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En el Instituto Superior
de Arte, o simplemente
el ISA, en las ruinas de
lo que algún día sería
la escuela de ballet, ha
ocurrido algo. Cuando
uno camina por los
pasillos nota que los
nervios de cabilla han
sido recubiertos con
jabas; o que en una de
las habitaciones
circulares hay una
figura en el suelo,
también circular, hecha
con cristales rotos; o
que el polvo indica el
camino que se debe
seguir. Ese es el modo
en que el artista dice:
Gabriel Orozco estuvo
aquí.
Aunque, en realidad, su
manera es tan sutil que
uno no podría asegurar
si fue él, el tiempo o
ambos, quienes han
convertido este edificio
abandonado en una
galería de arte. Tal vez
siempre lo fue y su
intervención lo único
que hizo fue
mostrárnoslo. No sé. El
caso es que Orozco
todavía está aquí, en el
ISA, en la Oncena Bienal
de La Habana, y camina
con zapatillas
deportivas, fuma un puro
y observa tras sus
espejuelos las
reacciones de la gente.
Al principio, no tenía
muy claro qué haría,
conocía el terreno
porque había venido tres
veces al lugar, pero
nada más. También
necesitaba ayuda, jamás
podría terminar el
proyecto en una semana.
De modo que utilizó a un
grupo de estudiantes, la
mayoría alumnos del ISA,
otros no, artistas
todos, para que lo
ayudasen en la obra. Fue
así cómo esta se
convirtió en una especie
de seminario o taller,
donde Orozco compartió
con ellos lo que mejor
conoce: su arte.
“He trabajado así antes
y me gusta generar
equipos de trabajo
comunitario —me cuenta—.
O sea, no una forma de
producción jerárquica,
sino un equipo que
trabaja para un proyecto
común. Eso generó un
ambiente muy lindo”.
Sus reglas fueron
sencillas: primero, no
podían traer nada ajeno
al lugar, solo
utilizarían los
elementos que ya estaban
aquí; segundo, una vez
que movieran o
modificaran algo, no
había vuelta atrás, por
tanto, cada acción debía
pensarse con cuidado,
pues el más mínimo
cambio tendría
consecuencias
irreversibles.
“Para ellos fue
interesante aprender a
no actuar de inmediato,
sino contenerse,
pensarlo con calma,
hacer las cosas con
tiempo y a tiempo. Hubo
muchos que aportaron
ideas muy interesantes,
otros ideas tan malas
que empecé a cobrar un
peso convertible por
cada idea mala que me
dijeran, eso ayudó mucho
a que se callaran”
—añade riendo.
Uno de ellos, Néstor
Siré, me contó que lo
primero fue reconocer el
espacio, tratar de no
perderse por los
pasillos, en sí una
tarea ya bastante
difícil. “Luego
empezaron a surgir las
ideas, preocupándonos
por no hacer algo que
después no nos fuera a
gustar y que no diese
tiempo a reparar. Las
modificaciones se hacían
poco a poco, al día
siguiente quizá ya no
nos gustaba tanto
aquello que habíamos
hecho y le agregábamos
otra cosa”.
Arisbel López, quien es
profesor pero trabajó
con el grupo como un
estudiante más, recordó
que las ideas iniciales
eran demasiado agresivas
con el espacio. Por eso,
Orozco les pidió que se
deshicieran de todas las
nociones preconcebidas
sobre arte o, en sus
propias palabras, que
vaciaran el ego. Fue así
como distribuyó un
arsenal de escobas y les
hizo barrer el lugar muy
despacio,
meditativamente,
relacionándose con el
medio hasta que él mismo
les sugiriera lo que
debía llevar.
“La verdad, al principio
todo aquello parecía un
poco raro —confiesa
Arisbel—, pero luego el
propio espacio nos fue
diciendo qué iba en cada
lugar. La idea de
intervenir siempre fue
muy ‘minimal’, por
llamarle de alguna
manera, muy respetuosa
con el espacio, no
trabajamos con nada que
no hubiésemos encontrado
en el lugar y todo lo
que hicimos pudo haberlo
hecho la naturaleza: las
acumulaciones de polvo,
las gotas de agua que
pudieron haber caído en
las losetas rotas, las
marcas del sol. Al
llegar queríamos
cambiarlo todo, dejar
una huella, cuando en
realidad era exactamente
lo contrario.”
“Nos enfrentamos al
espacio desde la mayor
modestia posible
—apostillaba Jorge Luis
Bradshaw, estudiante de
cuarto año de artes
plásticas—, siguiendo la
estructura constructiva
con la cual se concibió
originalmente y en lo
que se ha convertido
hoy. Se trata de
amoldarse al espacio, no
al revés. Seguir su
propia dinámica. No
dista mucho lo que era
este lugar antes de lo
que es ahora,
simplemente se ha sacado
a la luz con esta
exposición. Hubo muy
poco cambio, lo que
existía antes
sencillamente se ha
iluminado.”
