Aquí va Donatien,
embozado en su
casulla de fraile,
en la proa del
catamarán que se
desplaza por el río.
Donatien, la mirada
fija en las aguas,
sujeto a una de las
bardas de madera.
Tiene el rostro
encarnado, de un
delicado color
cereza, y la casulla
le oculta los bucles
de su peinado Luis
XV, el rey infame
que lo persigue, que
le ha negado su
lettre de cachet,
a él, noble
antiquísimo de la
Provenza, acusado de
golpear y torturar
con un látigo a una
prostituta. Donatien,
perseguido por una
denuncia, a pesar de
su rico blasón, una
estrella con ocho
rayos de oro en
campo de gules, y
encima un águila,
con las alas
extendidas, que
vuela hacia la
cumbre de lo
imposible.
Golpear, golpear. Pero qué otra cosa
podemos hacer cuando
sube el deseo como
la marea brutal que
ahora remueve al
catamarán, que viene
de abajo, de lo muy
hondo, y se estrella
contra la sucia
superficie de
madera, levantando
el oleaje. Donatien,
su grácil cuerpo
escondido bajo la
torpe tela de lienzo
oscuro, con los
puntos de una barba
rubia pugnando en su
mentón, su grácil
cuerpo arrebatado
por el bamboleo y
rodeado de aldeanos
con sus ropas de
sarga y sus chalecos
sucios y sus
sombreros de badana
que lo miran desde
lejos, que abren sus
ojos cada vez que la
embarcación tropieza
con las olas del río
y se fijan en su
casulla y en su
cíngulo y en sus
ojos azules, en su
pálida faz.
Qué puede hacer ante ese cuerpo
tendido en las
baldosas del cuarto
de una oscura
pensión que huele a
humedad, a cebollas,
a orín de ratas, ese
cuerpo hermoso y
todavía firme,
cálido, más bien
caliente, que está
caliente no por el
deseo sino por los
ducados prometidos
por aquel señor que
le ruega se tienda
de espaldas,
bocabajo, y abra las
piernas, y deje al
descubierto cada vez
más el anillo
cobrizo, la más
íntima y deseada de
todas las
posesiones, el
círculo perfecto y
bien cerrado por sus
pequeñas estrías
rosáceas,
recubiertas de una
pelusilla oscura que
sube desde el sexo
abultado y que
Donatien tienta con
los dedos, y siente
el escozor del frío
y el calor de allá
adentro, y el
liquidillo pegajoso
y caliente que
apenas entrevé
porque la luz de la
vela de sebo sólo
puede lanzar su cono
de lumbre sobre una
parte minúscula de
la escena.
Donatien se bambolea frenético y
golpea la espalda
con el látigo y
sobre el moretón
deja caer unas gotas
ardientes de cera
derretida. La mujer
hurta el cuerpo,
grita, aprieta las
piernas, aprieta los
muslos y Donatien
vuelve a golpear,
ahora con más
fuerza, hasta que ve
salir del verdugón
unas gotas de
sangre. La verga se
le inflama dentro
del calzón de seda y
la siente latir y
bullir como esa
extraña implosión
que viene del río,
de la marejada
brusca que inclina
al catamarán, y los
ojos pardos, negros
y azules de los
aldeanos que le
acompañan se abren
aún más porque el
requiebro de las
sogas se deja sentir
de una orilla a
otra, y traquetean
los bultos en la
proa y el río se
hunde no como los
pacíficos ríos de
Italia, no como el
fiume que pasa bajo
el puente del Arno,
en Florencia, el río
dócil que es como
esa sangre acuosa
que embarra la
espalda desnuda de
la prostituta, que
se contrae de dolor
y placer en el piso,
sí, de placer,
mientras él se
desanuda el calzón,
desesperado, y
muestra la verga
henchida y se
arrodilla y se
masturba jadeando.
Donatien, Donatien.
El ardor ha pasado aunque queda un
extraño escozor. La
luz de sebo sigue
alumbrando, con la
llama más baja, y
las pupilas de
Donatien se han
dilatado, como se
han dilatado las
marcas del látigo en
la carne desnuda.
