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La inclinación a lo
genérico en el cine
cubano se refuerza
después del año 2000,
pero venía avanzando
desde las décadas
anteriores cuando se
establece la tendencia
decidida a reinstaurar
el abierto contacto con
el público mayoritario,
a partir de narrar y
representar mediante
códigos secularizados.
Así, se percibe abierta
voluntad de claudicar
con ciertas convenciones
genéricas en las
comedias satíricas
Adorables mentiras,
de 1991; Kleines
Tropicana y Amor
vertical, ambas de
1997; las road movie
que fueron
Guatanamera, de 1996
y Miel para Oshún,
de 2000; el
melodrama y la tragedia
de cariz más o menos
femenino y filial (Reina
y Rey, de 1994;
La vida es silbar,
de 1998; Las
profecías de Amanda,
de 1999), la
reconstrucción histórica
y la adaptación
literaria (El siglo
de las luces, 1992;
Mambí, 1997;
Operación Fangio,
1999), con la notoria
reaparición de esa rara
avis que fue el musical
en nuestro panorama
audiovisual: La bella
del Alhambra, de
1988; Zafiros, locura
azul, de 1997 y
Un paraíso bajo las
estrellas, de 1999.
Sin embargo, a medida
que avanza la primera
década del siglo XXI
constituyen mayoría los
largometrajes de ficción
que evidencian la
subordinación a la
tipología de personajes,
los códigos narrativos y
la iconografía propia no
solo de los llamados
géneros canónigos del
cine cubano (comedia y
melodramas), sino en
cercanía con otros
caminos estilísticos muy
diversos a los
tradicionalmente
afrontados por nuestras
películas.
Comencemos mencionando
los filmes y
realizadores que
discursaron por los
cauces genéricos
habituales pero se las
arreglaron para caminar
con nuevos aires.
Fernando Pérez vincula
melodrama neorrealista y
documental de encuesta
con Suite Habana
(2003) y se arriesga con
la pieza trágica de
rebordes biográficos e
históricos que es
José Martí, el ojo del
canario (2010);
Humberto Solás concluye
su obra mediante la
vinculación entre el
melodrama filial y la
road movie, o el
filme polifónico de
autor, con Miel para
Oshún (2000) y
Barrio Cuba (2005);
Daniel Díaz Torres
recurre a la comedia
de enredos con
Hacerse el sueco
(2000), ensaya el cine
histórico antiépico en
Camino al Edén
(2007), combina lo
histórico reciente con
la comedia absurda de
fondo político en
Lisanka (2009) y
regresa a la de humor de
equívocos y enredos en
La película de Ana
(2012) la historia de
una actriz sin empleo
que decide hacerse pasar
por prostituta para
sacarles dinero a unos
productores alemanes.
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Consagrado desde los
años 80 por clásicos de
la comedia costumbrista
cubana como Se
permuta y Plaff o
Demasiado miedo a la
vida, Juan Carlos
Tabío repunta en la
ingeniosidad agridulce,
coral y surrealista en
Lista de espera
(2001), dentro del
típico filme de cine
dentro del cine en
Aunque estés lejos
(2003), y retoma la
comedia costumbrista,
desencantada, polifónica
y con elementos de
absurdo El cuerno de
la abundancia (2008)
y el más reciente aporte
de Tabío consiste en el
único cuento dirigido
por un cubano en 7
días en La Habana
(2012). Gerardo Chijona
retoma primero la
tragicomedia
costumbrista con
Perfecto amor equivocado
(2003) y luego le
imprime un sesgo
inesperado a su obra con
la road movie
Boleto al paraíso
(2010) desencantada
revisión del pasado
reciente que verifica
hacia el presente otra
película de carreteras,
La mirada (2010)
de Alfredo Ureta.
