La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

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RAÚL MARTÍNEZ, LA GRAN FAMILIA

Postscriptum: La calle 25

Corina Matamoros • La Habana

No recuerdo con exactitud la primera vez que hablé con Raúl. Supongo que debió ser alrededor de 1980, cuando visité en varias ocasiones su casa junto a pintores jóvenes como Ricardo Rodríguez Brey, José Bedia, Flavio Garciandía, José Manuel Fors, Rubén Torres Llorca y otros amigos del grupo Volumen Uno con quienes compartí por esos años. En su vieja casa de la calle 25, del Vedado habanero, encontrábamos un sorprendente ambiente inquieto y juvenil que nos agradaba sobremanera, sobre todo por su incongruencia con lo que debía ser el estudio de un maestro consagrado. Raúl era informal, picante y mordaz. Su espacio estaba lleno de obras, de excelente música, de películas que no circulaban en la calle, y de revistas y libros de arte verdaderamente apetecibles. Además, nos invitaba a tragos que nosotros no nos podíamos costear.

Mi verdadera relación con Raúl vino, sin embargo, varios años después, y de la mano de la profesión. En 1987 el Museo Nacional de Bellas Artes decidió realizar una retrospectiva de su obra y me fue encomendada la curaduría. Por entonces era yo una joven y atípica curadora, procedente del trabajo educacional del museo, y había sido recientemente promovida a la dirección de toda la vida especializada de la institución: los departamentos de curadores, restauradores, educadores y bibliotecarios.

La retrospectiva de Raúl no era mi primera curaduría, pero sí mi trabajo inicial con un gran maestro. No puedo obviar la anécdota de nuestro primer encuentro para la exposición. Raúl pasaba por una convalecencia postoperatoria y tenía un humor de perros. Aunque yo había hecho, por supuesto, una cita previa, aquella mañana cuando toqué el timbre y él se asomó al balcón, puso su mejor cara de disgusto. Luego abrió la puerta de su apartamento del primer piso mediante un viejo y común mecanismo en algunos edificios de La Habana, consistente en unos tensores que accionan desde lo alto de una escalera el picaporte de la puerta de entrada. A veintitantos empinados escalones de separación, me gritó desde el descanso de su puerta: “¿Tú vienes del Museo? ¿Por qué no ha venido alguien mayor que tú? No, no, dile a la Directora que me mande a otro; a Alejandro Alonso, no sé, a otro…” Fue la providencia de una voz conciliadora desde el interior del apartamento la que dijo: “Pero Raúl, por favor, deja pasar a la muchacha…” Así empezó mi curaduría y mi posterior amistad con dos grandes talentos de la cultura cubana: el pintor Raúl Martínez y aquella voz, desconocida entonces para mí, el escritor Abelardo Estorino.

Durante meses, casi un año, fui a trabajar con Raúl a la calle 25. Fumaba mucho, a pesar de que lo tenía prohibido, y a veces bebía un poco, aunque era muy obvio que le estaba contraindicado. Se sentía muchas veces incómodo con mi presencia, sobre todo al principio. Seguramente le parecía yo una intrusa queriendo entrar en su vida. Fue majadero y destemplado en sus respuestas. Siempre quise desentrañarlo todo, averiguarlo todo sin comprender sus aprensiones, su necesidad de guardar silencio, su voluntad del no. Mi poca experiencia de vida y mi fe casi absoluta en la inteligencia me hacían desconocer su derecho al misterio. Pero la ignorancia y la avidez de la juventud tienen sus recompensas. Raúl quería mostrar en su retrospectiva solo ciertas etapas y obras muy selectas, mientras yo estaba interesada en mostrar la lógica de su evolución, todas sus facetas de trabajo, todas las que pudieran explicar al público cómo había sido su trayectoria, cómo empezó, cómo había pasado de la abstracción a la pintura de héroes, cómo diseñó tantos libros, por qué pasó 14 años sin exponer. A la larga, logré arrastrarlo con mi empuje y mis indetenibles deseos de saber. Hurgué muchos rincones de su casa; abrí casi a la fuerza una gran cesta de mimbre del baño y saqué de allí, desenrollándolos, lienzos y papeles que no se habían abierto durante años; le arranqué casi de las manos obras no valoradas o casi ocultas por él; visité a decenas de sus amigos y coleccionistas que guardaban obras suyas; y recorrí muchas instituciones donde sus piezas estaban atesoradas. Fue una verdadera fiebre detectivesca. Él contestaba mis preguntas según el humor del día y yo era un caballo desbocado queriendo llegar a una meta. Algunos días, literalmente, me botó de su casa. Decía: “¡Vete, vete, que ya no puedo más! ¡Recoge todos esos papeles que me atormentan!” Fue cuando me atreví a pedirle que diseñara su propio catálogo y le empecé a llevar todos los materiales. Entonces comprendí que era demasiado para él y seguí su consejo de encargarle el diseño a un colega suyo.

