La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

El Viajero, Nuestramérica y el espíritu danzante

Mayra Beatriz Martínez • La Habana

Como en ropa de música se siente envuelto el cuerpo.

J.M., Diarios de campaña

La curiosidad perenne y la especial sensibilidad del peregrino que fuera José Martí, le hicieron registrar de manera compleja los contextos en los que vivió, o por los que transitara coyunturalmente. A El Viajero lo motivaron, en particular, las muy diversas improntas de colectividades marginadas que le tocó en suerte conocer, las cuales, con frecuencia, eran portadoras de legados con raíces ancestrales que intentara acreditar dentro del hegemónico, excluyente, discurso central de la cultura occidental. Gracias a ese afán, evidenciado mayormente en su labor como periodista, han llegado hasta nosotros sus testimonios de expresiones danzarias poco estimadas entonces y reverenciadas hoy como parte valiosa del legado multicultural nuestramericano.

Es lamentable que poco se conozcan estas interesantes descripciones y consideraciones en torno a bailes tradicionales, rituales y populares, las cuales observara durante sus recorridos por México, Guatemala, Venezuela, Costa Rica, Haití…, y dentro de las que destacan, desde luego, manifestaciones de grupos indígenas y afrodescendientes. A nuestro juicio, sus apreciaciones estuvieron nutridas más por estimaciones intuitivas, propias de un diletante ocasionalmente apasionado, que por las reflexiones rigurosas de un adiestrado crítico. No conforman, en puridad, un corpus sistemático ni exhaustivo, aunque deslumbran, como rafagazos de luz.

El joven Pepe, muy temprano, tras arribar a México en 1875, participa en bailes públicos y privados, en sociedades, ateneos y casas de amigos, de lo cual dan fe las crónicas y gacetillas que va publicando. A tres meses de su llegada, reseñaría una “Fiesta en Tultepec” donde se agasajaba a “un descendiente puro de raza indígena”1, al maestro y político liberal Felipe Sánchez Solís. El texto reboza de valoraciones positivas respecto al entorno, los hechos y sus protagonistas. Había sido invitado, como refiere allí mismo, “[…] con el objeto principal de que conociéramos un pueblo de indígenas”2. En consecuencia, se precia de haber llegado a un lugar donde “La naturaleza humana es pura todavía, allí donde ella misma no se ha querido pervertir”3, y nos hace su breve presentación del que habría de convertirse, con el tiempo, en el baile típico mexicano más conocido internacionalmente:

Aquellos hombres tienen los pies descalzos y la armonía en el corazón: la música de Tultepec ejecutó perfectamente difíciles piezas de ópera; la dulzura es la condición especial de aquella orquesta; oímos trozos deliciosos tocados por la música de cuerdas, y en el baile de la noche, “el animado y sabroso jarabe”4.

Se impone observar cómo destaca la pobreza de los danzantes —“tienen los pies descalzos”. Ellos vestían sus ropas habituales: eran los campesinos que danzaban del modo original para festejar a su patrono. Solo años después, serían los rancheros poderosos, los señores adinerados, los que introducirían el jarabe a sus fiestas más distinguidas y comenzarían a practicarlo con los atuendos fastuosos, que lo caracterizan actualmente en su estatus de baile escénico y símbolo nacional.

Igual se refirió, con mucho agrado, a otro evento de carácter privado donde se bailaba: un agasajo organizado por la propia familia Sánchez Solís el siguiente año. Nos cuenta en “Fiesta de familia”:

[…] Hubo en la casa del distinguido arqueólogo, banquete bien servido, concurrencia selecta, calurosos brindis y “baile de familia”, animado todo con el espíritu de benevolencia y leal franqueza que lleva a todos sus actos el Sr. Sánchez Solís. […] Perpetúe Elías Sánchez Solís, el buen hijo cuyo día de fiesta fue el domingo, los talentos, constancia, bondad, amor a la raza indígena y lealtad y consecuencia de su venerable padre.5

