Funciones del
arte
A trasluz la noticia
en el papel dorado:
Orlas rígidas
avales como cuños de
agua
tipografía rellena
por la cifra.
Escudos,
rúbricas,
números, números,
números...
En mis manos
enarbolo la obra de
un artista
Estrujo en mi
cartera este
salvoconducto de los
dioses
héroes santificados
en el poder del
número.
A cambio habré de
recibir:
cuatro libras de
hígado,
dos kilogramos de
pescado,
una bolsa de pan,
algo de queso.
Mirando un cuadro
de Pedro de Oraá
Nube de polvo
habitada por el
hombre, levitando.
Estruendos que
también habrían de
apagarse
en los chorros de
sangre que la brisa
repartió
lanzadas por la
ingeniería
de un sistema
energizado,
cada nervio en la
boca del vacío.
Lloraban las paredes
con los hombres.
caían las cales
sucesivas
en diminutas formas
y colores.
Era observar la
destrucción
un set en retirada,
dejando en ese
espacio la
posibilidad de
otros.
El nosequé posible.
Mucha gente miraba
Miradas renaciendo.
Carreras en medio de
la bruma.
Miradas deseando que
borren el horror
que se instalaba
sobre la tela
frágil.
Dudas
¿Cómo juzgar si el
escribano sabe
que su palabra dice
más,
si es él quien
ejercita,
cada día, la
profesión de
transcribir?
¿Cómo saber si
discrimina,
en favor de nosotros
(por nosotros)
mientras esgrime el
argumento de la
duda?
Si la materia suya
es el silencio,
¿de qué modo confiar
en la pureza de
tales traducciones?
¿Cómo saber si hay
culpa en sus
verdades
tangenciales?
¿Qué calla-que nos
dice?
¿Qué dice cuando
calla?
¿Qué sabe
exactamente de
nosotros?
¿Y de él mismo?
Si es solo un
mediador
entre la libertad y
la prudencia.
Juegos
En la infinita
sucesión
estaban escritos
nuestros nombres,
junto a los nombres
de la historia.
Hablo de todos,
humilde-grande en
relación
circunstancial.
Ramas genealógicas
torcidas,
donde las verdades
se mueven
en rangos descritos
por los antiguos
símbolos.
Imagino los ojos de
K.
en el instante en
que se despedía con
horror,
mirando su caída:
la de un tiempo que
sería para él
mil novecientos
ochenta y cuatro.
Sus ojos en el
pavimento,
visualizando el
tránsito a la
sustancia etérea,
líquidos, abiertos
al vacío.
Pienso en lo que
llamaron su
elección,
entiendo el gesto,
la armonía del
rostro cifrado en un
linaje.
Mil novecientos
ochenta y cuatro
como miles de años
antes,
o el día de hoy y el
de mañana.
Hemos estado aquí
desde la creación
del mundo.
Esa certeza llega
ante las almas como
K.
almas que marcan la
fatalidad más que la
suerte.
Es que acaba el
espacio que
ocupamos,
y la corteza
temporal que nos
visibiliza
desintegra, disuelve
los contornos,
o apuramos el acto
de la
transfiguración,
y el resto de
nosotros sigue vivo.
Vivo un poco más.
Supongo que alguien
dobla las hojas
de un gran libro.
Ese alguien cada
noche repasa las
historias,
y ve cómo se cumplen
los rigores de un
oráculo
que consiste en
darle cuerpo
a una materia breve
a la que llaman
hombre.
Sí. La existencia es
eterna,
del mismo modo la
soledad de quien lee
ese Libro,
el libro donde
estamos todos, sin
jerarquías,
ni los rigores vanos
de quiénes pueden
o no pueden,
acompañarnos a la
mesa.
Sucede que se
esconden las ramas,
a modo de árboles
genealógicos
—las esconde
alguien—
y los dibujos
aparecen/desaparecen,
descritos por
enigmas,
un lenguaje sencillo
para cubrir el
pasatiempo.
María del Rosario
(Charo) Guerra
Ayala: Poeta,
narradora y editora.
Licenciada en
Periodismo, Facultad
de Artes y Letras,
Universidad de La
Habana (1984) Es
miembro de la Unión
de Escritores y
Artistas de Cuba
(UNEAC). Entre otros
reconocimientos, ha
recibido el Premio
Pinos Nuevos, 1997,
por el cuaderno
Vámonos a Icaria;
el Premio Dador,
Instituto Cubano del
Libro, 2001, por el
libro El bazar de
las cosas perdidas;
la Beca de
literatura Cuban
Artists Fund, 2005;
Finalista del Premio
Internacional
Margarita Hierro,
convocado en España,
2010; y el Premio de
Poesía José Jacinto
Milanés, 2010, por
el cuaderno Luna
de los pobres.