LA JIRIBILLA
TRIBULACIONES Y
ACIERTOS DEL PRIMER SALON NACIONAL DE FOTOGRAFIA
"A pesar del empeño de nuestro país en priorizar el arte mediante el desarrollo de la educación especializada y la apertura de una amplia red de espacios expositivos, la fotografía no siempre ha gozado de esta buena fortuna. Por una parte, la ausencia de su enseñanza profesional junto a la escasez de materiales fotográficos; por otra, la subestimación de la cual fue objeto en algunas etapas, siempre en la frontera de la duda de si es arte o no, le determinaron un lugar secundario con respecto a otras manifestaciones. Sin embargo, a mediados de los 80 la situación evolucionó y los nuevos artistas comenzaron a ganar dominio gracias a la fundación, por María Eugenia Haya, Marucha, en 1986, de la Fototeca de Cuba, institución que daría el impulso definitivo a la práctica artística del género".
Ileana Cepero
Amador |
La
Habana
Especialista de la Fototeca de Cuba.
Muchos teóricos han demostrado la omnipresencia de la cámara en la vida actual, al punto de asegurar que la fotografía es, sin lugar a dudas, el mundo moderno. El dominio de la imagen ha sobrepasado los límites normales de la experiencia, gestándose una producción incontrolable de material visual que mediatiza nuestra percepción de las cosas, volviéndola muchas veces alienada. Como manifestación artística la fotografía se ha vuelto autorreflexiva, cuestionándose no sólo el universo circundante, sino a sí misma: sus mecanismos funcionales y de representación, su eficacia como arma interpretativa de la realidad y, sobre todo, la manera en que ella ha contribuido a fomentar nuestros prejuicios culturales.
El auge de la manifestación a escala internacional ha propiciado el interés creciente de la crítica y la aceptación definitiva de la fotografía en los predios del arte. Desde los años 70 comenzó su absorción por parte de los museos más prestigiosos. Se legitimó así su importancia en la cultura contemporánea, lo cual se ratificó con creces, pues el género ha abordado, en los últimos años, los grandes temas del mundo occidental: la problemática de los MEDIA, la autenticidad de la obra de arte, la alienación de las sociedades y, sobre todo, la cultura como agente formador de estereotipos.
En Cuba, la fotografía ha mantenido siempre, de manera general, un corte social, emparentándose por esta vía con la gran tradición fotográfica latinoamericana. A partir de los 60, se hizo eco de todo el proceso político seguido en nuestro país para luego transitar por una vertiente que imbricó cotidianidad, humorismo y poesía. En los 90 se produjo un viraje temático y, por ende, representacional, que habría de conducir a la fotografía por nuevas rutas alegóricas.
A pesar del empeño de nuestro país en priorizar el arte mediante el desarrollo de la educación especializada y la apertura de una amplia red de espacios expositivos, la fotografía no siempre ha gozado de esta buena fortuna. Por una parte, la ausencia de su enseñanza profesional junto a la escasez de materiales fotográficos; por otra, la subestimación de la cual fue objeto en algunas etapas, siempre en la frontera de la duda de si es arte o no, le determinaron un lugar secundario con respecto a otras manifestaciones. Sin embargo, a mediados de los 80 la situación evolucionó y los nuevos artistas comenzaron a ganar dominio gracias a la fundación, por María Eugenia Haya, Marucha, en 1986, de la Fototeca de Cuba, institución que daría el impulso definitivo a la práctica artística del género.
Convocar a un Salón siempre ha establecido una suerte de desafío. En primer lugar, por los temores que pueden originarse en la posible falta de rigor selectivo o por los prejuicios existentes de que no se premie lo mejor, sino la tendencia de moda. Sin embargo, decidimos asumir ese reto, pues todas las instituciones involucradas concientizaron la necesidad de aprovechar el buen momento de la fotografía en Cuba con el fin de procurar la búsqueda de nuevas propuestas que diversifiquen el panorama actual y por esta vía estimular el fomento de la manifestación en los nuevos artistas para quienes este Salón puede que constituya un camino más rápido de legitimación.
