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ace ahora cincuenta años apareció Dador.
Considerado por algunos críticos como “un solo
gran poema” es, sin lugar a duda, un libro de
plenitud de la creación poética de José Lezama
Lima, iniciada en 1939 con “Muerte de Narciso”.
Una década después de la
aparición de Dador el Instituto Cubano
del Libro publicó Poesía Completa
(Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1970),
tomo en el cual Dador precede un grupo de
poemas dispersos escritos después de 1960. El
autor de Aventuras sigilosas no
publicaría en vida otro poemario. El póstumo
Fragmentos a su imán (Editorial Letras
Cubanas, La Habana, 1977) recoge sus últimos
trabajos en la poesía.
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José Lezama Lima, marzo de 1960 |
Poco después del triunfo de la
Revolución en 1959, Lezama fue nombrado director
del Departamento de Literatura y publicaciones
del Consejo Nacional de Cultura. Más tarde
trabajó como asesor en el Instituto de
Investigaciones Literarias.
Dador,
aseguró el poeta en carta dirigida a Eugenio
Florit, recoge trabajos escritos en los “diez o
doce años” anteriores a 1960.
En otra misiva, esta vez dirigida
en 1961 a su hermana Eloísa —quien hacía pocos
meses había emigrado a San Juan, Puerto Rico—,
Lezama comentó el ensayo titulado “Por Dador”,
de Fina García Marruz, texto que se publicaría
más tarde en la revista
Cuba
en la Unesco (La Habana, diciembre de 1961) y
luego se recogería en diversos volúmenes
dedicados al examen de la obra lezamiana:
“Fina hizo un ensayo muy bueno
sobre mi libro Dador. Se metió dentro de
él, lo estudió con detenimiento, su bondad y su
sentido poético hicieron lo demás. Son finezas
que tendremos que agradecer siempre. Lleva seis
meses publicado mi libro, ni la más leve
referencia en ningún sitio adecuado se ha hecho,
pero todo este silencio se me resarce con lo que
Fina me ha escrito, que es en verdad notable”.
En su ensayo “José Lezama Lima:
la risueña oscuridad o los emblemas emigrantes”,
recogido en el volumen A través de la trama.
Sobre vanguardias literarias y otras
concomitancias (Iberoamericana, Madrid,
2007), Saúl Yurkievich opinó:
“Sala de baile, escaparate
mágico, ópera fabulosa, Dador es el poema
más extenso de José Lezama Lima; allí se explaya
esa sobreabundancia donde lo incondicionado
puede encontrar la imagen del mayor posible
conocido, esa totalidad desatinada donde todo se
vuelve materia comparable; allí intenta Lezama
Lima, a través de la expansión, el henchimiento,
la hipérbole, hacer germinar el potens,
la semilla de las infinitas posibilidades;
intenta restituirnos por saturación al reino de
lo relacionable genésico, al torbellino
metafórico, con sus inapresables ejes
traslaticios.
Dador
dilata la imagen hasta el último confín, hasta
la linde donde lo imposible, lo no adivinado, lo
que no habla se rindan al posibiliter
poético. Paradójicamente, puede conjeturarse, en
relación con esta poética del exceso revelador
de la sobrenaturaleza, que la mayor longitud, la
de Dador, es capaz de propiciar el más
alto tenor de poeticidad.”
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Dador,
Edición príncipe |
Dador
fue el último libro de Lezama en salir de las
prensas de Úcar, García & Cía, de la calle
O’Reilly —que el poeta gustaba de llamar
risueñamente “Ucaria”—, taller donde pulcramente
se imprimía la revista Orígenes
(1944-1956)
y todos los libros que
aparecieron con su sello editorial, siempre
costeados por sus autores.
Lezama tituló Primera glorieta
de la amistad a una sección de Dador
que reúne páginas dedicadas a algunos de sus más
cercanos amigos, la mayoría estrechamente
vinculados a Orígenes: escritores,
músicos, pintores... A continuación reproducimos
íntegramente este singular conjunto de poemas
publicados por primera vez hace medio siglo.
