Centenario de José Lezama Lima

(c) La Jiribilla, 2010

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Medio siglo de Dador

 
 



ace ahora cincuenta años apareció Dador. Considerado por algunos críticos como “un solo gran poema” es, sin lugar a duda, un libro de plenitud de la creación poética de José Lezama Lima, iniciada en 1939 con “Muerte de Narciso”.

Una década después de la aparición de Dador el Instituto Cubano del Libro publicó Poesía Completa (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1970), tomo en el cual Dador precede un grupo de poemas dispersos escritos después de 1960. El autor de Aventuras sigilosas no publicaría en vida otro poemario. El póstumo Fragmentos a su imán (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1977) recoge sus últimos trabajos en la poesía.

José Lezama Lima, marzo de 1960

Poco después del triunfo de la Revolución en 1959, Lezama fue nombrado director del Departamento de Literatura y publicaciones del Consejo Nacional de Cultura. Más tarde trabajó como asesor en el Instituto de Investigaciones Literarias. Dador, aseguró el poeta en carta dirigida a Eugenio Florit, recoge trabajos escritos en los “diez o doce años” anteriores a 1960.

En otra misiva, esta vez dirigida en 1961 a su hermana Eloísa —quien hacía pocos meses había emigrado a San Juan, Puerto Rico—, Lezama comentó el ensayo titulado “Por Dador”, de Fina García Marruz, texto que se publicaría más tarde en la revista Cuba en la Unesco (La Habana, diciembre de 1961) y luego se recogería en diversos volúmenes dedicados al examen de la obra lezamiana:  

“Fina hizo un ensayo muy bueno sobre mi libro Dador. Se metió dentro de él, lo estudió con detenimiento, su bondad y su sentido poético hicieron lo demás. Son finezas que tendremos que agradecer siempre. Lleva seis meses publicado mi libro, ni la más leve referencia en ningún sitio adecuado se ha hecho, pero todo este silencio se me resarce con lo que Fina me ha escrito, que es en verdad notable”.

En su ensayo “José Lezama Lima: la risueña oscuridad o los emblemas emigrantes”, recogido en el volumen A través de la trama. Sobre vanguardias literarias y otras concomitancias (Iberoamericana, Madrid, 2007), Saúl Yurkievich opinó:

“Sala de baile, escaparate mágico, ópera fabulosa, Dador es el poema más extenso de José Lezama Lima; allí se explaya esa sobreabundancia donde lo incondicionado puede encontrar la imagen del mayor posible conocido, esa totalidad desatinada donde todo se vuelve materia comparable; allí intenta Lezama Lima, a través de la expansión, el henchimiento, la hipérbole, hacer germinar el potens, la semilla de las infinitas posibilidades; intenta restituirnos por saturación al reino de lo relacionable genésico, al torbellino metafórico, con sus inapresables ejes traslaticios.

Dador dilata la imagen hasta el último confín, hasta la linde donde lo imposible, lo no adivinado, lo que no habla se rindan al posibiliter poético. Paradójicamente, puede conjeturarse, en relación con esta poética del exceso revelador de la sobrenaturaleza, que la mayor longitud, la de Dador, es capaz de propiciar el más alto tenor de poeticidad.”

Dador, Edición príncipe

Dador fue el último libro de Lezama en salir de las prensas de Úcar, García & Cía, de la calle O’Reilly —que el poeta gustaba de llamar risueñamente “Ucaria”—, taller donde pulcramente se imprimía la revista Orígenes (1944-1956) y todos los libros que aparecieron con su sello editorial, siempre costeados por sus autores.

Lezama tituló Primera glorieta de la amistad a una sección de Dador que reúne páginas dedicadas a algunos de sus más cercanos amigos, la mayoría estrechamente vinculados a Orígenes: escritores, músicos, pintores... A continuación reproducimos íntegramente este singular conjunto de poemas publicados por primera vez hace medio siglo. (Daniel Louis)
 

PRIMERA GLORIETA DE LA AMISTAD

(de Dador, La Habana, 1960) 
 

(Para Fina García Marruz) 

Señora piel... oleaje,

punto en boca del pez.

