No recuerdo con
exactitud la primera vez
que hablé con Raúl.
Supongo que debió ser
alrededor de 1980,
cuando visité en varias
ocasiones su casa junto
a pintores jóvenes como
Ricardo Rodríguez Brey,
José Bedia, Flavio
Garciandía, José Manuel
Fors, Rubén Torres
Llorca y otros amigos
del grupo Volumen Uno
con quienes compartí por
esos años. En su vieja
casa de la calle 25, del
Vedado habanero,
encontrábamos un
sorprendente ambiente
inquieto y juvenil que
nos agradaba
sobremanera, sobre todo
por su incongruencia con
lo que debía ser el
estudio de un maestro
consagrado. Raúl era
informal, picante y
mordaz. Su espacio
estaba lleno de obras,
de excelente música, de
películas que no
circulaban en la calle,
y de revistas y libros
de arte verdaderamente
apetecibles. Además, nos
invitaba a tragos que
nosotros no nos podíamos
costear.
Mi verdadera relación
con Raúl vino, sin
embargo, varios años
después, y de la mano de
la profesión. En 1987 el
Museo Nacional de Bellas
Artes decidió realizar
una retrospectiva de su
obra y me fue
encomendada la
curaduría. Por entonces
era yo una joven y
atípica curadora,
procedente del trabajo
educacional del museo, y
había sido recientemente
promovida a la dirección
de toda la vida
especializada de la
institución: los
departamentos de
curadores,
restauradores,
educadores y
bibliotecarios.
La retrospectiva de Raúl
no era mi primera
curaduría, pero sí mi
trabajo inicial con un
gran maestro. No puedo
obviar la anécdota de
nuestro primer encuentro
para la exposición. Raúl
pasaba por una
convalecencia
postoperatoria y tenía
un humor de perros.
Aunque yo había hecho,
por supuesto, una cita
previa, aquella mañana
cuando toqué el timbre y
él se asomó al balcón,
puso su mejor cara de
disgusto. Luego abrió la
puerta de su apartamento
del primer piso mediante
un viejo y común
mecanismo en algunos
edificios de La Habana,
consistente en unos
tensores que accionan
desde lo alto de una
escalera el picaporte de
la puerta de entrada. A
veintitantos empinados
escalones de separación,
me gritó desde el
descanso de su puerta:
“¿Tú vienes del Museo?
¿Por qué no ha venido
alguien mayor que tú?
No, no, dile a la
Directora que me mande a
otro; a Alejandro
Alonso, no sé, a otro…”
Fue la providencia de
una voz conciliadora
desde el interior del
apartamento la que dijo:
“Pero Raúl, por favor,
deja pasar a la
muchacha…” Así empezó mi
curaduría y mi posterior
amistad con dos grandes
talentos de la cultura
cubana: el pintor Raúl
Martínez y aquella voz,
desconocida entonces
para mí, el escritor
Abelardo Estorino.
Durante meses, casi un
año, fui a trabajar con
Raúl a la calle 25.
Fumaba mucho, a pesar de
que lo tenía prohibido,
y a veces bebía un poco,
aunque era muy obvio que
le estaba
contraindicado. Se
sentía muchas veces
incómodo con mi
presencia, sobre todo al
principio. Seguramente
le parecía yo una
intrusa queriendo entrar
en su vida. Fue majadero
y destemplado en sus
respuestas. Siempre
quise desentrañarlo
todo, averiguarlo todo
sin comprender sus
aprensiones, su
necesidad de guardar
silencio, su voluntad
del no. Mi poca
experiencia de vida y mi
fe casi absoluta en la
inteligencia me hacían
desconocer su derecho al
misterio. Pero la
ignorancia y la avidez
de la juventud tienen
sus recompensas. Raúl
quería mostrar en su
retrospectiva solo
ciertas etapas y obras
muy selectas, mientras
yo estaba interesada en
mostrar la lógica de su
evolución, todas sus
facetas de trabajo,
todas las que pudieran
explicar al público cómo
había sido su
trayectoria, cómo
empezó, cómo había
pasado de la abstracción
a la pintura de héroes,
cómo diseñó tantos
libros, por qué pasó 14
años sin exponer. A la
larga, logré arrastrarlo
con mi empuje y mis
indetenibles deseos de
saber. Hurgué muchos
rincones de su casa;
abrí casi a la fuerza
una gran cesta de mimbre
del baño y saqué de
allí, desenrollándolos,
lienzos y papeles que no
se habían abierto
durante años; le
arranqué casi de las
manos obras no valoradas
o casi ocultas por él;
visité a decenas de sus
amigos y coleccionistas
que guardaban obras
suyas; y recorrí muchas
instituciones donde sus
piezas estaban
atesoradas. Fue una
verdadera fiebre
detectivesca. Él
contestaba mis preguntas
según el humor del día y
yo era un caballo
desbocado queriendo
llegar a una meta.
