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os
jadeos acompasados de Lezama que tantas veces he
oído imitar, no los escuché en la calle
Trocadero 162. No estoy entre la multitud de
poetas de todas las edades que, ahora, cuando él
ya está muerto y no puede desmentirlo, presumen
de haber sido sus amigos o asiduos asaltantes de
su intimidad. Nunca lo vi en persona y solo sé
cómo fue físicamente por sus fotografías.
En los años en que comencé a escribir, él era
una suerte de demonio a exorcizar cuyos poemas
no tenían el glamour del
conversacionalismo en boga. Los comisarios
literarios de la época lo tachaban de elitista y
hermético, dos pecados capitales en el que los
jóvenes revolucionarios no debíamos incurrir si
deseábamos ser reconocidos, publicados y
considerados políticamente correctos.
La cadencia de la asfixia en su voz de registro
grave, me llegó a través de un disco de vinilo
que la Casa de las Américas divulgara en la
colección Palabra Viva y que todavía
conservo como una de mis reliquias más
preciadas.
De todas maneras, lo leí siendo todavía una
adolescente. En los 70, el Instituto Cubano del
Libro publicó su Poesía Completa.
Seducida por su poemario Enemigo Rumor,
me aprendí de memoria “Ah, que tú escapes”,
estrofas de la extraordinaria “Rapsodia para un
mulo” y “Son Diurno”, algunos de cuyos versos
cité en uno de los poemas de amor de mi cuaderno
La aguja en el pajar, de 1979. Me
fascinaba aquello de una calidad ardiente y
dura y un discurso del fuego acariciado. |
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Todavía yo no podía comprender muy bien los
contenidos expresados por intermedio de una
música misteriosa compuesta por las palabras, ni
sabía, como hoy, que una oscura pradera nos está
convidando siempre a todos para disolvernos en
la nada. Pero me trastornaron los enigmas
lezamianos, su sonoridad y extravagantes
metáforas con las que el fundador de Orígenes
me transportaba hasta regiones insospechadas del
inconsciente, aun cuando mi manera de hacer
literatura nada tenía que ver con lo oscuro ni
con aquel río inagotable de imágenes que
entonces me parecían excesivas y barrocas, sin
ninguna conexión con mi lenguaje directo y sin
demasiadas pretensiones formales.
En el 76 o el 79 un amigo me recomendó la
lectura de Paradiso y no pasé de las
primeras cincuenta páginas: el delirio de un
alucinado que no sabe contar una historia. Esa
fue entonces mi conclusión, y seguí dedicándome
a la lectura de novelas menos embrolladas como
las de García Márquez, Cortázar, Onetti, Vargas
Llosa, Carlos Fuentes y Carpentier.
Lezama, como poeta, me parecía espléndido, pero
como narrador lo consideraba un fracaso.
No me molesté en consultar su ensayística hasta
que, a finales de los 80, el prólogo de Abel
Prieto a la antología Confluencias
iluminó lo que mi ignorancia y apego a una
lógica demasiado rígida se negaban a
justipreciar.
En efecto, le debo a esas palabras preliminares
de Abel y a esa selección, haber comprendido el
proceso que llevó a José Lezama Lima a la
conformación de su teleología insular. Sus
fuentes francesas, españolas y autóctonas,
develadas ordenadamente en ese volumen, junto
los trabajos de madurez que fueron consecuencia
de su lectura activa, me mostraron a un escritor
convencido de que los hechos no siempre
obedecían a causas y efectos mecánicos sino que
guardaban secretas relaciones y viraban al revés
las nociones de lo sucesivo si una vivencia
oblicua genera una nueva causalidad.
Me sumergí en los ensayos agrupados en
Confluencias con un interés casi místico.
Nunca antes otro autor me había desordenado las
ideas como lo estaba haciendo este, gracias a su
portentosa imaginación y su valentía para ir a
contracorriente, aun a riesgo de ser tildado de
loco por aquellos que se aferran a las verdades
establecidas y las interpretaciones
convencionales.