Donatien acaricia
las nalgas de la
prostituta, que son
redondas, suaves,
firmes, con esa
curvatura galante
que se abre poco a
poco e invita
golpear. Nalgas que
nacen de ese suave
declive de la
espalda y ahora
vuelven a abrirse, a
abrirse aún más para
mostrar el sendero
socrático, al que
Donatien,
lascivamente, llama
culo. Desde luego,
el placer de
nombrarlo y tenerlo,
dócil, pero también
resistente, una
manzana cariciosa y
profunda, que deja
un laxo calor hacia
adentro cuando la
punta pulida de su
glande lo choca, y
Donatien siente su
cálida resistencia,
el forcejeo de las
nalgas abiertas, él
mira a ver quién
viene y la dureza de
una extraña puerta
que terminará por
dilatarse y abrirse.
Porque la punta
enrojecida choca,
una, dos, tres veces
contra esa mórbida y
ansiada entrada
hasta que cede, y
entra de una vez, y
detrás entra el
resto a recibir el
calor seminal, y
Donatien se agacha y
muerde el cuello de
la prostituta que
ahora está más
caliente, más
relajada, sea por
los ducados
prometidos, por la
cera derretida y
seca ya sobre los
verdugones de su
espalda, por el
calor que se
desprende del cuerpo
de Donatien, por el
tronco gozoso que
entra y sale
dilatándola cada vez
más. Y él muerde,
muerde, y aprieta
con sus manos el
vientre de la
prostituta y suda
sobre ella y deja
caer un hilillo de
baba por su cuello y
se mueve y remece y
grita cuando el
choque de la ola,
más fuerte y
tremebundo que los
anteriores,
desprende una de las
sogas del catamarán
y los pinos y
alerces de la ribera
se ven confusos y
como bocabajo, y los
aldeanos gritan y se
amontonan entre
ellos porque la
balsa se va a la
deriva por el lecho
sucio del río, por
encima y quizás por
debajo de esas aguas
lechosas, revueltas
y frías que chocan
contra las bardas de
madera e inclinan el
catamarán y lo
obligan a ladearse
de costado, hacia
una honda hondonada
y un cuenco profundo
de olas altas que lo
golpean. Una vez,
otra, otra más.
Es el placer infinito; golpear,
provocar dolor. El
chorro de esperma
salta hacia afuera
en una brusca
sacudida y Donatien,
sudoroso, desnudo,
con el rostro
encarnado, golpea en
la cara a la
prostituta y le
grita puta, perra,
compláceme, dale a
tu señor todo el
calor de tu culo y
dale tu sangre y
goza con mi fuerza y
mi dominio sobre ti,
y déjame caer sobre
tu espalda, y déjame
herirte esas nalgas
macizas y sentir el
rechinar de mis
dientes sobre tu
carne y el ardor de
la cera sobre tu
piel, y déjame
golpearte otra vez
con el látigo y con
el mango de hierro
de esta manopla
hasta sentir que
eres mía, que
Francia es mía, que
el castillo de La
Coste es mío y soy
dueño y señor de los
viñedos, las
carretas, el heno
del invierno, las
vacadas, y los
senderos ásperos de
piedra que mi
familia construyó
cuando el adorado
Francisco I dio
asilo allí a
Leonardo da Vinci, y
más aún, cuando el
divino Francisco
Petrarca puso sus
ojos en mi lejana
prima Laura. Déjame
sentir en tu carne
el empaste de la
pintura del maestro,
los colores como de
terracota que ya se
ven diluidos en el
Cenáculo y la mirada
turbia de vuestro
señor Jesucristo, en
quien no creo, como
no creo en la misa,
ni en la
resurrección, ni en
el espíritu, ni en
los designios de la
Providencia. Creo en
el murmullo del
poder, en tu cuerpo
desnudo y sangrante
bajo el mío, creo en
tu dolor de fiera
amansada, en el
placer que intentas
sofocar con tus
gritos, en mi
ayudante, que está
afuera y deja caer
un luis de oro en
las manos del
posadero para que
haga silencio,
porque eres puta,
¿no lo sabes?, una
puta, un animal
yacente, un ser
inferior, un cuerpo
para el cuerpo que
ahora vibra en mis
manos, que ahora
gime y llora, y ya
no le importan los
ducados, y pide
piedad, piedad, a
mí, a Donatien, a
Donatien Alphonse
François, Marqués de
Sade, como pide
misericordia esa
masa de aldeanos que
me rodea con sus
ojos abiertos por el
miedo, mientras el
catamarán se hunde
en la turbulencia
del río, sube y baja
entre las olas
frías, atraídos por
la casulla de fraile
con la que me he
disfrazado para
huir.
