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Once años no son nada
es el título de la
exposición retrospectiva
que el dibujante,
pintor, instalador y
grabador Sándor González
Vilar (La Habana, 1977)
ha regalado a La
Jiribilla —revista
de cultura cubana que
este mes cumple 11 años—
y es una de las muestras
colaterales de la —y
aquí va otra
coincidencia—
Oncena
Bienal de La Habana.
En entrevista exclusiva,
Sándor aclaró que 11
son, también, los años
que lleva desarrollando
su serie de ciudades y
edificaciones: “a La
Jiribilla, a la
Bienal y a mí nos queda
muchísimo por hacer y
decir, por eso nace
Once años no son nada,
que incluye dibujos en
técnica mixta y una
instalación titulada
‘Basurero’”.
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"El basurero",
instalación |
Graduado en la
especialidad de Grabado
en la Academia de Artes
de San Alejandro, a
Sándor desde muy pequeño
le gustó dibujar: “lo
mismo representaba los
robots de los dibujos
animados que el árbol
que estaba sembrado
frente a mi casa. Al
terminar los estudios
preuniversitarios,
comencé la carrera de
Química Industrial, y,
paralelamente, empecé a
desarrollar el arte del
tatuaje; así, un día
pasé del dibujo con
bolígrafo a la aguja con
tinta. Cuando concluí el
técnico medio en
Química, ya tomaba más
en serio la creación
plástica y me alejé del
tatuaje; al final
prevaleció la plástica.
De inmediato, ingresé en
San Alejandro.
De 1997 al 2000 trabajó
como director
escenográfico ¿fue útil
esa experiencia?
Fue una propuesta que
concebimos entre Xavier
Abrisketa y yo.
Convocamos a un grupo de
amigos y fundamos un
movimiento llamado
Brigada verde,
totalmente autónomo y
que no
estaba vinculado a
ninguna institución.
Hicimos cuatro
festivales en los
círculos sociales Camilo
Cienfuegos y Julio
Antonio Mella y en el
centro recreativo El Castillito; también
ejecutamos acciones en
la calle. Era un grupo
interdisciplinario del
cual nacieron muchas
acciones culturales
interesantes —fue el
germen del grupo
Gigantería y del
Festival Rotilla—.
Movíamos a miles de
personas —esta es la
primera vez que hablo
del tema—, era un grupo
que tenía teatristas,
bailarines, pintores,
patinadores, músicos (X
Alfonso estuvo con
nosotros y también
Garaje H). Ese proyecto
fue una gran experiencia
personal porque éramos,
en aquel entonces, unos
muchachos, no
percibíamos salario y
trabajábamos por puro
amor.
Ingresa en la Academia
de Artes San Alejandro y
se gradúa en el 2000 en
la especialidad de
Grabado. ¿Cómo fue la
entrada?
Me sucedió algo muy
peculiar. Hice las
pruebas de ingreso
—participaban
aproximadamente 400
muchachos— y quedé en el
número 13 del escalafón;
pero, solamente
otorgaban diez plazas.
Me estaba graduando de
Química y, francamente,
apenas me había
preparado. Tenía en la
mano la propuesta de
trabajar en el Centro de
Química Farmacéutica con
posibilidades de
ingresar en la
Universidad para hacer
la carrera de Ingeniería
Química que, la verdad,
me gustaba mucho. Cuando
supe que solo había diez
plazas, fui a San
Alejandro —más que todo
por curiosidad— para
saber en qué me había
equivocado y me reuní
con el director: “¿Tú
eres Sándor González
Vilar?”, dijo. Cuando le
respondí que sí,
recuerdo que me dijo:
“¡Tú estás adentro y el
lunes comienzan las
clases!”. El asunto es
que habían habilitado
cinco plazas más y, por
lo tanto, tenía el
derecho. Fuimos cinco
afortunados. Nunca más
visité el Centro de
Química Farmacéutica y
ni siquiera llamé por
teléfono.
¿Cómo evoca su paso por
San Alejandro?