En ambos casos, resulta evidente que el baile quedaba a salvo de cualquier aprensión moral: se lleva a efecto en contexto que conjetura “sano”, ejecutado por trabajadores humildes, enmarcado en entorno familiar y en el respeto a una tradición, que tanto aprecia. No fue tal su posición ante los aparatosos bailables de salón celebrados por la burguesía hispanoamericana —a la manera de las fiestas galantes europeas—, que rechazaría de manera tan evidente en otros momentos de su obra. Lo había demostrado en una gacetilla para la sección “Correos de los teatros”, de la Revista Universal, donde comentaba:

Nuevo México tuvo muy buena concurrencia en su función de la tarde del domingo. Mayor y más desordenada fue la que acudió al coliseo en ruina al baile de la noche: hubo todos los desagrados y desórdenes que han llegado a tenerse por calaveradas de buen tono. Aquellas mujeres lo eran demasiado: la concurrencia masculina era la de siempre: curiosos inofensivos, máscaras tontos, y jovencitos desordenados. Callemos ya, que no sienta a un “regidor en turno” el oficio de Catón.6

Es de notar cómo aludía a su propia inflexibilidad, de la cual parecía muy consciente al autocaricaturizarse como un Catón: en tanto un sumo censor7 en ejercicio estricto de sus criterios frente a los “desordenados”. Quizá, sus amigos y colegas de entonces le criticaban de modo fraternal esos excesos moralistas y se sintió impelido a deslizar tan irónico comentario.

De muy distinta forma opera, desde luego, cuando el baile de salón responde a propósitos menos fútiles. Por ejemplo, ese mismo año publicaría en El Socialista una pequeña crónica —“Los meseros”— en torno a una celebración efectuada por la Sociedad de Unión y Concordia, la cual calificaría de “sencilla, y a la vez espléndida fiesta”8: la concurrencia había sido “la honrada clase trabajadora”9,de manera que contó con su absoluta anuencia.

En 1977, va camino a Guatemala y el último territorio mexicano por el que transita es Isla Mujeres. En un delicioso relato de viaje, torna a manifestar su complacencia ante bailables organizados entre los más humildes: “[…] se hacen frecuentemente bailes con poninas, contribución voluntaria que no excede nunca de cuatro reales […] Bailan muy muellemente, bien es que no de otra manera pueden espaciarse las naturales jovialidad y pasión de estas mujeres”10. En otro momento del texto, regodeándose en los detalles y con franco viso autobiográfico, hace referencia a “un viajero triste”, despedido con un festejo semejante. Rememora una

[…] noche de baile, en que el pueblo quiere festejar a algún barquero que se ausenta o “viajero triste” que los arpó y predicó al paso, y en cuyo honor se visten de cristianos; suena la armónica, con tal o cual flauta o violín a medias cuerdas; […] y se bailan, con gran deleite y cortesía, melosas danzas; tras de todo lo cual el pueblo en masa, con sus viejos y sus matronas a la cabeza, y como ungido y purificado por la luz de la luna, acompaña hasta la goleta, llena de tortugas vivas que van a venderse en el mercado cercano de Belice, al “buen viajero” que deja de mal grado aquel pacífico recodo […]11

Sus apreciaciones resultan concordantes en su folleto Guatemala (1878), al calificar la nación chapina: “[…] severa, no entristece; desdeñosa, no irrita; bulliciosa, no desordena; agitada, no cansa. Su vestido de baile nunca se aja”.12 El vestido de baile que “nunca se aja”, que no se desordena, hubo de representar, sin duda, el carácter virtuoso de un pueblo capaz de mantener y expresar su alegría de vivir, con moderación y dignidad —de manera “severa”, como anota. 