A la larga, creo que Raúl apreció mi trabajo y mi persona y no le faltaron gestos de cariño hacia mí. Además, quedó complacido de la labor curatorial. Alrededor de 70 piezas fueron mostradas en la entonces larga sala del Museo conocida, por su forma, como la U. Allí reuní libros, diseños de textiles, fotografías nunca mostradas, tintas abstractas escondidas en sus archivos, muchos dibujos, collages y la valla Nosotros, que tanto me gusta, y que Raúl solo me permitió reproducir con un gran dibujante del ICAIC, un señor que él decía, y con razón, que trabajaba a la perfección. Por primera vez en Cuba se veía aquel enorme tesauro reunido, explicando toda una vida para el arte. La época no permitía, como ahora, hacer un análisis crítico de la obra de Raúl en el contexto de los vaivenes de la política cultural cubana. En 1988 la Isla era todavía bastante monolítica, bastante asumida como lograda y la crisis profunda que provocó la caída del socialismo real en Europa no había arrastrado al país a su propia crisis material y de conciencia. Nadie mencionaba, por ejemplo, el quinquenio gris, y un investigador joven no podía saber mucho del asunto. Era un conocimiento tabú, detenido en el tiempo, que no circulaba y que solo formaba parte de las memorias de los testigos de entonces. La retrospectiva de Raúl Martínez, en pleno 1988, no pudo penetrar un cerco cognoscitivo impuesto por la época. Su profundidad de análisis estaba imposibilitada por la historia. La prueba de ello es que, en mi breve texto para el catálogo de la retrospectiva, Cuatro puntos de vista, dedico uno de esos puntos a opinar cómo, de haber realizado una muestra personal con las obras de su período 1966-1970, correspondientes a sus retratos de héroes, esta hubiera sido su muestra más fulminante y admirada. Era un comentario casi naif del curador que no podía saber los vericuetos por los cuales esa exposición nunca fue auspiciada.

En 1992 realicé en el Museo Nacional una nueva exposición de Raúl. Eran los días del tan llevado y traído Quinto Centenario del Encuentro entre dos Culturas —según los españoles—, de la colonización y el saqueo de América —según pienso yo— o del aniversario del momento en que los americanos encontramos a Colón perdido en el mar —según mi sobrino Bruno. Lo cierto es que la serie de Raúl sobre la conquista de América venía como anillo al dedo. Se trataba de un tema específico, de una nueva serie, de otra constatación del avance de un artista, de la superación constante de un maestro. Los collages eran desinhibidos, refinados, llenos de ideas. Fue una muestra dinámica, alegre, expedita. Ya se me abría con diligencia la puerta de la calle 25, el humor de Raúl era excelente y nos entendimos como si acabáramos de vernos ayer.

Fui inmensamente feliz cuando se le confirió el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1994. Fue un premio que nació ese año y no hubo dudas sobre quién lo merecía. Era tan rotundo como su obra. Creo que nunca se lo dije.

