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Cena con Buda,
de Armando Cristóbal
Pérez, resulta ser más
que eso: se trata
realmente de una cena
con el lector, y su
coloquio. Se comparte la
presencia física del
protagonista y sus,
llamémosle así,
reflexiones que nos
llevan, en una corriente
de acontecimientos y
situaciones, contados
con prosa limpia y
admirable, a los
diferentes lugares y
circunstancias de sus
peripecias. Se
entrelazan la fuga del
terruño, la añoranza, la
traición, el crimen y el
amor y, especialmente,
el afán de escapar de
las limitaciones
materiales para vivir
bien a toda costa, en un
exuberante cuadro
narrativo que me
gustaría comparar, de la
novela, con la
afirmación del cobre de
Danilo: “para mí es un
incendio”.
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Danilo es uno de los
artistas plásticos,
amigo de aula, de
talleres y de la vida
del protagonista,
quienes compartieron
aspiraciones y sueños
desde su más temprana
juventud. Danilo se
convierte con el tiempo
en un afamado artista de
las artes plásticas de
trascendencia
internacional, cuyo
descubrimiento por parte
del personaje principal,
desencadena la médula de
la trama y constituye
una figura recurrente en
la narración.
El arte de la plástica
es una inspiración
constante que Armando
Cristóbal describe en
sus diversas escuelas,
épocas, autorías y donde
al tratar la naturaleza
viva, en los recreos del
protagonista, esta se
transmuta en paisajes
inesperados, pintados
por un escriba dotado de
singular maestría. El
ojo versado de un
artista plástico, aún
desconocido, que late en
Armando Cristóbal, nos
hace comprender, con sus
lúcidas reproducciones
narrativas, de los óleos
fantásticos, los
acrílicos, lienzos,
esculturas, los soportes
de metales, y las
esplendentes
combinaciones espaciales
y rítmicas del color. Y
sus emociones.
En las Tres raíces del
Mal y las Tres del Bien,
según la doctrina
budista, podrían
encontrarse los
arquetipos de Mauricio,
Danilo, Gabriela, Kety,
Mini, e incluso Mario,
sin descontar a
Mandarria, Sombra y
Dedos de Oro, que lo
son de plantilla.
En el trayecto de las
216 páginas de la
novela, el autor va
colocando,
equilibradamente, las
piezas que solamente en
un final sorprendente
por su cosmogonía
estética y su brevedad,
como un fogonazo de luz,
se desembaraza de las
tensiones y secretos que
ha venido urdiendo en
una especie de
conspiración epicúrea
con Él, la segunda
persona en que está
escrita la novela.
El protagonista, que no
tiene nombre propio —al
menos no lo encontré en
la lectura de dos golpes
que hice de la novela—
se mueve en ese terreno
de la afirmación y
negación, según las
circunstancias y el
sitio que decida ocupar
el lector. Es ahora
bueno. Ahora malo. Es,
en todo caso un
personaje que la vida y
las circunstancias
manipularon para
ofrecérnoslo en su
compleja soledad del
desarraigo, de la duda y
la afirmación. Habría
que asumir que Armando
Cristóbal dejó sin
patronímico a su
personaje porque, sin
nombre propio, es, a la
vez, muchos de esa zona
oscura de la Raíz del
Mal.
Como señalara López
Sacha, en la
presentación de la
novela, es preciso
leerla hasta el final
para descubrir quién
mató a Mauricio y por
qué y qué del amor con
Gabriela. Dos incógnitas
protagónicas. Es una
novela múltiple:
filosófica, de amor, de
arte, de trasgresión. Y
también, si se quiere,
policíaca.
Edición de lujo de la
casa Ediciones Boloña,
de la Oficina del
Historiador de la
Ciudad, Cena con Buda
suma, con su novedosa
originalidad, la
presencia en la calle de
una nueva novela de un
escritor consagrado,
poseedor de una obra
sólida y relevante.
En hora buena.
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