El desencanto o
desilusión de ambas
road movie se
verifica también cuando
las películas recurren a
la claustrofobia, como
La anunciación
(2009), de Enrique
Pineda Barnet, que
ilustra el panorama de
desunión familiar
causado por un pasado
traumático, mientras que
Páginas del diario de
Mauricio (2006,
Manuel Pérez) se
desenvuelve a través de
la acumulación de
incidentes ocurridos en
los últimos 12 años de
la existencia del
protagonista, y por ello
en el filme se
entrelazan la exposición
de las dimensiones
intimistas, y el
análisis del contexto
social, durante la
última década del siglo
xx cubano, marcada por
profundos cambios
políticos, económicos y
sociales que removieron
las bases éticas y
humanas de las
generaciones que
estrenaron el nuevo
milenio.
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Dentro de la nueva
generación de cineastas,
la que mayor inclinación
a lo genérico ha
demostrado, se destaca
Juan Carlos Cremata
cuando vehicula comedia
romántica, sátira de
costumbres y surrealismo
en Nada (2001),
le da curso a la más
criolla road movie,
fábula de dos amigos que
pudieran separarse por
la voluntad de emigrar
de la familia de la
niña, en Viva Cuba
(2005), y luego acomete
desde la tragedia y el
melodrama, la trilogía
de adaptaciones
teatrales que implicaron
El premio flaco
(2009), Chamaco
(2011) y Contigo pan
y cebolla (2012), la
primera y la tercera
clasifican en el retro
de inspiración literaria
puesto que las tramas se
ambientan en los años
50, al igual que La
edad de la peseta
(2006), de Pavel Giroud
y tres coproducciones
con España, del período
2004-2006, conducidas
por directores de ese
país, pero rodadas
mayormente en foros
criollos y con
importante participación
de creadores nuestros,
que se apuntan al
regusto por resucitar
historias y estéticas
del pasado: El
misterio Galíndez,
Rosa de Francia y
Hormigas en la boca.
La línea de reflexión
histórica conoció,
respecto al período
colonial, tres ejemplos
con muy diversa fortuna
estética: Roble de
olor (2003), de
Rigoberto López y las ya
mencionadas Camino al
Edén y José
Martí, el ojo del
canario, mientras
que el pasado más
reciente conoció de otra
adaptación teatral,
Santa Camila de La
Habana Vieja (2002),
de Belkis Vega, y el
thriller de corte
historicista Ciudad
en rojo (2009), de
Rebeca Chávez; amén de
las reconstrucciones
épicas Kangamba
(2008), de Rogelio
París, y Sumbe
(2011), de Eduardo Moya.
No obstante, la
tradición de cine de
época en Cuba fue retada
por la relectura del
mito de Yarini, desde el
presente, que significó
Los dioses rotos
(2008), de Ernesto
Daranas y
Vinci
(2010)
mediometraje dirigido
por Eduardo del Llano
que cuenta el breve
encarcelamiento que
padeció Leonardo da
Vinci a los 24 años en
Florencia acusado de
sodomía. Más que tratar
de apegarse al
historicismo o a lo
biográfico, Daranas
recontextualiza el mito,
mientras Del Llano
intenta responder a la
pregunta de para qué
sirve la belleza y su
importancia para el ser
humano.
A los años 50 retroceden
también las películas
dirigidas por cubanos,
pero más orientadas al
musical, Bailando
chachachá (2003), de
Manuel Herrera; Tres
veces dos (2003)
cuyo segundo cuento
relata las memorias de
una anciana que espera
el regreso de aquel que
fuera su amor de
juventud, y entonces la
trama retrocede al
pasado, y vemos
episodios de aquel amor,
en clave musical.
Lila es un musical,
o más bien un melodrama
con fragmentos cantados
(debe aclararse que
apenas existe el límite
entre melodrama con
canciones y cine
musical). Además de
recrear con mínimos
recursos el glamour
habanero de los años 50,
El Beny (2006),
la ópera prima de Jorge
Luis Sánchez, se
aproxima con bastante
fidelidad a la biografía
de uno de los grandes
mitos musicales en un
país colmado de leyendas
melódicas. Para recrear
los diez o 15 años
finales de la vida del
músico cubano Beny Moré,
apodado El Bárbaro del
ritmo, Jorge Luis
Sánchez diseñó el
personaje principal en
el registro trágico, con
destino inexorable, como
para introducir una
reflexión sobre un país
con una historia
trágica, más allá de la
costumbre de representar
a los cubanos siempre
reidores y juerguistas.