Manuel José Izaguirre, en carta dirigida a Gonzalo de Quesada y Aróstegui —fechada en Honduras, 1909—, recuerda la estancia guatemalteca de Martí. Contaba que justamente en un baile de disfraces conoció a La Niña, María García Granados:

Llevé a Martí a “un baile de trajes”, que se daba en casa de García Granados, a los dos días de haber llegado [por primera vez] a Guatemala; estábamos los dos de pie, en uno de los hermosos salones, viendo desfilar las parejas [cuando vimos venir] del brazo dos hermanas señoritas. Me preguntó Martí, “¿Quién es esa niña vestida de egipcia?”—“Es María, hija de la casa” [le contesté]. La detuve y le presenté a mi amigo y paisano Martí, y se encendió la chispa eléctrica. […]13

En olvidadas crónicas sociales publicadas en periódicos guatemaltecos de la época, hemos hallado referencias a la asistencia de ambos a las veladas realizadas en asociaciones como El Porvenir, en las cuales se registra la intervención de él como orador y de La Niña como cantante. No resulta descartable la ejecución de danzas de salón en estas actividades, ocasiones en que, tal vez, bailaron juntos. Igual pudo suceder en las tertulias habituales organizadas en la enorme casona de la familia García Granados, adonde Martí asistía en la primera etapa de su estancia, antes de contraer matrimonio en México y de regresar acompañado de Carmen Zayas Bazán.

 

En el antes citado ensayo Guatemala —donde realiza una disección de la realidad social y económica del país centroamericano—, entra gustosamente en pormenores sobre las costumbres y las artes de modestas poblaciones mayenses, aunque desliza, para concluir, una nota crítica en torno al oportunista tributo solicitado por la iglesia romana a los tan pobres.

Era Cobán, quince años hace, un pueblecillo oscuro, rico en indios caprichosos, en fértiles terrenos, en pastos excelentes, en animadas marimbas, que son, a modo de tímpano, el instrumento popular que acompaña todo baile, bautizo, fiesta y concurrida chichería. […] “los indios cobanecos bailan su agitada zarabanda”, y el santo inmóvil contempla la algazara y la barahúnda, y cada indio con su vestido de cotón resplandeciente, y cada india con su enagua plegada, con su huipil suelto, con su cabello aderezado con trenza luenga de lana, deja un medio piadoso en el infatigable plato católico: —¡absorbe tantos ahorros de los pobres pueblos!14

Otro corpus danzario tradicional centroamericano que pareció impresionarlo fue el de los garífunas. Hallamos referencias en un texto que publica La Opinión Nacional, de Caracas, en 1882, donde realiza una amena descripción de las Pascuas en Nueva York. Al referirse a la diversidad de costumbres que poseen otros pueblos del mundo durante sus festejos autóctonos, y en indudable recordatorio de su paso por la costa atlántica hondureña cuatro años antes, menciona a: “[…] los negros caribes de Honduras, muy bellos e inteligentes negros, que han hecho comercio con los sacerdotes del lugar, los cuales les permiten su maffia, que es baile misterioso, y sus fiestas bárbaras de África […]”15.

Aquí no debió estar refiriendo una vivencia personal concreta, aunque sí un estado de opinión en la sociedad hondureña de entonces, para la cual la garífuna era una identidad excluida del discurso nacional: ignorada y, en la misma medida, desconocida y considerada potencialmente temible, como la de tantos grupos étnicos subalternizados en nuestra América. En consonancia y asumiendo la expresión en su obvio carácter metafórico —que tomaba por base el fenómeno siciliano para subrayar un presunto matiz delincuencial—, se le llamaba popularmente “mafia negra” al tipo de religiosidad que practicaban la población afrodescendiente del lugar. En tales ceremonias quedaban insertas, desde luego, determinadas danzas rituales que el profano no conocía cabalmente y que, en general, se demonizaban. No es extraño, pues, el calificativo martiano de baile “misterioso”16.

En cuanto a las “fiestas bárbaras” —de las cuales seguramente también debió conocer a través de testimoniantes—, nos inclinamos a pensar que aludían al yancunú o baile del wuanáragua, danza guerrera aún hoy desarrollada por hombres: los participantes se visten con ropas de colores brillantes, usan máscaras, grandes sombreros llenos de elementos diversos y largas cintas, y se amarran en las rodillas cuentas de caracoles para hacerlas sonar.17 Hubiera sido de esperar que, si Martí la hubiera presenciado, no hubiera dejado escapar la ocasión de mencionar tales detalles tan vistosos.

