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Cuando tenía 25 años, me
inicié como profesor
universitario. Fue a
raíz de una propuesta de
mi amigo Nils Castro, un
escritor panameño que
había llegado a Cuba
invitado por José
Antonio Portuondo, quien
había sido embajador en
México, y volvía a
desempeñar el rectorado
de la Universidad de
Oriente.
Portuondo le confió a
Nils la dirección de la
recién fundada Escuela
de Letras santiaguera,
que era mucho más que
santiaguera —allí tuve
alumnos de Oriente y
Camagüey, y hasta algún
“infiltrado” de otra
provincia, que entonces
eran las seis
tradicionales.
Me recuerdo con los
estudiantes de primer
año explicándoles la
literatura griega, en
obras que contribuyeron
a fundar la literatura
de occidente: la
Ilíada, de Homero;
Edipo rey, de
Sófocles; la
avanzadísima Medea,
de Eurípides. Pareciera
que aquellos hombres de
25 siglos atrás habían
echado unas bases
solidísimas sobre las
que se continuaba
edificando la literatura
del mundo.
Recuerdo haber visto,
por aquellos mismos años
60, un filme llamado
El que debe morir,
apoyado en una novela
del griego Nikos
Kazantzakis, que se
llamó El cristo
recrucificado que,
como buena obra griega,
traía a la
contemporaneidad un
viejo mito, una vieja
historia. En una aldea
griega, en los tiempos
de la ocupación turca,
la iglesia del lugar y
el gobernador turco,
—quien, a lo Pilatos, se
lava las manos— conciben
la muerte de Manolios,
un campesino que se ha
convertido en líder de
los pobres del lugar. Es
la historia de Jesús
vuelta a contar. La
película la dirigía
Jules Dassin, un
director norteamericano
perseguido en los días
del maccarthysmo y que,
cuando salió de los
EE.UU., ya se quedó a
vivir y trabajar en
Francia.
Cuento esto porque
Grecia se ha puesto, hoy
por hoy, en los
cintillos de los diarios
del mundo. Lo que pasó
en Latinoamérica en la
primera década del
siglo, pareciera que se
repite en el mundo
helénico, cuyas masas se
han hartado de la
política neoliberal, que
restringe y restringe
todos los renglones —la
educación, la salud, el
empleo— vitales para la
supervivencia del
pueblo.
En las elecciones del
pasado 6 de mayo,
emergió la figura de
Alexis Tsipras, un
ingeniero de 37 años que
no usa corbata y que
trae un proyecto
alternativo al
neoliberalismo. Este
joven carismático,
aunque no obtuvo los
votos suficientes para
formar gobierno,
desbancó a los dos
partidos que en Grecia
han apoyado la política
neoliberal: ni el PASOK
ni Nueva Democracia
pudieron formar
gobierno, ni siquiera
unidos. Hasta ahora se
alternaban en el poder.
Ante la crisis de las
últimas elecciones, se
han convocado otras para
el 17 de junio, y los
neoliberales se aterran
ante el probable triunfo
de Tsipras.
El líder de la izquierda
ha denunciado el acuerdo
suscrito entre la Unión
Europea y los partidos
tradicionales griegos.
Tsipras es terminante:
“La política de
austeridad que se ha
aplicado en Grecia es
absolutamente ineficaz
al nivel financiero y
destructiva a nivel
económico y social”.
La derecha europea
amenaza a Grecia con que
tendrá que salir del
euro, pero es apenas un
chantaje para las
elecciones que se
avecinan.
Saben que Tsipras no
quiere salir de la
concertación europea
pero teme que su
política (y su ejemplo)
arrastre a otras
naciones en situación
análoga a Grecia.
Como otros líderes de la
izquierda europea,
Tsipras parece estar
mirando hacia la nueva
izquierda
latinoamericana que
superó la crisis
neoliberal con la
moratoria en el pago de
la deuda, apoyo al
crecimiento y a la
creación de empleos que
tonifiquen la economía.
Esperemos al 17 de junio
para ver si, como el
ALCA murió en la
Argentina, el
neoliberalismo europeo
empieza a morir en
Atenas.
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