No el wagneriano crinaje,

sí la hoja en su envés.

Luciérnaga del poro,

extensión con su pino

de Noel y el egipcio lino.

Se pliega, esfera de oro.

Incomprensiblemente se retrata

con una orquídea japonesa.

Su alianza es como la plata,

cuando en el examen reza.

Hable la fresa en su rocío

del baile de los elfos en el frío.

 

 

(Para Bella García Marruz)

La Diana, la leona,

pinta el azul en estera,

tortugas en las cuatro lonas,

trifolias en la cafetera.

Primero, baila en el mito;

antologiza el acanto

después; pitagórico rito

binario levanta el canto.

Compruébase con la risa

y el esmalte dice en la estría

del mueble ascendente lento.

Niñez del fantasma estira

el telón de los Cien días

o las máscaras del viento.

 

 

         (Para el Pbro. Ángel Gaztelu) 

¿Quién podría decir, Ángel de las Escuelas,

que en Fray Luis, las serenas

son las sirenas?

Y que la primera sirte cancionera, Querento,

es la ciudad, el arroyo, el amigo o dinastías,

después que, como el humo, treparon adormecidas.

Que las ingrávidas amonestaciones de Cháscales,

dirigen las decretalis a los confines donde los caballos

tasan su espuma por su igual confitería.

El taponado oído, que es también sirena,

conserva su parábola chorreante,

mitad lince bigotillo o jabalí lloroso,

entre la cueva y la mano en hilo.

Pero al caer de la cera en el oído enrejilla el secreto,

graba las inscripciones contra Aquiles de la tortuga en el peto.

Pero hoy las sirenas están en la capa, en el cubrefuego,

o ya en los contraídos nudos del hipérbaton latino,

pues la ciudad cabecea, se vuelve ondear marino.

Pero el demonio sigue haciendo con el tiempo una masa harinosa,

que el homúnculo no puede ya cortar,

percibiendo la planicie de un zumbido en torno de la higuera.

Así usted, mi querido Ángel de las Escuelas,

sabe que el tiempo se disuelve contemplando el esse sustancialis,

y la Forma, hecha de la arenosa resistencia.

Y que la divisa de un candoroso, enfermo heresiarca:

Conozco aquel en quien he creído,

sólo llueve en la flauta cuando él nos quiere conocer,

y nos escarba hasta transparentarnos.

¿Quién podría decir, Ángel de las Escuelas,

que en Fray Luis, las serenas

son las sirenas?

Su decidida nariz y su paladeo de merluza con aguja del paladar,

y su rapidez criolla que sabe de la torrecilla en la espalda,

tienen el despertado naciente del sello de la alianza,

nos hacen creer en la misteriosa artesanía del mantel

que se acerca y del volante verbo la mazorca,

y todo ello resurrecciona cuando usted brama en la puerta

y alboroza.

 

 
 

     (Bodas de Julián Orbón)

Dispone la contrarréplica, bien haya!

La réplica arropada en trineo, abanicada a lo egipcio.

Roto lo causal entre cuatro tocados, potestades,

la contrarréplica mece la seda arrinconada.

La réplica inunda a clavijas de sótano,

y se alza brusca a la luciente piña, sortijón;

entona por una presencia del estarse o tejerse,

pues el enfrentado tiene la potencia y la réplica.

El enfrentado en su frente que se abre como una cuchara,

tiene la caballería de humo y el antílope crítico,

por eso su furore tiene la criolla dulzura calderoniana del “áspid

de metal”,

y Tangui invenciona la contrarréplica, entera de criolla,

hojosa de piel descalza, retirándose para hablar al final

de los diez y siete cuartos, y volver a la primera semana

donde se casaron, juntos con una espada y un gato,

y el enloquecido, maravilloso negro de Santiago: ¿está el niño

Julián?