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En efecto, el espíritu
original no se ha
perdido. Todavía al
entrar uno siente que ha
llegado a una cueva,
algo creado por la
naturaleza en lo que
fuera el campo de golf
del Country Club. Los
ladrillos rojos, las
bóvedas catalanas y el
piso de terracota
parecen haber emergido
de la tierra. Allá por
el 1961, Vittorio
Garatti sabía lo que
hacía. Le gustaban los
sistemas cavernarios, de
ahí que los pasillos
sean lúgubres,
tenebrosos. Pero en las
aulas, a cada una de las
habitaciones, entra el
sol. Se cuela por
tragaluces en el techo
que, vistos desde
arriba, semejan
orificios en una
montaña. Tal vez por eso
la vegetación se ha
amoldado tan
orgánicamente a este
edificio, como si
también hubiese sido
concebida por el
arquitecto. Después de
todo, no difieren mucho
uno de otra.
Y Orozco no hizo otra
cosa que reparar en esos
detalles. Habituado a
ver arte en la basura,
en los objetos
cotidianos, en un balón
de fútbol, en un Citroën,
fue capaz de reparar en
la armonía que esconde
este lugar. Sus formas,
los círculos sobre el
piso del baño, las
carreteras de polvo, las
figuras hechas con
semillas en lo que se
suponía fuera un
tablado; son un homenaje
a esta escuela,
estructurado a partir de
ella misma. No hay nada
nuevo ni extraño aquí,
el artista sencillamente
modeló aquello que el
tiempo y el azar tarde o
temprano hubiesen hecho.
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“Es una escuela de arte
abandonada —me explica—,
pero todavía tiene sus
funciones de algún modo
secretas, en un contexto
muy peculiar, casi
surrealista, de
intención
revolucionaria, súmale a
eso naturaleza salvaje,
más descuido
burocrático, más
idealismo
arquitectónico; es una
combinación interesante
y la convierte en una
zona muy singular, un
retrato de una parte de
un proyecto de nación,
cultural,
revolucionario, todo eso
está involucrado en este
lugar. No es solamente
una escuela, es mucho
más que eso, de cierta
manera es un símbolo de
cosas.
“En mi humilde opinión,
es el edificio más
hermoso que existe en
Cuba. Estos edificios
probablemente sean el
aporte arquitectónico
más importante de todo
el país. Y, dentro de la
escuela en general, mis
favoritos
arquitectónicamente son
la Escuela de ballet y
la Escuela de música
—ambas diseñadas por
Garatti—, por ser las
más elegantes. Estoy
trabajando en un espacio
que es patrimonio del
país y del que hay mucho
que aprender.”
Acabo de notar que,
apenas unos párrafos
atrás, usé la palabra
azar. Mientras hablaba
con los estudiantes,
Arisbel me corrigió al
respecto. No le gusta el
término porque da idea
de algo sobre lo que no
se tiene plena
conciencia. Lo azaroso,
decía, no se sabe a
dónde va, y ellos tenían
una idea de a dónde
querían llegar, a pesar
de que fueron
descubriendo elementos
sobre la marcha. Por
eso, él prefiere el
término chance
operation, que no
puede traducirse
literalmente como azar,
pero que está muy
relacionado con esperar
a que el espacio te
hable.
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Llámesele como quiera,
el caso es que en la
obra de Orozco, además
de la resignificación de
los objetos cotidianos
—a lo Marcel Duchamp—,
los eventos sorpresivos
juegan un rol esencial,
y jugar con ellos es uno
de sus propósitos
principales. De ahí que
en el suelo de una de
las habitaciones haya un
montículo de tierra
exactamente igual a la
marca que deja el sol a
determinada hora del
día; o que en otro de
los tablados, visto
desde el techo, se
aprecien las huellas
circulares que dejan los
rayos al entrar por el
tragaluz de la bóveda
hasta la marca real, que
a esta hora del día no
coincide con ninguna de
las otras dos, también
forma parte del
conjunto.
“Siempre trato de
provocar el accidente
—asegura el artista—,
para mí esta palabra es
muy importante, sobre
todo en un lugar así,
que es un accidente
arquitectónico,
orgánico, cultural en sí
mismo; entender todo ese
cúmulo de pequeños
accidentes y tratar de
regenerar otros nuevos
para comprender el cauce
de las cosas o por qué
suceden o revelar con
mayor claridad algunos
elementos que pueden
pasar desapercibidos. La
sorpresa tiene mucho que
ver con ese accidente o
juegos del azar que de
repente nos ponen en una
situación sorpresiva. Al
final, siempre trato de
que en mi obra aparezca
un momento sorpresivo o
accidental.”
