La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

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Cena con Buda: Coloquio con el lector
Hugo Chinea • La Habana

Cena con Buda, de Armando Cristóbal Pérez, resulta ser más que eso: se trata realmente de una cena con el lector, y su coloquio. Se comparte la presencia física del protagonista y sus, llamémosle así,  reflexiones que nos llevan, en una corriente de acontecimientos y situaciones, contados con prosa limpia y admirable, a los diferentes lugares y circunstancias de sus peripecias. Se entrelazan la fuga del terruño, la añoranza, la traición, el crimen y el amor y,  especialmente, el afán de escapar de las limitaciones materiales para vivir bien a toda costa, en un exuberante cuadro narrativo que me gustaría comparar, de la novela, con la afirmación del cobre de Danilo: “para mí es un incendio”.
 

Danilo es uno de los artistas plásticos, amigo de aula, de talleres y de la vida del protagonista, quienes compartieron aspiraciones y sueños desde su más temprana juventud. Danilo se convierte con el tiempo en un afamado artista de las artes plásticas de trascendencia internacional, cuyo descubrimiento por parte del personaje principal, desencadena la médula de la trama y constituye una figura recurrente en la narración.

El arte de la plástica es una inspiración constante que Armando Cristóbal describe en sus diversas escuelas, épocas, autorías y donde al tratar la naturaleza viva, en los recreos del protagonista, esta se transmuta en paisajes inesperados, pintados por un escriba dotado de singular maestría. El ojo versado de un artista plástico, aún desconocido, que late en Armando Cristóbal, nos hace comprender, con sus lúcidas reproducciones narrativas, de los óleos fantásticos, los acrílicos, lienzos, esculturas, los soportes de metales, y las esplendentes combinaciones espaciales y rítmicas del color. Y sus emociones.

En las Tres raíces del Mal y las Tres del Bien, según la doctrina budista, podrían encontrarse los arquetipos de Mauricio, Danilo, Gabriela, Kety, Mini, e incluso Mario, sin descontar a Mandarria, Sombra y Dedos de Oro, que lo son de plantilla.

En el trayecto de las 216 páginas de la novela, el autor va colocando, equilibradamente, las piezas que solamente en un final sorprendente por su cosmogonía estética y su brevedad, como un fogonazo de luz, se desembaraza de las tensiones y secretos que ha venido urdiendo en una especie de conspiración epicúrea con Él, la segunda persona en que está escrita la novela.

El protagonista, que no tiene nombre propio —al menos no lo encontré en la lectura de dos golpes que hice de la novela— se mueve en ese terreno de la afirmación y negación, según las circunstancias y el sitio que decida ocupar el lector. Es ahora bueno. Ahora malo. Es, en todo caso un personaje que la vida y las circunstancias manipularon para ofrecérnoslo en su compleja soledad del desarraigo, de la duda y la afirmación. Habría que asumir que Armando Cristóbal dejó sin patronímico a su personaje porque, sin nombre propio, es, a la vez, muchos de esa zona oscura de la Raíz del Mal.

Como señalara López Sacha, en la presentación de la novela, es preciso leerla hasta el final para descubrir quién mató a Mauricio y por qué y qué del amor con Gabriela. Dos incógnitas protagónicas. Es una novela múltiple: filosófica, de amor, de arte, de trasgresión. Y también, si se quiere, policíaca.

Edición de lujo de la casa Ediciones Boloña, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, Cena con Buda suma, con su novedosa originalidad, la presencia en la calle de una nueva novela de un escritor consagrado, poseedor de una obra sólida y relevante.

En hora buena.                       

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.