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Güines,
otrora municipio de la
provincia de La Habana,
hoy perteneciente a la
de Mayabeque, tiene una
larga historia y, a su
vez, una presencia
notable en la vida
económica y cultural de
nuestra Isla. Tierra
fértil para el azúcar,
en ella levantó el
criollo Francisco de
Arango y Parreño, “el
estadista sin estado” —
patricio tan hábil para
aumentar sus bolsillos,
como también para
contribuir a que la Isla
se librara del férreo
monopolio comercial
dictado por España— un
central azucarero; la
línea férrea
Habana-Bejucal,
inaugurada en 1837,
aumentó posteriormente
su recorrido hasta esa
villa, donde también
crecían en abundancia
las cosechas de frutos
menores y otras riquezas
emanadas del suelo
cultivado con pasión.
Dio hijos ilustres,
como, en el siglo
xix, Francisco
Calcagno, y en el
xx a la doctora
Vicentina Antuña. Aunque
no nació allí, el
escritor Raimundo
Cabrera (1852-1923),
padre de Lydia Cabrera,
vivió su infancia en el
lugar. En las primeras
décadas del siglo
xx Güines acogió
la revista Letras
Güineras, fundada y
dirigida, durante muchos
años, únicamente por
mujeres, y que puede
considerarse una
verdadera avanzada del
movimiento feminista
cubano.
A Francisco Calcagno
(1827-1903), hijo del
médico italiano Juan
Francisco Calcagno, se
debió la fundación, en
1862, de Álbum
Güinero, impreso
quincenal de artículos
científicos, literarios,
de agricultura,
comercio, economía y
bellas artes. Surgió ese
año porque fue el de la
introducción de la
imprenta en la
localidad, gracias al
propio Calcagno, pues
antes este autor había
tenido que dar a conocer
su primera obra en La
Habana, titulada Mesa
revuelta. Colección de
artículos de amena
literatura, opúsculos,
juicios críticos,
historietas, novelas,
folletines, revistas
viejas y otras muchas
cosas (1860). Su
formación educacional
había sido sólida:
estudió en el Colegio
Carraguao, que había
estado desde 1834 bajo
la dirección de José de
la Luz y Caballero, se
graduó de Filosofía y
Letras en la Universidad
de La Habana y
posteriormente viajó por
los EE.UU., Francia e
Inglaterra, lo cual le
permitió ampliar
notablemente su
conocimiento de otras
lenguas. En 1860 regresó
a Güines y creó la
primera biblioteca, la
citada imprenta, también
la primera, la primera
academia de idiomas y el
citado periódico
Álbum Güinero.
Curiosamente, todo
funcionaba en su casa.
Hacia 1864 se asentó en
La Habana, se vinculó a
la docencia y, a poco,
tuvo que embarcar para
Barcelona debido a sus
ideas separatistas.
Dos son sus mayores
aportes a las letras
cubanas con la colección
titulada Poetas de
color, aparecida
primero en la prensa
periódica y después en
forma de libro, en 1887,
con versos de Plácido,
Juan Francisco Manzano y
de su propia autoría,
bajo el seudónimo de
Moreno esclavo Narciso
Blanco; y su
Diccionario biográfico
cubano (Nueva
York-La Habana,
1878-1886), obra alabada
y denostada a la vez,
que si bien contiene
muchos errores de
información, resulta aún
hoy muy atractiva para
los investigadores de la
historia y la literatura
cubanas. Fue también
novelista, con obras
como Los crímenes de
Concha (1887) y la
titulada En busca del
eslabón. Historia de
monos (1888),
considerada la
iniciadora, en Cuba, de
la narrativa de ciencia
ficción. Es autor de
otra novela bastante
conocida: Romualdo o
uno de tantos
(1891), inscrita en la
saga de pillos presentes
en nuestra literatura,
al modo del Vicente
Cuevas, de Ramón Meza,
pero de menor
elaboración literaria.
Este es el hombre que
fundó Álbum Güinero,
que a lo largo de su
trayectoria, hasta su
desaparición en 1867,
tuvo varias etapas, no
siempre bajo la
dirección de su
fundador, quien se
asentó definitivamente
en La Habana. Ocupó su
lugar Francisco Pie y
Faura, periodista y
discretísimo poeta.
Desde sus inicios,
Álbum Güinero dedicó
bastante espacio a
trabajos de índole
literaria: poesías,
cuentos, pequeñas
novelas por entregas,
crítica e historia
literaria. Además
publicó artículos de
carácter científico e
histórico y muchas
informaciones de interés
local. En sus páginas
colaboraron escritores
de la localidad, aunque
aparecieron varios
artículos sobre
educación debidos a
Anselmo Suárez y Romero,
el autor de la novela
antiesclavista
Francisco. Por su
parte, Calcagno dio a
conocer escritos en
prosa sobre tradiciones
de la zona. Hacia 1867
la revista se editaba en
La Habana bajo la
dirección de Alejo
Álvarez Fraga. De ese
mismo año datan los
últimos números
revisados.
San Antonio de los
Baños, tierra de
caricaturistas y
cantores-poetas
célebres, como Silvio
Rodríguez, aportó
también lo suyo para
incluirse entre los
asentamientos
semiurbanos de entonces
que dieron su aporte a
la prensa cubana. En
diciembre de 1882 vio la
luz El Ariguanabo,
nombre de origen
indígena dado al río que
atraviesa la localidad.