La segunda película de
Jorge Luis Sánchez,
Irremediablemente juntos
(2012), incursiona otra
vez en el cine musical
comprometido con
temáticas sociales como
la racialidad y las
diferencias de estatus
social.
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El debut de Pavel Giroud,
La edad de la peseta,
cuya acción
transcurre en La Habana
de 1958, evoca con
nostalgia el gusto
decorativo y la música
de los años 50 en Cuba,
mientras recrea el
universo afectivo de un
niño a punto de entrar
en la adolescencia, pero
ese mundo un tanto
idílico e inocente está
contrariado en la
segunda película de
Giroud, Omerta
(2008) un retro con
matices de thriller
y de cine gansteril.
Arturo Sotto amalgama el
humor grueso, populista
y vernáculo con el
melodrama y los códigos
del cine policiaco o
criminal en La noche
de los inocentes
(2007), y similar
tendencia a recrear lo
criminal y delictivo,
marginal y antiético
aparece en las ya
mencionadas Chamaco
y Los dioses rotos.
En similar órbita de
seres carentes de ética
y capaces de cometer
cualquier delito
aparecen los
protagonistas de
Frutas en el café
(2005), de Humberto
Padrón, Mata que Dios
perdona (2006),
de Ismael Perdomo;
Mañana (2006), de
Alejandro Moya y
Afinidades (2010)
codirigida por Jorge
Perugorría y Vladimir
Cruz, un acercamiento al
erotismo “culpable” como
fórmula para conjurar la
impotencia y la soledad.
Verde, verde
(2011), de Enrique
Pineda Barnet, narra un
acercamiento sexual
entre dos hombres, en un
ambiente marginal y
decadente, y el
posterior “borrado” por
parte de uno de ellos,
homosexual inconfeso, a
partir de la sangre y el
crimen. Con su agresiva
recreación de iconos
gays, Verde, verde
tiene la osadía de
constituir el
primer largometraje de
ficción cubano creado
con el fin de mostrar
una relación homosexual,
puesto que los temas
dominantes de Fresa y
chocolate resultaban
ser la intolerancia, la
amistad y la emigración
forzosa, y Video de
familia (2001)
además de ser un
mediometraje, se refería
a estos temas desde la
tangente y el carácter
secundario de este
conflicto en medio de la
tragicomedia filial que
parece interesarle a
Humberto Padrón.
Personal Belongings
(2007), la ópera prima
de Alejandro Brugués,
habla sobre jóvenes que
se enamoran,
aunque estén conscientes
de haber elegido caminos
completamente distintos.
Es decir, se trata de
melodrama puro, y su
acercamiento al problema
migratorio proviene de
una mirada capaz de
develar la tragedia
implícita en la división
familiar y en los
afectos impracticables,
y de complejizar el
panorama anímico, pues
se concentra en la
esfera de lo privado
sentimental. La mirada
de Brugués se asemeja a
la del español Benito
Zambrano, egresado de la
Escuela Internacional de
Cine y Televisión, de
San Antonio de los
Baños, en Habana
Blues, una especie
de melodrama musical
cuya eficacia con el
público mayoritario tuvo
que ver con el enfoque
de la emigración como el
impedimento para la
continuación del afecto
amistoso o filial. Esa
misma barrera se
interpone entre el
protagonista que regresa
del extranjero para ver
morir a su padre, y su
familia, que se quedó en
el mismo lugar, haciendo
lo mismo, en Casa
vieja (2010), el
primer largo de Lester
Hamlet. Cercano al
melodrama romántico, a
pesar de que sus autores
probablemente detesten
semejante etiqueta, casi
siempre usada en
términos peyorativos,
clasifican también
Marina (2011) donde
Enrique Álvarez habla
sobre la casi mágica
coincidencia entre un
hombre que quiere irse y
una muchacha que regresa
a su pueblo natal y
Fábula (2011)
segundo largo de Lester
Hamlet, y nuevo intento
por ilustrar la
persistencia de un
idilio acosado por las
circunstancias.
