La Habana. Año XI.
19 al 25 de MAYO de 2012

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Entrevista con el artista de la plástica Sándor González

Once años no son nada: las esencias de La Habana

Estrella Díaz • La Habana

Fotos: La Jiribilla

Once años no son nada es el título de la exposición retrospectiva que el dibujante, pintor, instalador y grabador Sándor González Vilar (La Habana, 1977) ha regalado a La Jiribillarevista de cultura cubana que este mes cumple 11 años— y es una de las muestras colaterales de la —y aquí va otra coincidencia— Oncena Bienal de La Habana.

En entrevista exclusiva, Sándor aclaró que 11 son, también, los años que lleva desarrollando su serie de ciudades y edificaciones: “a La Jiribilla, a la Bienal y a mí nos queda muchísimo por hacer y decir, por eso nace Once años no son nada, que incluye dibujos en técnica mixta y una instalación titulada ‘Basurero’”.



"El basurero", instalación

Graduado en la especialidad de Grabado en la Academia de Artes de San Alejandro, a Sándor desde muy pequeño le gustó dibujar: “lo mismo representaba los robots de los dibujos animados que el árbol que estaba sembrado frente a mi casa. Al terminar los estudios preuniversitarios, comencé la carrera de Química Industrial, y, paralelamente, empecé a desarrollar el arte del tatuaje; así, un día pasé del dibujo con bolígrafo a la aguja con tinta. Cuando concluí el técnico medio en Química, ya tomaba más en serio la creación plástica y me alejé del tatuaje; al final prevaleció la plástica. De inmediato, ingresé en San Alejandro.

De 1997 al 2000 trabajó como director escenográfico ¿fue útil esa experiencia?

Fue una propuesta que concebimos entre Xavier Abrisketa y yo. Convocamos a un grupo de amigos y fundamos un movimiento llamado Brigada verde, totalmente autónomo y que no estaba vinculado a ninguna institución. Hicimos cuatro festivales en los círculos sociales Camilo Cienfuegos y Julio Antonio Mella y en el centro recreativo El Castillito; también ejecutamos acciones en la calle. Era un grupo interdisciplinario del cual nacieron muchas acciones culturales interesantes —fue el germen del grupo Gigantería y del Festival Rotilla—. Movíamos a miles de personas —esta es la primera vez que hablo del tema—, era un grupo que tenía teatristas, bailarines, pintores, patinadores, músicos (X Alfonso estuvo con nosotros y también Garaje H). Ese proyecto fue una gran experiencia personal porque éramos, en aquel entonces, unos muchachos, no percibíamos salario y trabajábamos por puro amor.

Ingresa en la Academia de Artes San Alejandro y se gradúa en el 2000 en la especialidad de Grabado. ¿Cómo fue la entrada?

Me sucedió algo muy peculiar. Hice las pruebas de ingreso —participaban aproximadamente 400 muchachos— y quedé en el número 13 del escalafón; pero, solamente otorgaban diez plazas. Me estaba graduando de Química y, francamente, apenas me había preparado. Tenía en la mano la propuesta de trabajar en el Centro de Química Farmacéutica con posibilidades de ingresar en la Universidad para hacer la carrera de Ingeniería Química que, la verdad, me gustaba mucho. Cuando supe que solo había diez plazas, fui a San Alejandro —más que todo por curiosidad— para saber en qué me había equivocado y me reuní con el director: “¿Tú eres Sándor González Vilar?”, dijo. Cuando le respondí que sí, recuerdo que me dijo: “¡Tú estás adentro y el lunes comienzan las clases!”. El asunto es que habían habilitado cinco plazas más y, por lo tanto, tenía el derecho. Fuimos cinco afortunados. Nunca más visité el Centro de Química Farmacéutica y ni siquiera llamé por teléfono.

¿Cómo evoca su paso por San Alejandro?

