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Cuando en marzo de 1942
Pablo Neruda visitó La
Habana por primera vez
—aunque ya su poesía le
había precedido—,
invitado por la
Dirección de Cultura del
Ministerio de Educación
para ofrecer un ciclo de
conferencias, entabló amistad con el
famoso naturalista don
Carlos de la Torre y
Huerta.
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Pablo Neruda |
De ello escribió Nicolás
Guillén:
“El
poeta chileno y el
científico cubano tenían
zonas de simpática
coincidencia en los
versos y los caracoles.
Neruda coleccionaba
estos apasionadamente:
el hacerlo viene a ser
su hobby; al que ha
dedicado buena parte de
su tiempo y no escasa
porción de sus medios
económicos, siempre muy
líricos, es decir, nunca
caudalosos. A su vez,
don Carlos cultivó la
poesía en sus años mozos
—tal vez a hurtadillas
la cultivaba todavía de
viejo—, aunque nunca de
manera ‘profesional’,
sino como una suave
forma de escapar al
rigor de sus
investigaciones
científicas”.
No es de extrañar que el
autor de Residencia
en la Tierra,
entonces de 38 años, al
encontrarse en Cuba
solicitara conocer “como
gracia inmediata” al
excepcional malacólogo,
que próximo a cumplir
los 84 años, se mantenía
activo y laborioso. “Y
había en todo él
—al
decir de Guillén—
una suerte de gracia
pura y de limpieza
infantil que seducían de
inmediato, como un
adolescente que hubiera
envejecido por fuera y
no por dentro”.
Era don Carlos una
autoridad científica
reconocida en todo el
mundo, facultada con dos
Honoris Causa otorgados
por las universidades de
Harvard y Jena en
materia de geología,
paleontología, zoología,
arqueología e historia.
Su mayor aporte lo
realizó en el
conocimiento de la fauna
fósil y especialmente en
el campo de la
malacología.
Leyenda viva que comenzó
durante una visita al
Museo Británico de
Zoología cuando encontró
errores en varias
clasificaciones. La
noticia llegó al
director, el doctor
Edward Smith, quien al
instante salió de su
despacho para conocer al
joven visitante capaz de
criticar una obra
realizada por expertos.
Se realizaron pruebas;
por último venció la
tesis del cubano que,
además, a solicitud del
doctor Smith, logró la
proeza de clasificar al
tacto, con los ojos
vendados, algunas
especies de la
malacofauna antillana.
La comunidad científica
no salía de su asombro.
Ya en La Habana de 1942,
en la que, por cierto,
el chileno sació su
curiosidad por conocer
la champola de
guanábana, y caminó por
las calles, se detuvo a
mirar, a conversar…,
aquel contacto suyo con
el sabio cubano y sus
caracoles “fue toda una
fiesta”.
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Carlos de la
Torre |
Como bien dice Guillén:
“Don Carlos, cuya
especialidad era la
Macología, sintiose
halagadísimo con que el
poeta estuviera iniciado
en esos estudios, lo
conociera a él y le
hablara en un lenguaje
que no era común en
hombre dedicado a una
disciplina tan opuesta a
las investigaciones
científicas. Así fue que
se juntaron una larga
tarde para charlar de
poesía y moluscos, de lo
que se arrastra y lo que
vuela… Don Carlos llevó
a Neruda a su casa y
allí lo acercó a su
abismo submarino, a su
maravillosa colección,
una de las más grandes y
famosas del mundo”.
Fue en ese momento que
el científico le
obsequió al poeta con
una caja llena de
caracoles marinos y
terrestres, suceso que
fue evocado por Neruda
desde su refugio
marinero de Isla Negra y
que aparece en su
célebre libro de
memorias Confieso que
he vivido:
“Miles de pequeñas
puertas submarinas se
abrieron a mi
conocimiento desde aquel
día en que don Carlos de
la Torre, ilustre
malacólogo de Cuba, me
regaló los mejores
ejemplares de su
colección.
“Desde entonces, y al
azar de mis viajes,
recorrí los siete mares,
acechándolos y
buscándolos…”
Neruda regresaría a Cuba
en dos ocasiones más: en
1949, en tránsito hacia
México, cuando pasó por
La Habana, y en
diciembre de 1960, donde
asistió a la
presentación, en edición
masiva, de su “Canción
de Gesta”. Ya para
entonces el gran poeta
chileno no pudo
compartir con su amigo
el sabio naturalista
cubano, pues este había
muerto en febrero de
1950. Pero su recuerdo
siempre lo acompañó:
“Don Carlos de la Torre
me dijo muchas veces:
‘Los caracoles de tu
patria se parecen a tu
poesía, en la forma y en
el color oscuro”. Él
asistió puntualmente a
mis llamadas
conferencias en que
aparecían, de cuando en
cuando, algunos de mis
sombríos poemas de
antaño.
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Pablo Neruda en
la playa |
“Si pudiéramos
imaginarlo, eternamente
vivo, en su ciencia
inmortal, yo lo vería
dentro de una
esplendorosa concha de
nácar marino, como un
gran ‘ermitaño’,
llevando sobre su ancha
frente luminosa, el
abanico radiante de
aquellas palmeras
plateadas que anunciaran
para mí, en mi infancia,
el encanto, el aroma y
la generosa sabiduría de
La Habana”.
Los caracoles fueron una
de las grandes fuentes
de inspiración del poeta
y resumen su fascinación
por el mar y la
naturaleza.
“Me dieron el placer de
su prodigiosa
estructura.”
Por cierto, en 1946,
cuando Nicolás Guillén
estuvo en Chile, Neruda
le mostró una caja de
regulares proporciones,
llena de algodón.
—¿Sabes
qué es esto?
—Caracoles,
por supuesto
—le
respondió Guillén.
—Sí,
caracoles. Pero lo que
no sabes es quién me los
regaló. ¡Don Carlos! ¡El
viejo don Carlos, chico!
¡Don Carlos de la Torre!
Y cuenta Guillén que
Pablo acariciaba con los
ojos, a través del
cristal, unas conchas
grises… |