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Yacen desgastados por el
tedio, dándose cabezazos
en el anaquel. Una fina
capa de polvo los cubre.
El roce del viejo
plumero de vez en cuando
los reanima, aunque no
es el mismo cosquilleo
que sienten cuando la
vista humana corre
libre, lujuriosa, por
sus cuerpos. El
Pequeño Larousse
sonríe y se da con un
canto en el pecho: sigue
siendo el más
solicitado. Otros
corrieron peor suerte:
se asfixian en cajas
olvidadas en un closet.
Gran cantidad de
excelentes libros vienen
amontonándose en un
rincón de la casa. Los
mayores dicen que los
leerán en la primera
oportunidad, que las
contingencias de la
cotidianidad los
abruman. También los
atesoran pensando en sus
hijos. Pero ellos no
siempre les hacen caso.
Claudia tiene 11 años y
no quiere leer. Da la
espalda y huye molesta
cuando le hablan del
tema. Al parecer, piensa
que es suficiente con
las lecturas que orienta
la escuela. ¡Y mira que
su madre insiste!: “Te
estás perdiendo
historias bellísimas.
Cuando tenía tu edad ya
me había leído unos
cuantos libros...”. Ha
llegado a exigirle que
conteste un cuestionario
sobre el libro de turno.
Pero la niña le
responde: “Ya ese cuento
me lo sé, mami, lo vi en
una película”.
Con diez años más, su
hermano Roberto se
escuda en que “cada
noche me siento delante
del televisor y veo las
noticias”, cuando su
padre lo regaña porque
“nunca te he visto con
un periódico o una
revista en la mano; no
sabes nada de lo que
está pasando en el
mundo”.
Asusta. Según el
escritor y semiólogo
Umberto Eco, “… en
nuestro tiempo, si
dictadura ha de haber,
será una dictadura
mediática y no política.
Hace casi 50 años que se
viene diciendo que en el
mundo contemporáneo,
salvo algunos remotos
países del Tercer Mundo,
para dar un golpe de
Estado ha dejado de ser
necesario formar los
tanques, basta con
ocupar las estaciones
radiotelevisivas”.
Eso sí, las sagas de
Harry Potter, El
señor de los anillos
o Juego de Tronos
—por citar algunos
ejemplos—, incentivadas
por sus correspondientes
versiones
cinematográficas, han
sido devoradas por
millones de personas de
todas las edades en los
más diversos parajes del
planeta. El mercado no
tiene piedad cuando de
dinero se trata: sus
estrategas sugieren que
para ganar lectores —es
decir, compradores—
hacen falta libros
“fáciles”.
Diversos diagnósticos
reportan la disminución
de la lectura como un
mal de la modernidad. Es
triste: la escuela
proporciona el
instrumento, la
habilidad para leer,
pero si no existe una
motivación no se logra
nada. Y más allá de ser
instrumento
indispensable para
acceder al conocimiento;
es medio de
perfeccionamiento, de
enriquecimiento moral y
también de diversión.
Porque, sin duda, leer
es una fiesta.
Además, un pobre nivel
de lectura implica
pobreza de vocabulario,
de capacidad para
interpretar, carencia de
técnicas que permiten
comprender, reflexionar,
resumir, comparar,
relacionar y extraer
conclusiones propias.
Una encuesta sobre
consumo de libros y
hábitos de leer
realizada en Ciudad de
México —allí se
concentra el mayor
número de bibliotecas
públicas (406),
librerías, tiendas y
puestos de periódicos de
ese país— indica que
solo el dos por ciento
de los entrevistados
acude a las bibliotecas
y el 80 por ciento jamás
ha puesto un pie en una
de ellas.
Estudios de la
Federación de Gremios de
Editores de España
muestran que el 45 por
ciento de los españoles
mayores de 14 años no
lee nunca o casi nunca.
Los sondeos marcan
varios motivos: que los
jóvenes no leen porque
sus padres tampoco lo
hacen, que el sistema
educativo, más dirigido
a proporcionarles
conocimientos que a
mostrarles cómo
adquirirlos, se muestra
incapaz de romper ese
círculo vicioso.