Le agradezco mucho a la
academia, al punto de
que hasta hoy no me he
podido desvincular de
ella y siempre estoy
preocupado por sus
necesidades. Soy un
artista joven; pero, me
he convertido en una
especie de padrino
porque ese lugar me
cambió la vida para bien
y debo reconocer que en
ese momento andaba
bastante descarriado. A
los profesores les debo
y les agradezco todo lo
que me enseñaron, sobre
todo la disciplina.
Cuando los encuentro, me
alegro mucho y los sigo
considerando mis
profesores.
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"El asado",
serie
"Caníbales",
carbón y lienzo.
2003 |
¿A quiénes recuerda con
más cariño?
Hay varios maestros que
recuerdo con agrado;
pero, existen dos
fundamentales: Ángel
Madruga, mi profesor de
Grabado, y Julio
Trujillo, uno de mis
profesores de Dibujo,
que siempre confió mucho
en mí y me brindó mucho
apoyo. Una anécdota: yo
era malo (aún lo soy)
haciendo retratos —hay
un don para todo y el
mío no es el retrato,
aunque me puedo esforzar
y hacerlo, pero no se me
da— y estaba saliendo
muy mal en las clases de
Dibujo porque mis
dibujos eran malos.
Recuerdo que Trujillo
impartía un taller más
libre y nos pidió hacer
tres dibujos que
tuviesen un sentido;
todo el mundo se
apareció con un dibujo
convencional y estuve
una semana trabajando
sin parar en un dibujo a
bolígrafo ¡de diez
metros por uno! Era una
tira llena de
representaciones muy
complicadas. En ese
momento era lo que tenía
ganas de hacer y cuando
Trujillo vio ese
trabajo, llamó a la
profesora, se lo mostró
y le dijo: “Mira, Sándor
sabe dibujar”. Y eso
para mí fue muy
importante porque
Trujillo es un profesor
muy respetado. Nunca lo
he olvidado.
Optó por la especialidad
de Grabado, sin embargo,
creó “La fogata”, una
escultura muy conocida.
¿Cómo se da esa
dicotomía grabador
vs. escultor?
Mi tesis de grado fue
una gran instalación.
Hice una casa a tamaño
natural, con tres
habitaciones y césped,
forrada con todos los
trabajos que conservaba
desde que tenía apenas
cinco años hasta ese
momento. Fue un gran
collage de mi obra;
pero también incluí
poemas que había escrito
y algunas fotos. Era
algo muy íntimo y la
coloqué en la sede de la
Maqueta de La Habana
como pidiendo mi propio
lugar dentro de la
ciudad. Era una casa
diseñada para una
persona y la titulé “Al
fin solo”. Allí estaban
expuestos —encima de los
collages—
aproximadamente 15
grabados porque de eso
me graduaba, no de
Escultura.
Cuando entré a San
Alejandro cambié un poco
y me convertí en una
persona que trata de ser
efectivo y práctico para
no desperdiciar balas o
lanzar tiros al aire. De
ese modo, llegué a la
conclusión que a la
pintura —con sacrificio
y algunos talleres— la
podía dominar; la
escultura, también,
porque había cursos
opcionales; pero el
grabado requiere de
muchas técnicas y muchos
conocimientos imposibles
de aprender por sí solo.
Además, me gusta dibujar
y lo hago rápido —soy
bastante desesperado con
la obra—. Recuerdo, en
una ocasión un profesor
me saboteó la obra y le
derramó “luz brillante”
al barniz; la plancha se
demoró tres días en
secarse, me percaté y me
disgusté porque pensé
que había sido otro
compañero de aula. El
profesor me llamó aparte
y me dijo: “El problema
es que en lo que un
estudiante hace un
dibujo, tú vas por tres
y tengo que, de alguna
manera, retrasarte”. A
ese profesor le
agradezco muchísimo
porque con él aprendí un
mundo.
¿Ha continuado la
carrera de grabador?
He hecho algunos
grabados; pero siento
que es aún una
asignatura pendiente.
Es raro porque el
grabado amarra…
Es cierto. Tengo que
reconocer que mi obra es
muy gráfica y considero
que es como un grabado,
pero realizado al carbón
sobre lienzo.
…y tiene mucho de
tridimensionalidad.
