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Me solicita a la carrera
La Jiribilla
(siempre inquieta, con
prisa, haciendo honor a
su nombre) unas páginas
sobre la Casa Editorial
Gente Nueva que está
celebrando en estos días
sus 45 años de
existencia.
En el primer instante me
excusé. No me parece
serio hablar de tan
ingente esfuerzo sin
disponer del tiempo y
los datos suficientes
para pretender un
artículo riguroso. Luego
comprendí que, desde
cualquier perspectiva,
así fuese la más
personal y limitada, al
cumpleaños de Gente
Nueva era impensable
faltar.
Mi relación con ella es
la misma del resto de
los adolescentes
lectores de mi
generación. A mis 12
años apareció esta
Editorial para suerte de
todos nosotros, los que
ya estábamos y quienes
vendrían, y yo, que
crecí en una familia
devoradora de letra
impresa tuve de
inmediato a mi
disposición los títulos
de sus colecciones, los
cuales también eran
disfrutados por mis
mayores, pues en esta
familia había que andar
por la casa con el libro
que se estaba leyendo
bien sujeto, al menor
descuido otras manos
comenzaban a hojear sus
páginas.
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Imposible recordar todo
lo leído o releído
gracias a ella en esa
época —debo precisar que
antes de su existencia y
tras el triunfo del 59
se habían publicado ya
en el país títulos
destinados al infante y
al joven—, pero puedo
nombrar a Martí, a Dora,
Mirta, Almendros, junto
con Verne, Dumas,
Salgari, Tagore, Kipling,
Andersen, los Hermanos
Grimm, entre tantísimos
otros, y aunque la
mayoría de estos libros,
de estos amigos, ya no
me acompañan porque
pasaron a ser patrimonio
de nuevos niños, me
sorprende ahora mismo la
nitidez con que recuerdo
sus formatos y sus
cubiertas.
Lo mejor de todo es que
Gente Nueva siguió
conmigo cuando cursaba
los estudios
universitarios. Aquí
mismo, en la zona más
accesible del librero
más próximo a mi lugar
de trabajo, donde se
reúnen los libros
destinados a los
infantes y jóvenes
(¿casualidad?) me
saludan dos curiosos
ejemplares que datan de
1974 y 1975,
respectivamente:
Cuentos de la selva,
de Horacio Quiroga, con
delicadísima cubierta, e
Hilos invisibles,
de Antonio Gramsci; dos
maravillas. Contaba yo,
entonces, con 18 y 19
años y estudiaba los
primeros años de la
carrera. Doy gracias
ahora, que conozco algo
del funcionamiento de
nuestras editoriales, a
la sensibilidad
exquisita de quienes
decidían entonces qué se
publicaba y pusieron
estos tesoros al alcance
de todos nosotros.
Siguen asomando amigos
viejos de este librero
tan grato y vienen
Una taza de té
(1981), selección de
cuentos de Katherine
Mansfield, con un
prólogo de lujo de
Eliseo; El tigre en
la vitrina, de Alki
Zei, un libro extraño y
hermoso de 1985, cuando
no había ningún niño ya
en casa y yo cumplía mis
30 años; El Hobbit,
del profesor de Oxford
J. R. R. Tolkien, y
La cuerda floja, de
la brasilera Lygia
Bojunga Nunes, ambos de
1989, mientras de un
salto se planta ante mí
Momo, de Michael
Ende, publicado en 1991
y, al punto, con una
mirada de súplica le
pido al resto, que ya se
arremolina, permanecer
en sus lugares, pues
esta lista se ha
extendido más de lo
pensado.
Pese al bloqueo de todo
tipo —el externo y el
interno— Gente Nueva
puso en nuestras manos,
la de lectores y
escritores, exponentes
diversos de las nuevas
perspectivas que exhibía
la literatura en diálogo
con los segmentos más
jóvenes de la población
en muy distintas
regiones del planeta.
Fue esa la significación
de Pipas Medias
Largas y su saga, de
la escritora sueca
Astrid Lindgren;
de
Christine Nöstlinger
con su Me importa un
comino el rey Pepino
y Konrad el niño que
salió de una lata de
conservas, obras que
se alzaban contra las
normativas reductoras
imperantes en la
creación destinada a los
infantes y adolescentes
y brindaban nuevos
matices al realismo.