Investigaciones en
EE.UU. señalan que hoy,
a diferencia de lo que
ocurría en el pasado (la
población leía más a
medida que envejecía),
quienes no son lectores
a los 25-35 años,
tampoco lo son cuando
superan los 55, o lo son
en menor escala.
El periodista y
politólogo Ignacio
Ramonet, director de
Le Monde Diplomatique,
advierte con pesar que
“la venta de periódicos
cae cada año una media
del dos por ciento en
todo el mundo. Algunos
han llegado a
preguntarse si la prensa
escrita no será una
actividad del pasado, un
medio de comunicación de
la era industrial en
vías de extinción”.
Todos los sectores de la
información pierden
audiencia, excepto
Internet. Se dice que la
excepción es Japón: uno
de los países con mayor
número de usuarios de
Internet, entre los más
avanzados en la
informatización de la
sociedad, y al mismo
tiempo es la nación
lectora por excelencia.
Claro que resulta
imposible hablar de
disminución de la
lectura en muchos
rincones del mundo donde
el analfabetismo, el
hambre y la pobreza se
han adueñado de la
realidad de cientos de
millones de personas.
Porque no se puede leer
cuando se anda a la caza
de un pedazo de pan o
cuando un periódico se
convierte en abrigo en
la noche. Vergüenza para
la civilización humana.
Todo comienza en casa
Las nuevas tecnologías
han sido vistas por
muchos como “el
principio del fin” de
los tradicionales medios
de comunicación, en
especial de los
impresos. Algunos
“ciberentusiastas” se
han atrevido a insinuar,
incluso, el destierro de
las imprentas y de su
entrañable descendencia.
Cuba no está al margen
de este debate. Al
menos, no son pocos los
amigos que se quejan de
la falta de interés de
sus hijos por la
lectura, y del creciente
arrebato que despiertan
las sofisticadas proles
de la electrónica y la
informática. Porque es
cierto que Internet
todavía no es asunto de
mayorías en Cuba, pero
el acceso de nuestros
pequeños a la
televisión, el video y a
la computación es un
hecho generalizado. Y no
es menos cierto que en
ocasiones los primeros
se convierten en la
fórmula de
entretenimiento fácil.
Con tal “ruido en el
sistema” me muevo desde
hace tiempo. Los
expertos coinciden en
que es difícil crear
hábitos de lectura, pero
no imposible. Y a
quienes no la practican
hay que verlos como
víctimas, no como
culpables. No existe
mejor receta para atraer
a futuros lectores que
convertir el libro en un
objeto familiar y
predicar con el ejemplo,
porque la lectura es
costumbre que exige
disciplina.
Los libros no pueden
faltar en las aulas,
convertidos en
indispensables
herramientas de estudio,
y no en vanos almacenes
de conocimientos, como
sucede en el caso de
algunos educadores que
promueven la enseñanza
memorística.
El profesor Jesús Alonso
Tapia, de la Universidad
Autónoma de Madrid, es
crítico acérrimo de esa
práctica: “Resulta
imprescindible que los
profesores hagan
prácticas de lectura con
sus alumnos para que
estos ejerciten su
capacidad de comprender
y disfrutar. No es lo
mismo recordar que
comprender”, explica el
catedrático.
Y la casa tiene que ser
el principal bastión de
la lectura. No podemos
dejarle todas las
responsabilidades a la
escuela. Nada como
compartir con nuestros
hijos esas primeras
historias que los
maravillan tanto, en
especial cuando
comienzan a leer solos.
No es fácil que un niño
lea si sus padres no lo
hacen y no está
acostumbrado a ver
libros en casa.
Los libros no son OVNIS,
mucho menos
excentricidades para
coleccionistas o
evidencias de épocas
pasadas. Más allá del
placer que brindan, en
las letras está la
memoria de la humanidad.
Y pueden ser amigas en
noches de soledad,
consejeras frente al
dilema habitual,
antídoto contra la
estupidez, venganza del
talento ante la
frivolidad, hogar del
ingenio y la
imaginación, el espacio
que siempre anda
buscando la libertad.
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