La Habana. Año XI.
19 al 25 de MAYO de 2012

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Humo y nada más

Francisco López Sacha (Manzanillo, 1950)

Aquí va Donatien, embozado en su casulla de fraile, en la proa del catamarán que se desplaza por el río. Donatien, la mirada fija en las aguas, sujeto a una de las bardas de madera. Tiene el rostro encarnado, de un delicado color cereza, y la casulla le oculta los bucles de su peinado Luis XV, el rey infame que lo persigue, que le ha negado su lettre de cachet, a él, noble antiquísimo de la Provenza, acusado de golpear y torturar con un látigo a una prostituta. Donatien, perseguido por una denuncia, a pesar de su rico blasón, una estrella con ocho rayos de oro en campo de gules, y encima un águila, con las alas extendidas, que vuela hacia la cumbre de lo imposible.

Golpear, golpear. Pero qué otra cosa podemos hacer cuando sube el deseo como la marea brutal que ahora remueve al catamarán, que viene de abajo, de lo muy hondo, y se estrella contra la sucia superficie de madera, levantando el oleaje. Donatien, su grácil cuerpo escondido bajo la torpe tela de lienzo oscuro, con los puntos de una barba rubia pugnando en su mentón, su grácil cuerpo arrebatado por el bamboleo y rodeado de aldeanos con sus ropas de sarga y sus chalecos sucios y sus sombreros de badana que lo miran desde lejos, que abren sus ojos cada vez que la embarcación tropieza con las olas del río y se fijan en su casulla y en su cíngulo y en sus ojos azules, en su pálida faz.

Qué puede hacer ante ese cuerpo tendido en las baldosas del cuarto de una oscura pensión que huele a humedad, a cebollas, a orín de ratas, ese cuerpo hermoso y todavía firme, cálido, más bien caliente, que está caliente no por el deseo sino por los ducados prometidos por aquel señor que le ruega se tienda de espaldas, bocabajo, y abra las piernas, y deje al descubierto cada vez más el anillo cobrizo, la más íntima y deseada de todas las posesiones, el círculo perfecto y bien cerrado por sus pequeñas estrías rosáceas, recubiertas de una pelusilla oscura que sube desde el sexo abultado y que Donatien tienta con los dedos, y siente el escozor del frío y el calor de allá adentro, y el liquidillo pegajoso y caliente que apenas entrevé porque la luz de la vela de sebo sólo puede lanzar su cono de lumbre sobre una parte minúscula de la escena.

Donatien se bambolea frenético y golpea la espalda con el látigo y sobre el moretón deja caer unas gotas ardientes de cera derretida. La mujer hurta el cuerpo, grita, aprieta las piernas, aprieta los muslos y Donatien vuelve a golpear, ahora con más fuerza, hasta que ve salir del verdugón unas gotas de sangre. La verga se le inflama dentro del calzón de seda y la siente latir y bullir como esa extraña implosión que viene del río, de la marejada brusca que inclina al catamarán, y los ojos pardos, negros y azules de los aldeanos que le acompañan se abren aún más porque el requiebro de las sogas se deja sentir de una orilla a otra, y traquetean los bultos en la proa y el río se hunde no como los pacíficos ríos de Italia, no como el fiume que pasa bajo el puente del Arno, en Florencia, el río dócil que es como esa sangre acuosa que embarra la espalda desnuda de la prostituta, que se contrae de dolor y placer en el piso, sí, de placer, mientras él se desanuda el calzón, desesperado, y muestra la verga henchida y se arrodilla y se masturba jadeando. Donatien, Donatien.

El ardor ha pasado aunque queda un extraño escozor. La luz de sebo sigue alumbrando, con la llama más baja, y las pupilas de Donatien se han dilatado, como se han dilatado las marcas del látigo en la carne desnuda. Donatien acaricia las nalgas de la prostituta, que son redondas, suaves, firmes, con esa curvatura galante que se abre poco a poco e invita golpear. Nalgas que nacen de ese suave declive de la espalda y ahora vuelven a abrirse, a abrirse aún más para mostrar el sendero socrático, al que Donatien, lascivamente, llama culo. Desde luego, el placer de nombrarlo y tenerlo, dócil, pero también resistente, una manzana cariciosa y profunda, que deja un laxo calor hacia adentro cuando la punta pulida de su glande lo choca, y Donatien siente su cálida resistencia, el forcejeo de las nalgas abiertas, él mira a ver quién viene y la dureza de una extraña puerta que terminará por dilatarse y abrirse. Porque la punta enrojecida choca, una, dos, tres veces contra esa mórbida y ansiada entrada hasta que cede, y entra de una vez, y detrás entra el resto a recibir el calor seminal, y Donatien se agacha y muerde el cuello de la prostituta que ahora está más caliente, más relajada, sea por los ducados prometidos, por la cera derretida y seca ya sobre los verdugones de su espalda, por el calor que se desprende del cuerpo de Donatien, por el tronco gozoso que entra y sale dilatándola cada vez más. Y él muerde, muerde, y aprieta con sus manos el vientre de la prostituta y suda sobre ella y deja caer un hilillo de baba por su cuello y se mueve y remece y grita cuando el choque de la ola, más fuerte y tremebundo que los anteriores, desprende una de las sogas del catamarán y los pinos y alerces de la ribera se ven confusos y como bocabajo, y los aldeanos gritan y se amontonan entre ellos porque la balsa se va a la deriva por el lecho sucio del río, por encima y quizás por debajo de esas aguas lechosas, revueltas y frías que chocan contra las bardas de madera e inclinan el catamarán y lo obligan a ladearse de costado, hacia una honda hondonada y un cuenco profundo de olas altas que lo golpean. Una vez, otra, otra más.