Camino a Venezuela —en enero de 1881—, realiza, como de costumbre, anotaciones de viaje, entre las que se destacan los apuntes que redactara durante su escala en el puerto de Willemstad, capital de Curazao. El baile, desde luego, sería un índice para la caracterización de la idiosincrasia de los habitantes del lugar: “Mas abigarrada es la población; árida la tierra, parleras las negras holandesas, mezquinos los burrillos, viejas cuanto limpias —las apiñadas casas […]— Centavos bastan, para la vida del día, a la gente pobre, mal suenan […] los pianos a cuyo son se baila sin reposo […]”18.

Al contrario de lo que hace en otras ocasiones, apreciamos que acá utiliza el baile como indicador negativo: mientras la tierra permanece árida, la población, displicente, se dedica al ocio improductivo, denotado por el baile constante. Podemos suponer, en la medida en que sucede al compás del piano, que se tratarían de remedos de danzas de raíz europea, holandesa —la metrópolis colonial en este caso—, que a nuestro autor no le interesaría para nada destacar —antes bien, denostar.

 

Si bien desvalora de manera semejante la apatía de la humilde población de los campos venezolanos que observa a su arribo —a la cual acusa de conformidad, de no ambicionar más allá de lo elemental para sus vidas, de acentuado “amor al placer”19—, El Viajero no puede dejar de rendirse ante la cultura soberbia del llanero. Nos narra, posteriormente, en sus memorias “Un viaje a Venezuela”:

[…] En esa naturaleza virgen, los hombres de los campos tienen todavía costumbres grandiosas y audaces. Es el desprecio a la vida, el amor al placer, el recuerdo atrayente de una vida anterior de libertad feroz: son poetas, centauros y músicos. Relatan sus proezas en largos trozos de versos que se llaman galerones. “Sus bailes tienen una dulce monotonía”, la del céfiro en las ramas de los árboles, todas las suaves melodías de la selva interrumpidas por terribles gritos del huracán. […]20

El galerón es, en puridad, un canto típico tanto de las llanuras de Venezuela como de Colombia, que emplea la décima. Es expresión por antonomasia de los sentimientos y experiencias cotidianas de los pobladores de cada zona. Pero el galerón va acompañado de una danza de pareja que puede independizarse, tal y como lo viera Martí, y muchas veces adopta aires de joropo. Observemos que él nos hace notar su suavidad, su “dulce monotonía”: porque la música del galerón es de compás lento.

Más adelante, en un artículo dedicado a reseñarLibros nuevos”, aprovechaba para referirse a otras danzas típicas llaneras que ha conocido —y veamos cómo calificaría sintética y elocuentemente a cada una. Anota en torno a los principales festejos tradicionales a que asiste el pueblo:

[…] a las octavas, con sus fiestas locas; y a los toros, cerrados en las calles, y vistos de balcones; y a la Semana Mayor, ocasión de fausto y competencia, antaño como hogaño; y al bautizo, al matrimonio, a la famosa ceremonia, con bailes celebrada, […]; y a oír, y a ver, rodeados de llaneros,—que nos cuentan de sus caneyes y chinchorros, y de la que les borda sus camisas y adereza sus uñas de pavo, —el zambe revueltísimo, el alegre “joropo”, y la “llora” monótona, y la extraordinaria “bamba-buena”.21

La “llora monótona” es, efectivamente, un baile de movimientos repetitivos, y, por su parte, “el zambe revueltísimo” hace también honor a la certera adjetivación martiana: es semejante al zapateo.

