LA JIRIBILLA
HISTORIA DEL MUSEO
NACIONAL DE BELLAS ARTES
María
del Carmen Rippe |
La
Habana
En
el espacio de casi cien años, el Museo Nacional de Cuba
ha evolucionado hasta adquirir su propia personalidad.
Pintura y escultura, dibujo y gráfica, artes
decorativas, numismática y toda una amalgama de objetos
personales vinculados a célebres figuras nacionales y
extranjeras, conformaron sus primeras colecciones. Desde
su creación tuvo aciertos y fallas; y sin llegar a ser
un museo como los emblemáticos de Europa, y ni siquiera
competir en antigüedad con los de su misma región
geográfica como el Museo de San Carlos de Ciudad
México, el Nacional de Bellas Artes de Buenos
Aires, o el Museo de Bellas Artes de Río de Janeiro, el
Museo Nacional de Cuba ha alcanzado la suficiente
historicidad y reconocimiento para figurar junto a
prestigiosas instituciones culturales latinoamericanas
del siglo XX.
Su fundación, en 1913, como la de numerosas e
imprescindibles instituciones en la historia de la
cultura cubana —la Academia de la Historia de Cuba y
la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba—, fue
resultado inmediato del entusiasmo de la joven República
y su lógico proceso de concientización nacional. Al
calor del nuevo status se materializaron muchos de los
anhelos nacionales que se habían ido fraguando durante
la etapa colonial y que se convirtieron en verdaderos
ejemplos dentro del cuerpo institucional que defendía
nuestra identidad cultural.
En la custodia de sus disímiles fondos —con
frecuencia interpretados erróneamente como gabinete de
curiosidades—, la institución recorrió una larga y
desventurada trayectoria de más de 40 años, en
inadecuados e inhóspitos locales de La Habana, sin
obtener un efectivo interés dentro de los medios
oficiales. Desde antes de su inauguración, en un pequeño
local del Antiguo Frontón, de Concordia y Lucena, su
gestor y primer director, el arquitecto Emilio Heredia,1
había empezado a
recibir variados objetos y piezas de arte que,
con generosidad, le donaron instituciones religiosas,
estatales y todo aquel que logró sensibilizarse con la
importancia de la empresa. Y bajo este noble impulso, el
Museo Nacional continuó incrementando su núcleo
fundacional, junto a las
esporádicas compras que pudo hacer de acuerdo al
presupuesto asignado por el Estado.
Desde su creación, y de acuerdo con el carácter mixto
de sus colecciones de historia, bellas artes y ciencias
naturales, el museo resultó ser del tipo enciclopédico;
aspiración que, como se sabe, le dio la Revolución
Francesa a los museos públicos, con el propósito de
instruir culturalmente a la sociedad en su conjunto, y
que mantuvo su vigencia hasta los albores del siglo XX.
Siguiendo el desarrollo de sus colecciones, pueden
distinguirse tres grandes etapas en su historia. La
primera, de 1913 a 1920, está definitivamente marcada
por el impulso fundacional y por el reconocimiento que
siguió a su inauguración. La heterogeneidad no es
suficiente para definir la entrada de piezas al nuevo
museo. La propia denominación de las
"secciones" establecidas así lo revela:
Arqueología, Etnografía, Lápidas, Cubanos Eminentes,
Bellas Artes (que incluía numismática y joyería
antigua), Historia Natural, Archivo, Biblioteca y
Muebles. Por igual se recibían
cartas y objetos personales de cubanos ilustres
del siglo XIX, pinturas cubanas, latinoamericanas, o
realizadas en Europa. Aunque la mayoría de las piezas
eran donativos, otros conceptos como transferencias, depósitos,
préstamos y compras, fueron incrementando también las
reservas primeras. 2
Con la donación de piezas provenientes de conventos e
iglesias de La Habana, se nutrió básicamente la sección
de bellas artes, en especial, la pinacoteca colonial
cubana del siglo XVIII, y en menor proporción, la que
agrupaba a las escuelas europeas. Estas últimas
recibieron el mayor número de obras gracias al
préstamo de la Academia de San Alejandro3
y a una compra efectuada en España,4
por el segundo
director, el pintor Antonio Rodríguez Morey.5 Los objetos cargados de
significación histórica que donaban los particulares,
más las transferencias de algunas Secretarías del
Gobierno y otras instituciones, enriquecieron
fundamentalmente al resto de las secciones.
La segunda etapa, de 1920 a 1958, está caracterizada
por la consolidación de su prestigio institucional y la
sucesión de intentos que apuntaron a su especialización
como museo de artes. Fue determinante la dirección de
Antonio Rodríguez Morey quien, por su propia formación,
ansiaba y defendía con firmeza la especialización de
las bellas artes, así como la necesidad
de separar aquellos núcleos que, como el de
ciencias naturales, no tenían cabida ni podían
exhibirse como merecían en la sede que el museo ocupaba
por entonces. Desde fecha tan temprana como 1921, en una
de sus prolijas comunicaciones a la Secretaría de
Instrucción Pública y Bellas Artes, Morey expresaba la
imposibilidad de exponer los cuadros y piezas artísticas
y los objetos relacionados con figuras destacadas de
nuestra historia con que ya contaba el museo, y proponía
transferir la colección de Ciencias Naturales.6
Numerosas anécdotas y hechos califican a Antonio Rodríguez
Morey como el paradigma de los directores del Museo
Nacional de Cuba. A lo largo de aquellos años, fue
sustituyendo el criterio de adquisición de copias y
reproducciones en lugar de originales —criterio
bastante generalizado sobre todo cuando se trataba de
arte universal— y gracias a su gestión personal, se
adquirieron piezas sobresalientes de la actual
pinacoteca. La década del 20 fue significativa en
cuanto a compras se refiere. El Estado realizó, en
l924, la compra de algunas obras de la colección del
comerciante italiano de arte Salvador Buffardi,
procedentes de la Galería de los Marqueses de
Montferrato y que estuvo expuesta en los salones de la
Asociación Nacional de Pintores y Escultores en l9l8.
