La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

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Sara, entre tus cantos y llantos de la guerra,
tu segura victoria

Cnel. (r) Nelson Domínguez (Noel) • La Habana

Fotos: Cortesía del autor y La Jiribilla


Aunque ella es suficiente razón para escribirle sin necesidad de justificaciones, escogí mayo porque fue en mayo de 1960, a la edad de nueve años, cuando recibió de manos de su padre Berto González la primera guitarra, el instrumento que la acompañaría en el futuro; sobre esto dijo: “La guitarra fue adquirida por Papá, gracias a la ayuda de Compay Segundo. Ellos eran amigos pues trabajaban juntos en la misma fábrica de tabacos”. También en mayo de 1970 inicia sus presentaciones en público.

Nos conocimos en el exterior, durante la Feria Internacional de Barcelona, España, en el Palacio Nacional de Montjuic en el verano de 1974 —recientemente lo escribí en un artículo anterior. Cronológicamente, después tocó turno al encuentro en la recién liberada —armas en mano—, Nicaragua, luego de transcurridos algunos meses del triunfo Sandinista de 1979.

Diez años se sucedieron hasta que en 1989, verano angustioso en Cuba por las ambiciones de algunos hasta entonces mal llamados revolucionarios, nos tocó compartir nuevamente en el lejano Pyongyang, Corea del Norte, la zozobra de querer estar en la Patria en aquellos difíciles momentos y, sin embargo, mantenernos fieles y con toda dignidad representando a nuestro pueblo en el XIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes gritándole al mundo que mucho especulaba entonces, que  los revolucionarios cubanos manteníamos la honestidad y la hidalguía infundida por Fidel, aunque algunas ovejas negras se apartaran del rebaño.

No claudicó en ninguno de estos tres escenarios foráneos tan diferentes, ni en ningún otro de los muchos donde no tuve el honor de acompañarla, siempre enhiesta la bandera, el entusiasmo desbordando su jodedora picardía de buena criolla, entre trago y trago de ron, pero siempre sabiendo mantener con gallarda compostura la representación de su Patria y su Revolución en tan disímiles encuentros.

Ejemplos sobran: en 1981, en Berkeley, California, la gusanera le hizo un mitin de repudio frente al sitio de actuación y ella no suspendió a pesar de los gritos de “Sara asesina castrocomunista”. En 1992, en el Teatro Benito Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria actuó bajo amenaza de bomba, los bomberos registraron y encontraron un dispositivo explosivo en el baño público. En Gijón, Asturias, es amenazada con interferencias en la actuación en el teatro Jovellanos el 7 de septiembre de 1992 en la gira Sí por Cuba. No se impresionó y el teatro se repletó.

Hay muchos paradigmas más de su valentía personal, no solo en su actitud profesional, sino también en las entrevistas y en las calles. En Chile en septiembre de 1990, asistía al aniversario 50 del Periódico El Siglo y a las exequias de Salvador Allende, le fue imposible llegar al cementerio el día señalado por barreras interpuestas por la policía y días después los grupos de izquierda organizaron una misa y peregrinación a la necrópolis que no pudieron evitar las fuerzas del gobierno de vitrina instaurado. La Gorda cantó entonces en el mausoleo de Salvador Allende ante cientos de personas, tropas de asalto invadieron el lugar y salió debajo de los gases lacrimógenos arrastrándose, ella nunca fue demasiado ágil, solo se detenía a gritarles insultos a los milicos que apresaban a todo el que podían.

La Gorda Sara González Gómez (Cayo Hueso, La Habana, 13 de julio de 1951) fue para mí siempre particular fuente de inspiración, no solo por sus creativas y patrióticas composiciones o su ejecutoria cancionística, sino también por su forma de hechura, actuar y encarnarnos.

En Barcelona, representando a Cuba, consciente de que existía peligro real de que el enemigo siempre al acecho intentara actos hostiles contra nuestras instalaciones, fue la primera en cantar y bailar en los pasillos atestados de público visitante en nuestro stand, para desafiar a los execrables de siempre.

En Managua, solícita, quería que la lleváramos con Silvio y Virulo a enfrentar los reductos somocistas que ya se hacían sentir; hubo que persuadirlos a los tres hablándoles bien fuerte argumentándoles que allí sobraban combatientes para ello y, sin embargo, nadie podría sustituirlos en su entrega artística. 