Le agradezco mucho a la academia, al punto de que hasta hoy no me he podido desvincular de ella y siempre estoy preocupado por sus necesidades. Soy un artista joven; pero, me he convertido en una especie de padrino porque ese lugar me cambió la vida para bien y debo reconocer que en ese momento andaba bastante descarriado. A los profesores les debo y les agradezco todo lo que me enseñaron, sobre todo la disciplina. Cuando los encuentro, me alegro mucho y los sigo considerando mis profesores.


"El asado", serie "Caníbales", carbón y lienzo. 2003

¿A quiénes recuerda con más cariño?

Hay varios maestros que recuerdo con agrado; pero, existen dos fundamentales: Ángel Madruga, mi profesor de Grabado, y Julio Trujillo, uno de mis profesores de Dibujo, que siempre confió mucho en mí y me brindó mucho apoyo. Una anécdota: yo era malo (aún lo soy) haciendo retratos —hay un don para todo y el mío no es el retrato, aunque me puedo esforzar y hacerlo, pero no se me da— y estaba saliendo muy mal en las clases de Dibujo porque mis dibujos eran malos. Recuerdo que Trujillo impartía un taller más libre y nos pidió hacer tres dibujos que tuviesen un sentido; todo el mundo se apareció con un dibujo convencional y estuve una semana trabajando sin parar en un dibujo a bolígrafo ¡de diez metros por uno! Era una tira llena de representaciones muy complicadas. En ese momento era lo que tenía ganas de hacer y cuando Trujillo vio ese trabajo, llamó a la profesora, se lo mostró y le dijo: “Mira, Sándor sabe dibujar”. Y eso para mí fue muy importante porque Trujillo es un profesor muy respetado. Nunca lo he olvidado.

Optó por la especialidad de Grabado, sin embargo, creó “La fogata”, una escultura muy conocida. ¿Cómo se da esa dicotomía grabador vs. escultor?

Mi tesis de grado fue una gran instalación. Hice una casa a tamaño natural, con tres habitaciones y césped, forrada con todos los trabajos que conservaba desde que tenía apenas cinco años hasta ese momento. Fue un gran collage de mi obra; pero también incluí poemas que había escrito y algunas fotos. Era algo muy íntimo y la coloqué en la sede de la Maqueta de La Habana como pidiendo mi propio lugar dentro de la ciudad. Era una casa diseñada para una persona y la titulé “Al fin solo”. Allí estaban expuestos —encima de los collages— aproximadamente 15 grabados porque de eso me graduaba, no de Escultura.

Cuando entré a San Alejandro cambié un poco y me convertí en una persona que trata de ser efectivo y práctico para no desperdiciar balas o lanzar tiros al aire. De ese modo, llegué a la conclusión que a la pintura —con sacrificio y algunos talleres— la podía dominar; la escultura, también, porque había cursos opcionales; pero el grabado requiere de muchas técnicas y muchos conocimientos imposibles de aprender por sí solo. Además, me gusta dibujar y lo hago rápido —soy bastante desesperado con la obra—. Recuerdo, en una ocasión un profesor me saboteó la obra y le derramó “luz brillante” al barniz; la plancha se demoró tres días en secarse, me percaté y me disgusté porque pensé que había sido otro compañero de aula. El profesor me llamó aparte y me dijo: “El problema es que en lo que un estudiante hace un dibujo, tú vas por tres y tengo que, de alguna manera, retrasarte”. A ese profesor le agradezco muchísimo porque con él aprendí un mundo.

¿Ha continuado la carrera de grabador?   

He hecho algunos grabados; pero siento que es aún una asignatura pendiente.

Es raro porque el grabado amarra…

Es cierto. Tengo que reconocer que mi obra es muy gráfica y considero que es como un grabado, pero realizado al carbón sobre lienzo.

…y tiene mucho de tridimensionalidad.   

La escultura es la pasión, algo que uno anhela y lucha por alcanzar. Con mis esculturas sufro mucho porque requieren de un largo proceso y, además, no siempre tienes los medios ni las condiciones para hacerlas y he tenido que sacrificar mucho para lograr las pocas esculturas monumentales que he hecho.