En 1925 se aprobó nuevamente el
presupuesto de 10 mil pesos para compras y con
este, se beneficiaron por igual las colecciones de
pintura europea y cubana, con obras del siglo XX y de
siglos anteriores. Se sistematizó la adquisición de
estampas y dibujos sobre papel, de escultura y de piezas
arqueológicas precolombinas. Se regularizó la entrada
de las obras premiadas en el Salón Anual de Bellas
Artes, y gracias a ello, el museo fue engrosando sus
colecciones cubanas con obras capitales para la historia
de la plástica nacional.
Por concepto de préstamo, San Alejandro envió un
segundo lote de pinturas en 1927; y por donación se
recibieron tal cantidad de dibujos y litografías que
quedó iniciada desde mediados del 20 la colección
colonial cubana del Gabinete de Estampas. Igualmente
continuó la entrada de donaciones para la sección de
Historia, y transferencias del Juzgado Correccional de
Marianao de objetos utilizados en los ritos religiosos
africanos aumentaron la de Etnografía.
En 1936 se inicia la colección de piezas de aborígenes
cubanos con el conjunto de objetos extraídos de un
caney indio en Camagüey, al que
siguió otro lote procedente de Pinar del Río.
Entre las donaciones más importantes se encuentran las
realizadas por pintores cubanos que integraban el
claustro de profesores de la Escuela Nacional de Bellas
Artes San Alejandro y las de estampas de artistas
mexicanos que hicieron la Universidad Autónoma, la
Escuela de Artes Plásticas San Carlos, la Escuela de
las Artes del Libro y el Taller de Gráfica Popular,
desde México.
Como resultado de la configuración de estos fondos, se
fueron delineando las salas que se mantuvieron hasta
1955, fecha en que finalmente se inauguró el Palacio de
Bellas Artes. Vale la pena enumerarlas manteniendo la
denominación de la época: Sala perteneciente a la época
colonial; Sala dedicada a la conservación de las
reliquias de los hombres de ciencias, poetas, escritores
y educadores más notables de Cuba; Sala dedicada al
Generalísimo Máximo Gómez; Sala dedicada a la
historia patria; Sala dedicada a la etnografía cubana;
Sala dedicada al arte nacional retrospectivo; Sala
dedicada al arte nacional contemporáneo; Sala dedicada
a copias de cuadros célebres; Sala con cuadros
originales de grandes maestros; Sala con cuadros
originales de grandes maestros de la antigüedad; Sala
de pinturas contemporáneas de pintores internacionales;
Sala contentiva de una colección de reproducciones de
cuadros célebres de grandes autores, además del
nutrido conjunto de lápidas conmemorativas, cañones
del ejército español
y diversas armas de la época colonial que
ocupaban el patio y el vestíbulo de la casona de
Aguiar.
El empeño de Rodríguez Morey
por
elevar al Museo Nacional hasta donde merecía
encontró eco entre los más destacados intelectuales
del país,
que tomaron como suya también la defensa de tan
meritoria institución. Numerosos artículos denunciaban
en la prensa periódica y especializada el abandono que
sufría y resaltaban
el valor de las colecciones que atesoraba. Esta
demanda pública fue acrecentándose y cobró mayor
fuerza en los años 30 y 40, llegando a ocupar espacios
en serie. Entre estos, destacan los que hicieron el
Doctor Luis de Soto y Sagarra para la revista Carteles,
entre l946 y l950, bajo el título "El
tesoro artístico nacional”;7
el arquitecto Luis Bay Sevilla, para la revista Arquitectura, entre l939 y l95l; y algunos de cuyos títulos son
verdaderamente reveladores: "El nuevo Museo
Nacional", "Relación de reliquias históricas
y artísticas del Museo Nacional" y "Las
necesidades del Museo Nacional"; y Emilio Roig de
Leuschenring quien, bajo el seudónimo de El
curioso parlanchín, ya desde l926, publicó en Carteles,
severas críticas a propósito de
"El lamentable abandono del Museo
Nacional".
Estos elementos de denuncia a través de la prensa se
combinaron con otros como la celebración de
exposiciones en diversas instituciones, lo que evidenció
también la pobreza del local del museo, imposibilitado
para acogerlas. Entre las más célebres se
encuentran las que organizó en l940 el Instituto
Nacional de Artes Plásticas, bajo los auspicios de la
Universidad de La Habana y de la Corporación Nacional
del Turismo y en las que figuraron en buen número obras
de la colección del Museo Nacional.8
A pesar de no haber alcanzado tanta notoriedad, es justo
reconocer que no fue sólo en esta ocasión, ni la
Universidad la única institución que suplió el déficit
expositivo del museo. Otras instituciones culturales9 se encargaron de hacerlo hasta
tanto se materializara alguno de los muchos proyectos
que se realizaron para albergarle.
Ante
tal presión, liderada por su Director, se consigue en
1946, la creación de una organización de gran
trascendencia en la historia del Museo Nacional: el
Patronato Pro Museo Nacional. Creado el 25 de noviembre
de 1946, en una histórica reunión celebrada en el
Lyceum
Lawn Tennis Club, convocada por el propio Lyceum,
la Asociación Nacional de Bellas Artes, la Sociedad
Universitaria de Bellas Artes, la de Artes y Letras
Cubanas y la Milicia Martiana Nacional. El primer logro
del
Patronato10
fue convencer a las autoridades gubernamentales
—previa visita a los 14 Ministros que integraban el
Consejo, al Alcalde, al Presidente de la República y a
los directores de todos los diarios— acerca de la
necesidad inaplazable de instalar al museo en un
edificio apropiado. Con este fin, desarrolló un
efectivo e intenso programa de actividades de promoción
y colaboración. La movilización de la prensa radial,
escrita y cinematográfica
fue tal que se mantuvo durante meses una media
hora radial, por la que desfilaron maestros, artistas e
intelectuales abordando distintos aspectos museales. Se
publicaron importantes editoriales en los más populares
diarios y revistas, y se exhibieron en todos los cines
del país documentales que mostraban el lamentable
estado de la casona de Aguiar. Esta organización también
se encargó de celebrar conferencias, exposiciones de
pintura y editó
folletos y textos que llamaban a la conciencia
ciudadana en aras de conseguir su empresa.
En entrevista de su directivo con el Ministro de Obras Públicas,
se constató que ya era un plan oficial aprobado el
proyecto de los arquitectos Govantes y Cabarrocas que
adaptaba el viejo Mercado del Polvorín y lo convertía
en museo, para no aplazar más la construcción del
edificio que, de paso libraba a la ciudad del deterioro
del Mercado y, sobre todo, lograr una magnífica ubicación
en el mismo corazón de la ciudad para la institución.