En Corea, coincidimos en la necesidad de contrarrestar las pretensiones de algunas delegaciones occidentales de juventudes democristianas o social demócratas que querían hacer aspaviento con los sucesos mediatizados de la Plaza de Tianamén para enfrentar y condenar a la delegación china. Fue la primera en organizar una sonada y atronadora conga cubana, que estremeció la calle donde los provocadores se habían dado cita para inculpar a los chinos. Irrumpió desenojadamente y arrastró con su singular compás a todos los presentes, quienes de conjunto coreaban el estribillo… “Chiiinoooos, chiiiinoooos ahí vienen los guaracheros cubanos, arrollando con los chinos…”.

Entre uno y otro encuentro en el extranjero, y para mantener nuestra costumbre, acá en lo interno, llovían las presentaciones que le solicitábamos en los más variados espacios, algunos sin un mínimo de condiciones acústicas o técnicas, abusando de su atiborrado horario de actuaciones, composiciones, arreglos, ensayos, etc. Nunca dijo no, ni puso reparos o un solo pretexto, en ocasiones solo requería que terminando de entregar su última nota, confiriéndole como agradecimiento infinito un sencillo ramo de flores, la trasladáramos rápido al lugar donde actuaba y que le habíamos entorpecido.

Soy testigo de excepción de la empatía que el Comandante en Jefe y ella se profesaban. En aquél memorable “Sí por Cuba” del 4 de abril de 1992 organizado por la UJC para celebrar su 30 Aniversario y de paso gritarle al mundo nuestras alegrías, convicciones y esperanzas, ante los coros y estribillos de otro gran amigo el entrañable Antonio Gades, que no solo coreaba cosas de picardía y dobles sentidos, sino que espetaba alguna que otra ligera mala palabra. Ella, desternillada de la risa fue capaz de subirse a la tarima y con improvisaciones ayudarlo a enrumbar el camino.

Aquella noche el Comandante, después de haber actuado de padrino o testigo de una boda entre jóvenes militantes de la UJC oficiada en la base del monumento al más grande de los cubanos, y finalizado el acto político cultural, optó por observar desde los elevados escalones, cómo se retiraban los participantes ya en penumbras, porque de percibirlo, la multitud no se iría.

Aguzando los sentidos, atento y acucioso presenció cómo aquel enjambre de personas que siempre había escudriñado codo con codo y apretujados, ya de madrugada, se retiraban solos o en pequeños grupos, a pie hacia su destino final o a tomar las rutas de ómnibus desviadas para la ocasión.

Ella se mantuvo al lado suyo como acicate madruguero y este lo agradecía comentándole casi de susurro e íntima y confesionariamente, como cada mañana se despertaba oyéndolos a ellos, los trovadores épicos de la Revolución, los mencionaba por sus nombres, a ella y a Silvio de primeros.

A Sara, la modestia y sencillez le brotaban por los poros, le eran intrínsecas, nunca ponía reparos. En Managua, después de fatigosas jornadas a Plaza abierta o en el teatro Darío, iba a cantar en privado a algunos compañeros, entre ellos uno de los principales dirigentes nicaragüenses, aquello que la distinguía… a capella, y que intitularía este artículo si no fuera porque uno de nuestros Cinco Héroes se anticipó: “A los héroes, se le recuerda sin llanto…”. Aquel hombre de inexpresión consuetudinaria, que por razones obvias le valía el sobrenombre callado de “cara de piedra” se estremecía en sus cimientos y hasta le vi aguarse de ojos.

La Gorda repetía y repetía hasta la saciedad ese himno, o el otro, el de “Girón, La Victoria”:… “Y cuando no se olvida que no hay Libertad regalada sino tallada, sobre el mármol y la piedra,/ de monumentos llenos de flores y de tierra, y por los héroes muertos en las guerras,/ se tiene que luchar y ganar,/ se tiene que reír y amar, se tiene que vivir y cantar, se tiene que morir y crear…” hasta que al final, vencida por su siempre pertinaz asma bronquial, terminaba agotando el spray de salbutamol, el de ella y el mío, motivando hacerle llevar al servicial y también emérito como ella, pero en su caso como médico, el profesor asmatólogo, mi hermano ya también ausente, “Cuco” Rodríguez de la Vega, quien pacientemente la auscultaba y mandaba la sempiterna Prednisona, aunque recomendando moderar sus excesos de canto y tragos.