Algunos días,
literalmente, me botó de
su casa. Decía: “¡Vete,
vete, que ya no puedo
más! ¡Recoge todos esos
papeles que me
atormentan!” Fue cuando
me atreví a pedirle que
diseñara su propio
catálogo y le empecé a
llevar todos los
materiales. Entonces
comprendí que era
demasiado para él y
seguí su consejo de
encargarle el diseño a
un colega suyo.
A la larga, creo que
Raúl apreció mi trabajo
y mi persona y no le
faltaron gestos de
cariño hacia mí. Además,
quedó complacido de la
labor curatorial.
Alrededor de 70 piezas
fueron mostradas en la
entonces larga sala del
Museo conocida, por su
forma, como la U. Allí
reuní libros, diseños de
textiles, fotografías
nunca mostradas, tintas
abstractas escondidas en
sus archivos, muchos
dibujos, collages
y la valla Nosotros,
que tanto me gusta, y
que Raúl solo me
permitió reproducir con
un gran dibujante del
ICAIC, un señor que él
decía, y con razón, que
trabajaba a la
perfección. Por primera
vez en Cuba se veía
aquel enorme tesauro
reunido, explicando toda
una vida para el arte.
La época no permitía,
como ahora, hacer un
análisis crítico de la
obra de Raúl en el
contexto de los vaivenes
de la política cultural
cubana. En 1988 la Isla
era todavía bastante
monolítica, bastante
asumida como lograda y
la crisis profunda que
provocó la caída del
socialismo real en
Europa no había
arrastrado al país a su
propia crisis material y
de conciencia. Nadie
mencionaba, por ejemplo,
el quinquenio gris, y un
investigador joven no
podía saber mucho del
asunto. Era un
conocimiento tabú,
detenido en el tiempo,
que no circulaba y que
solo formaba parte de
las memorias de los
testigos de entonces. La
retrospectiva de Raúl
Martínez, en pleno 1988,
no pudo penetrar un
cerco cognoscitivo
impuesto por la época.
Su profundidad de
análisis estaba
imposibilitada por la
historia. La prueba de
ello es que, en mi breve
texto para el catálogo
de la retrospectiva,
Cuatro puntos de vista,
dedico uno de esos
puntos a opinar cómo, de
haber realizado una
muestra personal con las
obras de su período
1966-1970,
correspondientes a sus
retratos de héroes, esta
hubiera sido su muestra
más fulminante y
admirada. Era un
comentario casi naif
del curador que no podía
saber los vericuetos por
los cuales esa
exposición nunca fue
auspiciada.
En 1992 realicé en el
Museo Nacional una nueva
exposición de Raúl. Eran
los días del tan llevado
y traído Quinto
Centenario del Encuentro
entre dos Culturas
—según los españoles—,
de la colonización y el
saqueo de América —según
pienso yo— o del
aniversario del momento
en que los americanos
encontramos a Colón
perdido en el mar —según
mi sobrino Bruno. Lo
cierto es que la serie
de Raúl sobre la
conquista de América
venía como anillo al
dedo. Se trataba de un
tema específico, de una
nueva serie, de otra
constatación del avance
de un artista, de la
superación constante de
un maestro. Los
collages eran
desinhibidos, refinados,
llenos de ideas. Fue una
muestra dinámica,
alegre, expedita. Ya se
me abría con diligencia
la puerta de la calle
25, el humor de Raúl era
excelente y nos
entendimos como si
acabáramos de vernos
ayer.
Fui inmensamente feliz
cuando se le confirió el
Premio Nacional de Artes
Plásticas en 1994. Fue
un premio que nació ese
año y no hubo dudas
sobre quién lo merecía.
Era tan rotundo como su
obra. Creo que nunca se
lo dije.