Entre el amplio plan que desarrolló el Patronato, se
destacaron la organización de un concurso entre los
pintores cubanos para premiar el mejor cartel
publicitario que clamara por la construcción del museo,
los que fueron colocados en los principales comercios
habaneros; y la celebración en la tienda El Encanto de
una exposición con las principales piezas históricas y
artísticas del museo, acompañadas de textos escritos
por algunos de los más destacados intelectuales acerca
de la necesidad de la institución (dichos trabajos
fueron editados en un folleto que circuló
profusamente); con la cooperación del Ministerio de
Educación y la colaboración económica de varias
entidades, se organizó un concurso entre los alumnos de
las escuelas primarias superiores de todo el país, para
premiar los doce mejores trabajos sobre el museo.
La labor del Patronato no se limitó al ámbito nacional
y algunos de sus miembros visitaron a los directores de
varios museos en Estados Unidos, Francia y España, para
gestionar
préstamos de exposiciones transitorias. Con
estos fines de "cooperación inter-museal" se
incorporó el museo a la Sociedad de Museos Americanos y
se inscribió como miembro del Consejo Internacional de
Museos de la UNESCO.
Frente a la escasez de técnicos museógrafos en
Cuba, se gestionaron becas en el extranjero para
realizar esos estudios e ir preparando el personal del
futuro museo.11
Además de conseguir la construcción del edificio
adecuado, el Patronato trazó, en gran medida, las
pautas museológicas generales para la reapertura de
1955. A los efectos de darle más autoridad legal, el 26
de febrero de 1954, le sustituyó en sus funciones el
Patronato de Bellas Artes y Museos Nacionales, creado
por Ley-Decreto No.1317, facultado de dirigir la
organización y funcionamiento de los Museos Nacionales;
atender la custodia y conservación del edificio del
Palacio de Bellas Artes y Museos Nacionales; promover la
celebración de exposiciones de obras de arte y piezas
arqueológicas e históricas y decidir sobre las
donaciones. A este segundo patronato se sumó la formación
de un Consejo Asesor,12
en el que quedaron representadas las más importantes
instituciones culturales. Sirve como ejemplo del interés
por elevar la calificación del museo que, en una de sus
primeras sesiones, quedó acordado designar a los señores
Julio Lobo y Oscar B. Cintas, en su carácter de vocales
dentro del mismo, de contactar con las instituciones
extranjeras análogas y redactar una ponencia sobre la
conveniencia de invitar asesores extranjeros para la
mejor organización del Palacio de Bellas Artes y Museo
Nacional.
La década del 50 fue determinante para consolidar el
prestigio que, entre tantos avatares, la institución se
había ido ganando, y para lograr el inmueble tan
deseado. La triste historia que antecede se derrumbó
ante la impresionante edificación que se estrenó para
albergarle.13
Vio crecer sus fondos de manera notable y pudo perfilar
mejor sus líneas de coleccionismo con la avalancha de
donaciones, legados y depósitos que se produjeron para
su reinauguración, el l4 de diciembre de l955. El
Arzobispado de La Habana; la Casa de Beneficencia; María
Ruiz de Olivares, Marquesa de Pinar del Río; el Doctor
Joaquín Gumá, Conde de Lagunillas y los señores Julio
Lobo, Oscar B. Cintas, José Gómez Mena y Tomás Felipe
Camacho, entre otras instituciones y coleccionistas
privados, sobresalieron en esta cooperación. 14
A propósito de la inauguración del Museo
Nacional en el nuevo inmueble, Loló de la Torriente,
conocida crítica e historiadora del arte escribe en Alerta, el 20 de febrero de l956, “De las fuentes del saber”:
“... ¿Quién podía creer que en Cuba
existiese, olvidado y despreciado, un museo plástico,
otro histórico y una valiosa colección de piezas
etnográficas? Sólo unos cuantos ilusos, unos pocos
locos románticos, acertaban a dar crédito a aquel
almacén de cosas viejas que en la calle Aguiar
custodiaba, más como guardián que como director, la
honradez de Rodríguez Morey.”
La organización museológica y museográfica de la
sección de bellas artes que permitió la nueva
edificación quedó expresada en la publicación de la Guía
de la Galería de Arte del
Museo Nacional de Cuba, en 1955. En su presentación
también se anuncia la
preparación de los catálogos para el Museo Histórico
y para la parte afrocubana de etnología, que pertenecían
igualmente al Museo Nacional. En el plan de las galerías
dedicadas al arte aparecen enumeradas hasta el número
diez las siguientes: 1 y 2.
Escuelas europeas; 3. Pintura cubana de los
siglos XVIII y XIX; 4, 5, 6, 7 y 8. Colección Rafael G.
Carvajal y Ruiz; 9. Sala de artes cubanas decorativas de
mediados del Siglo XIX; y 10. Sección A-Pintura cubana
de fines del siglo XIX y comienzos del XX; Sección
B-Pintura cubana del siglo XX; Secciones
C, D y E. Escuelas europeas.
A pesar de que aún incluía en sus fondos a las
secciones de historia y etnografía cubanas —cuestión
justificada por la propia premisa nacional que le dio
origen— se materializan en el Palacio de Bellas Artes,
por primera vez, los viejos anhelos de orientar su
perfil hacia las artes. Bajo el asesoramiento del señor
Allan MacNab, director de la Four Arts Gallery de Palm
Beach, en la Florida, se mostraron la plástica nacional
e internacional, según avanzados criterios museológicos
y museográficos del momento. Se reunieron ejemplos de
las más importantes escuelas europeas de pintura; se
organizó una representación cronológica de la pintura
nacional desde sus primeros cultivadores hasta el siglo
XX; se ofreció una visión completa del desarrollo de
las artes en Cuba, a partir de la valiosa colección de
muebles y artes aplicadas, a través de la reconstrucción
de un salón cubano de 1870. Por su parte, las salas
dedicadas a la historia y la etnología también
contaron para su organización, con el asesoramiento de
prestigiosos intelectuales como el Doctor José Manuel Pérez
Cabrera y el Doctor Francisco Pérez de la Riva para la
primera, y el Doctor Fernando Ortiz y Lydia Cabrera para
la segunda. La historia quedó presentada en tres salas
que correspondían a las etapas: Precolombina, Colonial
y Personalidades de la cultura cubana y Guerras de
independencia; y la Colección de Etnografía se expuso
poniendo especial énfasis en el sincretismo de las
culturas africanas representadas en Cuba, con la española
y la aborigen.