(Daniel Louis)
PRIMERA
GLORIETA DE LA AMISTAD
(de Dador, La Habana,
1960)
(Para Fina García Marruz)
Señora piel... oleaje,
punto en boca del pez.
No el wagneriano crinaje,
sí la hoja en su envés.
Luciérnaga del poro,
extensión con su pino
de Noel y el egipcio lino.
Se pliega, esfera de oro.
Incomprensiblemente se retrata
con una orquídea japonesa.
Su alianza es como la plata,
cuando en el examen reza.
Hable la fresa en su rocío
del baile de los elfos en el
frío.
(Para Bella García Marruz)
La Diana, la leona,
pinta el azul en estera,
tortugas en las cuatro lonas,
trifolias en la cafetera.
Primero, baila en el mito;
antologiza el acanto
después; pitagórico rito
binario levanta el canto.
Compruébase con la risa
y el esmalte dice en la estría
del mueble ascendente lento.
Niñez del fantasma estira
el telón de los
Cien días
o las máscaras del viento.
(Para el Pbro. Ángel Gaztelu)
¿Quién podría decir, Ángel de las
Escuelas,
que en Fray Luis, las
serenas
son las sirenas?
Y que la primera sirte cancionera,
Querento,
es la ciudad, el arroyo, el amigo
o dinastías,
después que, como el humo,
treparon adormecidas.
Que las ingrávidas amonestaciones
de Cháscales,
dirigen las
decretalis
a los confines donde los caballos
tasan su espuma por su igual
confitería.
El taponado oído, que es también
sirena,
conserva su parábola chorreante,
mitad lince bigotillo o jabalí
lloroso,
entre la cueva y la mano en hilo.
Pero al caer de la cera en el
oído enrejilla el secreto,
graba las inscripciones contra
Aquiles de la tortuga en el peto.
Pero hoy las sirenas están en la
capa, en el cubrefuego,
o ya en los contraídos nudos del
hipérbaton latino,
pues la ciudad cabecea, se vuelve
ondear marino.
Pero el demonio sigue haciendo
con el tiempo una masa harinosa,
que el homúnculo no puede ya
cortar,
percibiendo la planicie de un
zumbido en torno de la higuera.
Así usted, mi querido Ángel de
las Escuelas,
sabe que el tiempo se disuelve
contemplando el
esse sustancialis,
y la Forma, hecha de la arenosa
resistencia.
Y que la divisa de un candoroso,
enfermo heresiarca:
Conozco aquel en quien he creído,
sólo llueve en la flauta cuando
él nos quiere conocer,
y nos escarba hasta
transparentarnos.
¿Quién podría decir, Ángel de las
Escuelas,
que en Fray Luis, las
serenas
son las sirenas?
Su decidida nariz y su paladeo de
merluza con aguja del paladar,
y su rapidez criolla que sabe de
la torrecilla en la espalda,
tienen el despertado naciente del
sello de la alianza,
nos hacen creer en la misteriosa
artesanía del mantel
que se acerca y del volante verbo
la mazorca,
y todo ello resurrecciona cuando
usted brama en la puerta
y alboroza.
(Bodas
de Julián Orbón)
Dispone la contrarréplica, bien
haya!
La réplica arropada en trineo,
abanicada a lo egipcio.
Roto lo causal entre cuatro
tocados, potestades,
la contrarréplica mece la seda
arrinconada.
La réplica inunda a clavijas de
sótano,
y se alza brusca a la luciente
piña, sortijón;
entona por una presencia del
estarse o tejerse,
pues el enfrentado tiene la
potencia y la réplica.
El enfrentado en su frente que se
abre como una cuchara,
tiene la caballería de humo y el
antílope crítico,
por eso su
furore
tiene la criolla dulzura calderoniana del
“áspid
de metal”,
y Tangui invenciona la
contrarréplica, entera de criolla,
hojosa de piel descalza,
retirándose para hablar al final
de los diez y siete cuartos, y
volver a la primera semana
donde se casaron, juntos con una
espada y un gato,
y el enloquecido, maravilloso
negro de Santiago: ¿está el niño
Julián?