Fue el primer periódico
con que contó la
localidad y fue dirigido
por el cajista Evaristo
Valdés, residente en el
lugar. Hacia mayo de
1883 aparecía como
“Semanario de
conocimientos e
intereses generales” y
se editaba en Guanajay,
entonces municipio de la
provincia de Pinar del
Río y actualmente
perteneciente a la de
Artemisa. Eran sus
directores y redactores,
en ese momento, Julio
Rosas, seudónimo de
Francisco Puig y de la
Puente y Juan
Cantalapiedra y José
Ramos Bello,
respectivamente. Si
Rosas, discretísimo
autor de novelas, de
malas novelas —La
tumba de azucenas,
La tumba
ignorada, Flor
del corazón y
Lágrimas de un ángel—,
es nombrado en nuestra
historia literaria se
debe a razones que no
pueden en modo alguno
desvincularse de dicho
proceso: sostuvo una
importantísima
correspondencia con
Cirilo Villaverde, gran
parte de la cual ha sido
dada a conocer por la
Dra. Ana Cairo.
Las cartas cruzadas
entre ambos resultan una
fuente de consulta
absolutamente
indispensable para
conocer la historia del
proceso creativo de la
novela cubana magna del
siglo
xix cubano:
Cecilia Valdés o La Loma
del Ángel, pues nos
aportan detalles que
permiten identificar
personajes y episodios
reales, nos enteran de
cuando Villaverde mandó
a un concurso literario
organizado en Matanzas,
por la sociedad Liceo,
su novela capital y cómo
fue desplazada del
concurso, hábilmente,
por el secretario de la
misma, el dominicano
Nicolás Heredia, cuya
novela hoy prácticamente
desconocida, Un
hombre de negocios,
fue la ganadora.
Tanto Rosas como
sus amigos convocaron a
las páginas de su
revista ariguanabense a
connotadas figuras de la
época, como Joaquín
Aramburu, natural de
Guanajay, poeta y
periodista, el antes
referido Francisco
Calcagno, al orador
autonomista José Antonio
Cortina, a José Fornaris,
al luchador sindical
Saturnino Martínez,
fundador de la prensa
obrera en Cuba a través
del periódico La
Aurora, a José de
Jesús Márquez, autor de
los Misterios de una
familia, novela
publicada en 1869, y que
forma parte de una saga
novelística siguiendo al
francés Eugenio Sué con
Los misterios de
París, que dio lugar
también a Los
misterios de Nueva York,
Los misterios de La
Habana y otros
tantos “misterios” más.
Fornaris, fundador del
movimiento siboneyista
en la literatura cubana,
autor de Cantos del
siboney (1862),
contribuyó con la
composición titulada “La
canoa”, donde muestra su
filiación a este modo,
definitivamente
romántico, de abordar la
literatura cubana:
Sin tu amor odio esos
montes,
Estos claros horizontes,
estos pájaros vistosos
Que no cesan de cantar;
Odio el dulce murmurío
Del hermoso y claro
río...
Entra oh ¡Naya! en mi
canoa,
Ven conmigo a navegar.
En la playa todo el día
Como yo sola y vacía,
Mi barquilla permanece
Cual sintiendo mi pesar,
Ven, mi amor, alma de
niño,
Corresponde a mi
cariño...
Entra, Naya, en mi
canoa;
Ven conmigo a navegar.
(Fragmento)
En julio de 1883 El
Ariguanabo comenzó
su segunda época, ahora
como “Periódico
semanal”, bajo la
dirección de Francisco
J. Daniel.
Posteriormente amplió su
subtítulo y fue
“Periódico semanal.
Consagrado a la defensa
de los intereses morales
y materiales de San
Antonio de los Baños”.
Comenzó a ser editado en
La Habana, pues Castor
Labreda cerró la
imprenta que poseía en
la localidad. Continuó
publicando, además de
artículos y noticias
estrictamente locales,
poesías y cuentos,
muchas veces de
escritores locales. Sin
embargo, brilló la pluma
de un articulista de
costumbres cubanas: Luis
Victoriano Betancourt,
de cuyos trabajos brota
el humorismo con
facilidad, aunque
aumenta también la
protesta, el afán
moralizador, la vigorosa
censura a la sociedad
que permitía tales
desafueros. Bajo el
artículo costumbrista de
su autoría se descubre
al futuro mambí, el
futuro luchador de la
libertad de su pueblo,
como ha hecho notar
Salvador Bueno. Criticó
el baile, las modas, los
arreglos complicados en
el vestir, las canciones
populares con temas
intrascendentes, el
juego, los velorios. En
El Ariguanabo
publicó tres artículos
titulados “El
matrimonio”, “El diablo
y la mujer” y “Consejos
al diablo”, donde
postuló el libre
desenvolvimiento de la
mujer. Leemos en el
primero:
El hombre vocifera
contra el monopolio en
el comercio, y
monopoliza los derechos
de la mujer, truena
contra la tiranía y
tiraniza a la mujer;
hace odas a la libertad,
y niega a la mujer su
emancipación. La
educación, señores
filósofos, no es para
aquel solamente, ni para
este; la libertad no es
para este solamente ni
para aquel, la educación
es para todos, como el
sol, y, como el sol,
para todos es la
libertad.
En diciembre de 1883
El Ariguanabo
desapareció, aunque hay
noticias de que volvió a
salir entre 1886 y 1887,
pero de esos años no se
han localizado
ejemplares.
Álbum Güinero
y El Ariguanabo
son dos de los mejores
exponentes de la llamada
“prensa provincial”, que
supo aprovecharse de los
respectivos valores
locales, pero, a la vez,
dar cabida en sus
páginas a firmas ya
consagradas que, sin
duda, contribuyeron a
darles realce a sus
páginas. |