Con respecto a los depósitos de estos años, no hay
duda en destacar el de la valiosa Colección de Arte de
la Antigüedad de Egipto, Etruria, Grecia y Roma, que
hizo en 1956 el Conde de Lagunillas. Con un primer
estudio y montaje, a cargo del profesor Francisco Prat
Puig
y del propio Conde, la sala dedicada al Arte de
la Antigüedad se convirtió, desde entonces, en uno de
los mayores atractivos de los núcleos de arte universal
dentro del museo. Un elemento organizativo de base que
se realizó en esta década fue el monumental trabajo de
registro e inventarización de todas las colecciones del
museo. En los primeros años de 1950, Morey inicia esta
meritoria labor —imprescindible para la catalogación—
con un sencillo sistema de ficha-expediente-libro de
entrada, en el que queda perfectamente enlazado con un número
consecutivo. La efectiva vigencia —harto probada— de
este primer inventario le ha convertido en material de
referencia insustituible para las investigaciones sobre
la institución y sus colecciones.
En la mencionada Guía
también se advierte acerca de la ubicación del
Instituto Nacional de Cultura —dependencia del
Ministerio de Educación— en el propio Palacio
"... por entender que así se contribuye no
solamente a la adecuada instalación del Museo Nacional,
sino que se realiza por primera vez en Cuba, una labor
armónica y bien orientada, a favor de la cultura
nacional y al cultivo de las Bellas Artes." Y de
hecho, este organismo imprimió dinamismo a la institución,
organizando conferencias, recitales y exposiciones que
se celebraban en el teatro, en el patio interior o en la
biblioteca especializada conque contaba. Las salas
dedicadas a la Exposición Permanente de Artes Plásticas
se convirtieron en un verdadero Museo de Arte Contemporáneo
Cubano. Eventos como el Salón de Humoristas, o la Sala
de Artistas Invitados, encontraron su espacio y a la
vez, iban engrosando las reservas de la plástica
nacional e internacional. El Instituto Nacional de
Cultura también organizó la Sala Permanente de
Arqueología Antillana con
valiosos exponentes de las culturas aborígenes
de Cuba y la colaboración del Grupo Guamá15.
Bajo este impulso de didactismo, que pretendía
“Superar el viejo concepto de museo como almacén de
reliquias y documentos de valor artístico o histórico...",16
el Museo Nacional fue dando los toques que faltaban a su
nueva imagen, dentro del esquema institucional anterior
al triunfo revolucionario de 1959.
La tercera etapa (1959-1996) es precisamente la que se
inicia con la Revolución y llega hasta el momento en
que comienza a desarrollarse el más ambicioso y
complejo proyecto de todos cuanto ha tenido la institución
en su historia. La característica más sobresaliente de
este ha sido, sin dudas, la transformación por
excelencia. Por su propia naturaleza cambiante, el
proceso revolucionario intervino en todas las esferas de
la sociedad transformándolas, sobre todo,
para llevar sus beneficios a toda la población.
Dentro de este nuevo contexto, el Museo Nacional creció
cuantitativa y cualitativamente como nunca antes.
Luego del ajuste y proceso de especialización en bellas
artes, como consecuencia de la llegada de grandes lotes
que fueron transferidos al museo por el nuevo gobierno,
se hizo evidente la imposibilidad espacial y la
improcedencia de albergar tan nutrida amalgama.
Entonces, acertadamente se reservó el edificio únicamente
para bellas artes, dedicado solo a las colecciones de
pintura, escultura, dibujo y grabado de Cuba y del resto
del mundo, y se distribuyó el resto de los núcleos por
materias a diferentes museos o instituciones afines que
pudieran acogerlas, dando lugar también a la creación
de nuevos museos
como
el de Artes Decorativas, el Nacional de la Música
o el de Arte Colonial, entre otros.
Valiosos conjuntos —adquiridos por compra en galerías
privadas y establecimientos dedicados al comercio de
objetos de arte, en Europa y fundamentalmente en Estados
Unidos— como los de Julio Lobo, Oscar B. Cintas, José
Gómez Mena, Juan Mingorance Gutiérrez; Tomás Felipe
Camacho; María Dolores Machín, viuda de H. Upmann,
Conde de San Fernando de Peñalver; Evelio Govantes,
Ignacio Ponce de León, Antonio García Hernández,
Valdivia de Santo Tomás (antes de Domingo Malpica),
Osuna-Varela Zequeira, Manuel Mimó Abalo, entre otros,
quedaron casi en su totalidad bajo la tutela del Museo
Nacional, al triunfo revolucionario. El volumen de obras
fue tal que se regularizó la celebración de muestras
transitorias bajo el título Exposiciones de obras de
arte recuperadas, entre 1963 y 1967. En 1964 quedaron
inauguradas las Galerías Permanentes de Arte Cubano
que, sin apoyarse en otro elemento artístico, ofrecían
al público el panorama histórico de la pintura, el
grabado, el dibujo y la escultura en Cuba.
Las reservas de arte cubano no fueron las únicas en
beneficiarse con esta coyuntura histórica. El arte de
otras latitudes geográficas como Europa, América y
Asia también aumentó su representación
considerablemente. Desde aquel grupo de obras prestadas
por la Escuela Taller de Artes Plásticas de La Habana
San Alejandro y alguna que otra pintura o escultura,
donada por artistas o por instituciones y las escasas
compras que pudo hacer Morey, es un hecho que, desde su
inauguración y primeras décadas, el museo contó con
colecciones de arte universal, fundamentalmente de
Europa, y cuyo fomento fue lento, pero acertado. Así es
como actualmente las reservas de pintura de España,
Italia, Francia, Flandes, Holanda, Gran Bretaña y
Alemania siguen siendo uno de los núcleos expositivos más
fuertes dentro de los fondos del Museo Nacional, y
comparten su importancia sólo con la Colección de Arte
de la Antigüedad que perteneció al prestigioso
coleccionista Doctor Joaquín Gumá Herrera, Conde de
Lagunillas. A propósito del montaje en riguroso orden
cronológico, y para obtener una clara exposición
del desarrollo histórico del arte occidental, el
escultor
cubano Eugenio Rodríguez realizó
un meritorio diseño general de esta sección de la
antigüedad. Las nuevas labores de montaje
requirieron un arduo trabajo de reinstalación de toda
el área, que incluyó el diseño de las vitrinas, de
las bases para las piezas y de la réplica de una
mastaba egipcia para la puerta de entrada a las salas.