 

                        (Para Lorenzo García Vega)

Miraba y rompía como lince circular el no encuentro,

pero a veces reclamaba tropezar y conversar,

enumerando con tibieza la oscura cantidad

de cuerpos y jarras rotas y de maltrechos arcos.

La puerta por donde tú seguías entrando día y noche,

después me hablaba con calladas afirmaciones baritonales,

me decía la puerta que la compañía de hondura laberíntica,

tú la traías con tibieza criolla de alucinación y temblorosas manos.

Tus ojos están parados en dos pies como los estirados caballos

y tu manera de dividir las palabras como las migajas

que conservan la sustancia después que la casa se la llevó el humo.

El paréntesis de la pausa en que respiras,

se hace espeso para mí como el tictac de un saco

de arenas, pues mi vida se narra entre los cujes.

 
 

                   (Para Cintio Vitier) 

Se nos fue la vida hipostasiando,

haciendo con los dioses un verano.

Viene el ictus a la choza cantando

el efímero y los dioses de la mano:

Queríamos la carne de los dioses,

el aliento, el pneuma ya guerrero.

Estaba en el malvado mandadero

el intelligere del Bosco de los goces.

Unía el río la piedra con el alma;

la estrella en la fibra de la palma

sonríe la bisagra de dos mares.

¿Pesa el conocimiento como cae el brazo?

El aliento y el bostezo divino enlazo

si el pez y el relámpago son pares.

 
 

                 (Para Mariano)

Es, y sí, el Gran Elector,

toca, reencuentra y exime

el pedazo que percibe,

bello animal a su olor.

Escoge frambuesa de junio.

La esponja del plenilunio

escoge ciego; chorrea en su telar

la línea de la gaviota,

elector no elegido. Y, pelota

del Ananké, vuelve a hilar.

Arena de aquel destino,

y no fatalidad de fatalidad,

el bálsamo de Fierabrás

se destapa como el vino.

La suerte empieza,

cada vez que despereza

se da el salto a otra fuente

y el árbol se carga el crío.

Cobalto del ruiseñor, moviente

la rama iniciala el caserío.

 

 

                 (Para Alfredo Lozano,
                   por el Obispo, el Ícaro y el Pez)

Vueltas el fuego recobra,

como que arde en su centro;

como que pronto reobra

en el espejo de dentro.

Tira hojas a la pira,

pero salva a Orfeo, su lira,

hija de la tortuga lasciva.

Veloz inmovilizado

ante la piedra cautiva,

en el Icaro estrenado.

Estira el yeso el Obispo

amortajado, plancha el hábito

con varas de Trismegisto

e incógnitas de Pirilampo.

Escala en la eternidad,

Can del tiempo, pero mudo.

Sonríe desde su encierro

al ver el muro roqueño,

que cubre como un cristal

la sonrisa de lo eterno.

Al borde de la mañana

los desmanes de Diana,

con toronjas de cristal.

En un parque vive un pez,

que mira bien al través

de las rocas y los álamos.

La mano que en las agallas

trazó las cuentas de ensalmo,

regaló cometas calmo,

hizo el juego sin murallas.

 

 

 (Para René Portocarrero) 

Tú sabías,

que el aroma de la piña era el vals del paladar;

que la reaparición del juglar era en un patio del Cerro;

que el ángel y la tortuga paseaban por nuestras azoteas

en el mediodía, con la transparencia espesa de la piscina

invadida de cuerpos intocables en su embriaguez,

pues podías haber pintado la Legión tebana o La retirada

de los diez mil, pero preferiste llevar a tus banquetes

nuestra novela de bolsillo, donde la dama con un mantecado

sombrerón y un lazo para los mosquitos,

lanza el mantel en las confusiones del naufragio.

Cuando la luna desciende a los infiernos

o enciende las plateadas chozas incaicas en las altas rocas,

el juglar tiembla al elevar una escalerilla de copas,

soplando la alfombra que volará tirada por balcones ciegos.

El ángel que salta asustado, como si saliese de un cascarón

vigila la ciudad donde pasas el invierno,

donde planchas tus corbatas con la receta del Doctor Fausto.

