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Qué suerte, mi hermano,
que llegues a una edad
donde se supone que el
ser humano está marcado
por reflexiones sobre el
largo camino recorrido y
cuánto nos alegramos al
comprobar que no solo
eres el mismo sino que,
además, te encuentras
más empecinado en serles
fiel a añejos
principios que, como
combustible
imprescindible, nos
bastan para creer en la
vida que nos ha tocado.
Qué bueno, que en estas
horas donde el peso del
bolsillo decide la
manipulación de lo que
otros llaman música, tu
obra nos grite que
existe una dimensión
conocida para quienes
sabemos de los colores
del alma.
Qué suerte tenerte, como
cantor de cosas
invisibles que no se
permite permanecer
atrapado entre las
enredaderas de lo
aparente.
Qué bueno que has
demostrado que lo del
peace and love y
aquello de “quemar el
cielo”, escapan junto a
los acordes del viento
para resistir desde la
franqueza de tu
guitarra.
Qué suerte tenerte,
Santiago Feliú, con tu
empeño por amar a Cuba,
por encima de todas las
cosas, orgulloso de sus
tantas alegrías y
dolores, descarga de
sentimientos que nos
reafirman más y cada vez
más, en el deseo de
acompañarte para
siempre.
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