¿Qué tipo de escultura le gustaría hacer?

Me gusta mucho la madera y el hierro. La piedra no tanto.

Cuando se analiza su obra, la crítica asume zonas comunes: se habla de “ciudad enmascarada”, de “ciudad suspendida”, se dice que es un imaginador de arquitecturas poéticas. ¿Por qué la ciudad?

En el año 2000 hice mi primer viaje al exterior. Fui a Francia a realizar exposiciones en varios lugares y permanecí en París alrededor de tres semanas. Indiscutiblemente, me marcó. Después he vuelto y no ha sido el mismo impacto. Al final, mi obra representa eso: las grandes ciudades, a veces deformes, otras caídas; pero no siempre en el suelo con los pequeños personajes que pueden ser cualquiera. Soy una persona acostumbrada a socializar. Me fui con una obra y regresé con otra.

¿Qué hacía anteriormente?    

Hacía unos personajes llamados “los cabezones”, que eran retratos de las personas, pero enmascarados. Representaba a alguien con defectos y virtudes, pero de manera muy metafórica y hasta surrealista. Esa concepción la estuve desarrollando unos dos años. Al regresar, cambié totalmente.

En aquel momento, trabajaba con materiales de poca calidad, hasta un día en que Alexis Leiva, Kcho, fue a mi casa y vio los dibujos que estaba haciendo —en cartulina cromada llena de hongo y con pastel de cera—. Kcho observó los dibujos y no dijo nada y al día siguiente me mandó un rollo de papel blanco, otro negro, una caja de carbón profesional y otra de tizas, también profesionales. Me propuso que repitiera los dibujos que había visto con esos materiales y a ese tamaño; y lo hice en un pedazo de pared, sin techo y sobre escombros. Cuando empecé a dibujar, me di cuenta de que Kcho tenía toda la razón y a partir de ahí comencé a desarrollar la obra hasta hoy.

La pieza que está ahora en San Alejandro —y que también forma parte de la Bienal— es un resumen y se llama “Aunque la vistan de cera”; representa una ciudad de unas 400 libras, pero de cera. Son velas monumentales que derritieron, cayendo sobre una tabla, y fueron un soporte para, posteriormente, ser expuestas. Esa obra se quedará en San Alejandro, mi escuela, a través de la proyección de un video que documenta lo que sucedió.

Su obra es prácticamente en negro, pero hay algunos momentos de color.

Cuando me lo piden o cuando, en lo personal, lo necesito. Por ejemplo, al regresar de Haití, después del terremoto —soy fundador de la Brigada Martha Machado— me percaté que necesitaba un poco de color a consecuencia de todo lo que había visto, de ese desastre y de constatar la ausencia de árboles y colores. Antes de esas piezas, realicé unas en las que usé acrílico —ahora no lo utilizo—, siempre tengo porque me gusta ofrecerlo a otras personas. Me gusta pintar con paleta, con espátula, y nunca lo había hecho; lo hice, pero como un ejercicio. Hago lo que el cuerpo me pida.


De la serie "Collage"

¿Su técnica preferida es el carboncillo sobre lienzo?  

Carboncillo sobre negro o con pastel seco porque me siento muy identificado con el dibujo y aparte es una forma muy rápida y efectiva de plasmar una idea. La pintura requiere más tiempo. Lo que me sucede es que, de repente, me llegan muchas ideas y no es lo mismo una experiencia en caliente que tener que esperar; por eso el dibujo me es muy efectivo, aunque no quiere decir que niegue el color y mucho menos la pintura. Cuando tengo ganas de pintar, lo hago.

¡Ha participado en más de 45 murales colectivos!

Es que en los últimos años me he movido mucho por toda Cuba y he estado muy cerca de Kcho y de Rancaño —a quienes considero mis hermanos—. Cada vez que me han convocado, con mucho gusto he participado y continuaré haciéndolo.