Curiosamente, nuestro viajero apenas menciona el “alegre joropo”22, el baile nacional de Venezuela, el que se lleva, sin duda, las palmas entre todos en el sentir popular. Y es que, en contraste, la “bamba-buena” debe haber encantado de tal modo a Martí que debió pasar por alto el resto: no vacila en calificarla de “extraordinaria”. Es una curiosa danza en que las parejas ejecutantes, cada vez que cesa la música, se dirigen, entre sí, cuartetas que componen un contrapunteo galante y satírico, ingenioso y florido. Esos poetas populares, con toda seguridad, lo conmovieron y entusiasmaron tremendamente.

Resultará siempre placentero, pues, su registro de los sencillos bailables donde los hombres y mujeres naturales, de la tierra, o los obreros humildes de la ciudad, festejan: espacios éticamente salvados. En total reafirmación, estamos obligados a traer a colación un pequeño fragmento de su simpático “Meñique”, de La Edad de Oro, una narración con todas las imaginables intenciones edificantes. Se trata de su típico final feliz: “Todos cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos, bailaban con mucha elegancia y honestidad al compás de una música de violines, con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en el ojal de la casaca”23. La “elegancia” y “honestidad” que alaba en el baile lo justifican sobradamente. 

Mientras se hallaba inmerso, ya como delegado del Partido Revolucionario Cubano, en los últimos preparativos para la contienda que se avecinaba en la Isla, y recorría principales puntos de la inmigración cubana en Centroamérica y el Caribe, presenciaría, a su paso por Puntarenas de 1894, a una parranda típica costarricense. A pesar de su tono contenido —que trasluce la tensión de los momentos por los que atraviesa en lo personal—, no puede evitar quedar atrapado por la sensualidad del festejo. En paralelo, se produce un resurgir de sus viejas aprensiones: por ejemplo, hallamos subsumido un discurso reprobatorio de la mujer que asiste a los bailes públicos. Veamos detalles de su crónica, desbordante de lirismo y voluptuosidad, donde menciona bailes tradicionales como el torito, la botijuela, la cajeta de leche, que aún se ejecutan:

Como a las ocho, ya la parranda hierve. En la esquina está la fonda, con su billar al fondo, y el mostrador lleno de amigos, a chicha y a guaro. Afuera, en mesas limpias, las chinas venden gallinas asadas, pescado frito, frijoles y tortas, y el rompope de huevo y maíz, grato y espeso. El baile es en el tablado; con bancos alrededor, que alzó en la esquina el tendero.

Blanda es la noche, y misterioso El Torito cortés, o la Botijuela, o el Chiricano o la Cajeta de Leche, a aquella luz que baja de las estrellas, y da como color de sueños a aquellas figuras que, al compás del violín y la marimba, caídos por el muslo los brazos de él, y ella con el rebozo a los codos y la flor en el cabello, se encaran enamoradas, resbalan hombro a hombro, o  —giran silenciosas.

Él cita y saca a la dama: le pide lo que ella le niega: la sigue cuando ella le huye: le va atrás ella, cuando él se va de enojos, lo trae ella, y él viene detrás: se mecen, y como que se juntan, sin tocarse, sin abrazarse: acaba el baile brusco, como cuando una pareja se pierde en la sombra.

La marimba, de lánguidos ecos, desata, recoge, requiebra, arrulla, empuja, celebra, repiquetea. Allá, al fondo del grupo, se ve un mantón rosado, flaco e ingenuo, y en un cuello enfermizo una cabeza angélica, con un azahar en el cabello mal cogido. Acá, al pie de la marimba, encendido el cigarro en la oscuridad, gira, mirando al suelo, con la cabeza cubierta de flores, una china belfuda, de rebozo azul.24

Al cabo, después de haberse abandonado al goce de una descripción francamente erotizada de las figuras que realizan las parejas, el autor vuelve a su restricción habitual y desliza un matiz crítico en la mención a aquella “cabeza angélica”, de “cuello enfermizo”, que entrevé al fondo de la escena, casi invisibilizada, fuera del jolgorio; o a la “china belfuda” que gira mirando al suelo en la oscuridad: se hallan, como la propia pareja que acaba el cuasi lascivo baile de manera brusca, perdidas en las sombras, abrumadas por el “pecado”.

