|
En el principio, eran
dos culebras enormes. La
primera, Kay Kay, vivía
en el fondo del mar,
gobernaba las aguas y
tomaba su nombre del
sonido que hace el agua
al caer. La otra, Xeng
Xeng, vivía en las
montañas, y se llamaba
así por el ruido de la
tierra cuando tiembla,
ese precisamente era su
poder, controlar la
tierra.
El hombre, por su parte,
vivía en armonía con la
naturaleza, había sido
creado para cuidar de
ella. Pero un día,
descuidó sus
obligaciones, dejó de
preocuparse por la vida
comunitaria e intento
destruir los lugares
sagrados en busca de
oro. Así que Ngenechén
—el equivalente mapuche
del Dios de los
cristianos—, al ver a
las personas que él
mismo había creado
comportándose tan mal,
decidió exterminarlos. Y
Kay Kay se ofreció para
cumplir tan triste
misión, haciendo crecer
las aguas.
Este es el mito
fundacional del pueblo
mapuche, una leyenda que
los abuelos todavía
cuentan a sus nietos
junto al fuego. Pero la
historia llegó a Cuba de
una manera un tanto
diferente. Fue durante
la última edición del
Mayo Teatral, a través
de dos juglares, los
miembros del grupo
chileno Tryo Teatro
Banda. Su director y
fundador, Francisco
Sánchez, o simplemente
Pancho, creó el grupo en
el 2000 justo para esto:
hacer espectáculos
ligados a la tradición
chilena.
Pancho nació en
Santiago, es hijo de una
croata y un chileno, su
abuelo paterno era
argentino y sus
bisabuelos, españoles.
Quizá porque no tiene
antepasados chilenos, o
porque necesita
reafirmar su identidad,
o tal vez por ambas, el
caso es que se obsesionó
con estos temas. Y
mientras más
investigaba, se le hacía
más evidente el
desconocimiento que hay
en Chile de su propia
historia.
Eso explica algunos
títulos de su
repertorio: La
Araucana —inspirada
en el poema épico de
Alonso de Ercilla, cuyo
nombre viene de los
araucanos, el modo en
que los conquistadores
llamaban a los mapuches
y que estos, dicho sea
de paso, odiaban—, La
Tirana,
Cautiverio Felis (SIC),
Pedro de Valdivia
o esta que presentaron
en La Habana:
Buscando a Kay Kay y
Xeng Xeng Vilu.
Todas tienen algo en
común, además del tema,
obviamente, el hecho de
que hacen justicia a los
vencidos, pues Pancho
nunca se creyó aquel
cuento de que los indios
eran unos salvajes y los
españoles vinieron a
civilizarlos.
Por eso, antes de montar
la obra, recorrió todo
el sur de Chile y
Argentina en automóvil
investigando las
comunidades mapuches. De
hecho, la puesta es casi
una crónica de ese viaje
en septiembre de 2008.
Allí, él y Pablo —el
otro actor que aparece a
su lado en esta puesta,
quien es de Temuco, una
ciudad eminentemente
mapuche—, no solo
conocieron las
historias, aprendieron a
usar muchos de los
instrumentos que ahora
utilizan en el
espectáculo y
compartieron con los
artesanos que los
construyen.
“Esa experiencia fue muy
importante —me cuenta
Pancho—, pues una cosa
es investigar a través
de libros y otra muy
distinta es ir al lugar,
ver los árboles, sentir
la tierra, visitar
incluso una isla en el
Pacífico, que está
emergiendo del mar y es
como el Xeng Xeng que va
subiendo. Todo eso nos
aportó mucho, no solo en
cuanto a información,
sino a nivel sensorial.
Estar allí, comer,
compartir con la gente,
conversar, le fue dando
nutrientes emotivos al
proyecto. Cuando uno
hace una investigación
de un mes en el
territorio indígena se
empapa de todo el
sentido de lo que está
haciendo, llegas a
querer la obra, porque
gastaste energía,
tiempo, vida”.
Fue así, recopilando las
diferentes versiones del
mito de Kay Kay y Xeng
Xeng, que armaron la
suya. Sobre el
escenario, utilizando
las técnicas de la
juglaría: títeres,
música, sonidos
onomatopéyicos, humor;
los dos actores recrean
la épica batalla entre
ambas serpientes.
Por un lado, Kay Kay,
que pretende ahogar a
los hombres y, por el
otro, Xeng Xeng, que
intenta salvarlos
haciendo crecer los
cerros más altos para
que se refugien allí.
Tal vez así nacieron los
Andes, no sé, el caso es
que los cerros crecieron
tanto, que llegaron muy
cerca del sol y las
personas tuvieron que
construir cántaros de
greda para protegerse.
Al final, tras la
victoria de Xeng Xeng,
los únicos cuatro
sobrevivientes fueron
los fundadores del
pueblo mapuche.
Quizá a alguno pudiera
parecerle exagerado,
pero un señor mapuche le
aseguró a Pancho que en
la cima de un cerro
cercano todavía podían
encontrase restos de
aquellos cántaros. Por
eso incluyeron el pasaje
en la obra.