¿Y para qué ha servido esta experiencia?

¡De mucho!, porque estar trabajando junto a los más importantes y reconocidos artistas de la plástica cubana actual, siempre nutre. ¡Imagínate para alguien acabado de graduar! Cada mural ha sido una enseñanza y siento que he aprendido y crecido como artista. He tenido la dicha, incluso, de poder dirigir uno: me refiero al que está muy cerca del Hotel Riviera y en él participó, entre muchos otros maestros, Nelson Domínguez. Distribuí los espacios e hice el diseño. Fue un honor.

El diseño de discos y la ilustración también han sido territorios en los que ha incursionado ¿qué le ha aportado este trabajo?

Son ejercicios necesarios y el artista no es más que un alumno. Si no eres capaz de ponerte ejercicios y no llegas a ti: preocúpate, porque el creador tiene que incursionar, constantemente, en experiencias nuevas. Algunos artistas hacen una exposición y, cuando llegan al lugar, dicen, por ejemplo: “quiten este cristal de ahí; me molesta esta ventana, tápenla; o este techo no me sirve”. Lo difícil es lograr adaptarse al espacio y con lo que hay físicamente, armar una buena exposición porque lo más fácil es romper paredes; hay que adaptarse y a eso es a lo que llamo “ejercicio”. Ese principio también lo llevo a la vida. Crear es una necesidad.

¿Cuál es su reto personal?, ¿qué no ha hecho que le gustaría hacer?  

Como artista mi sueño ha sido, y ojalá nunca cambie, algún día ser objeto de estudio y que dentro de muchos años, cuando un estudiante de arte analice lo que pasó en la plástica cubana del período en que le ha tocado vivir, yo esté presente. Otro sueño es tener la posibilidad de construir mi propio taller de grabado.

La ciudad y lo que ella representa es su gran tema ¿no siente que se puede agotar? 

La ciudad me es muy necesaria y existen muchos lugares que aún no conozco. No veo la ciudad constructivamente ni desde el punto de vista de su arquitectura, sino como el entorno, el medio, el ambiente que existe en cada parte de la ciudad. Mi obra es de mucha idea: cuando los edificios están separados hay un concepto; cuando aparece un puente en el medio, hay otro código porque son pensamientos íntimos que uno plasma a partir de la ciudad. Algunos utilizan ángeles o mariposas y al final, detrás de todo, hay un mensaje que no es necesariamente el que se ve.

Antonio Sayas, crítico español —lamentablemente, fallecido—, dijo que mi obra era el antídoto y cuando le pregunté por qué respondió: “tu obra está hecha con veneno pero para curar y es una propuesta que te advierte ¡no llegues ahí!”; por eso el ahorcado, por eso la guillotina, por eso la escalera, son avisos, señales que indican peligro.


El Ministro de Cultura junto con el artista Sándor González

¿La Habana ha servido como plataforma o como inspiración?           

Me ha servido de muchísimas maneras y pongo un ejemplo claro: en el 2004 hice una serie de fotografía manipulada que se tituló Habaneando, la imprimí en lienzo y en cartulina y fui a Europa con gran éxito. Encima de esas imágenes dibujé con carbón y en algunos casos con tinta. Esta exposición no se vio en Cuba. Desde entonces hasta la fecha no he dejado de pintar las esencias de La Habana. Eso creo.

 
 
 
 
Inauguración de
la exposición
Concierto de
Raúl Torres

La Jiribilla 11 años después
Aurelio Alonso

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Aquellos que siempre están
 

Ángel de la jiribilla para Diana Balboa
Elogio de la fidelidad
Reynaldo Gónzalez

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ENTREGA DEL ÁNGEL DE LA JIRIBILLA A DIANA BALBOA
 
Once años, en familia  por Guille Vilar
Una muestra de carácter antológico 
por Virginia Alberdi
galería de obras: once años no son nada
 
 
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raúl torres en el patio de baldovina
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.