La escultura es la
pasión, algo que uno
anhela y lucha por
alcanzar. Con mis
esculturas sufro mucho
porque requieren de un
largo proceso y, además,
no siempre tienes los
medios ni las
condiciones para
hacerlas y he tenido que
sacrificar mucho para
lograr las pocas
esculturas monumentales
que he hecho.
¿Qué tipo de escultura
le gustaría hacer?
Me gusta mucho la madera
y el hierro. La piedra
no tanto.
Cuando se analiza su
obra, la crítica asume
zonas comunes: se habla
de “ciudad enmascarada”,
de “ciudad suspendida”,
se dice que es un
imaginador de
arquitecturas poéticas.
¿Por qué la ciudad?
En el año 2000 hice mi
primer viaje al
exterior. Fui a Francia
a realizar exposiciones
en varios lugares y
permanecí en París
alrededor de tres
semanas.
Indiscutiblemente, me
marcó. Después he vuelto
y no ha sido el mismo
impacto. Al final, mi
obra representa eso: las
grandes ciudades, a
veces deformes, otras
caídas; pero no siempre
en el suelo con los
pequeños personajes que
pueden ser cualquiera.
Soy una persona
acostumbrada a
socializar. Me fui con
una obra y regresé con
otra.
¿Qué hacía
anteriormente?
Hacía unos personajes
llamados “los
cabezones”, que eran
retratos de las
personas, pero
enmascarados.
Representaba a alguien
con defectos y virtudes,
pero de manera muy
metafórica y hasta
surrealista. Esa
concepción la estuve
desarrollando unos dos
años. Al regresar,
cambié totalmente.
En aquel momento,
trabajaba con materiales
de poca calidad, hasta
un día en que Alexis
Leiva, Kcho, fue
a mi casa y vio los
dibujos que estaba
haciendo —en cartulina
cromada llena de hongo y
con pastel de cera—.
Kcho observó los
dibujos y no dijo nada y
al día siguiente me
mandó un rollo de papel
blanco, otro negro, una
caja de carbón
profesional y otra de
tizas, también
profesionales. Me
propuso que repitiera
los dibujos que había
visto con esos
materiales y a ese
tamaño; y lo hice en un
pedazo de pared, sin
techo y sobre escombros.
Cuando empecé a dibujar,
me di cuenta de que
Kcho tenía toda la
razón y a partir de ahí
comencé a desarrollar la
obra hasta hoy.
La pieza que está ahora
en San Alejandro —y que
también forma parte de
la Bienal— es un resumen
y se llama “Aunque la
vistan de cera”;
representa una
ciudad de unas 400
libras, pero de cera.
Son velas monumentales
que derritieron,
cayendo sobre una tabla,
y fueron un soporte para,
posteriormente, ser
expuestas. Esa obra se
quedará en San
Alejandro, mi escuela, a
través de la proyección
de
un video que documenta
lo que sucedió.
Su obra es prácticamente
en negro, pero hay
algunos momentos de
color.
Cuando me lo piden o
cuando, en lo personal,
lo necesito. Por
ejemplo, al regresar de
Haití, después del
terremoto —soy fundador
de la Brigada Martha
Machado— me percaté que
necesitaba un poco de
color a consecuencia de
todo lo que había visto,
de ese desastre y de
constatar la ausencia de
árboles y colores. Antes
de esas piezas, realicé
unas en las que usé
acrílico —ahora no lo
utilizo—, siempre tengo
porque me gusta
ofrecerlo a otras
personas. Me gusta
pintar con paleta, con
espátula, y nunca lo
había hecho; lo hice,
pero como un ejercicio.
Hago lo que el cuerpo me
pida.
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De la serie
"Collage" |
¿Su técnica preferida es
el carboncillo sobre
lienzo?
Carboncillo sobre negro
o con pastel seco porque
me siento muy
identificado con el
dibujo y aparte es una
forma muy rápida y
efectiva de plasmar una
idea. La pintura
requiere más tiempo. Lo
que me sucede es que, de
repente, me llegan
muchas ideas y no es lo
mismo una experiencia en
caliente que tener que
esperar; por eso el
dibujo me es muy
efectivo, aunque no
quiere decir que niegue
el color y mucho menos
la pintura. Cuando tengo
ganas de pintar, lo
hago.