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Lo fantástico, con tan
escasa presencia en el
cine cubano como no sea
a partir de la coartada
surrealista u onírica,
aparece en las dos
primeras películas de
Cremata, Nada y
Viva Cuba, además
de La vida es silbar
(1998) y Madrigal
(2007), de Fernando
Pérez; El viajero
inmóvil (2008), de
Tomás Piard y el primer
y tercer cuentos de
Tres veces dos
(2003). Titulado
Flash, el primer
cuento presenta a un
joven fotógrafo que se
estremece ante
inexplicables
apariciones, en sus
fotografías impresas, de
una hermosa mujer,
modelo de la
desaparecida tienda El
Encanto. El joven se
enamora hasta la
obsesión de esa mujer
elusiva e inatrapable,
cual fantasma, metáfora
tal vez del encanto y la
elegancia de una capital
ahora raída y maltrecha.
En Luz roja, el
tercer cuento de Tres
veces dos, dirigido
por Esteban Insausti,
hay dos personajes
solitarios quienes
intentan suplir la
inexistencia de amor
real, físico, concreto,
con ensoñaciones
sexuales, hasta que la
casualidad los une ante
la luz roja de un
semáforo y entonces, por
causas inexplicadas, y
tal vez inexplicables,
tampoco se verifica el
acercamiento entre los
dos solitarios. Igual se
concede un cierto margen
a lo irreal, a lo que
ocurre en la mente de
los personajes en la
siguiente película de
Esteban Insausti,
Larga distancia
(2010).
Pero la sublimación del
cine fantástico hecho en
Cuba llegó con
Juan de los Muertos
(2011), el segundo
largometraje de
Alejandro Brugués y el
primer intento por
ambientar en Cuba a los
llamados zombis, quienes
destruyen la capital de
todos los cubanos en una
masacre caníbal saturada
de humor negro. En un
tono de comedia
satírica, cercano al de
Plaff o demasiado
miedo a la vida,
Alicia en el pueblo de
maravillas y
Vampiros en La Habana,
el filme se burla de los
códigos típicos de las
películas de terror,
suspenso y misterio al
tiempo que constituye el
mayor distanciamiento
con los géneros
habituales del cine
cubano porque nuestro
audiovisual apenas ha
rozado hasta ahora las
tinieblas, los terrores
y los crímenes y tampoco
ha intentado la parodia
de tales horrores.
Viva Cuba
inicia también la
momentánea tendencia del
cine cubano a tratar de
plantar un audiovisual
cercano al complejo
genérico de mayor éxito
en el mundo entero: las
aventuras de matiz
fantástico. El éxito
cinematográfico de 2011
tenía que ser
Habanastation,
ópera prima de Ian
Padrón y película
colmada de peripecias y
persecuciones
protagonizadas por dos
niños de diferente
estatus económico.
Después, muy rápido
llegó a las pantallas
Y, sin embargo…
(2011) debut en el
largometraje de Rudy
Mora, autor de
excelentes videos
musicales y de las
recordadas series de
televisión Doble
juego y Diana.
Mora se valió de una
obra de teatro
escenificada por La
Colmenita (en los
talentos de esta
compañía se ampararon
también Viva Cuba
y Habanastation)
en la cual se cuentan
las pícaras fantasías de
Lapatún, paladín de
todos aquellos
convencidos de la
importancia de soñar,
imaginar, estar seguros
de que la vida excede lo
contingente. Niños casi
adolescentes
protagonizan también
La piscina (2012)
largometraje
contemplativo de muy
tenue narración y que,
por tanto, rechaza casi
todas las etiquetas
genéricas, además de
apartarse de casi todas
las convenciones del
cine cubano en cuanto a
tono, personajes y
estilo expositivo. Es
precisamente la dinámica
de acatamiento y ruptura
de las convenciones
narrativas, estilísticas
y genéricas las que
garantizan la evolución
de las cinematografías
pequeñas y mayores,
ahora mismo y desde hace
un siglo. |