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Durante sus 25 años de
vida, En Julio como
en Enero viene
confirmando que la
narrativa ha abandonado
definitivamente la epos,
los grandes movimientos,
los hechos y
contingencias exteriores
para adentrarse en la
esencialidad y el
espíritu de esos
acontecimientos, la
energía que mueve una
época y a sus
protagonistas.
Es decir, ahora vemos la
epopeya desde una
interioridad personal,
la genuina y a la vez
plural experiencia del
ser humano frente a sus
semejantes, sus círculos
cerrados por las
fuerzas, a veces
incomprensibles, de la
sociedad y el
inescrutable camino del
niño a través de su
mundo.
La extensa relación de
autores cubanos y
extranjeros publicados,
reseñados o estudiados
por la revista, ha
procurado en primer
lugar, la actualización
de nuestro movimiento
literario dirigido a la
infancia y la juventud
(escritores,
bibliotecarios,
maestros, profesores,
editores, especialistas
y promotores, entre
otros); y en segundo
lugar, ha vigorizado y
estimulado los procesos
de renovación y
universalización en
nuestra serie literaria.
Aunque en tales
esfuerzos siempre queda
un poco de
insatisfacción, ellos
han sido verdaderos
vasos comunicantes del
movimiento literario
cubano con el de otros
países, sus autores, sus
temas y sus obras más
significativas, y de
algún modo, han servido
para confrontar,
confirmar y tender
nuevos cauces que
alienten la experiencia
y el talento de quienes
sirven a la infancia
desde el libro y el
arte.
Estos no son los únicos
propósitos que ha
cumplido la narrativa
difundida por la revista
En Julio como en
Enero. Existen otros
que nos parecen
realmente cardinales en
el balance que la
publicación ha concedido
a la narrativa, por
ejemplo: los problemas y
retos que enfrentan los
géneros narrativos
frente a los procesos de
globalización y la
avalancha del
audiovisual más
embrutecedor y violento
que inunda el mundo.
La principal fuente
nutricia para la
producción audiovisual
no podía quedar al
margen de los exámenes
realizados por la
revista. Esa relación de
amor-odio,
lealtad-traición, que se
establece hoy entre las
obras narrativas y su
representación
audiovisual ha pasado
con huella segura por la
revista, dejando
meditaciones de
extraordinario interés (Babar,
El señor de los
anillos, Harry
Potter...). Es
curioso, sin embargo, y
tendríamos que
preguntarlo con
profundidad, por qué las
mejores realizaciones de
la narrativa infantil
cubana no han pasado al
medio audiovisual. Las
excepciones podrían
contarse con los dedos
de una mano: Pelusín
del Monte,
Marcolina, etcétera.
Una intención evidente
en la narrativa que ha
publicitado En Julio
como en Enero se
dirige a los temas de
profundas implicaciones
éticas y sociales en las
relaciones de la
niñez-adolescencia con
su mundo circundante (la
familia, el sexo, la
moral, la muerte, la
disolución del
matrimonio, las
diferencias
socioeconómicas, la
discriminación racial,
sexual y clasista, entre
otros), algunos de los
cuales estuvieron
preteridos de nuestro
medio literario. Sin
embargo, de un tiempo a
esta parte la serie
infantil cubana se
adelantó a la narrativa
dirigida a los adultos,
no solo por aventurarse
a temas de alta
complejidad, sino por la
óptica descarnada,
original y poética con
que los asumió.
Más que de temas, se
percibe una concepción
orientada a potenciar el
rol social de los
infantes y jóvenes como
seres a tener en cuenta
y protagonistas de su
realidad, y no como
entes pasivos, inermes a
una modelación
psicosocial que les
viene impuesta por
costumbres,
convencionalismos y
prejuicios, ante los
cuales disienten y se
rebelan.
Por ese camino
transitaron las obras (o
fragmentos de ellas) que
de Luis Cabrera, Julio
Llanes, Enrique Pérez
Díaz o Teresa Cárdenas
dio a conocer la
revista, tanto como las
de Ivette Vian, Magaly
Sánchez Ochoa y Julia
Calzadilla (16/2004),
Reinaldo González
(17/2004), Roberto
Estrada Bourgeois,
Keytel García o Esther
García (18/2005), por
solo citar algunos
ejemplos. En estas
obras, los matices de
las tradiciones
populares y folclóricas,
la alternancia de
tiempos o espacios
mágicos-maravillosos y
la poetización de los
personajes o sus
relaciones, enriquecen
esta concepción. Los
fines de la literatura
en nada son comparables
a los de la familia, la
escuela u otros medios
formativos de las nuevas
generaciones.
Antes, la crítica a un
didactismo moralizante y
tradicionalista; hoy, la
exaltación al triunfo
definitivo de una visión
problemática y más
objetiva de la realidad
actual, han ignorado, a
veces peligrosamente, el
factor estético, lo
intrínsecamente
literario, por lo cual
construían patrones de
contenido, función y
misión muy similares.
Todo esto ha sorteado
con éxito En Julio
como en Enero,
mostrando una vocación
de pluralidad de estilos
y recursos ideoestéticos
en función de expresar
realidades nuevas tanto
en lo humano, como en lo
social.
Sin embargo, la esencia
de la narrativa que esta
revista plena de
juventud nos ha
entregado, apunta más
hacia una nueva relación
del niño con el mundo,
cuya implicación
principal se dirige a un
concepto diferente del
ser humano, la
naturaleza y la
sociedad.
Como si al paso de 25
años se ensancharan los
caminos para que la
humanidad dejara la
minoría de edad, pero
jamás la infancia.
Texto incluido en En
Julio como en Enero,
revista sobre literatura
infantil. No. 24. Pp.
39-40. Editorial Gente
Nueva. La Habana, 2012. |