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Emilia Kabakov no deja
de sorprenderse con las
maravillas que logra
El Barco de la
Tolerancia.
En 2005, ella y su
esposo Ilya concibieron
este proyecto para
trabajar con los niños
de Egipto. “Es una
comunidad muy religiosa
y era la primera vez en
sus vidas que los
pequeños veían un
barco”, cuenta Emilia.
En esa ocasión 800
infantes pintaron las
velas del barco y aunque
los artistas no tenían
conocimiento alguno de
cómo interactuar con
ellos, el proyecto fue
muy exitoso. “Por eso
decidimos continuar esta
experiencia, pero con
otra concepción y esa
fue la de la tolerancia”
explica la artista rusa.
“Queríamos que los niños
asimilasen que la
cultura es la mejor vía
para la solución de los
problemas y que para
cambiar el mundo no
necesitan aplicar la
violencia, no tienen que
tener sentimientos de
odio, solo debe haber
una comprensión mutua,
conocer la cultura de
los pueblos y tener la
capacidad de
comunicación”,
puntualiza Kabakov.
Seis años después las
velas de este barco se
izan en La Habana. Desde
principios de abril
quienes transitaban por
la Avenida del Puerto
podían apreciar un gran
movimiento en los
alrededores del Castillo
de la Real Fuerza. La
curiosidad aumentaba
cada día, pues muchos
eran los avances de esa
misteriosa construcción
de madera. Primero
fueron solo tablones, y
como por arte de magia
apareció en pocas
jornadas el armazón de
un barco. Entonces se
iniciaron las
especulaciones y algunos
llegaron a decir que se
trataba de una réplica
del Titanic, que por
esos días cumplía el
centenario de su
hundimiento.
En solo dos semanas se
finalizó este
maravilloso bote que por
momentos nos recuerda el
Arca de Noé. Ilya y
Emilia fueron los
gestores de la idea,
pero en la construcción
participaron seis
maestros carpinteros de
Manchester, Inglaterra y
nueve estudiantes de
segundo año de la
Escuela Taller Gaspar
Melchor de Jovellanos
del Centro Histórico de
La Habana.
Para David Harold, uno
de los carpinteros
europeos, fue todo un
placer compartir durante
dos semanas con este
grupo de cubanos. “Se
han esforzado mucho, se
nota que tienen deseos
de aprender. Yo tengo
experiencia en la
construcción de otros
barcos, pero, sin duda,
este ha sido el mejor
equipo con el que hemos
trabajado”, asegura.
La construcción del
barco fue todo un reto
para cubanos y
extranjeros. Harold
confiesa que quedó
sorprendido con los
resultados, pues “a
pesar de las condiciones
del tiempo terminaron
una semana antes de lo
previsto”. También hubo
grandes diferencias de
edad, sexo, costumbres e
idiomas, indica Ramón
Arias, profesor de la
Escuela Taller, “pero
este barco nos ha
enseñado a ser
tolerantes. Nunca
habíamos hecho ninguno y
constituye una
experiencia maravillosa
y una gran oportunidad
para nosotros”.
“Además, nos ha servido
para demostrar que la
carpintería no es un
arte menor, porque
detrás de las piezas de
madera que hacemos, hay
un artista. Esto hay que
sentirlo, solo así el
producto terminado será
una cosa agradable y
digna de admirar”,
afirma Andy Romero, uno
de los alumnos de la
Escuela Taller.
Fui cómplice de esos
valientes que desafiaron
el sol y el calor
durante dos semanas, por
eso no podían quedar en
el anonimato. Sin duda,
las velas del barco
constituyen el corazón
de la obra, pero en cada
puntilla y tabla también
ondea la tolerancia.
Quizá por eso, los
maestros carpinteros
ingleses quieren repetir
la experiencia. “Ellos
me dijeron: amamos a
Cuba y queremos
regresar, cuando vaya a
construir otra cosa en
Cuba nos tiene que
llevar”, puntualiza Kabakov.
Una mirada a las velas
del barco
Mientras los carpinteros
daban forma a la madera,
500 niños de las Aulas
Museos del Centro
Histórico y de la
Embajada de Rusia en
Cuba pintaban sobre la
tolerancia. Los
pequeños, de acuerdo a
su nivel escolar,
recibían primeramente
una charla motivadora
sobre el significado de
este vocablo y después,
con el apoyo de la
Brigada de Instructores
de Arte José Martí,
comenzaban a darles vida
a las telas en blanco.
Algunos disfrutaban la
mezcla de colores, otros
dudaban en empezar por
temor a confundirse y
los más osados dejaban a
un lado los pinceles y
las brochas y comenzaban
a dar color con las
manos y los pies.
Muchas son las historias
que pueden narrarse de
estos momentos. Héctor
Palacios, uno de los
instructores de arte que
participó en los
talleres, refiere que
hubo niños que se iban
por lo conceptual y
nadie sospechaba toda la
significación teórica
detrás de sus obras. “Un
pequeño dibujó una
telaraña donde había una
mosca y una araña y
todos nos preguntábamos
qué tenía que ver eso
con la tolerancia.
Entonces, el niño nos
dijo que la araña quería
comerse a la mosca pero
en ese momento no le iba
a hacer nada porque
estaba siendo
tolerante”.
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Emilia Kabakov también
se ha impresionado
cientos de veces por los
comentarios de los
niños, después de
comprender el
significado de la
palabra tolerancia. “En
Venecia, donde existe un
gran intercambio entre
diferentes culturas,
hubo uno que dijo que
todos deberían tener el
mismo color de piel,
para que así nadie
supiera cuál era el
origen de las personas.
Otro niño planteó que
los padres deberían
tener juguetes, así
nunca se iban a
disgustar, pues siempre
estarían jugando. Y es
que los niños tienen su
propia interpretación de
la tolerancia, eso
depende de su origen, su
idioma y su sentido del
humor”.
Emilia junto con otros
artistas que la
acompañaron tuvieron que
hacer la selección de
las obras, lo cual fue
un trabajo muy complejo,
pues solo podían aceptar
150. Palacios comenta
que ellos “se quedaron
impactados con los
trabajos y han expresado
que Cuba ha sido uno de
los lugares en los que
más calidad han tenido
los dibujos”.
Los trabajos de estos
niños pueden apreciarse
hoy en el Castillo de la
Real Fuerza, y no será
solo durante la Bienal
de La Habana, pues los
artistas rusos
decidieron que El Barco
de la Tolerancia, su
primera obra en Cuba,
debía permanecer aquí.
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