Después volví a Paradiso y se produjo la
apoteosis. Deslumbrada por su lectura, escribí
mi poema “Intervalos”, incluido en el libro
Revi(c)itaciones y Homenajes (1998) y
que pretende ser una exégesis personal del
Capítulo X, el que más me impresionó por su
poder de sugerencia y su aleatorismo
multiplicador de nexos tan verosímiles como
aparentemente disparatados.
En ese pasaje se racionalizan la sexualidad y
los instintos y se muestra la gran flexibilidad
del emisor para entender las complicadas
relaciones entre los hombres y sus diversas
orientaciones y conductas ante el amor y la
amistad, al mismo tiempo que se metaforiza sobre
la herencia cultural de lo cubano y los efectos
de la locura como posible generadora de una
meta-realidad.
En la edición de Paradiso que cayó en mis
manos por esa fecha, Cintio Vitier afirma que
para muchos esa obra no es lo mejor escrito por
este autor. Fue lo que pensé en algún tiempo,
cuando todavía no podía concebir al poeta como
una totalidad.
Pero desde mi lectura de Confluencias
llegué al convencimiento de que este pensador
incalificable no era un poeta, un narrador ni un
ensayista, sino un cosmos, un sistema, un nuevo
hacedor del mundo que no puede ser separado en
los compartimentos estancos de ningún género
literario.
Creo que para comprenderlo a cabalidad hay que
comenzar por sus ensayos, donde su arte poética
queda precisada como puerta a la suma que
constituyen sus escritos. Es allí donde el
pensamiento alternativo de Lezama nos enseña a
mirar la vida de un modo absolutamente novedoso
y virgen, sin lastres cartesianos, angustias
existencialistas o dogmas simplificadores.
Lezama no se ajusta a ningún canon y, a partir
de sus presupuestos estéticos y filosóficos,
podemos sentirnos más indefensos pero también
más preparados para asumir nuestro destino con
todo lo azaroso que nos empeñamos en convertir
en causalidad.
Hay en toda su obra una coherencia otra,
un entendimiento que escapa al terco
racionalismo y que quizás las mentalidades
científicas no acepten porque constituye un
batacazo, una sacudida liberadora frente a lo
deductivo y las razones de la razón.
Valoré las llamadas novelas de Lezama
(incluyendo su inconclusa Oppiano Licario)
cuando ya era una mujer madura, y solo entonces
pude darme cuenta de por qué son obras mayores,
poco leídas (aun por muchos que dicen conocerlas
para aparentar erudición), a las que hay que
llegar sin los prejuicios de los acomodos
mentales, ignorando las repeticiones de
palabras, los descuidos, las posibles
imprecisiones en que incurre el maestro en sus
citas del griego, el latín o el alemán y
olvidándonos de lo que los profesores de
filosofía nos enseñaron en la Universidad.
Mi primer Lezama fue una dulce trampa para mis
intuiciones pero mi Lezama tardío es el que me
condujo a ser quien fui después que pude
disfrutar intelectualmente la agudeza de sus
asociaciones inauditas, aceptar esa
sobrenaturaleza que también forma parte de
nuestra condición de homo sapiens, creer en el
azar concurrente que nos permite ser cubanos y
universales al mismo tiempo: tokonomas,
fragmentos desesperados de un imán.
Lamento que en mi juventud no haya podido gozar
la aventura sigilosa de una
interpretación más abarcadora de la creación
lezamiana. Ella sintetiza todas las
manifestaciones en las que se expresa el
espíritu y no se limita al mero hedonismo. Pero
como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha
es cierta y nada más feliz que el regocijo de
penetrar esta obra grandiosa. Para orgullo de
Cuba, ella es única y eterna, como el Puraná,
ese río que va hasta las puertas del Paraíso.
Desde él, seguramente, José Lezama Lima nos está
contemplando, convencido de que su memoria
prepara todavía nuestra sorpresa, extendiéndose
como un gato para dejarse definir. |