No es la primera vez que
algo así les ocurre. Al
final de una de las
representaciones de
Pedro de Valdivia
—la pieza que obligó a
Pancho a usar mostacho y
perilla—, una señora
mapuche se les acercó:
“Muy bonita la obra,
pero no la están
haciendo bien, porque a
Pedro de Valdivia los
mapuches le comieron el
corazón”. Desde ese día,
sobre el escenario, los
enemigos del
conquistador de Chile
devoran un tomate
ensangrentado.
“Con Buscando a Kay
Kay y Xeng Xeng Vilu
intentamos demostrar que
este mito de la
antigüedad mapuche puede
ser útil hoy día
—asegura Pancho—. El
castigo que recibe el
hombre por abandonar la
vida comunitaria,
descuidar la naturaleza,
todo eso tiene
consecuencias graves
para la humanidad y lo
estamos viviendo”.
En Chile, hablar de la
cultura mapuche todavía
es bastante complejo,
pues, debido a la
discriminación, hay
mucha gente que rechaza
su cultura. Sin embargo,
las personas suelen
responder positivamente
a la obra, incluso los
propios indígenas.
“Si bien el pueblo
mapuche es muy diverso
—me explica—, en
general, diría que lo
disfrutan y se ríen
muchísimo. Al final
ellos también han ido
quedando colgados de la
historia y hay cosas que
muchos también
desconocían, por eso la
recepción es tan buena”.
Aunque eso no tuvo que
decírmelo, pude
comprobarlo yo mismo al
final de una de las
representaciones en el
Mayo Teatral. Cuando
Pancho salía del teatro,
afuera había un grupo de
jóvenes mapuches
esperándolo. Estudian
aquí en Cuba y sobra
decir la emoción que
mostraron al ver el mito
que justifica su cultura
representado por gente
de casa. Dijeron algunas
palabras en mapudungún,
que no comprendí, aunque
la mayor parte de la
conversación fue en
castellano, tampoco hay
que exagerar.
Después de los saludos,
nos llevaron a un lugar
que nunca antes había
visto. El cuadro no deja
de tener un toque
surrealista: guiado por
un grupo de mapuches a
través de la ciudad
donde nací, como si
estuviésemos en Temuco.
A las pocas cuadras,
llegamos a una casa con
una escalera enorme en
la entrada y portal
acristalado. Allí estuvo
durante muchos años la
embajada de Chile y
después del golpe de
Pinochet fue donde
radicó el comité de
resistencia chilena. Hoy
es el Memorial Salvador
Allende.
En las paredes hay fotos
del presidente,
fragmentos de sus
discursos, una canción
de Violeta Parra y un
poema de Neruda. Todavía
quedan dos escudos de
cuando era la embajada y
guardados en una vitrina
se ven varios recortes
de periódico de aquel 11
de septiembre, dando la
noticia del golpe.
Fue justo ahí donde
Pancho me habló de lo
que significa ser
heredero de una de las
manifestaciones
artísticas más
contestatarias durante
la dictadura: el teatro.
“El teatro tiene una
responsabilidad y a cada
uno le toca su momento
histórico para trabajar.
Como aquella fue una
época muy negra de Chile
y dan ganas de
olvidarla, ese tipo de
teatro ha quedado en el
pasado, o sea, la gente
no va a ver obras
contestatarias. Por eso
hay que ingeniárselas
para tocar los temas
críticos y profundos sin
ser antipático, pues en
el fondo el teatro tiene
que ser sanador para
todos. No quiero
fustigar a nadie, ese
tipo de teatro no sirve,
porque la humanidad, nos
guste o no, la
construimos todos. El
asunto está en cómo el
teatro logra transformar
al espectador, lo que
menos quisiera es que
alguien se pare y se
vaya de mi espectáculo
porque se siente
ofendido”.
Luego, añade: “Son
muchas impresiones que
tengo de este viaje
Cuba, porque es un país
que no conocía y del
cual siempre se han
dicho muchas cosas.
Tiene muchos desafíos y
virtudes. Pero a pesar
de eso tienen muchos
valores que cuidar, por
ejemplo, aquí no hay
delincuencia, o muy
poca, en Chile eso es
espantoso, ni siquiera
permito que mi hijo
juegue con los niños del
barrio. Uno ve aquí que
los niños juegan, son
felices, que la gente es
solidaria, son valores
que uno quisiera que el
pueblo cubano no los
perdiera en este proceso
que tarde o temprano
tienen que vivir, que es
el de abrirse también a
otras formas de
economía. Porque si le
abren un poco la puerta
al capitalismo se los
comen. Por eso es
importante que
encuentren la manera de
abrirse, obtener un poco
más de recursos, sin
perder un Estado fuerte
que tenga control”.
Antes de irse, en el
libro de visitantes que
está en una de las
habitaciones, Pancho
escribió: “Es
emocionante estar en el
lugar dedicado al
presidente Salvador
Allende en esta ciudad y
este país que lucha por
construir su propio
destino”. |