(Para Lorenzo García Vega)
Miraba y rompía como lince
circular el no encuentro,
pero a veces reclamaba tropezar y
conversar,
enumerando con tibieza la oscura
cantidad
de cuerpos y jarras rotas y de
maltrechos arcos.
La puerta por donde tú seguías
entrando día y noche,
después me hablaba con calladas
afirmaciones baritonales,
me decía la puerta que la
compañía de hondura laberíntica,
tú la traías con tibieza criolla
de alucinación y temblorosas manos.
Tus ojos están parados en dos
pies como los estirados caballos
y tu manera de dividir las
palabras como las migajas
que conservan la sustancia
después que la casa se la llevó el humo.
El paréntesis de la pausa en que
respiras,
se hace espeso para mí como el
tictac de un saco
de arenas, pues mi vida se narra
entre los cujes.
(Para Cintio Vitier)
Se nos fue la vida hipostasiando,
haciendo con los dioses un
verano.
Viene el
ictus
a la choza cantando
el efímero y los dioses de la
mano:
Queríamos la carne de los dioses,
el aliento, el
pneuma
ya guerrero.
Estaba en el malvado mandadero
el
intelligere
del Bosco de los goces.
Unía el río la piedra con el
alma;
la estrella en la fibra de la
palma
sonríe la bisagra de dos mares.
¿Pesa el conocimiento como cae el
brazo?
El aliento y el bostezo divino
enlazo
si el pez y el relámpago son
pares.
(Para Mariano)
Es, y sí, el Gran Elector,
toca, reencuentra y exime
el pedazo que percibe,
bello animal a su olor.
Escoge frambuesa de junio.
La esponja del plenilunio
escoge ciego; chorrea en su telar
la línea de la gaviota,
elector no elegido. Y, pelota
del Ananké, vuelve a hilar.
Arena de aquel destino,
y no fatalidad de fatalidad,
el bálsamo de Fierabrás
se destapa como el vino.
La suerte empieza,
cada vez que despereza
se da el salto a otra fuente
y el árbol se carga el crío.
Cobalto del ruiseñor, moviente
la rama iniciala el caserío.
(Para Alfredo Lozano,
por el Obispo, el Ícaro y el Pez)
Vueltas el fuego recobra,
como que arde en su centro;
como que pronto reobra
en el espejo de dentro.
Tira hojas a la pira,
pero salva a Orfeo, su lira,
hija de la tortuga lasciva.
Veloz inmovilizado
ante la piedra cautiva,
en el Icaro estrenado.
Estira el yeso el Obispo
amortajado, plancha el hábito
con varas de Trismegisto
e incógnitas de Pirilampo.
Escala en la eternidad,
Can del tiempo, pero mudo.
Sonríe desde su encierro
al ver el muro roqueño,
que cubre como un cristal
la sonrisa de lo eterno.
Al borde de la mañana
los desmanes de Diana,
con toronjas de cristal.
En un parque vive un pez,
que mira bien al través
de las rocas y los álamos.
La mano que en las agallas
trazó las cuentas de ensalmo,
regaló cometas calmo,
hizo el juego sin murallas.
(Para René Portocarrero)
Tú sabías,
que el aroma de la piña era el
vals del paladar;
que la reaparición del juglar era
en un patio del Cerro;
que el ángel y la tortuga
paseaban por nuestras azoteas
en el mediodía, con la
transparencia espesa de la piscina
invadida de cuerpos intocables en
su embriaguez,
pues podías haber pintado la
Legión tebana o La retirada
de los diez mil, pero preferiste
llevar a tus banquetes
nuestra novela de bolsillo, donde
la dama con un mantecado
sombrerón y un lazo para los
mosquitos,
lanza el mantel en las
confusiones del naufragio.
Cuando la luna desciende a los
infiernos
o enciende las plateadas chozas
incaicas en las altas rocas,
el juglar tiembla al elevar una
escalerilla de copas,
soplando la alfombra que volará
tirada por balcones ciegos.