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Esta manera de entender
el arte también tiene
mucho que ver con el
budismo zen, que
considera la obra no
como una representación
de la naturaleza, sino
que es, en sí misma, una
obra de la naturaleza;
por tanto, debe estar
despojada de todo
artificio. De este modo,
el hecho artístico, más
que un fin, es un
ejercicio espiritual
para el artista, donde
debe practicar la
serenidad, la
austeridad, la
simplicidad, la libertad
absoluta y la comunión
con la naturaleza.
Por eso, aunque ahora
todos se maravillan con
el resultado, hacen
fotografías, exclaman
con expresión
meditativa: “fabuloso”,
“qué bello lo que ha
hecho Gabriel” o,
incluso, “espectacular”;
en realidad, lo más
importante fue el
proceso: el trabajo
armónico, el intercambio
con los estudiantes, las
sobremesas después del
almuerzo, aquellas en
las que Orozco les
explicó su noción de lo
que es el arte. De esas
conversaciones quedaron
frases memorables: “Si
alguien te pregunta si
lo que estás haciendo es
arte, vas por buen
camino” o “Esto todavía
se ve muy arte, vamos a
hacerle algo más”.
Frases que tal vez
debieron grabarse en las
paredes de la escuela,
pues, a fin de cuentas,
también son parte de la
intervención.
Hubo quien aseguró que
en una semana con Orozco
había aprendido más que
en todos sus años de
estudiante. Quizá
exageraron, pero lo
cierto es que fue una
experiencia que los
marcó a todos. Así le
ocurrió a Héctor Ruiz,
quien después de mucho
tiempo sin trabajar,
volvió a crear luego de
ver un documental sobre
Orozco, y un año más
tarde acabó trabajando
con él en este proyecto.
Fue como cerrar un
ciclo:
“En la academia te
enseñan la estructura de
cómo hacer arte, cómo
expresarte. Pero Gabriel
te enseña otras cosas: a
ser humilde, a estar
bien con uno mismo, a
sacar lo mejor de sí más
allá del hecho de ser
artista. En este tiempo
nosotros nos convertimos
en Gabriel, llevamos una
semana pensando como él,
trabajando como él,
percibiendo las cosas
como él las ve y,
lógicamente, vivir ese
proceso es muy
interesante. Apreciar el
proceso de creación de
un artista puede ser más
provechoso que aprender
la estructura de lo que
puede llegar a ser una
obra de arte. Ver el
proceso de cómo un
artista puede llegar a
expresarse, a
relacionarse con un
medio, con un contexto,
ese proceso sincero del
artista en un espacio o
dentro de sí mismo, fue
lo que vivimos ahora y
es muy importante porque
eso no te lo enseñan en
la escuela.”
Aunque ha expuesto en el
Museo de Arte Moderno de
Nueva York, en el Reina
Sofía de Madrid, en el
Museo de Arte de
Basilea, en el Centro
Pompidou de París o en
el Rufino Tamayo del DF,
reconoce que hacer esta
intervención en Cuba,
dentro de la Oncena
Bienal de La Habana,
tiene una significación
especial:
“Estoy muy contento de
estar en un lugar que me
ha dado mucho, hablo de
este espacio en concreto
—el ISA—, y de estar en
contacto con un país que
siempre estuvo cerca de
mí desde mi época de
pionero, porque yo era
pionero cuando niño.
Nadie me cree, pero es
cierto, mi padre —Mario
Orozco Rivera, el
célebre muralista— era
del Partido Comunista
Mexicano y yo era
pionero, iba todos los
veranos a la Unión
Soviética. Digamos,
entonces, que es un
reencuentro con mi
inocencia, mi infancia,
cuando me metía en un
terreno baldío y
empezaba a explorar,
pero en un terreno
baldío conocido, a lo
mejor del vecino. Pero
sí, Cuba ha estado cerca
de mí siempre”.
Nadie sabe exactamente
lo que ocurrirá con esta
muestra, si la escuela
de ballet o de circo
—como muchos todavía
creen que se llama— siga
siendo la misma después
de este sábado, si
todavía será un espacio
para practicar con el
instrumento, estudiar o
compartir —chistes y
quién sabe qué más.
El caso es que estos
muchachos nunca serán
los mismos porque esos
momentos —que vivieron
juntos entre el polvo,
la humedad y la armonía
natural de estas
paredes—,
esta semana que ya pasó
—como también
pasará el proyecto que
acaban de hacer—, han
venido a confirmarles
algo que algunos ya
intuían: la vida, el
arte, nosotros, todo es
efímero, y cualquier
intento de perpetuarse
es un gesto inútil. Por
eso, lo mejor es entrar
en el ciclo, como
hicieron las figuras de
Orozco en estas ruinas.
Entrar a formar parte
del proceso y disfrutar
de cada instante
irreversible, pues, al
final, eso es lo único
que queda. |