La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

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De poesía y moluscos
Josefina Ortega • La Habana

Cuando en marzo de 1942 Pablo Neruda visitó La Habana por primera vez —aunque ya su poesía le había precedido—, invitado por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación para ofrecer un ciclo de conferencias, entabló amistad con el famoso naturalista don Carlos de la Torre y Huerta.
 


Pablo Neruda

De ello escribió Nicolás Guillén:

El poeta chileno y el científico cubano tenían zonas de simpática coincidencia en los versos y los caracoles. Neruda coleccionaba estos apasionadamente: el hacerlo viene a ser su hobby; al que ha dedicado buena parte de su tiempo y no escasa porción de sus medios económicos, siempre muy líricos, es decir, nunca caudalosos. A su vez, don Carlos cultivó la poesía en sus años mozos —tal vez a hurtadillas la cultivaba todavía de viejo—, aunque nunca de manera ‘profesional’, sino como una suave forma de escapar al rigor de sus investigaciones científicas.

No es de extrañar que el autor de Residencia en la Tierra, entonces de 38 años, al encontrarse en Cuba solicitara conocer “como gracia inmediata” al excepcional malacólogo, que próximo a cumplir los 84 años, se mantenía activo y laborioso. “Y había en todo él al decir de Guillén una suerte de gracia pura y de limpieza infantil que seducían de inmediato, como un adolescente que hubiera envejecido por fuera y no por dentro”.

Era don Carlos una autoridad científica reconocida en todo el mundo, facultada con dos Honoris Causa otorgados por las universidades de Harvard y Jena en materia de geología, paleontología, zoología, arqueología e historia. Su mayor aporte lo realizó en el conocimiento de la fauna fósil y especialmente en el campo de la malacología.   

Leyenda viva que comenzó durante una visita al Museo Británico de Zoología cuando encontró errores en varias clasificaciones. La noticia llegó al director, el doctor Edward Smith, quien al instante salió de su despacho para conocer al joven visitante capaz de criticar una obra realizada por expertos. Se realizaron pruebas; por último venció la tesis del cubano que, además, a solicitud del doctor Smith, logró la proeza de clasificar al tacto, con los ojos vendados, algunas especies de la malacofauna antillana.

La comunidad científica no salía de su asombro.

Ya en La Habana de 1942, en la que, por cierto, el chileno sació su curiosidad por conocer la champola de guanábana, y caminó por las calles, se detuvo a mirar, a conversar…, aquel contacto suyo con el sabio cubano y sus caracoles  “fue toda una fiesta”.
 


Carlos de la Torre

Como bien dice Guillén: “Don Carlos, cuya especialidad era la Macología, sintiose halagadísimo con que el poeta estuviera iniciado en esos estudios, lo conociera a él y le hablara en un lenguaje que no era común en hombre dedicado a una disciplina tan opuesta a las investigaciones científicas. Así fue que se juntaron una larga tarde para charlar de poesía y moluscos, de lo que se arrastra y lo que vuela… Don Carlos llevó a Neruda a su casa y allí lo acercó a su abismo submarino, a su maravillosa colección, una de las más grandes y famosas del mundo”.

Fue en ese momento que el científico le obsequió al poeta con una caja llena de caracoles marinos y terrestres, suceso que fue evocado por Neruda desde su refugio marinero de Isla Negra y que aparece en su célebre libro de memorias Confieso que he vivido:

“Miles de pequeñas puertas submarinas se abrieron a mi conocimiento desde aquel día en que don Carlos de la Torre, ilustre malacólogo de Cuba, me regaló los mejores ejemplares de su colección.

“Desde entonces, y al azar de mis viajes, recorrí los siete mares, acechándolos y buscándolos…”

Neruda regresaría a Cuba en dos ocasiones más: en 1949, en tránsito hacia México, cuando pasó por La Habana, y en diciembre de 1960, donde asistió a la presentación, en edición masiva, de su “Canción de Gesta”. Ya para entonces el gran poeta chileno no pudo compartir con su amigo el sabio naturalista cubano, pues este había muerto en febrero de 1950. Pero su recuerdo siempre lo acompañó:

“Don Carlos de la Torre me dijo muchas veces: ‘Los caracoles de tu patria se parecen a tu poesía, en la forma y en el color oscuro”. Él asistió puntualmente a mis llamadas conferencias en que aparecían, de cuando en cuando, algunos de mis sombríos poemas de antaño.
 


Pablo Neruda en la playa

“Si pudiéramos imaginarlo, eternamente vivo, en su ciencia inmortal, yo lo vería dentro de una esplendorosa concha de nácar marino, como un gran ‘ermitaño’, llevando sobre su ancha frente luminosa, el abanico radiante de aquellas palmeras plateadas que anunciaran para mí, en mi infancia, el encanto, el aroma y la generosa sabiduría de La Habana”.

Los caracoles fueron una de las grandes fuentes de inspiración del poeta y resumen su fascinación por el mar y la naturaleza.

“Me dieron el placer de su prodigiosa estructura.”

Por cierto, en 1946, cuando Nicolás Guillén estuvo en Chile, Neruda le mostró una caja de regulares proporciones, llena de algodón.

¿Sabes qué es esto?

Caracoles, por supuesto le respondió Guillén.

Sí, caracoles. Pero lo que no sabes es quién me los regaló. ¡Don Carlos! ¡El viejo don Carlos, chico! ¡Don Carlos de la Torre!

Y cuenta Guillén que Pablo acariciaba con los ojos, a través del cristal, unas conchas grises…

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.