Las obras comenzaron en el año 1959, y las salas se
abrieron al público en el año 1961 con el nombre de
Salas de Arte de la Antigüedad Condes de Lagunillas,
como justo reconocimiento a la persona cuya generosidad
propició su creación.
Como
consecuencia, hubo que readaptar el montaje general que
tenía el arte internacional, respetando estrictamente
la cronología de la historia del arte, y haciendo
apartes regionales cuando la riqueza de las colecciones
lo facilitaba. De manera que el diseño de las Salas de
Arte de la Antigüedad y europeo
quedó
estructurado de la siguiente manera: Sala
Egipcia; tres Salas Helénicas; Ámbito Romano (con
mosaicos itálicos de dos locales); Sala Oriental
(copta, bizantina); Sala Medieval; Sala Renacimiento
(siglo XVI); tres Salas Españolas (siglo XVII); Salas
Flamenca y Holandesa (siglos XVI y XVII); Salas Francesa
e Inglesa (siglo XVIII) y Salas Siglo XX y Moderna.
Durante estos primeros años de la década del 60, se
efectuaron las monumentales transferencias de las
colecciones de arte que el Estado intervino.
Se realizaron toda una serie de importantes
objetivos, como fueron las galerías de arte cubano en
1964, con las cuales, el Museo Nacional
ofreció, por primera vez, su panorama histórico-crítico
de las artes plásticas cubanas.
En cuanto al arte europeo, fue replanteado museológicamente
en 1968, bajo un criterio histórico que, sin
pretenderlo, rompía el balance de las denominadas salas
europeas. En aras de una concepción estricta de la
historia del arte —con el fin de hacer más didáctica
la exposición—, se relegó a un segundo plano el
origen de estas colecciones, resultantes en su mayoría
de la feliz combinación de los núcleos de
coleccionistas privados. Afortunadamente, en 1975 se
recuperó el concepto de escuelas geográficas que se ha
mantenido desde la creación del museo. A partir de
entonces se condensaron tesauros largamente reunidos por
diversas vías, y que permitieron una reflexión más
completa de varios siglos de arte de la colonia y del
siglo XX. También quedaron sugeridas algunas de las
principales ideas que se proyectaron en el trabajo del
museo hasta la actualidad. Entre ellas, la modalidad del
despliegue de las colecciones de acuerdo a un criterio
histórico y artístico; la manifiesta voluntad de
enriquecerlas de continuo con la creación de los
artistas más jóvenes, para fundirlos con la tradición
del arte nacional; y la alerta sobre los riesgos que
todo panorama museal encierra a la hora de maniobrar con
los vestigios de la memoria cultural.
En 1966-1967 se inició el proceso de reinventarización
de las colecciones atendiendo a las diversas
manifestaciones. Luego de este primer trabajo, se
ensayaron otros métodos de inventarios, hasta que en
1990, se puso en práctica la digitalización del mismo.
En cuanto a la proyección del trabajo museológico con
el arte cubano y universal,
se realizó la remodelación de cada una de sus
escuelas, tomando en consideración una óptica que
renovara y sobre todo, ampliara la exhibición
tradicional. De resultas, se analizaron las
posibilidades museológicas de todas las colecciones que
atesoraba; se reorientó la política de coleccionismo y
se iniciaron pesquisas que hicieron surgir nuevas
proposiciones expositivas que sacaban de las reservas,
fondos que sólo se habían expuesto ocasionalmente y
otros que nunca se habían dado a conocer.
En la última década del siglo XX, se dio un fuerte
impulso a los intercambios con otras instituciones
afines que, necesariamente, introdujeron cambios en la
proyección del trabajo institucional en aras de una
mayor universalización, más acorde con los criterios
internacionales de la práctica museológica. Así se ha
recontextualizado el museo y el trabajo de todos sus
especialistas. Los frutos de esta remodelación, a
escala institucional, se aprecian en cada una de sus áreas
técnicas, y quedan expresados en los nuevos inventarios
y controles de registro y en la capacitación de los
restauradores y museólogos que atienden directamente
cada colección.
Históricamente, el Museo Nacional de Cuba atendió por
igual y sin límites geográficos, al fomento de sus
colecciones de arte. Por razones obvias, siempre se
reservaron preferencias espaciales expositivas a los
fondos de arte cubano. Del resto de su tesauro, sólo se
mostraba permanentemente, lo más estudiado y de mayor
valor: la Colección de Arte de la Antigüedad Condes de
Lagunillas y la Colección de Pintura Europea,
representada por las siete escuelas tradicionales del
continente entre los siglos XV y XIX.
Gracias a la más compleja remodelación museológica y
museográfica que ha sufrido en toda su historia, el
Museo Nacional da una nueva solución a uno de los
mayores lastres que ha padecido desde su creación: la
adecuada instalación de sus colecciones. Como resultado
de este ambicioso proyecto, quedan distribuidos en dos
grandes edificios sus más importantes tesauros: el arte
cubano y el arte universal. En el Palacio de Bellas
Artes, edificio único para la institución desde 1955,
se ubica el arte nacional; mientras que en la antigua
edificación del Centro Asturiano de La Habana, se reúnen
los
valiosos fondos de arte no cubano. Este feliz
suceso facilita aún más el proceso de especialización
que paulatinamente ha procurado desde su fundación en
1913 y, sobre todo, permite una exposición permanente más
rica de sus abundantes fondos.
El dedicar, a partir de ahora, el Palacio de Bellas
Artes solamente para el arte cubano es de por sí una
notable ganancia para el Museo Nacional. Pero el contar
también con otra sede de exposición para el arte no
cubano, posibilita la presencia en
su exposición permanente de otras colecciones
que permanecían en las reservas del museo y que sólo
habían sido mostradas en parte y ocasionalmente. Al
incrementar su área museográfica, eleva el nivel de la
selección para sus
Exposiciones Permanentes de Arte Cubano y de Arte
Universal, en el Palacio de Bellas Artes y en el antiguo
Centro Asturiano de La Habana, respectivamente.