El fraile Donatien, el padre
Donatien, el fingido
representante de
Dios sobre la
tierra, en esta hora
de peligro. Pobres
aldeanos, pobres
seres sumisos que
ahora comprenden que
no tienen alma sino
un cuerpo que temen
perder, un cuerpo
que los esclaviza y
les infunde miedo,
miedo al dolor,
miedo al pálpito de
la muerte, miedo a
la muerte por
asfixia, miedo
cerval a
desaparecer, a dejar
huérfanos, padres,
madres, cosechas,
chozas de piedra y
argamasa.
Donatien se alza la casulla con sus
manos temblorosas y
ateridas de frío y
una ola lo empapa y
le arrebola el
rostro. Otra ola
estalla y lo empuja.
Los aldeanos le
imploran, padre,
líbranos de todo
mal, invoca al Señor
con una súplica, haz
que el catamarán se
arrime a las
orillas, haz que se
calme el río, haz
que pierda mis
cestas de cereza,
mis manzanas, mi
leche cuajada que
llevo al mercado,
mis botellas de
sidra, mi vino
rancio de uvas, mis
zapatos de percal,
mis ropas de sarga,
mis pocas monedas,
pero no la vida, no
la vida de este
cuerpo mortal que a
ti te pertenece.
Y Donatien baja la cabeza, empuja el
cuerpo lloroso de la
prostituta y deja
caer en sus manos un
luis y tres ducados
y se seca el sudor y
le impone silencio,
le impone silencio a
la cara aterrada de
la mujer que teme
por su vida, por su
cuerpo, que sin
embargo vende, y se
levanta del piso que
ahora huele a sangre
y escucha el
espasmódico correr
de las ratas por el
fondo oscurecido del
cuarto, adonde no
llega la luz, y mira
las caras que le
rodean, mira las
arrugas de aquella
anciana, los
tendones visibles en
los brazos de aquel
labriego, los
rostros contraídos
por el miedo, los
cuerpos que le
rodean implorantes
ahora que también se
ha convertido en
señor de esas almas,
está investido con
el poder de un Dios
en quien no cree, y
siente una especie
de extraña piedad
después del miedo,
después de la
fiebre, del placer,
del dolor, una
piedad infinita, y
bendice a esos
pobres que temen con
una teatralidad no
exenta de amargura,
así, haciendo en el
aire la señal de la
cruz, él, que
también siente
pavor, y tiembla, y
siente como el alma
se despega del
cuerpo y vuelve a
él, Donatien, y
comprende la quietud
de ese minuto, de
esos segundos en el
medio del río,
cuando el catamarán
deja de bambolearse
y se dirige, atraído
por la corriente, a
la orilla derecha,
al refugio de un
pequeño arenal, a
los pinos y alerces
que se ponen
derechos, en fila,
con su verde mohoso
y patinado por la
niebla.
Fuente: La Letra
del Escriba
Enero-Febrero de
2012
Francisco López
Sacha
(Manzanillo, 1950).
Narrador y
ensayista. Ha
publicado El
cumpleaños del fuego
(novela, 1996,
1990) y las
colecciones de
cuento La
división de las
aguas (1987),
Descubrimiento del
azul (1987) y
Análisis de la
ternura (1988).
En 1996 publicó en
México su antología
personal, Figuras
en el lienzo.
Obtuvo en 2000 uno
de los Premios Juan
Rulfo con
"Escuchando a Little
Richard", llevado al
cine, y en 2002 el
premio Alejo
Carpentier con
Dorado Mundo. Ha
publicado dos
volúmenes de ensayo,
La nueva
cuentística cubana
(1994) y Pastel
flameante
(2007). El cuento
“Humo y nada más”
forma parte del
libro Variaciones
de la fuga, que
Ediciones Unión
presentó en la 21
Feria Internacional
del Libro de Cuba.