De ciento diecinueve artistas presentados, se determinó seleccionar a treinta y cinco de ellos. El envío resultó extenso, y en numerosos casos, de una calidad cuestionable. Aunque las temáticas fueron diversas, sí se apreció una ausencia lamentable de experimentación -salvo ciertas excepciones-, lo cual redujo ostensiblemente nuestras aspiraciones indagatorias de prácticas "avant garde" que estuvieran fraccionando los modelos ortodoxos de representación.
La casi totalidad de la muestra pertenece a artistas residentes en La Habana (sólo seis provienen del interior del país), aspecto igualmente penoso, porque nos indica con claridad el casi abismal desbalance entre la capital y el resto de las provincias en cuanto al desenvolvimiento de la manifestación, lo cual podría originarse en la falta de información actualizada y quizás en el difícil acceso al material fotográfico, factores que van produciendo un retraso irremediable de contemporaneidad y carácter con respecto a las obras de autores metropolitanos, O sea, no sólo concurrió la poca calidad, sino el escaso envío por parte de fotógrafos de provincia.
Comencemos entonces por los ganadores:
En Tierra guajira, de Raúl Cañibano Ercilla (Gran Premio del Salón), se galardonó fundamentalmente la utilización plena de los recursos de la fotografía "live", tendencia que, a pesar de su larguísima tradición, algunos consideran erróneamente desplazada por las nuevas vertientes experimentales. En manos de Cañibano, el procedimiento documental fue renovado al imprimirle un tono particular de sublimidad a la imagen, mediante un lirismo a ultranza que convirtió los sucesos captados en proyecciones de sutiles simbolismos. Un tema tan redundante como el del mundo campesino habría terminado de modo inevitable en una burda y manida representación, si no fuera por la atmósfera especialmente sugestiva que inunda las escenas de esta existencia trivial. No estamos ante una simple edulcoración, sino ante imágenes de un sentido compositivo y una belleza francamente relevantes donde los personajes se elevan por sí mismos como protagonistas incuestionables de su contexto. El autor le otorga un nuevo sentido vivencial a este mundo dominado por los hábitos valiéndose del uso de contrastes, del manejo de sombras sugerentes que refieren a acontecimientos de una trascendencia por momentos surreal, por momentos quimérica.
En Ricardo G. Elías se premió la sobriedad, la extraordinaria síntesis que logran sólo tres imágenes contando una historia descamada sobre la ceguera y sus implicaciones dramáticas. En este caso, Elías planteó, como conflicto central, la ausencia de visión y el desarrollo del tacto en el invidente, argumento potenciado por la acentuación de las cualidades táctiles de los elementos protagonistas, los cuales ocupan un contundente primer plano. El ojo sin visión, el ojo plástico ocultando el defecto y por último la escritura Braille constituyen eslabones principales de una trama temática que cumplimenta sin digresiones el camino a recorrer por el invidente, camino que comienza en el ojo y culmina en las manos. El autor nos acercó intensamente al drama del ciego. Enmarcando su escritura táctil, posibilitó dos lecturas: la nuestra y la de él.
La obra de Eduardo Hernández (Tercer Premio) fue laureada por su organicidad experimental. De la gélida dureza de los filos es el título de esta serie cuya austeridad formal resulta de una energía sorprendente. Eduardo ha sacrificado sus ambientes barrocos por este nuevo estilo casi "minimal". La reducción de la composición a sus elementos más esenciales le ha permitido articular el discurso centrándose sólo en el objeto de representación y a partir de él irradiar toda la gama de significados. Conjuga sus fotografías con metales fundamentalmente, trabaja las superficies con el dibujo, otorgándole al conjunto una integridad visual que casi descentra la fotografía en función de la totalidad compositiva. El hombre como ser fragmentado, mutilado, sujeto a las durezas del azar, halla en estas imágenes la réplica de su agonía finisecular.