Las Colecciones de Arte Universal están integradas por
pinturas, esculturas, dibujos y grabados agrupadas en
cinco grandes áreas en correspondencia geográfico-cultural
y que, en algunos casos, como en los de América y Asia,
incluyen a más de un conjunto. Desde
el punto de vista cronológico, estos fondos ilustran
los períodos históricos de la Antigüedad clásica, la
Edad Media, los siglos XV al XIX
y el
Siglo XX.
Por orden de importancia cualitativa y
cuantitativa, se encuentran en primer lugar,
las de Arte Europeo y las de Arte de la Antigüedad.
Les siguen las de América (Latinoamérica y Estados
Unidos),
Asia (Japón, China, India, Corea y Viet Nam) y
Arte del siglo XX. El Centro de Arte Universal
muestra
un alto porcentaje de la totalidad de los fondos
del museo, de manera permanente, semipermanente y
transitoria, en dependencia de las características de
los exponentes y de la disponibilidad de los espacios
diseñados para la exhibición. Algunas importantes
colecciones como las de América y Asia son exhibidas al
público, por primera vez, con carácter permanente; y
en el caso de la del Siglo XX
se harán muestras renovables.
La nueva sede para el arte universal del Museo Nacional
es uno de los edificios monumentales del entorno
arquitectónico del Parque Central. Inaugurado el 20 de
noviembre de 1927 fue concebido como palacio social para
una de las más importantes asociaciones regionales españolas
de Cuba: la del Centro Asturiano de La Habana. El
surgimiento de esta asociación se debe a la necesidad
de socorrer a los paisanos residentes en Asturias e hizo
escribir a don Lucio Suárez Solís, en El
Heraldo de Asturias del 21 de marzo de 1886, un
exaltado artículo que exhortaba a la creación de la
sociedad que sólo dos meses después, el día 2 de
mayo, quedó constituida en el local habanero de la
Coral Asturiana, en la esquina de Reina y Ángeles. En
sobria ceremonia, fue inaugurada por el presidente del
comité gestor y de hecho, su primer presidente general,
don Antonio González Prado.
Desde
sus comienzos tuvo entre sus principales cometidos la
instrucción y el recreo de sus asociados y, con el
tiempo, llegó a ser la sociedad más representativa y
la que aglutinó a mayor número de emigrantes. Bajo la
tutela de su gran benefactor, don Manuel del Valle,
quien contribuyó para este fin de manera destacada, fue
consolidándose la entidad en sus pasos iniciales y en
diciembre de 1892, quedó inaugurado, en brillante
velada, el viejo edificio, en el mismo lugar donde se
levantó en 1927, la sede que mantuvo hasta principios
de la década de 1960. La primitiva edificación
—sobre el terreno que
incluía al teatro
Albisu,
luego
Campoamor —contaba con una fachada de composición
sencilla, rematada por un entablamento clásico de altas
y lisas arcadas sobre pilares que encuadraban al resto
del edificio.
Un incendio el 24 de octubre de 1918 destruyó esta
sede, y obligó a la directiva de la asociación a
ocupar, durante nueve años, locales en el Casino Español
y en el Centro Gallego. Al obtener el empréstito para
la realización del gran palacio social, se inició
propiamente la etapa contemporánea de la institución.
El
arquitecto asturiano Manuel del Busto y José Gómez
Salas ganaron el concurso que se convocó para la erección
del nuevo local a principios de la década del veinte.
El exagerado diseño creado por ellos recuerda a algunos
por su fachada al Palacio de las Comunicaciones de
Madrid. El éxito que alcanzó no excedió al que
obtuvieron
la mayoría de las edificaciones del Reparto de
las Murallas, durante las dos primeras décadas del
siglo XX. En esta zona —urbanización de fines del
siglo XIX sobre los terrenos de la antigua muralla de la
ciudad, demolida poco antes—, se levantaron
construcciones como el Palacio Presidencial (1920) que
“... despertaron en el centro urbano la
tendencia a siluetear o dibujar una imagen formal
reconocible a partir de la propia concepción
monumental del edificio...”.17
Este edificio resulta especialmente significativo, tanto
por el volumen de edificación como por las modernas técnicas
de ingeniería empleadas: armazón estructural de acero
con recubrimientos de piedra, ladrillos, y losas de
hormigón. Se emplearon los más importantes y ricos
materiales importados y nacionales e intervinieron también
múltiples talleres y empresas cubanas vinculadas a la
construcción, incluyendo ricos pavimentos de mármoles,
profusas decoraciones en yeso, carpintería elaborada
con cedro y caobas cubanas entre otros. Alcanzan su
culminación aquí, los códigos del eclecticismo español,
se mezclan el barroco y el plateresco, traducidos en una
decoración, a veces excesiva, basada en iconos y símbolos
regionales, todo dominado por una fuerte tendencia
ceremonial y escenográfica, muy manifiesta en la caja
de la escalera, coronada por un inmenso lucernario con
escenas que describen el descubrimiento de América por
Cristóbal Colón; y más aún por las cuatro torres
diferentes que, superando las del vecino Centro Gallego,
constituyen verdaderos hitos de las visuales de la zona,
e incluso
desde la Plaza de Armas del Centro Histórico, a
lo largo de la calle Obispo, acentuando un verdadero eje
visual.
El “palacio devenido museo” es el resultado de la
transformación y restauración, gracias a ello se
valorizan espacios representativos y significantes del
edificio y su arquitectura, otros —un tercio de su
superficie total—, se convierten en ámbitos arquitectónica
y museográficamente adecuados a la exhibición de
importantes colecciones.
Notas
1
Emilio Heredia y Mora nació en La Habana el l8
de septiembre de l872, descendiente del gran poeta
cubano José María Heredia. Cursó estudios en la
Escuela Profesional de Pintura y Escultura San Alejandro
de La Habana; la Real Academia de San Fernando, Madrid,
y estuvo cuatro años en París, como estudiante libre
de arquitectura de la
Academie des Beaux Arts, y de dibujo en la
Academia Colarossi. Colaboró con sus dibujos en el New
York Herald de París y en la casa editora Garnier.