Es el placer infinito; golpear, provocar dolor. El chorro de esperma salta hacia afuera en una brusca sacudida y Donatien, sudoroso, desnudo, con el rostro encarnado, golpea en la cara a la prostituta y le grita puta, perra, compláceme, dale a tu señor todo el calor de tu culo y dale tu sangre y goza con mi fuerza y mi dominio sobre ti, y déjame caer sobre tu espalda, y déjame herirte esas nalgas macizas y sentir el rechinar de mis dientes sobre tu carne y el ardor de la cera sobre tu piel, y déjame golpearte otra vez con el látigo y con el mango de hierro de esta manopla hasta sentir que eres mía, que Francia es mía, que el castillo de La Coste es mío y soy dueño y señor de los viñedos, las carretas, el heno del invierno, las vacadas, y los senderos ásperos de piedra que mi familia construyó cuando el adorado Francisco I dio asilo allí a Leonardo da Vinci, y más aún, cuando el divino Francisco Petrarca puso sus ojos en mi lejana prima Laura. Déjame sentir en tu carne el empaste de la pintura del maestro, los colores como de terracota que ya se ven diluidos en el Cenáculo y la mirada turbia de vuestro señor Jesucristo, en quien no creo, como no creo en la misa, ni en la resurrección, ni en el espíritu, ni en los designios de la Providencia. Creo en el murmullo del poder, en tu cuerpo desnudo y sangrante bajo el mío, creo en tu dolor de fiera amansada, en el placer que intentas sofocar con tus gritos, en mi ayudante, que está afuera y deja caer un luis de oro en las manos del posadero para que haga silencio, porque eres puta, ¿no lo sabes?, una puta, un animal yacente, un ser inferior, un cuerpo para el cuerpo que ahora vibra en mis manos, que ahora gime y llora, y ya no le importan los ducados, y pide piedad, piedad, a mí, a Donatien, a Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, como pide misericordia esa masa de aldeanos que me rodea con sus ojos abiertos por el miedo, mientras el catamarán se hunde en la turbulencia del río, sube y baja entre las olas frías, atraídos por la casulla de fraile con la que me he disfrazado para huir.

El fraile Donatien, el padre Donatien, el fingido representante de Dios sobre la tierra, en esta hora de peligro. Pobres aldeanos, pobres seres sumisos que ahora comprenden que no tienen alma sino un cuerpo que temen perder, un cuerpo que los esclaviza y les infunde miedo, miedo al dolor, miedo al pálpito de la muerte, miedo a la muerte por asfixia, miedo cerval a desaparecer, a dejar huérfanos, padres, madres, cosechas, chozas de piedra y argamasa.

Donatien se alza la casulla con sus manos temblorosas y ateridas de frío y una ola lo empapa y le arrebola el rostro. Otra ola estalla y lo empuja. Los aldeanos le imploran, padre, líbranos de todo mal, invoca al Señor con una súplica, haz que el catamarán se arrime a las orillas, haz que se calme el río, haz que pierda mis cestas de cereza, mis manzanas, mi leche cuajada que llevo al mercado, mis botellas de sidra, mi vino rancio de uvas, mis zapatos de percal, mis ropas de sarga, mis pocas monedas, pero no la vida, no la vida de este cuerpo mortal que a ti te pertenece.

Y Donatien baja la cabeza, empuja el cuerpo lloroso de la prostituta y deja caer en sus manos un luis y tres ducados y se seca el sudor y le impone silencio, le impone silencio a la cara aterrada de la mujer que teme por su vida, por su cuerpo, que sin embargo vende, y se levanta del piso que ahora huele a sangre y escucha el espasmódico correr de las ratas por el fondo oscurecido del cuarto, adonde no llega la luz, y mira las caras que le rodean, mira las arrugas de aquella anciana, los tendones visibles en los brazos de aquel labriego, los rostros contraídos por el miedo, los cuerpos que le rodean implorantes ahora que también se ha convertido en señor de esas almas, está investido con el poder de un Dios en quien no cree, y siente una especie de extraña piedad después del miedo, después de la fiebre, del placer, del dolor, una piedad infinita, y bendice a esos pobres que temen con una teatralidad no exenta de amargura, así, haciendo en el aire la señal de la cruz, él, que también siente pavor, y tiembla, y siente como el alma se despega del cuerpo y vuelve a él, Donatien, y comprende la quietud de ese minuto, de esos segundos en el medio del río, cuando el catamarán deja de bambolearse y se dirige, atraído por la corriente, a la orilla derecha, al refugio de un pequeño arenal, a los pinos y alerces que se ponen derechos, en fila, con su verde mohoso y patinado por la niebla.
 

Fuente: La Letra del Escriba Enero-Febrero de 2012

 


Francisco López Sacha (Manzanillo, 1950). Narrador y ensayista. Ha publicado El cumpleaños del fuego (novela, 1996, 1990) y las colecciones de cuento La división de las aguas (1987), Descubrimiento del azul (1987) y Análisis de la ternura (1988). En 1996 publicó en México su antología personal, Figuras en el lienzo. Obtuvo en 2000 uno de los Premios Juan Rulfo con "Escuchando a Little Richard", llevado al cine, y en 2002 el premio Alejo Carpentier con Dorado Mundo. Ha publicado dos volúmenes de ensayo, La nueva cuentística cubana (1994) y Pastel flameante (2007). El cuento “Humo y nada más” forma parte del libro Variaciones de la fuga, que Ediciones Unión presentó en la 21 Feria Internacional del Libro de Cuba.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.