En el año 2008 el
Instituto del Arte e
Industria
Cinematográficos (ICAIC)
me pidió, a través del
cineasta Lester Hamlet,
hacer una muestra de
Raúl en el aniversario
30 del Festival
Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano.
Querían homenajear al
creador que estuvo tan
cercano al ICAIC, al
Festival, y a los
afamados carteles de
cine. Retorné entonces a
la calle 25, donde la
puerta era abierta desde
1995 por la voz,
y comencé esta bella
amistad con Estorino,
quien me acompaña
generosamente hasta hoy.
Esa exposición de
homenaje fue una gran
experiencia para mí. Era
la primera vez que me
asomaba a la obra de
Raúl sin Raúl mismo y
pude constatar cuán
diferente es el trabajo
del investigador. Ya
había empezado la idea
de este libro, y la
muestra fue una especie
de ensayo. Estorino me
mostró las carpetas con
obras y entré
desprotegida al mundo
del artista, sin la
presencia de sus
opiniones, sin su
selección previa de lo
que debía ser visto, sin
su ayuda para despejar
incógnitas. En lo
adelante estaría sola
frente a su vida y su
obra y estaba obligada a
comprender por mí misma.
En esa muestra, que
titulé como uno de sus
cuadros: Hay que
saber, quise
impactar al público
cubano con obras poco
difundidas. Fue pequeña,
variada y novedosa.
Muchas personas se
asombraron de no conocer
un gran número de las
piezas mostradas. Fue
una corriente de aire
fresco en la trayectoria
de un maestro del que
parecía saberse todo.
Mientras me adentraba
más en este libro, le
propuse al galerista
Alberto Magnan hacer una
muestra de Raúl en su
galería de Nueva York.
Raúl admiraba la cultura
norteamericana y para mí
fue un gran reto
llevarlo a la ciudad
donde debió exponer
desde mucho antes.
Magnan aceptó de
inmediato y el proyecto
tuvo lugar entre julio y
agosto de 2010 en la
galería Magnan-Metz,
ubicada en el barrio de
Chelsea. Fue necesario
circunscribirse a obras
de la colección de
Estorino, sin utilizar
el fabuloso tesauro del
Museo Nacional. Era casi
un riesgo presentar a un
artista que solo había
participado en algunas
muestras colectivas en
los EE.UU. y cuya obra
era bastante
desconocida. Con esta
exposición, que llamé
Hambriento espero,
como uno de sus últimos
lienzos, traté de ir
tocando aspectos de toda
su trayectoria, en un
recorrido de 43 piezas.
Debí interrumpir el
libro y escribir un
ensayo condensado que
explicara el largo
camino de su obra para
un público desconocedor
del contexto y del
artista. Fue una tarea
ardua, pero al final me
sentí feliz de haberle
hecho un regalo que
hubiera alegrado a Raúl.
Una reseña inteligente
del New York Times
sobre la exhibición me
convenció de que tanto
esfuerzo no había sido
en vano.
|
 |
Escribir este libro ha
sido un diálogo continuo
e imaginario con Raúl.
Un diálogo con sus
papeles, sus cartas, sus
fotos, sus negativos,
sus obras, su música, su
casa, sus amores. Cuando
pude preguntarle
personalmente, él no
pudo responder todas mis
inquietudes porque me
sabía poco apta para
todas sus posibles
respuestas. Ahora he
hablado con sus cosas, y
estas, a su modo, me han
dado otras muchas
explicaciones porque mis
años y mi experiencia
han alcanzado un mejor
momento de escucha y
comprensión. He tenido,
pues, dos tipos de
diálogos con el maestro,
y de cada uno he
obtenido lecciones.
Durante casi toda mi
carrera he trabajo con
jóvenes artistas
cubanos. He conocido
personalidades muy
diferentes y cuando
alguna de ellas es muy
difícil, recuerdo a
Raúl. Él es mi punto de
referencia: un artista
puede ser muchas cosas,
pero si es realmente
bueno, sabrá cuál es su
verdadera ubicación en
el complejo mundo del
arte. Raúl fue siempre
sincero como persona y
modesto con relación a
su obra, y esas son
cualidades que mucho
aprecio. Con él aprendí
largamente sobre los
asuntos contradictorios
en el arte y en qué
consiste ser un gran
artista.
A decir verdad, muchas
veces me gustaría volver
a preguntarle algunas
cosas y no me importaría
en absoluto que volviera
a intentar cerrarme su
puerta de la calle 25. |