Volvió a Cuba en l900. Fue nombrado Director Artístico
de la revista El Fígaro
y colaboró en otras publicaciones periódicas. Profesor
de dibujo; Dibujante Primero dentro del Departamento de
Obras Públicas. Jefe del taller de dibujo de planos,
mapas y topografías de la firma Lynch y Mesa de Nueva
York. Autor de infinidad de proyectos de arquitectura,
entre ellos la ampliación del edificio de la Cámara de
Representantes; de un monumento
a las víctimas del acorazado Maine;
de un Panteón Nacional; de un edificio para el Archivo
Nacional, etcétera. Socio Fundador y Vocal de la
Directiva del Círculo de Bellas Artes de La Habana.
Miembro de Número de la Academia Nacional de Artes y
Letras. A la creación del Museo Nacional, consagró su
gran energía para ver convertido en realidad su soñado
proyecto. Otra de sus iniciativas
fue la creación de la Sociedad Geográfica.
Falleció en La Habana, el 29 de julio de l9l7.
2 Algunas
provenientes de
la Academia de San Alejandro que en este texto aparece
mencionada con las diversas denominaciones que recibió
la escuela según el período al que se haga referencia.
Por ejemplo, en 1863 se establece como Escuela
Profesional de Pintura y Escultura; en 1936 se
reorganiza y establece la Escuela Nacional de Bellas
Artes San
Alejandro. (N. de la E).
3 La
Galería Didáctica de la Academia de San Alejandro fue
creada a mediados del siglo XIX, a partir del lote de
cuadros al óleo comprados en l84l, en remates de buenas
galerías en París, por "Pedro de Alcántara Téllez
Girón y Pimentel, Príncipe de Anglona, Márqués de
Javalquinto (l776-l85l)
quien fue Capitán General de la Isla de Cuba de
l840-l85l. Al cesar en su cargo, donó 3 mil pesos a la
Real Sociedad Económica
de Amigos del País de La Habana, para que ésta
comprara cuadros destinados a servir de modelo a los
alumnos de San Alejandro. La sociedad acordó que esta
donación se pusiera en manos del mismo príncipe, para
que él eligiera las obras. El l2 de noviembre de l842
llegaron a La Habana a bordo de la fragata Tigre
los 30 cuadros escogidos..." (Datos tomados de las Memorias de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. La
Habana, l842, tomo XV, , pp. ll4-ll6).
4 En 1919 fue aprobado un presupuesto para adquisiciones
de 10 000 pesos, con los que fueron compradas 60 copias
realizadas por destacados pintores españoles de los
cuadros más célebres del Museo del Prado y algunos
originales de artistas españoles contemporáneos. De
manera oficial, el museo participa por primera y única
vez en una subasta pública en París.
5 Antonio
Rodríguez Morey nació
en Cádiz, el 4 de marzo de l872. Estudió en la
Escuela Profesional de Pintura y Escultura San Alejandro
de La Habana donde cursó dibujo con Antonio Herrera y
Sebastián Gelabert, y paisaje con Valentín Sanz Carta.
Estudió pintura escenográfica con Juan Ruiz y Miguel
Arias, trabajando con ellos en los decorados de los
principales teatros de La Habana. A partir de l892 viajó
por España, Francia e Italia, donde se radicó. Estudió
restauración en el Taller de Restauraciones del Museo de los Oficios. Realizó numerosas exposiciones en Cuba y en
Florencia, Roma, Milán, Turín, Palermo, Génova,
Viena, Munich, París, Londres, Nueva York, Panamá,
California, entre otras.
Fue Catedrático Auxiliar de Dibujo Elemental y
Titular de las Cátedras de Anatomía Artística,
Perspectiva e Historia de las Bellas Artes de la Escuela
Profesional de Pintura
y Escultura San Alejandro, desde l9l2. Miembro de Número
fundador de la Academia Nacional de Artes y Letras, La
Habana. Miembro de la Academia Internacional de Cerámica,
Ginebra, Suiza. Miembro Correspondiente de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, l926.
Miembro del Instituto Nacional de Artes Plásticas, La
Habana; de la Asociación Bibliográfica Cultural de
Cuba; de la Asociación de Acuarelistas
de Roma; de la Corporación de Bibliotecarios,
Archiveros y Conservadores de Museos del Caribe; de la
Sociedad Geográfica y Estadística de México; del
Ateneo Nacional de Ciencia y Arte de México. Fue
Presidente de la Asociación
de Pintores y Escultores,
del Círculo de Bellas Artes y
de la Sección de Artes Plásticas del Ateneo de
La Habana. Miembro de la Comisión Nacional Cubana de la
UNESCO. Presidió el Comité Cubano del Consejo
Internacional de Museos, París. Fue Director Artístico
y Fundador de la revista Bohemia,
La Habana. Presidente de la Asociación de Escritores y
Artistas Americanos. Miembro del Instituto
Cubano-Peruano de Cultura. A sus altos merecimientos artísticos,
se une la gloria de haber salvado de su total destrucción
en distintas oportunidades
el patrimonio artístico e histórico que
integraban los
fondos del Museo Nacional, los cuales alojó en varias
ocasiones en su casa particular, hasta que se ubicó en
la calle Aguiar. Fue su Director desde l9l8 hasta su
muerte el 7 de diciembre de l967.
6 “...a
los Museos que poseen muchos de los establecimientos
docentes oficiales, de esta capital o de las provincias,
donde seguramente se utilizaría con más provecho, en
beneficio de la juventud estudiosa que acude a aquellos
centros, en tanto que aquí pasa desapercibida y ocupa
un lugar necesario para los objetos de arte o de
historia que hoy forzosamente permanecen almacenados por
falta de salas donde ser exhibidos."Fragmento de la
comunicación dirigida al Sr. Subsecretario de Instrucción
Pública y Bellas Artes, fechada el 12 de octubre de
1921, en Expediente No.7, Año 1920-28, Asunto: Datos
suministrados a la Secretaría de Instrucción Pública
y Bellas Artes para la redacción de la Memoria
Anual-Datos para el Mensaje al Congreso”.