Tus banquetes donde el hijo del carnicero sirve la jarra

al monarca de incógnito, reconocible por su indiferencia

ante el pescado de ojeras babilónicas,

van recibiendo invitados, que surgen de un desfiladero,

escapados a las flechas de los persas minuciosos.

Parece decir:

las corbatas escocesas son un dije en la eternidad.

Pero dice:

la imaginación es una casa al lado del río,

y el río es la primera ley de lo visible invisible,

que no se transparenta hasta que el ángel

se zambulle uniendo sus manos, mordiendo la mejorana.

Cuando te mudas la ciudad habla por sus grietas,

pues las voces subterráneas te soplan sobre las nuevas pesadillas,

que las brisas aconsejan en tus ventanas desdoblables:

la que va de tu pincel a la granada de Deméter,

la que trae Orfeo huyendo de las amazonas.

 

 

       (Para Raúl Milián)

El polen es un ente,

polens el dicotiledón.

Reverso del poniente,

chupa azul el terrón.

Por esporas... el tridente

pincha en el acordeón;

una estela a su puente,

gránulos de algodón.

As de oro a su acto,

la semilla navega

el contorno en su esencia.

Tiara en sangre su pacto,

a su ocaso se entrega

la flor, su resistencia. 

René Portocarrero, Ángel Gaztelu, José Lezama Lima y Raúl Milián.

                     



                            (Para Eliseo Diego, por su
Calzada de Jesús del Monte)

I

No el plectro mece

la arada consistencia

de un peldaño en la esencia

de su espejo, y parece

borrar toda frecuencia

—todo humo escarnece

su propia intransigencia

que lo ovilla y perece—.

La mano que no existe,

en su ademán persiste

y cubre la otra mano.

La frase, ceja;

la lentitud, abeja

y aguijón de la mano.

 
 

II 

La brisa lo secuestra

y densa como un chaleco,

en la mesa de noche recuesta

un apagado eco.

La almohada y el seco

caracolillo condensa,

y si caen como un fleco,

permanecen en la permanencia.

Aljabas por los alrededores;

maúllan sus corredores;

bebe en la placeta.

“Completamente, dice,

el terrón volatice

en pico de la ola secreta.”

 

 

III 

Lince gordo, lince

que su pincel no entrega

al aire que lo anega

en voluta o esguince.

Conoce la esquina, luego

el présago mancha de vino

—cerámica a su fuego—

otra alacena, el recado fino.

Diestro amigo. ¿No sabe

que me alegra? Alabe

otro como cae su sentencia.

Diga el plectro el servicio

y mármol de su ejercicio,

y cómo ordena y silencia.

 

 

         (Otra vez el Padre Gaztelu)

Norma, que se devuelve a yerbazal lunado,

creciente a torre de buey y ejemplar cuidado;

canon, entreabriendo el tricornio presuroso

y cerrándolo en triple basto de fuga ceremonial.

Ley llovida por los avances del claro de rey

y escampada regalando el escudo del mesón.

No podrá olvidarse con caracoles irónicos,

la firmeza de teja coralina que se empuña.

Métrico, buen instrumento le dio sus narices,

para el airecillo en pausas retruécano.

Su despertar saborea el tiempo medido

... pues olvidando la oda navarra y el buen segurete,

se va acercando a criollo lasquear y a compaseo,

llevado al menear la cabeza y al brusco estar quieto.

 

 

                     (Para Fina, por Las miradas perdidas)

Neptuno gira el pescuezo,

y la alguilla si se irrita,

el tridente se nos quita

del avérnico mastuerzo.

enigmático palomar,

sube agua del fanal.

Gato en su oscuro discreto,

la escalera se retira,

cuando la mirada mira

a neptuno vuelto secreto.

Cuando ganan las miradas

el mar lo suma a su roble,

precisa hojas pisadas

para amanecer redoble

y monstruo de su atavío,

no escarcha ni peje frío.

