Algunos afirman que no
se puede ser juez y
parte; pero realmente
disfruto romper las
convenciones sociales
—siempre con buena
intención. En tal
sentido, cómo no voy a
ser juez en esta
historia, si
La
Jiribilla —revista
que cumple ya 11 años—
se ha ganado todo mi
cariño; y a la vez, cómo
no voy a ser parte, si
soy portavoz de primera
mano de la
obra de Sándor González, pues,
como ningún crítico, lo
he podido apreciar en
toda su evolución
creativa.
No voy a negar que sus
primeras obras no me
gustaron —quizá porque
no las entendía y las
encontraba demasiado
inclinadas hacia la
estética de los cómics—;
pero, poco a poco, este
artista, que casi
perdemos por su
inclinación a estudiar
la carrera de Química,
logró que sus pinturas
evolucionaran hacia una
perspectiva donde los
trazos proponen esencias
que no se pueden mirar
con indiferencia.
No hablaré de sus obras
inspiradas en el escudo
nacional o la bandera
cubana, (que considero
fundamentales para quien
sienta la necesidad de
permanecer conectado a
esta tierra que llamamos
Patria) porque no forman
parte de esta muestra.
Los invito a descubrir
otra de las múltiples
facetas en su proyección
pictórica: los edificios
y habitantes que lo
rodean.
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S/T, carboncillo
y lienzo, 2007 |
El nombre de esta
exposición, Once años
no son nada, es un
homenaje del artista a
la edad de La
Jiribilla, pero a la
vez nos indica el
momento en que comenzó a
desarrollar esta línea
temática.
En cada obra de Sándor,
captamos la franqueza de
sus sentimientos. Como
artista de raíz, tiene
el don de inspirar
emociones que
trascienden su valor
como hecho gráfico. Para
disfrutar de esta
exposición, aconsejo que
no vayan con el paso de
marcha de una revista
militar, con la cabeza
volteada hacia un lado,
porque no entenderán
nada.
Esos edificios están
vivos y nos narran sus
conflictos
existenciales, en su
mayoría desde entornos
dramáticos propios de
tonos grises —casi
negros—; aunque, no
escapa a la vista la
alegría que el color les
otorga. Sin embargo, el
impacto visual de estos
inmuebles se complementa
con la presencia de
diminutos individuos
—que se me antojan
monjes laicos—
acompañados de pequeñas
escaleras que,
indiscutiblemente,
funcionan como
instrumento para
alcanzar lo más alto de
nuestro interior como
seres humanos. Incluso,
el enigma de los
ahorcados no solo
recuerda que la muerte
es tan natural como la
vida sino que, además,
es el juicio al que
estamos convocados cada
uno de nosotros a partir
de nuestra propia
conducta.
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Impresiona, además, la
inquietante atmósfera de
“Hornos”, mundo que
desciframos como
resultado de la
imaginación del pintor,
cuando en realidad
nuestro subconsciente
sabe que puede tratarse
de un futuro próximo
para la vida del
planeta; tampoco echemos
a correr al sentir los
gritos mudos pero
desgarradores de
“Caníbales”. Sin
embargo, tanto dolor se
aplaca en la obra “La
pedidora”.
Como para el final
siempre se deja lo
mejor, en esta
exposición de Sándor
González conformada, en
su mayoría, por obras
inéditas, no puede dejar
de mencionarse “El
guerrero”, concepto
aglutinador de nuestro
coraje como nación,
símbolo de un Martí que
vive en cada uno de
nosotros, cuadro
imprescindible para
grabar en nuestros
corazones.
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"El guerrero",
pastel seco y
cartulina. 2008 |
No puedo terminar, sin
felicitar de nuevo a
La Jiribilla por sus
11 años y agradecerle la
oportunidad de realizar
esta exposición en el
contexto de ese magno
evento de la cultura
cubana que es la Bienal
de La Habana. Gracias a
Sándor González Vilar
por poder expresarme
como un sincero
admirador de su obra.
Y ahora, al final, una
vez vuelto en mí,
recuerdo con orgullo que
se trata de mi sobrino,
de mi hermano, de mi
hijo...
Muchas gracias.
Palabras incluidas en el
catálogo de la
exposición Once años
no son nada, de
Sándor González Vilar.
5ta. y D., Mayo de 2012. |