El galope de Azulejo
duró bastante
tiempo, pues el
miedo que sentían
era de legua y
media; pero todo
tiene su final, y
aunque en este caso
se trataba de dos
pájaros fabulosos
volando como flechas
con deseo de atacar,
los niños volvieron
a sonreír, el sato
meneó el rabo, el
cochero acortó
riendas, el caballo
color de mar de
Varadero tomó un
paso lento y el
suceso se comentó
con la mayor
tranquilidad.
Alrededor de las
cinco de la tarde
llegaban a un pueblo
de aspecto
pintoresco. Las
casas tenían fichas
de dominó
curiosamente
colocadas en lugar
de tejas, y
persianas de plumas;
algunas persianas
eran blancas como
garzas, otras negras
como mayitos, las de
acá verdes de
caracatey, las de
allá de un suave
gris de tórtola. Y
las había jabadas
como ala de pájaro
carpintero, y
también color
canario o del tono
de los sinsontes.
Pero lo más curioso
era que, al soplar,
el viento movía las
plumas y entonces se
escuchaban trinos y
aleteos, lo que
alegraba mucho al
pueblo. La única
dificultad de esas
persianas cantoras
estaba en que, al
llegar la primavera,
y cuando menos se
esperaba, levantaban
el vuelo.
El poblado estaba
construido en forma
de espiral; tenía
una sola calle muy
larga que,
enroscándose sobre
sí misma como un
caracol, terminaba
en una pequeña
plazuela, donde
había un carrusel
que siempre estaba
en movimiento y
lleno de niños.
Cuando llegaron a la
placita y
contemplaron el
aparato, Azulejo,
mareado, se fue
contra un poste del
alumbrado y rompió
una de las varas del
coche lo que hizo
bajarse a todos para
reparar la avería.
Perroazul saltó el
primero, ladrando de
modo provocador y
poniendo cara de
malo.
— ¿Qué le pasa?
—averiguaba Martín.
— Nada, que ha visto
otro perro en aquel
jardín —respondió su
hija.
— ¡Pero si está
amarrado y dormido
como un tronco! —se
burló Azulín.
— Yo noto algo
extraño en este
pueblo. Es un pueblo
raro, ver-da-de-ra-men-te
raro —murmuró el
cochero, mirando a
su alrededor—. ¿No
se dan cuenta,
muchachitos?
Observen y verán.
Los rodeaba una
quietud
extraordinaria; no
se sentía volar una
mosca y el más leve
murmullo resonaba
como un trueno. Y no
era que el pueblo
estuviera
deshabitado; no,
señor. Por todas
partes se veían
vecinos, pero
inmovilizados como
estatuas y en
distintas actitudes.
En las tiendas, los
clientes y empleados
no hacían el menor
movimiento.
Los bebés, en sus
cunas, tenían la
boca abierta como si
lloraran, pero se
estaban quietos, sin
producir ruido
alguno. Las amas de
casa parecían
clavadas en los
portales.
Reparadores de
líneas telefónicas y
eléctricas,
encaramados en lo
alto, se confundían
con los postes. Un
carnicero, el
panadero, una novia
engalanada con su
velo y su ramo, eran
como maniquíes. Y
había albañiles con
la cuchara en alto y
la mezcla fresca
sobre la cuchara, y
un herrero de mandil
de cuero levantando
el martillo sobre el
yunque sin dejarlo
caer. Bandadas de
palomas estaban
detenidas en su
vuelo y presas en el
aire del pueblo. Y
en la escuela, los
niños y la maestra
no parecían ver ni
escuchar.
Todo lo que habitaba
el insólito rincón
estaba inerte como
figuras de cera de
algún museo.
Martín Colorín,
hombre prudente,
trataba de
explicarse todo
aquello sin
conseguirlo.
Perroazul preguntaba
temeroso:
— ¿No serán
fantasmas?
— ¡Cállate, bobo!
—amonestó la niña—.
Pues, si no se han
muerto, estarán para
morirse, que viene a
ser lo mismo —porfió
el terco perrito
miedoso.
— ¿Se han fijado? En
este pueblo no hay
cementerio —señaló
Azulín.
— Es verdad —asintió
el cochero.
— ¿Y por qué estarán
en esa forma, papá?
—quiso saber
Azulosa—. Debe de
ser muy aburrido.
Al no saber qué
opinar del fenómeno
y cansados de dar
voces sin obtener
respuesta, pensaron
que lo más
importante era
reparar la rotura de
la vara para poder
seguir viaje, aunque
también era
necesario averiguar
lo que ocurría en
aquella fantástica
población, para
ayudarla en caso de
necesidad.
— Ya alguien nos
informará —sentenció
el capitán de
aquella tropa—.
Todas las cosas se
saben.
Dora Alonso:
Narradora,
dramaturga, poeta y
periodista. Una de
las más importantes
escritoras para
niños de la
literatura cubana.
Nació
en Máximo Gómez,
pueblo de Matanzas,
al occidente de
Cuba, en 1910. A los
veinte años publicó
sus primeros
escritos en el
periódico Prensa
Libre de la
ciudad de Cárdenas,
en su provincia
natal.
En 1940 Dora Alonso
se trasladó para La
Habana, y allí
colaboró con
diferentes
publicaciones y
realizó también
múltiples labores,
entre ellas la de la
artesanía. En 1946
fue merecedora del
premio periodístico
“Enrique
José Varona”,
y en 1947 obtuvo el
premio del concurso
de cuentos
Alfonso Hernández
Catá,
y el premio "Luis de
Soto", de teatro,
con la obra La
hora de estar ciegos.
En 1947 comenzó a
elaborar guiones
para la radio, donde
desempeñó una labor
importante como
escritora. Su
primera obra para
este medio fue
Entre monte y cielo.
El año 1956 marcó el
inicio de la
producción literaria
de Dora Alonso para
el público infantil,
cuando escribió la
obra teatral
Pelusín y los
pájaros, a
solicitud de los
teatristas Carucha y
Pepe Camejo y Pepe
Carril. En 1959 Dora
Alonso obtuvo el
Premio Nacional de
Teatro del
Ministerio de
Educación, con la
comedia para adultos
La casa de los
sueños.
Su novela Tierra
inerme recibió
en 1961 el Premio
Casa de las
Américas. En 1975
aparece El
cochero azul,
con una primera
edición de 200 mil
ejemplares. Con su
novela El valle
de la Pájara Pinta
obtuvo en 1980 el
Premio Casa de las
Américas en la
categoría de obras
para niños y
jóvenes. En 1988 se
le confiere el
Premio Nacional de
Literatura de Cuba.