones en el Mayo Teatral. Cuando Pancho salía del teatro, afuera había un grupo de jóvenes mapuches esperándolo. Estudian aquí en Cuba y sobra decir la emoción que mostraron al ver el mito que justifica su cultura representado por gente de casa. Dijeron algunas palabras en mapudungún, que no comprendí, aunque la mayor parte de la conversación fue en castellano, tampoco hay que exagerar.

Después de los saludos, nos llevaron a un lugar que nunca antes había visto. El cuadro no deja de tener un toque surrealista: guiado por un grupo de mapuches a través de la ciudad donde nací, como si estuviésemos en Temuco. A las pocas cuadras, llegamos a una casa con una escalera enorme en la entrada y portal acristalado. Allí estuvo durante muchos años la embajada de Chile y después del golpe de Pinochet fue donde radicó el comité de resistencia chilena. Hoy es el Memorial Salvador Allende.

En las paredes hay fotos del presidente, fragmentos de sus discursos, una canción de Violeta Parra y un poema de Neruda. Todavía quedan dos escudos de cuando era la embajada y guardados en una vitrina se ven varios recortes de periódico de aquel 11 de septiembre, dando la noticia del golpe.

Fue justo ahí donde Pancho me habló de lo que significa ser heredero de una de las manifestaciones artísticas más contestatarias durante la dictadura: el teatro.

“El teatro tiene una responsabilidad y a cada uno le toca su momento histórico para trabajar. Como aquella fue una época muy negra de Chile y dan ganas de olvidarla, ese tipo de teatro ha quedado en el pasado, o sea, la gente no va a ver obras contestatarias. Por eso hay que ingeniárselas para tocar los temas críticos y profundos sin ser antipático, pues en el fondo el teatro tiene que ser sanador para todos. No quiero fustigar a nadie, ese tipo de teatro no sirve, porque la humanidad, nos guste o no, la construimos todos. El asunto está en cómo el teatro logra transformar al espectador, lo que menos quisiera es que alguien se pare y se vaya de mi espectáculo porque se siente ofendido”.

Luego, añade: “Son muchas impresiones que tengo de este viaje Cuba, porque es un país que no conocía y del cual siempre se han dicho muchas cosas. Tiene muchos desafíos y virtudes. Pero a pesar de eso tienen muchos valores que cuidar, por ejemplo, aquí no hay delincuencia, o muy poca, en Chile eso es espantoso, ni siquiera permito que mi hijo juegue con los niños del barrio. Uno ve aquí que los niños juegan, son felices, que la gente es solidaria, son valores que uno quisiera que el pueblo cubano no los perdiera en este proceso que tarde o temprano tienen que vivir, que es el de abrirse también a otras formas de economía. Porque si le abren un poco la puerta al capitalismo se los comen. Por eso es importante que encuentren la manera de abrirse, obtener un poco más de recursos, sin perder un Estado fuerte que tenga control”.

Antes de irse, en el libro de visitantes que está en una de las habitaciones, Pancho escribió: “Es emocionante estar en el lugar dedicado al presidente Salvador Allende en esta ciudad y este país que lucha por construir su propio destino”.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

Mayo Teatral

 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.