En sus espléndidos Diarios de campaña finales, hallamos una página especial. Es una narración, más que poética, mágica. Se trata del relato de la jornada de viaje nocturna de 4 de marzo: se traslada por mar, en medio de una noche tormentosa, y lo que cuenta sucede frente a las costas haitianas.

Y abrí los ojos en la lancha, al canto del mar. El mar cantaba. Del Cabo salimos, con nubarrón y viento fuerte, a las diez de la noche; y ahora, a la madrugada, el mar está cantando. El patrón se endereza, y oye erguido, con una mano a la tabla y otra al corazón: el timonel, deja el timón a medio ir: “Bonito eso”: “Eso es lo más bonito que yo haya oído en este mundo”: “Dos veces no más en toda mi vida he oído yo esto bonito”. Y luego se echa a reír: que los vaudous, los hechiceros haitianos, sabrán lo que eso es: que hoy es día de baile vaudou en el fondo de la mar, y ya lo sabrán ahora los hombres de la tierra: que allá abajo están haciendo loa hechiceros sus encantos. La larga música, extensa y afinada, es como el son unido de una tumultuosa orquesta de campanas de platino. Vibra igual y seguro el eco resonante. Como en ropa de música se siente envuelto el cuerpo. Cantó el mar una hora, —más de una hora—. La lancha piafa y se hunde, rumbo a Montecristi.25

Prima lo sinestésico por sobre cualquier lógica posible, lo que fácilmente nos coloca sobre un terreno sobrenatural: abre los ojos al canto del mar. Su relato propicia un dialogismo que asume acríticamente los parlamentos del timonel: “[…] que los vaudous, los hechiceros haitianos, sabrán lo que eso es: que hoy es día de baile vaudou en el fondo de la mar […]”. Constituye, obviamente, uno de los momentos más enigmáticos del corpus martiano, donde refrenda la validez de ceremonias que, tradicionalmente, han espantado a sus iguales: no hay atisbo allí de miedo al negro, sino de un acentuado deslumbramiento. Se rinde, seducido, ante aquella danza ritual que solo puede oír —adivinar, imaginar: y esta es, en tal caso, su manera de verla. “Como en ropa de música” siente “envuelto el cuerpo”. Con su espíritu, lo sentimos danzar.26

Este caso no es más que otra de las variadísimas muestras de su regocijo ante el cultivo de las expresiones danzarias originales, transmitidas de generación en generación. Así, en “Las ruinas indias” de La Edad de Oro, no dejaría de enaltecer cómo, entre los pueblos prehispánicos, la enseñanza de la danza se establecía desde la primera infancia: “Por una esquina salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de fruta, o tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde aprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo.27

Por fortuna, a su paso por comunidades indígenas y afrodescendientes todavía había encontrado fehacientes evidencias de ello. De manera que, al propio tiempo que las observó, creó espacios de reivindicación en su corpus para esas expresiones esenciales a los pueblos: elementos de cohesión indispensable para sus pobres de la Tierra. También en estos coyunturales acercamientos al universo danzario nuestramericano podemos hallar impresa su formidable huella redentora. 

Notas:

1.José Martí: “Fiesta en Tultepec”, Obras completas. Edición crítica, t. 2, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000, p. 31.

2.Ibídem, p. 32.

3.Ídem.

4.Ibídem, p. 35.

5.José Martí: “Fiesta de familia”, Obras completas. Edición crítica, t. 4, ed. cit., 2001, p. 292.

6.José Martí: “Correos de los teatros”, Obras completas. Edición crítica, t. 4, ed. cit., 2001, p. 56.

7.Desde luego, se refiere a Marco Porcio Catón, el político e historiador latino que ha pasado a la historia con el apelativo de El Censor: por su cargo y, en especial, por la austeridad de sus principios y su vigorosa crítica a los excesivos lujos que a su juicio, corrompían a Roma.