¡Ha participado en más
de 45 murales
colectivos!
Es que en los últimos
años me he movido mucho
por toda Cuba y he
estado muy cerca de
Kcho y de Rancaño —a
quienes considero mis
hermanos—. Cada vez que
me han convocado, con
mucho gusto he
participado y continuaré
haciéndolo.
¿Y para qué ha servido
esta experiencia?
¡De mucho!, porque estar
trabajando junto a los
más importantes y
reconocidos artistas de
la plástica cubana
actual, siempre nutre.
¡Imagínate para alguien
acabado de graduar! Cada
mural ha sido una
enseñanza y siento que
he aprendido y crecido
como artista. He tenido
la dicha, incluso, de
poder dirigir uno: me
refiero al que está muy
cerca del Hotel Riviera
y en él participó, entre
muchos otros maestros,
Nelson Domínguez.
Distribuí los espacios e
hice el diseño. Fue un
honor.
El diseño de discos y la
ilustración también han
sido territorios en los
que ha incursionado ¿qué
le ha aportado este
trabajo?
Son ejercicios
necesarios y el artista
no es más que un alumno.
Si no eres capaz de
ponerte ejercicios y no
llegas a ti: preocúpate,
porque el creador tiene
que incursionar,
constantemente, en
experiencias nuevas.
Algunos artistas hacen
una exposición y, cuando
llegan al lugar, dicen,
por ejemplo: “quiten
este cristal de ahí; me
molesta esta ventana,
tápenla; o este techo no
me sirve”. Lo difícil es
lograr adaptarse al
espacio y con lo que hay
físicamente, armar una
buena exposición porque
lo más fácil es romper
paredes; hay que
adaptarse y a eso es a
lo que llamo
“ejercicio”. Ese
principio también lo
llevo a la vida. Crear
es una necesidad.
¿Cuál es su reto
personal?, ¿qué no ha
hecho que le gustaría
hacer?
Como artista mi sueño ha
sido, y ojalá nunca
cambie, algún día ser
objeto de estudio y que
dentro de muchos años,
cuando un estudiante de
arte analice lo que pasó
en la plástica cubana
del período en que le ha
tocado vivir, yo esté
presente. Otro sueño es
tener la posibilidad de
construir mi propio
taller de grabado.
La ciudad y lo que ella
representa es su gran
tema ¿no siente que se
puede agotar?
La ciudad me es muy
necesaria y existen
muchos lugares que aún
no conozco. No veo la
ciudad constructivamente
ni desde el punto de
vista de su
arquitectura, sino como
el entorno, el medio, el
ambiente que existe en
cada parte de la ciudad.
Mi obra es de mucha
idea: cuando los
edificios están
separados hay un
concepto; cuando aparece
un puente en el medio,
hay otro código porque
son pensamientos íntimos
que uno plasma a partir
de la ciudad. Algunos
utilizan ángeles o
mariposas y al final,
detrás de todo, hay un
mensaje que no es
necesariamente el que se
ve.
Antonio Sayas, crítico
español
—lamentablemente,
fallecido—, dijo que mi
obra era el antídoto y
cuando le pregunté por
qué respondió: “tu obra
está hecha con veneno
pero para curar y es una
propuesta que te
advierte ¡no llegues
ahí!”; por eso el
ahorcado, por eso la
guillotina, por eso la
escalera, son avisos,
señales que indican
peligro.
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El Ministro de
Cultura junto
con el artista
Sándor González |
¿La Habana ha servido
como plataforma o como
inspiración?
Me ha servido de
muchísimas maneras y
pongo un ejemplo claro:
en el 2004 hice una
serie de fotografía
manipulada que se tituló
Habaneando, la
imprimí en lienzo y en
cartulina y fui a Europa
con gran éxito. Encima
de esas imágenes dibujé
con carbón y en algunos
casos con tinta. Esta
exposición no se vio en
Cuba. Desde entonces
hasta la fecha no he
dejado de pintar las
esencias de La Habana.
Eso creo.
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