En el año 2008 el Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) me pidió, a través del cineasta Lester Hamlet, hacer una muestra de Raúl en el aniversario 30 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Querían homenajear al creador que estuvo tan cercano al ICAIC, al Festival, y a los afamados carteles de cine. Retorné entonces a la calle 25, donde la puerta era abierta desde 1995 por la voz, y comencé esta bella amistad con Estorino, quien me acompaña generosamente hasta hoy. Esa exposición de homenaje fue una gran experiencia para mí. Era la primera vez que me asomaba a la obra de Raúl sin Raúl mismo y pude constatar cuán diferente es el trabajo del investigador. Ya había empezado la idea de este libro, y la muestra fue una especie de ensayo. Estorino me mostró las carpetas con obras y entré desprotegida al mundo del artista, sin la presencia de sus opiniones, sin su selección previa de lo que debía ser visto, sin su ayuda para despejar incógnitas. En lo adelante estaría sola frente a su vida y su obra y estaba obligada a comprender por mí misma. En esa muestra, que titulé como uno de sus cuadros: Hay que saber, quise impactar al público cubano con obras poco difundidas. Fue pequeña, variada y novedosa. Muchas personas se asombraron de no conocer un gran número de las piezas mostradas. Fue una corriente de aire fresco en la trayectoria de un maestro del que parecía saberse todo.

Mientras me adentraba más en este libro, le propuse al galerista Alberto Magnan hacer una muestra de Raúl en su galería de Nueva York. Raúl admiraba la cultura norteamericana y para mí fue un gran reto llevarlo a la ciudad donde debió exponer desde mucho antes. Magnan aceptó de inmediato y el proyecto tuvo lugar entre julio y agosto de 2010 en la galería Magnan-Metz, ubicada en el barrio de Chelsea. Fue necesario circunscribirse a obras de la colección de Estorino, sin utilizar el fabuloso tesauro del Museo Nacional. Era casi un riesgo presentar a un artista que solo había participado en algunas muestras colectivas en los EE.UU. y cuya obra era bastante desconocida. Con esta exposición, que llamé Hambriento espero, como uno de sus últimos lienzos, traté de ir tocando aspectos de toda su trayectoria, en un recorrido de 43 piezas. Debí interrumpir el libro y escribir un ensayo condensado que explicara el largo camino de su obra para un público desconocedor del contexto y del artista. Fue una tarea ardua, pero al final me sentí feliz de haberle hecho un regalo que hubiera alegrado a Raúl. Una reseña inteligente del New York Times sobre la exhibición me convenció de que tanto esfuerzo no había sido en vano.
 

Escribir este libro ha sido un diálogo continuo e imaginario con Raúl. Un diálogo con sus papeles, sus cartas, sus fotos, sus negativos, sus obras, su música, su casa, sus amores. Cuando pude preguntarle personalmente, él no pudo responder todas mis inquietudes porque me sabía poco apta para todas sus posibles respuestas. Ahora he hablado con sus cosas, y estas, a su modo, me han dado otras muchas explicaciones porque mis años y mi experiencia han alcanzado un mejor momento de escucha y comprensión. He tenido, pues, dos tipos de diálogos con el maestro, y de cada uno he obtenido lecciones.

Durante casi toda mi carrera he trabajo con jóvenes artistas cubanos. He conocido personalidades muy diferentes y cuando alguna de ellas es muy difícil, recuerdo a Raúl. Él es mi punto de referencia: un artista puede ser muchas cosas, pero si es realmente bueno, sabrá cuál es su verdadera ubicación en el complejo mundo del arte. Raúl fue siempre sincero como persona y modesto con relación a su obra, y esas son cualidades que mucho aprecio. Con él aprendí largamente sobre los asuntos contradictorios en el arte y en qué consiste ser un gran artista.

A decir verdad, muchas veces me gustaría volver a preguntarle algunas cosas y no me importaría en absoluto que volviera a intentar cerrarme su puerta de la calle 25.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.