Y el tridente alza el pacto

del mar, viejo de heridas

con las miradas perdidas,

Neptuno sonríe el acto.

 

 

   (Para José Rey de la Torre)

Un dedo puede sentarse como Omar

sin la conjugación del mar latino.

Árabe voluptas y romana dignitate,

el arco romano en el árabe albogón.

El frío del Condado de York, qué bien aleja,

la pinarita, honguillo habanero, qué bien prepara.

Sanz le dio el llavero a Rey para el antifaz

del Gobernador. “El guardián, dijo, que vaya a ver

a su novia inexistente, y que duerma después en casa

de su tío, el alférez colorante.”

El dedo del Rey, qué bien con el llavero

clavando, dulcemente, el cometa, oh guitarrero,

todos sus dedos nadando por el llavero.

 

En estos días pascoes, se lo juro, el procónsul

Juliabro y yo pescador, encontramos la Torre deseada.

Aquel cometa, abrigado por su guitarra,

en estos días pascoes, se lo juro, salta del Condado

de York a la Mejorana: los tres andamos, los tres reímos.

  



                 (Para José Rodríguez Feo, en los días de
Orígenes)

Como ardilla que rueda y no se empaña,

las dulces bien medidas diversiones,

persigue doblado en mitad de la campaña

el velo que excita, descubre las interjecciones.

Como es oro sutil lo que él apaña,

y si va al campo a robar interjecciones,

la flecha griega odiando lo que entraña,

rompe el ánfora de aporías y diversiones.

 

Por tierras de nieve sin rejillas,

prolonga la miel de las mejillas

apegado a un cristal que no se duele.

 

San Jerónimo y Orígenes acrecen,

cuando ambos parece que se mecen

en contrapunteada raíz, que no se mueve.

Mariano Rodríguez, José Lezama Lima, José Rodríguez Feo.

 

 

              (Para Octavio Smith)

Aspas, bastos, flautines, ojos,

niebla, aliento, sombra, cerrojos.

Aproximación a las proclamas del estío,

cuando la madera chilla dentro del caserío.

La entonada raíz el agua mece

y el leñador pegando en la sombra acrece,

como dos vasos de agua removidos,

por barajas y linces estremecidos.

La niebla es el sombrero de una vida sumergida,

quitarse el sombrero es lo invisible que convida.

 

 

 

      (Para Agustín Pi)

Si quieres que te recuerde,

sóplame.

Conviérteme en una hoja.

En el halo hay una mosca.

Se despierta,

nada entre su cuerpo

y la almohada.

¿Cómo sentir a la abeja?

Retrocede,

pinta el aire, acaricia

el perro en el frío de la noche.

Columna de la primavera:

entra la sombra al árbol,

despierta con un paño

entre sus piernas.

Las puntas de las estrellas

tachonan la espalda

de la serpiente.

Orden de la caridad:

serpentina y generosidad.

Presuntuoso mismísimo,

se recuesta en un panal

a la sombra.

Se inclina más... La otra mitad

es tan blanda.

Se ocultó,

anegado en una nube de apoyo.

No se diluyó el paseo

en errante punto amargo.

El pez que agoniza

fuera de su moviente pregunta,

fue la invención del espejo.

Trae un cordel en la boca,

pero no encuentra

ningún laberinto, y se pierde.

Viene la noche a ceñirle.

Está en el recuerdo

de la hoja. Húmedo mismísimo

y nada entre su cuerpo y la nada.

 

 

             (Para Sergio Vitier)

Trotón, teatro de alambre,

trota en la gruta de espejos.

Crótalos de muy lejos

su madeja de estambres.

La escalera sin uso

y el cordel que no quema.

No hay principio en la arena,

sí escafandra en lo infuso.

Mira: allí viene escribiendo

una mariposa en latín.

La cantimplora sin fin

rueda el verso entreabriendo.

Guarde la paloma por su raíz

el zodíaco de la semilla de maíz.

José Lezama Lima, Cintio y Sergio Vitier.