También de las
magníficas novelas de
Tolkien, las cuales
revaloraban la aventura
y los elementos
fantásticos.
Gente Nueva también me
permitió entrar en
contacto, admirar y
querer en la distancia
—primero como autoras,
cuando aún me resultaban
desconocidas en tanto
individualidades— a
creadoras de la talla de
Dora Alonso, Julia
Calzadilla, Nersys
Felipe, Enid Vian.
También a sus
ilustradores, valiosos
artistas plásticos como
Enrique Martínez,
Reynaldo, Bladimir…
Mi primer libro
publicado lo agradezco a
la Editorial Ciencias
Sociales, ellos, además,
marcaron para mí la
pauta en cuanto a las
relaciones entre autor e
institución editorial, y
la primera figura de
editor que conocí fue,
curiosamente, la de Enid
Vian, a quien ya había
leído. Luego, Ediciones
Unión resultó
responsable del primero
de mis libros para
niños, tras haber
obtenido su manuscrito
el Premio Ismaelillo del
Concurso UNEAC de 1985.
Pero quiso la vida y los
avatares de la industria
del libro en aquella
etapa que dicho título
estuviese listo en el
mismo y exacto instante
que Mi amigo Mozart,
obra con la cual tuve el
privilegio de entrar, en
1996, en el catálogo de
Gente Nueva gracias al
Premio de Teatro del
Concurso La Edad de Oro
en su edición de 1991.
Dos libros más he tenido
la suerte de publicar
con esta Casa Editora:
La travesía de Byron
(2003) y Pelusín
y la esperanza
(2008).
Por fortuna, mi relación
con la institución no ha
sido un vínculo de
complacencias, lo cual
lo define como proceso
vivo e interesante. La
literatura dramática,
por ejemplo, no es
precisamente expresión
favorecida entre sus
géneros, asunto que si
bien no resulta noticia
en el universo editorial
cubano tampoco alivia
manquedades. No
obstante, estimo en alto
grado mi pertenencia a
esta familia que, como
todo clan que se
respete, vive entre el
afecto y las
diferencias.
El sentido de
pertenencia en este
caso, el de Gente Nueva
y sus autores, sospecho
que no descansa en el
hecho de ser nombre
reiterado de su
catálogo, sino que, en
particular, guarda
relación con el
interlocutor que todos,
sin excepción, hemos
elegido y se fortalece
con la todavía
insuficiente atención y
reconocimiento social
que se le brinda;
situación, por cierto,
que cual imagen
especular proyecta su
reflejo sobre nosotros.
La pertenencia tiene
también que ver con la
libertad y la alegría
que demanda y genera el
diálogo con quienes son
nuestros públicos; en
primer lugar, el
infante, y junto a él,
la familia toda. En
buena parte la familia
cubana, en tanto
familia, lee con quienes
producimos (autores e
industria del libro)
libros para sus jóvenes
miembros. Lo hace el
adulto mediador entre la
obra y el niño; lo hace,
luego, el otro adulto
que acaso tropieza con
el libro ya como nuevo
habitante de la casa.
También aquel integrante
del clan que creció sin
desarrollar el hábito de
la lectura y quizá no
esté bien dispuesto para
el inicio de aventuras
intelectuales
individuales.
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Hace unos años —pocos en
número, pero intensos—,
Gente Nueva vivió un
nuevo cambio en su
directiva. El escritor,
editor e investigador
Enrique Pérez Díaz
asumió su liderazgo y,
aunque las dificultades
y los obstáculos
pretendieron no
enterarse, tuvieron que
medirse con una voluntad
y una energía
avasalladora que bien
pronto presentó sus
credenciales. La Casa
Editorial toma lo mejor
de su tradición, lo más
valioso de su extensa
experiencia y sobre ello
despliega nuevas
estrategias, reelabora
concepciones y coloca
oportunamente alta la
marca de sus anhelos.
Sin lugar a duda, la
familia, más extensa,
multiplicada a partir de
ahora con los nuevos
proyectos que por estos
días se inician y que se
empeñan en abolir toda
distancia entre la
institución y sus
públicos, tiene mil
razones para celebrar.
Digamos mejor, en honor
a la tradición
literaria, que son mil y
una razones. |