El ángel que salta asustado, como
si saliese de un cascarón
vigila la ciudad donde pasas el
invierno,
donde planchas tus corbatas con
la receta del Doctor Fausto.
Tus banquetes donde el hijo del
carnicero sirve la jarra
al monarca de incógnito,
reconocible por su indiferencia
ante el pescado de ojeras
babilónicas,
van recibiendo invitados, que
surgen de un desfiladero,
escapados a las flechas de los
persas minuciosos.
Parece decir:
las corbatas escocesas son un
dije en la eternidad.
Pero dice:
la imaginación es una casa al
lado del río,
y el río es la primera ley de lo
visible invisible,
que no se transparenta hasta que
el ángel
se zambulle uniendo sus manos,
mordiendo la mejorana.
Cuando te mudas la ciudad habla
por sus grietas,
pues las voces subterráneas te
soplan sobre las nuevas pesadillas,
que las brisas aconsejan en tus
ventanas desdoblables:
la que va de tu pincel a la
granada de Deméter,
la que trae Orfeo huyendo de las
amazonas.
(Para Raúl Milián)
El polen es un ente,
polens el dicotiledón.
Reverso del poniente,
chupa azul el terrón.
Por esporas... el tridente
pincha en el acordeón;
una estela a su puente,
gránulos de algodón.
As de oro a su acto,
la semilla navega
el contorno en su esencia.
Tiara en sangre su pacto,
a su ocaso se entrega
la flor, su resistencia.
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René Portocarrero, Ángel Gaztelu, José
Lezama Lima y Raúl Milián. |
(Para Eliseo Diego, por su
Calzada de Jesús del Monte)
I
No el plectro mece
la arada consistencia
de un peldaño en la esencia
de su espejo, y parece
borrar toda frecuencia
—todo humo escarnece
su propia intransigencia
que lo ovilla y perece—.
La mano que no existe,
en su ademán persiste
y cubre la otra mano.
La frase, ceja;
la lentitud, abeja
y aguijón de la mano.
II
La brisa lo secuestra
y densa como un chaleco,
en la mesa de noche recuesta
un apagado eco.
La almohada y el seco
caracolillo condensa,
y si caen como un fleco,
permanecen en la permanencia.
Aljabas por los alrededores;
maúllan sus corredores;
bebe en la placeta.
“Completamente, dice,
el terrón volatice
en pico de la ola secreta.”
III
Lince gordo, lince
que su pincel no entrega
al aire que lo anega
en voluta o esguince.
Conoce la esquina, luego
el présago mancha de vino
—cerámica a su fuego—
otra alacena, el recado fino.
Diestro amigo. ¿No sabe
que me alegra? Alabe
otro como cae su sentencia.
Diga el plectro el servicio
y mármol de su ejercicio,
y cómo ordena y silencia.
(Otra vez el Padre Gaztelu)
Norma,
que se devuelve a yerbazal lunado,
creciente a torre de buey y
ejemplar cuidado;
canon,
entreabriendo el tricornio presuroso
y cerrándolo en triple basto de
fuga ceremonial.
Ley
llovida por los avances del claro
de rey
y escampada regalando el escudo
del mesón.
No podrá olvidarse con caracoles
irónicos,
la firmeza de teja coralina que
se empuña.
Métrico,
buen instrumento le dio sus narices,
para el airecillo en pausas
retruécano.
Su despertar saborea el tiempo
medido
... pues olvidando la oda navarra
y el buen segurete,
se va acercando a criollo
lasquear y a compaseo,
llevado al menear la cabeza y al
brusco estar quieto.
(Para Fina, por
Las miradas perdidas)
Neptuno gira el pescuezo,
y la alguilla si se irrita,
el tridente se nos quita
del avérnico mastuerzo.
enigmático palomar,
sube agua del fanal.
Gato en su oscuro discreto,
la escalera se retira,
cuando la mirada mira
a neptuno vuelto secreto.
Cuando ganan las miradas
el mar lo suma a su roble,
precisa hojas pisadas
para amanecer redoble
y monstruo de su atavío,
no escarcha ni peje frío.
