La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

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Visita a pueblo dormido

Dora Alonso (Matanzas, 1910 - La Habana, 2001)

El galope de Azulejo duró bastante tiempo, pues el miedo que sentían era de legua y media; pero todo tiene su final, y aunque en este caso se trataba de dos pájaros fabulosos volando como flechas con deseo de atacar, los niños volvieron a sonreír, el sato meneó el rabo, el cochero acortó riendas, el caballo color de mar de Varadero tomó un paso lento y el suceso se comentó con la mayor tranquilidad.

Alrededor de las cinco de la tarde llegaban a un pueblo de aspecto pintoresco. Las casas tenían fichas de dominó curiosamente colocadas en lugar de tejas, y persianas de plumas; algunas persianas eran blancas como garzas, otras negras como mayitos, las de acá verdes de caracatey, las de allá de un suave gris de tórtola. Y las había jabadas como ala de pájaro carpintero, y también color canario o del tono de los sinsontes.

Pero lo más curioso era que, al soplar, el viento movía las plumas y entonces se escuchaban trinos y aleteos, lo que alegraba mucho al pueblo. La única dificultad de esas persianas cantoras estaba en que, al llegar la primavera, y cuando menos se esperaba, levantaban el vuelo.

El poblado estaba construido en forma de espiral; tenía una sola calle muy larga que, enroscándose sobre sí misma como un caracol, terminaba en una pequeña plazuela, donde había un carrusel que siempre estaba en movimiento y lleno de niños. Cuando llegaron a la placita y contemplaron el aparato, Azulejo, mareado, se fue contra un poste del alumbrado y rompió una de las varas del coche lo que hizo bajarse a todos para reparar la avería.

Perroazul saltó el primero, ladrando de modo provocador y poniendo cara de malo.

— ¿Qué le pasa? —averiguaba Martín.

— Nada, que ha visto otro perro en aquel jardín —respondió su hija.

— ¡Pero si está amarrado y dormido como un tronco! —se burló Azulín.

— Yo noto algo extraño en este pueblo. Es un pueblo raro, ver-da-de-ra-men-te raro —murmuró el cochero, mirando a su alrededor—. ¿No se dan cuenta, muchachitos? Observen y verán.

Los rodeaba una quietud extraordinaria; no se sentía volar una mosca y el más leve murmullo resonaba como un trueno. Y no era que el pueblo estuviera deshabitado; no, señor. Por todas partes se veían vecinos, pero inmovilizados como estatuas y en distintas actitudes. En las tiendas, los clientes y empleados no hacían el menor movimiento.

Los bebés, en sus cunas, tenían la boca abierta como si lloraran, pero se estaban quietos, sin producir ruido alguno. Las amas de casa parecían clavadas en los portales.

Reparadores de líneas telefónicas y eléctricas, encaramados en lo alto, se confundían con los postes. Un carnicero, el panadero, una novia engalanada con su velo y su ramo, eran como maniquíes. Y había albañiles con la cuchara en alto y la mezcla fresca sobre la cuchara, y un herrero de mandil de cuero levantando el martillo sobre el yunque sin dejarlo caer. Bandadas de palomas estaban detenidas en su vuelo y presas en el aire del pueblo. Y en la escuela, los niños y la maestra no parecían ver ni escuchar.

Todo lo que habitaba el insólito rincón estaba inerte como figuras de cera de algún museo.

Martín Colorín, hombre prudente, trataba de explicarse todo aquello sin conseguirlo.

Perroazul preguntaba temeroso:

— ¿No serán fantasmas?

— ¡Cállate, bobo! —amonestó la niña—. Pues, si no se han muerto, estarán para morirse, que viene a ser lo mismo —porfió el terco perrito miedoso.

— ¿Se han fijado? En este pueblo no hay cementerio —señaló Azulín.

— Es verdad —asintió el cochero.

— ¿Y por qué estarán en esa forma, papá? —quiso saber Azulosa—. Debe de ser muy aburrido.

Al no saber qué opinar del fenómeno y cansados de dar voces sin obtener respuesta, pensaron que lo más importante era reparar la rotura de la vara para poder seguir viaje, aunque también era necesario averiguar lo que ocurría en aquella fantástica población, para ayudarla en caso de necesidad.

— Ya alguien nos informará —sentenció el capitán de aquella tropa—. Todas las cosas se saben.


Dora Alonso: Narradora, dramaturga, poeta y periodista. Una de las más importantes escritoras para niños de la literatura cubana. Nació en Máximo Gómez, pueblo de Matanzas, al occidente de Cuba, en 1910. A los veinte años publicó sus primeros escritos en el periódico Prensa Libre de la ciudad de Cárdenas, en su provincia natal. En 1940 Dora Alonso se trasladó para La Habana, y allí colaboró con diferentes publicaciones y realizó también múltiples labores, entre ellas la de la artesanía. En 1946 fue merecedora del premio periodístico “Enrique José Varona”, y en 1947 obtuvo el premio del concurso de cuentos Alfonso Hernández Catá, y el premio "Luis de Soto", de teatro, con la obra La hora de estar ciegos. En 1947 comenzó a elaborar guiones para la radio, donde desempeñó una labor importante como escritora. Su primera obra para este medio fue Entre monte y cielo. El año 1956 marcó el inicio de la producción literaria de Dora Alonso para el público infantil, cuando escribió la obra teatral Pelusín y los pájaros, a solicitud de los teatristas Carucha y Pepe Camejo y Pepe Carril. En 1959 Dora Alonso obtuvo el Premio Nacional de Teatro del Ministerio de Educación, con la comedia para adultos La casa de los sueños. Su novela Tierra inerme recibió en 1961 el Premio Casa de las Américas. En 1975 aparece El cochero azul, con una primera edición de 200 mil ejemplares. Con su novela El valle de la Pájara Pinta obtuvo en 1980 el Premio Casa de las Américas en la categoría de obras para niños y jóvenes. En 1988 se le confiere el Premio Nacional de Literatura de Cuba.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.