Otras propuestas resultaron interesantes, como las de Abigail González Piña y Alain Pino, centradas en la problemática sexo. El primero, con su serie Tarjetas de visita, aludió al formato de un tipo de fotografía realizada desde finales del siglo pasado; pero sin dejarnos engañar, pues el retratado no es ahora el personaje vestido a la usanza de la época, sino una modelo bien actual en actitudes lo suficientemente impúdicas como para trastornar nuestros tabúes morales. Abigail compromete nuestro sentido del tiempo. Aunque el ambiente creado, el viraje a sepia, indiquen retrospección, el personaje de la historia remite indefectiblemente a nuestros días, donde el sexo contiene el mismo hálito de indolencia, frialdad y ostentación que la expresión de la modelo no deja de ocultar. Por otra parte, el autor nos habla de las inciertas fronteras entre lo erótico y lo pornográfico, faceta que igualmente Alain Pino abordó en sus fotografías cibachrome sirviéndose de figuras de plastilina en poses audaces que se despegan por momentos de lo erótico para tantear los bordes pornográficos. El discurso de Alain se debate en la convivencia de la sexualidad en el universo infantil como aspectos contradictorios, pero no excluyentes.
Con un sentido "apropiativo y paródico", un grupo de artistas optaron por reciclar imágenes o conceptos derivados de la Historia del Arte, de la tradición fotográfica internacional y local, empleando incluso muestras de su archivo personal con el fin de tensionar los factores temporales y las connotaciones semánticas que pueden surgir de la confrontación entre lo legitimado y las nuevas versiones que se deriven de ellos.
Destituciones, por ejemplo, de Eddy Garaicoa, retoma obras cumbres de la Historia del Arte como La Pietá de Miguel Ángel, Las Meninas de Velázquez, el Lenin de Warhol, para proponernos mediante la figura final de Madonna, la reflexión acerca del poder avasallador de los MEDIA sobre los paradigmas de la cultura universal, que cada vez más, descienden de sus antiguos podios por la cruzada de estos nuevos ídolos. El monumento al "Maine" con su águila despedazada indica la supremacía del país norteño como promotor y exportador de los nuevos valores mediáticos.
Leandro Joó aprovechó una foto tomada en Cuba a inicios de los 60 que muestra una bandera cubana formada por mujeres vestidas a tal efecto y colocó la imagen sobre diferentes fondos que mantienen una aparente constancia formal, pero con cambios sutiles alusivos a transformaciones sustanciales en la historia del país. De la interacción fondo-figura, la lectura se convierte en un camino de acertijos simbólicos, provenientes no sólo de las connotaciones del mensaje, sino del contrapunto surgido por la inserción de una foto anónima en el contexto de otro autor.
En cuanto a las obras de experimentación, se manifestaron esporádicamente la fotografía iluminada, la hibridación de diferentes medios y la imagen digital. Juan Carlos Borjas realizó una serie denominada Mutaciones, en la que iluminó las fotografías logrando un efecto poético insinuante marcado por escenas oníricas densamente cargadas con cierta angustia existencial y paisajes de inquietantes relaciones espaciales. Ulises Rivas abordó el desnudo mediante un sutil tratamiento de la imagen a partir de rayar con lápices de colores sobre la foto, trabajando el conjunto como un universo plástico sin las obligadas referencias al procedimiento fotográfico en sí, interesado en borrar los límites entre las manifestaciones, de modo que el resultado sólo importe por su validez visual.
Otra artista que conjugó diferentes medios fue Gertrudis Rivalta, quien esta vez decidió pegar fotocopias de fotos famosas sobre un soporte de lienzo. Al pintar en el centro del cuadro una escena que rememora pruebas nocturnas de varios flashes en los inicios de su invención, conducía la lectura a partir de este núcleo primigenio hacia el muestrario que recogía el producto de tantos años de oficio y perfeccionamiento -transformado en esta iconografía de valores artísticos incuestionables. Al mismo tiempo, Gertrudis ilustraba el fenómeno de la recirculación de imágenes, del cual ella participa con carácter expropiador.
Humberto Mayol y René Peña presentaron fotografía digital con funciones bien específicas. El primero aprovechó imágenes suyas tomadas en años anteriores que, unidas en un gran collage, le permitieron resumir, de alguna manera, elementos conformadores de nuestra identidad, que para él pueden implicar desde modos oriundos de comportamiento hasta figuras célebres canonizadas o ideales en juego. Todos en un gran mural, entremezclándose de manera aleatoria del mismo modo en que se acrisolan los signos portadores de la idiosincrasia nacional.
