La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

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Leer es una fiesta
Mario Jorge Muñoz • La Habana
Ilustraciones: Teresa Sanabria

Yacen desgastados por el tedio, dándose cabezazos en el anaquel. Una fina capa de polvo los cubre. El roce del viejo plumero de vez en cuando los reanima, aunque no es el mismo cosquilleo que sienten cuando la vista humana corre libre, lujuriosa, por sus cuerpos. El Pequeño Larousse sonríe y se da con un canto en el pecho: sigue siendo el más solicitado. Otros corrieron peor suerte: se asfixian en cajas olvidadas en un closet.
 

Gran cantidad de excelentes libros vienen amontonándose en un rincón de la casa. Los mayores dicen que los leerán en la primera oportunidad, que las contingencias de la cotidianidad los abruman. También los atesoran pensando en sus hijos. Pero ellos no siempre les hacen caso.

Claudia tiene 11 años y no quiere leer. Da la espalda y huye molesta cuando le hablan del tema. Al parecer, piensa que es suficiente con las lecturas que orienta la escuela. ¡Y mira que su madre insiste!: “Te estás perdiendo historias bellísimas. Cuando tenía tu edad ya me había leído unos cuantos libros...”. Ha llegado a exigirle que conteste un cuestionario sobre el libro de turno. Pero la niña le responde: “Ya ese cuento me lo sé, mami, lo vi en una película”.

Con diez años más, su hermano Roberto se escuda en que “cada noche me siento delante del televisor y veo las noticias”, cuando su padre lo regaña porque “nunca te he visto con un periódico o una revista en la mano; no sabes nada de lo que está pasando en el mundo”.

Asusta. Según el escritor y semiólogo Umberto Eco, “… en nuestro tiempo, si dictadura ha de haber, será una dictadura mediática y no política. Hace casi 50 años que se viene diciendo que en el mundo contemporáneo, salvo algunos remotos países del Tercer Mundo, para dar un golpe de Estado ha dejado de ser necesario formar los tanques, basta con ocupar las estaciones radiotelevisivas”.

Eso sí, las sagas de Harry Potter, El señor de los anillos o Juego de Tronos —por citar algunos ejemplos—, incentivadas por sus correspondientes versiones cinematográficas, han sido devoradas por millones de personas de todas las edades en los más diversos parajes del planeta. El mercado no tiene piedad cuando de dinero se trata: sus estrategas sugieren que para ganar lectores —es decir, compradores— hacen falta libros “fáciles”.

Diversos diagnósticos reportan la disminución de la lectura como un mal de la modernidad. Es triste: la escuela proporciona el instrumento, la habilidad para leer, pero si no existe una motivación no se logra nada. Y más allá de ser instrumento indispensable para acceder al conocimiento; es medio de perfeccionamiento, de enriquecimiento moral y también de diversión. Porque, sin duda, leer es una fiesta.

Además, un pobre nivel de lectura implica pobreza de vocabulario, de capacidad para interpretar, carencia de técnicas que permiten comprender, reflexionar, resumir, comparar, relacionar y extraer conclusiones propias.

Una encuesta sobre consumo de libros y hábitos de leer realizada en Ciudad de México —allí se concentra el mayor número de bibliotecas públicas (406), librerías, tiendas y puestos de periódicos de ese país— indica que solo el dos por ciento de los entrevistados acude a las bibliotecas y el 80 por ciento jamás ha puesto un pie en una de ellas.

Estudios de la Federación de Gremios de Editores de España muestran que el 45 por ciento de los españoles mayores de 14 años no lee nunca o casi nunca. Los sondeos marcan varios motivos: que los jóvenes no leen porque sus padres tampoco lo hacen, que el sistema educativo, más dirigido a proporcionarles conocimientos que a mostrarles cómo adquirirlos, se muestra incapaz de romper ese círculo vicioso.

Investigaciones en EE.UU. señalan que hoy, a diferencia de lo que ocurría en el pasado (la población leía más a medida que envejecía), quienes no son lectores a los 25-35 años, tampoco lo son cuando superan los 55, o lo son en menor escala.

El periodista y politólogo Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, advierte con pesar que “la venta de periódicos cae cada año una media del dos por ciento en todo el mundo. Algunos han llegado a preguntarse si la prensa escrita no será una actividad del pasado, un medio de comunicación de la era industrial en vías de extinción”.

Todos los sectores de la información pierden audiencia, excepto Internet. Se dice que la excepción es Japón: uno de los países con mayor número de usuarios de Internet, entre los más avanzados en la informatización de la sociedad, y al mismo tiempo es la nación lectora por excelencia.

Claro que resulta imposible hablar de disminución de la lectura en muchos rincones del mundo donde el analfabetismo, el hambre y la pobreza se han adueñado de la realidad de cientos de millones de personas. Porque no se puede leer cuando se anda a la caza de un pedazo de pan o cuando un periódico se convierte en abrigo en la noche. Vergüenza para la civilización humana.

Todo comienza en casa

Las nuevas tecnologías han sido vistas por muchos como “el principio del fin” de los tradicionales medios de comunicación, en especial de los impresos. Algunos “ciberentusiastas” se han atrevido a insinuar, incluso, el destierro de las imprentas y de su entrañable descendencia.

Cuba no está al margen de este debate. Al menos, no son pocos los amigos que se quejan de la falta de interés de sus hijos por la lectura, y del creciente arrebato que despiertan las sofisticadas proles de la electrónica y la informática. Porque es cierto que Internet todavía no es asunto de mayorías en Cuba, pero el acceso de nuestros pequeños a la televisión, el video y a la computación es un hecho generalizado. Y no es menos cierto que en ocasiones los primeros se convierten en la fórmula de entretenimiento fácil.

Con tal “ruido en el sistema” me muevo desde hace tiempo. Los expertos coinciden en que es difícil crear hábitos de lectura, pero no imposible. Y a quienes no la practican hay que verlos como víctimas, no como culpables. No existe mejor receta para atraer a futuros lectores que convertir el libro en un objeto familiar y predicar con el ejemplo, porque la lectura es costumbre que exige disciplina.

Los libros no pueden faltar en las aulas, convertidos en indispensables herramientas de estudio, y no en vanos almacenes de conocimientos, como sucede en el caso de algunos educadores que promueven la enseñanza memorística.

El profesor Jesús Alonso Tapia, de la Universidad Autónoma de Madrid, es crítico acérrimo de esa práctica: “Resulta imprescindible que los profesores hagan prácticas de lectura con sus alumnos para que estos ejerciten su capacidad de comprender y disfrutar. No es lo mismo recordar que comprender”, explica el catedrático.

Y la casa tiene que ser el principal bastión de la lectura. No podemos dejarle todas las responsabilidades a la escuela. Nada como compartir con nuestros hijos esas primeras historias que los maravillan tanto, en especial cuando comienzan a leer solos. No es fácil que un niño lea si sus padres no lo hacen y no está acostumbrado a ver libros en casa.

Los libros no son OVNIS, mucho menos excentricidades para coleccionistas o evidencias de épocas pasadas. Más allá del placer que brindan, en las letras está la memoria de la humanidad. Y pueden ser amigas en noches de soledad, consejeras frente al dilema habitual, antídoto contra la estupidez, venganza del talento ante la frivolidad, hogar del ingenio y la imaginación, el espacio que siempre anda buscando la libertad.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.