Y el tridente alza el pacto
del mar, viejo de heridas
con
las miradas perdidas,
Neptuno sonríe el acto.
(Para José Rey de la
Torre)
Un dedo puede sentarse como Omar
sin la conjugación del mar
latino.
Árabe
voluptas
y
romana
dignitate,
el arco romano en el árabe
albogón.
El frío del Condado de York, qué
bien aleja,
la pinarita, honguillo habanero,
qué bien prepara.
Sanz le dio el llavero a Rey para
el antifaz
del Gobernador. “El guardián,
dijo, que vaya a ver
a su novia inexistente, y que
duerma después en casa
de su tío, el alférez colorante.”
El dedo del Rey, qué bien con el
llavero
clavando, dulcemente, el cometa,
oh guitarrero,
todos sus dedos nadando por el
llavero.
En estos días pascoes, se lo
juro, el procónsul
Juliabro y yo pescador,
encontramos la Torre deseada.
Aquel cometa, abrigado por su
guitarra,
en estos días pascoes, se lo
juro, salta del Condado
de York a la Mejorana: los tres
andamos, los tres reímos.
(Para José Rodríguez Feo, en los días de
Orígenes)
Como ardilla que rueda y no se
empaña,
las dulces bien medidas
diversiones,
persigue doblado en mitad de la
campaña
el velo que excita, descubre las
interjecciones.
Como es oro sutil lo que él
apaña,
y si va al campo a robar
interjecciones,
la flecha griega odiando lo que
entraña,
rompe el ánfora de aporías y
diversiones.
Por tierras de nieve sin
rejillas,
prolonga la miel de las mejillas
apegado a un cristal que no se
duele.
San Jerónimo y Orígenes acrecen,
cuando ambos parece que se mecen
en contrapunteada raíz, que no se
mueve.
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Mariano Rodríguez, José Lezama Lima,
José Rodríguez Feo. |
(Para Octavio Smith)
Aspas, bastos, flautines, ojos,
niebla, aliento, sombra,
cerrojos.
Aproximación a las proclamas del
estío,
cuando la madera chilla dentro
del caserío.
La entonada raíz el agua mece
y el leñador pegando en la sombra
acrece,
como dos vasos de agua removidos,
por barajas y linces
estremecidos.
La niebla es el sombrero de una
vida sumergida,
quitarse el sombrero es lo
invisible que convida.
(Para
Agustín Pi)
Si quieres que te recuerde,
sóplame.
Conviérteme en una hoja.
En el halo hay una mosca.
Se despierta,
nada entre su cuerpo
y la almohada.
¿Cómo sentir a la abeja?
Retrocede,
pinta el aire, acaricia
el perro en el frío de la noche.
Columna de la primavera:
entra la sombra al árbol,
despierta con un paño
entre sus piernas.
Las puntas de las estrellas
tachonan la espalda
de la serpiente.
Orden de la caridad:
serpentina y generosidad.
Presuntuoso mismísimo,
se recuesta en un panal
a la sombra.
Se inclina más... La otra mitad
es tan blanda.
Se ocultó,
anegado en una nube de apoyo.
No se diluyó el paseo
en errante punto amargo.
El pez que agoniza
fuera de su moviente pregunta,
fue la invención del espejo.
Trae un cordel en la boca,
pero no encuentra
ningún laberinto, y se pierde.
Viene la noche a ceñirle.
Está en el recuerdo
de la hoja. Húmedo mismísimo
y nada entre su cuerpo y la nada.
(Para Sergio Vitier)
Trotón, teatro de alambre,
trota en la gruta de espejos.
Crótalos de muy lejos
su madeja de estambres.
La escalera sin uso
y el cordel que no quema.
No hay principio en la arena,
sí escafandra en lo infuso.
Mira: allí viene escribiendo
una mariposa en latín.
La cantimplora sin fin
rueda el verso entreabriendo.
Guarde la paloma por su raíz
el zodíaco de la semilla de maíz.
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José Lezama Lima, Cintio y Sergio
Vitier. |
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