8.José Martí: “Los meseros”, Obras completas. Edición crítica, t. 2, ed. cit., 2000, p. 286.

9.Ibídem, p. 287

10.José Martí: “Isla de Mujeres”, Obras completas. Edición crítica, t. 5, ed. cit., 2001, p. 43.

11.Ibídem, p. 44. El destaque siempre será nuestro.

12. José Martí: “Guatemala”, Obras completas. Edición crítica, t. 5, ed. cit., 2001, p. 247.

13.Cit. por Carlos Ripoll: “La niña de Guatemala”, La vida íntima y secreta de José Martí, Editorial Dos Ríos, Nueva York. Disponible en http://eddosrios.org/marti/Vida_Intima/Intima_guatemala.htm.

14.José Martí: “Guatemala”, ed. cit., p. 255.

15. José Martí: “Costumbres de Nueva York”, Obras completas. Edición crítica, t. 9, ed. cit., 2004, p. 300.

16.Encuentro citado por Jorge Alberto Amaya un fragmento de la novela de Francisca Navas de Miranda Barro, obra que corresponde al movimiento literario de la negritud en Honduras, y que fuera publicada en los años cuarenta del xx. Allí se usa el término “mafia” y el propio Amaya coloca, tras su mención, la abreviatura “sic.” —es decir, así en el original—, lo que nos lleva a pensar que su uso actual ha de ser todavía más raro. Cito: “Esos mismos morenos que curaban el ‘mal’, porque eran brujos también, eran entendidos en ‘mafia negra’ [sic.]. ¡Una cosa horrible! […] Se reunían los caribes y encendían una gran hoguera. Alrededor bailaban con el cuerpo enteramente desnudo y untado de azufre cantando una jerigonza confusa […]” (cit. por Jorge Alberto Amaya: Las imágenes de los negros garífunas en la literatura hondureña: la construcción de discursividades nacionales excluyentes. Disponible en http://www.crisisyestado-nacion.org/archivo/lecturas/Las_imagenes_de_los_Garifunas_en_la_literatura.pdf).

17.Ídem.

18.José Martí: “Curaçao”, Obras completas. Edición crítica, t. 8, ed. cit., 2003, pp. 20-21.

20.Desde luego, esto se enmarca dentro de una consideración típica del pensamiento liberal, que aún Martí comparte en esta época de inicios de los 80.

20 José Martí: “Un viaje a Venezuela”, Obras completas. Edición crítica, t. 13, ed. cit., 2010, p. 144.

21.José Martí: “La Venezoliada.―Poema, por J. Núñez de Cáceres. —Caracas.—Imprenta Sanz.—”, Obras completas. Edición crítica, t. 8, ed. cit., 2003, p. 81.

22.Se dice que su origen estuvo en la conjunción del flamenco con la música africana. Se ejecuta con música de cuatro, arpa llanera y maracas. Posee movimiento rápido, que incluye un vistoso zapateado, y puede recurrir a numerosas figuras coreográficas. Los bailarines generalmente visten trajes típicos, el hombre el típico “liquiliqui” y la mujer usa vestido de colores brillantes, a veces floreado, con blusa a los hombros.

23.José Martí: “Meñique”, Obras completas, t. 18, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 324.

24.José Martí: “La Parranda”, Obras completas, t. 19, ed. cit. p. 175.

25.José Martí: Diarios de campaña, ed. crit. y pról. Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2007, pp. 59-60.

26.Acorde a la fecha en que ocurren los hechos narrados, parece tratarse de la celebración de las ceremonias rituales de Agoué-Taroyo, el señor del mar y las islas para los practicantes del vodú: tienen lugar en coincidencia con la cuaresma católica. Tales rituales de medianoche se efectúan a orillas del mar.

27.José Martí: “Las ruinas indias”, Obras completas, t. 18, ed. cit., p. 383.

 
 
 
 

JOSÉ MARTÍ EN LA JIRIBILLA:

 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.