La obra de René Peña con Rogelio García como coautor, exhibió una gran foto rectangular en forma de valla. Situada en el interior de la galería, amén de su mensaje contradictorio, los autores intervinieron en la funcionalidad de este formato, reduciéndole sus posibilidades comunicativas, utilizadas originalmente para centrar la atención del espectador.
La antropología como método investigativo para el conocimiento encontró rutas de expresión en las poéticas de Pedro Abascal e Ismael Rodríguez.
Arqueología de una idea estableció una secuencia jerárquica de fragmentos de organismos animales incluyendo al hombre, aislados en un rol protagónico. Abascal organizó una línea evolutiva del desarrollo de la vida desde sus inicios hasta su conclusión en el ser humano de un modo alegórico, pero increíblemente depurado en su representación. La serie de Ismael también intentó mostrar estratos antropológicos de la evolución del hombre, aunque desde el punto de vista de su progreso intelectual.
Dos proposiciones reveladoras afloraron en autores noveles, quienes discurrieron sobre el mundo femenino atravesado por sus característicos dramas. Heidi Villate dirige al espectador hacia el interior de sus obras a través de sugerentes títulos: Adiós a la infancia y El disfraz refieren a dos momentos de la vida, marcados por el tránsito de la inocencia a la simulación, en tanto Idalmis Carreras también nos guía hacia sus singulares interiores rodeados de objetos que complementan su existencia.
Roberto Álvarez, con Disciplina, exhibió un notable estudio de la gestualidad humana fotografiando a un modelo que exterioriza un tenue trayecto de expresiones en su rostro.
En cuanto a la fotografía documental, las instantáneas "movidas" de Alejandro González atraen por la frescura que emana de estas huellas efímeras dejadas por los transeúntes a su paso por la ciudad. La temática de los astilleros, del trabajo humano, tratada por Jorge López y apoyada en una composición de corte geométrico y planos cortantes, manifestó las connotaciones del sacrificio vinculado a la industria con un tono por momentos épico.
Quedarían otros artistas por nombrar, pero pienso que su impronta no resultó muy destacada en el conjunto expositivo, aunque con esto no pretendo demeritar sus reales valores. Algunos son autores noveles que aún necesitan madurar y definir sus estrategias expresivas. Otros no se incluyen en esta categoría, pues ya este paso lo han ganado, pero lamentablemente presentaron al Salón una obra mucho menos sobresaliente que la que acostumbran a realizar.
En sentido general, considero que la muestra concursante, aunque decorosa, no cubrió del todo nuestras expectativas iniciales. Pretendíamos aplicar este evento como termómetro explorador de modos operativos que oxigenaran el ámbito fotográfico actual, quizás viciado por la bidimensionalidad o por los requerimientos dogmáticos del género. En cuanto al discurso, tampoco se distinguen temáticas de punta, más bien se observó cierta literalidad enunciativa sin mayores pretensiones analíticas o simbólicas que al menos señalaran una búsqueda más inquisitiva o una representación ideotemática mejor elaborada.
Esa fue la carencia principal del Salón, no sólo por la escasez de obras trascendentes por sus valores discursivos o por sus alcances estéticos, sino la falta de audacia y de opciones alternativas, aspecto casi inconcebible dado el auge instalativo y experimental de nuestro arte por estos años.
No obstante, nos complace conocer la aparición de talentos creadores que, a pesar de su inexperiencia en el medio, dieron muestras de aciertos muy provechosos si se saben encauzar.
Por otra parte, este es el primer intento, y a mi juicio muy loable, de abrir nuestras galerías en función de todos aquellos que desde sus escasos o abundantes medios creen en la fotografía como su vehículo insoslayable de comunicación, y de hecho, el número de participantes corroboró el monto de tales inquietudes. Comprobando la acogida que provocó el Salón en tal cantidad de fotógrafos, quizás percibamos la necesidad de pensar seriamente sobre la utilidad de iniciar la enseñanza profesional del género, pues no caben dudas de que el terreno preparado está, sólo queda roturarlo.
Si es posible repetiremos esta experiencia, y probablemente la próxima vez no sólo se consoliden algunos nombres ya encaminados, sino que los frutos que hoy despuntan tímidamente nos convencerán mañana de que eventos como estos constituyeron, en sus vidas profesionales, puntos de partida memorables e irreversibles.
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