Pero, cuando más evidente fue su garrafal modestia, la cual se transformó en casi reprensible, fue cuando conocimos que acostumbraba dormir en su auto por no poseer domicilio propio ni techo seguro. Sin que lo supiera, porque irremediablemente se hubiera negado, lo hicimos saber, y aquel 31 de diciembre de 1997 casi inauguramos su nuevo hogar.

Esperamos entonces allí las 12 de la noche como si no tuviéramos más familia que atender en tan significativa fecha, jugando dominó de pareja con Abel en contra de ella y su inseparable —como ya Fidel la ponderó—, Diana Balboa Hernández.

La última vez que fui testigo de un encuentro entre ella y el Comandante,  fue en la presidencia de un acto en el Karl Marx dedicado al aniversario 45 de la Victoria de Girón el 19 de abril de 2006. Sin descorrerse aún las cortinas el Comandante decidió estrecharnos la mano a los presentes que aguardábamos sentados en la presidencia, muchos participantes de aquella epopeya. Con su siempre afinado humor, nos manifestó: “Pero Uds. no se ven tan viejitos a pesar de los 45 años transcurridos de aquella victoria…”. 

La Gorda Sara, sin pensarlo dos veces ya en formación para comenzar a vocalizar también desde atrás de las cortinas aún no descorridas, desenfadada como siempre, habló por todos: “Comandante, la procesión va por dentro”, lo cual provocó un estallido de carcajadas que sorprendió a más de uno cuando las automatizadas cortinas se alzaron haciéndonos visible a las más de 5000 personas ocupantes del colosal coliseo y que estallaron en aplausos al ver al Jefe de la Revolución, todo radiante de salud.

Nos topamos por última vez informalmente, fue de carro a carro en la calle Paseo, en la mañana del 24 de julio de 2008. Ella iba en un bus tipo panel blanco junto con otros artistas que no atiné a reconocer porque siempre que la divisaba acaparaba ella sola toda mi atención. Me gritó: “Diente, (epíteto con el que me rebautizara mi hermano Silvio hace muchos años, más de 32)  ¿y tú, no vas para Santiago? (se refería al acto por el Aniversario 55 de los asaltos al Moncada y al Carlos Manuel de Céspedes, que allí se realizaría). Al contestarle negativamente, me espetó una de las suyas: “pues te jodiste socio porque eso va a estar en grande.”

Cuánto lamenté no ir a verla cuando ya enferma y de pase médico, nos avisó a sus íntimos, el día de navidad del pasado 2011, para el Patio de la Gorda, o más aún, cuando casi le exigí a Virulo, que me llamó recién después de mis 70, el 8 de enero de este nuevo año desde su casa, que me la pusiera al teléfono, pero no recuerdo qué carajo se interpuso y me quedé sin oír para siempre aquella entrañable, ronca, mal hablada y siempre estrepitosa, voz amiga.

Estuve casi todo el tiempo en la exposición de sus cenizas en el Instituto de la Música, pero no cuando se dejaron en la Bahía como perenne custodia; para mí sería demasiado. Pero la conservo fresca y desafiante en mi memoria, gritándole “hijos de la gran puta” a los gusanos en cuanto acto hostil le escenificaban en el extranjero o dispuesta enfrentar fusil en mano, a los que en otras latitudes pretendían lo mismo con otros revolucionarios. O para lo interno, teniendo que embarajarle para no permitir que se incorporarse a los enfrentamientos a provocadores y tener que insistirle que su papel era otro, el desafío y la victoria desde la escena, desmandarse con sus composiciones autóctonas y emblemáticas: “Y por los héroes muertos en las guerras/ se tiene que luchar y ganar/ se tiene que reír y amar/ se tiene que vivir y cantar/ se tiene que morir y crear/Canto y llanto de la tierra/ Canto y llanto de la gloria. Sara, entre tus cantos y llantos de la guerra, tu segura victoria.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.