7
El doctor Luis de Soto y Sagarra, crítico de arte,
catedrático de historia del arte de la Universidad de
La Habana y miembro de las Academias de Artes y Letras y
de Arqueología, inicia el l2 de mayo de l946, en la
revista Carteles,
la publicación de una serie de l6
artículos que reseñan extensa y gratamente
algunas de estas colecciones privadas, y a través de
los cuales, revela la nostalgia por un pasado con
tradición de coleccionismo en el país y la añoranza
por un futuro que le hiciera los debidos honores. Estas
"promenades espirituales"
como calificara él mismo a sus trabajos, traducen una
práctica al uso entre los criollos que los identifica,
a unos con cualquier diletante común, y a otros, más
cercanos al concepto actual de coleccionista, en términos
de estudioso, conocedor y verdaderamente preocupados por
trazar científicamente el perfil de su colección.
8 Bajo el título
general Exposición de Arte en la Universidad de La
Habana, en el local del aula “Felipe Poey” del
Edificio de Ciencias y también en el Salón del Colegio
Nacional de Arquitectos, se celebraron tres grandes
exposiciones: Escuelas Europeas (enero), El arte en Cuba
(febrero) y 300
años de arte en Cuba (abril)
que, sin duda alguna, han sido el esfuerzo de
mayor trascendencia en materia de exhibiciones de arte
en nuestro país. Dieron
una visión global del arte en Cuba y mantuvieron
durante seis meses consecutivos, la atención y el interés
del gran público, hecho que por primera vez se daba en
la historia de las actividades artísticas en Cuba. Sus
tres catálogos, lujosamente editados, han quedado como
valiosos documentos para la historia de las artes plásticas
en Cuba. Integrante del Comité Organizador, junto a
Domingo Ravenet y Guy Pérez Cisneros, el doctor Luis de
Soto escribió para Avance,
el 25 de enero de l940: "El interés despertado por
la Exposición de Pinturas y Esculturas de Escuelas
Europeas, abierta el día 20 en la Universidad de La
Habana, del cual es buena prueba la muchedumbre que
acude a visitarla diariamente, responde a la significación
de este suceso que sin hipérbole, podemos calificar de
"acontecimiento artístico..."
9 Real
Sociedad Económica de Amigos del País (l793), Ateneo
de La Habana, también conocido como Círculo de La
Habana (l902); Academia Nacional de Artes y Letras
(l9l0); Club Atenas (l9l7); Institución Hispano-Cubana
de Cultura (l926), a la cual imprimió Don Fernando
Ortiz la tónica progresista de su pensamiento; Lyceum
(l929), más adelante fusionado con el Tennis de Señoritas
(l9l3) para dar origen al Lyceum Lawn Tennis Club;
Sociedad Universitaria de Bellas Artes (l942), fueron
algunas de las que suplieron la indiscutible necesidad
cultural que el museo no podía satisfacer y a la cabeza
de las cuales se encontraba el Salón Anual de Bellas
Artes que propició en l9l6 el surgimiento de la
Asociación de Pintores y Escultores, sucedida el 15 de
marzo de 1930, por el Círculo de Bellas Artes.
10 La
iniciativa de su creación partió del arquitecto
Richard Newman y de la Milicia Martiana, y su primer
director fue el Doctor Tomás Felipe Camacho.
11 Como parte
de este último propósito se invitó en varias
ocasiones a verdaderas autoridades en museografía del Museo
Metropolitano de Nueva York, como fueran Alfred H. Barr
y Edgard Kauffmann, a brindar conferencias.
12 El Consejo
Asesor del Patronato de Bellas Artes y Museos Nacionales
estaba integrado por: el Doctor José Manuel Pérez
Cabrera(Academia de la Historia de Cuba); el Doctor
Esteban Valderrama y Peña (Academia Nacional de Artes y
Letras); Enrique
Carabia y Montenegro (Escuela Nacional de Bellas Artes
San Alejandro); el Doctor Fernando Ortiz y Fernández
(Sociedad Económica de Amigos del País); el Doctor
Horacio Abascal y Vera (Academia de Ciencias Médicas, Físicas
y Naturales); el arquitecto Emilio de Soto y Sagarra
(Colegio de Arquitectos de La Habana); Manuel I. Mesa
Rodríguez (Junta de Arqueología y Etnología); y
contaba con los Miembros Ex Oficio: Doctor Guillermo de
Zéndegui y Carbonell (Director del Instituto Nacional
de Cultura) y Antonio Rodríguez Morey (Director del
Museo Nacional).
13
En realidad, el Palacio de Bellas Artes fue
inaugurado el 18 de junio de 1954 con la celebración en
este de la II Bienal Hispanoamericana de Arte. La
reapertura del Museo Nacional en esta nueva sede, no fue
hasta el 14 de diciembre de 1955.
1 4
“El Museo Nacional
de Cuba ha cambiado de vivienda y el sueño que dormía
se trocó en actividad y esta actividad resulta
creadora. Es muy joven este nuevo Museo, pero alcanza ya
madurez de juventud, mayoría de edad. Tiene obra
propia; la que ya tenía, más las donaciones, generosas
e importantes, que va consiguiendo. La de la Marquesa de
Pinar del Río, con los cuadros de Eugenio Lucas y de
otros maestros del siglo XIX español, es una de las más
importantes. Tiene también el Museo depósitos
temporales, magnífico de veras por cantidad y calidad,
el de Julio Lobo, muy importante el de retratos ingleses
de Oscar B. Cintas e interesante el de José Gómez
Mena, de pintura española de comienzos del siglo XX. La
última donación recibida por el Museo, es la de un
gran cuadro, regalo del señor Ramón Crusellas (...).
La atribución es a Lucas Giordano y viene de una
Galería muy respetable.” Fernando de la Presa. “El
Museo se hace mayor de edad”. Mañana, La Habana, 23 de marzo de 1956.
15 El Grupo
Guamá fue fundado y dirigido por el arqueólogo cubano
René Herrera Fritot quien, con el resultado de su
trabajo, llegó
a organizar una muestra permanente en la sala de su
propia casa. Esta colección, más algunas piezas de
procedencia continental, fueron donadas al Museo
Nacional y su exposición fue asesorada por el propio
Herrera Fritot.
16 Guillermo de Zéndegui. “Las nuevas salas de
arquitectura colonial cubana en el Palacio de Bellas
Artes”. Arquitectura,
La Habana, febrero de 1958, No. 295, Año XXVI, p. 67.
17
Centro Asturiano de La Habana. Nuevo Palacio Social. La Habana, Purdy & Henderson Company, 1928.
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