Centenario de José Lezama Lima

(c) La Jiribilla, 2010

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Una experiencia personal

Para llegar al verdadero Lezama

Marilyn Bobes

 

os jadeos acompasados de Lezama que tantas veces he oído imitar, no los escuché en la calle Trocadero 162. No estoy entre la multitud de poetas de todas las edades que, ahora, cuando él ya está muerto y no puede desmentirlo, presumen de haber sido sus amigos o asiduos asaltantes de su intimidad. Nunca lo vi en persona y solo sé cómo fue físicamente por sus fotografías.

En los años en que comencé a escribir, él era una suerte de demonio a exorcizar cuyos poemas no tenían el glamour del conversacionalismo en boga. Los comisarios literarios de la época lo tachaban de elitista y hermético, dos pecados capitales en el que los jóvenes revolucionarios no debíamos incurrir si deseábamos ser reconocidos, publicados y considerados políticamente correctos.

La cadencia de la asfixia en su voz de registro grave, me llegó a través de un disco de vinilo que la Casa de las Américas divulgara en la colección Palabra Viva y que todavía conservo como una de mis reliquias más preciadas.

De todas maneras, lo leí siendo todavía una adolescente. En los 70, el Instituto Cubano del Libro publicó su Poesía Completa. Seducida por su poemario Enemigo Rumor, me aprendí de memoria “Ah, que tú escapes”, estrofas de la extraordinaria “Rapsodia para un mulo” y “Son Diurno”, algunos de cuyos versos cité en uno de los poemas de amor de mi cuaderno La aguja en el pajar, de 1979. Me fascinaba aquello de una calidad ardiente y dura y un discurso del fuego acariciado.


Todavía yo no podía comprender muy bien los contenidos expresados por intermedio de una música misteriosa compuesta por las palabras, ni sabía, como hoy, que una oscura pradera nos está convidando siempre a todos para disolvernos en la nada. Pero me trastornaron los enigmas lezamianos, su sonoridad y extravagantes metáforas con las que el fundador de Orígenes me transportaba hasta regiones insospechadas del inconsciente, aun cuando mi manera de hacer literatura nada tenía que ver con lo oscuro ni con aquel río inagotable de imágenes que entonces me parecían excesivas y barrocas, sin ninguna conexión con mi lenguaje directo y sin demasiadas pretensiones formales.

En el 76 o el 79 un amigo me recomendó la lectura de Paradiso y no pasé de las primeras cincuenta páginas: el delirio de un alucinado que no sabe contar una historia. Esa fue entonces mi conclusión, y seguí dedicándome a la lectura de novelas menos embrolladas como las de García Márquez, Cortázar, Onetti, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Carpentier.

Lezama, como poeta, me parecía espléndido, pero como narrador lo consideraba un fracaso.

No me molesté en consultar su ensayística hasta que, a finales de los 80, el prólogo de Abel Prieto a la antología Confluencias iluminó lo que mi ignorancia y apego a una lógica demasiado rígida se negaban a justipreciar.

En efecto, le debo a esas palabras preliminares de Abel y a esa selección, haber comprendido el proceso que llevó a José Lezama Lima a la conformación de su teleología insular. Sus fuentes francesas, españolas y autóctonas, develadas ordenadamente en ese volumen, junto los trabajos de madurez que fueron consecuencia de su lectura activa, me mostraron a un escritor convencido de que los hechos no siempre obedecían a causas y efectos mecánicos sino que guardaban secretas relaciones y viraban al revés las nociones de lo sucesivo si una vivencia oblicua genera una nueva causalidad.

Me sumergí en los ensayos agrupados en Confluencias con un interés casi místico. Nunca antes otro autor me había desordenado las ideas como lo estaba haciendo este, gracias a su portentosa imaginación y su valentía para ir a contracorriente, aun a riesgo de ser tildado de loco por aquellos que se aferran a las verdades establecidas y las interpretaciones convencionales.

Después volví a Paradiso y se produjo la apoteosis. Deslumbrada por su lectura, escribí mi poema “Intervalos”, incluido en el libro Revi(c)itaciones y Homenajes (1998) y que pretende ser una exégesis personal del Capítulo X, el que más me impresionó por su poder de sugerencia y su aleatorismo multiplicador de nexos tan verosímiles como aparentemente disparatados.

En ese pasaje se racionalizan la sexualidad y los instintos y se muestra la gran flexibilidad del emisor para entender las complicadas relaciones entre los hombres y sus diversas orientaciones y conductas ante el amor y la amistad, al mismo tiempo que se metaforiza sobre la herencia cultural de lo cubano y los efectos de la locura como posible generadora de una meta-realidad.

En la edición de Paradiso que cayó en mis manos por esa fecha, Cintio Vitier afirma que para muchos esa obra no es lo mejor escrito por este autor. Fue lo que pensé en algún tiempo, cuando todavía no podía concebir al poeta como una totalidad.

Pero desde mi lectura de Confluencias llegué al convencimiento de que este pensador incalificable no era un poeta, un narrador ni un ensayista, sino un cosmos, un sistema, un nuevo hacedor del mundo que no puede ser separado en los compartimentos estancos de ningún género literario.

Creo que para comprenderlo a cabalidad hay que comenzar por sus ensayos, donde su arte poética queda precisada como puerta a la suma que constituyen sus escritos. Es allí donde el pensamiento alternativo de Lezama nos enseña a mirar la vida de un modo absolutamente novedoso y virgen, sin lastres cartesianos, angustias existencialistas o dogmas simplificadores.

Lezama no se ajusta a ningún canon y, a partir de sus presupuestos estéticos y filosóficos, podemos sentirnos más indefensos pero también más preparados para asumir nuestro destino con todo lo azaroso que nos empeñamos en convertir en causalidad.

Hay en toda su obra una coherencia otra, un entendimiento que escapa al terco racionalismo y que quizás las mentalidades científicas no acepten porque constituye un batacazo, una sacudida liberadora frente a lo deductivo y las razones de la razón.

Valoré las llamadas novelas de Lezama (incluyendo su inconclusa Oppiano Licario) cuando ya era una mujer madura, y solo entonces pude darme cuenta de por qué son obras mayores, poco leídas (aun por muchos que dicen conocerlas para aparentar erudición), a las que hay que llegar sin los prejuicios de los acomodos mentales, ignorando las repeticiones de palabras, los descuidos, las posibles imprecisiones en que incurre el maestro en sus citas del griego, el latín o el alemán y olvidándonos de lo que los profesores de filosofía nos enseñaron en la Universidad.

Mi primer Lezama fue una dulce trampa para mis intuiciones pero mi Lezama tardío es el que me condujo a ser quien fui después que pude disfrutar intelectualmente la agudeza de sus asociaciones inauditas, aceptar esa sobrenaturaleza que también forma parte de nuestra condición de homo sapiens, creer en el azar concurrente que nos permite ser cubanos y universales al mismo tiempo: tokonomas, fragmentos desesperados de un imán.

Lamento que en mi juventud no haya podido gozar la aventura sigilosa de una interpretación más abarcadora de la creación lezamiana. Ella sintetiza todas las manifestaciones en las que se expresa el espíritu y no se limita al mero hedonismo. Pero como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es cierta y nada más feliz que el regocijo de penetrar esta obra grandiosa. Para orgullo de Cuba, ella es única y eterna, como el Puraná, ese río que va hasta las puertas del Paraíso.

Desde él, seguramente, José Lezama Lima nos está contemplando, convencido de que su memoria prepara todavía nuestra sorpresa, extendiéndose como un gato para dejarse definir.