LA JIRIBILLA
LA AVELLANEDA EN DOS MUJERES (II)

En 1838, pasados dos años de la partida de la Avellaneda con su familia —madre, padrastro, hermano y medio hermanos— llegó Antonio Bachiller a Camagüey. (4) De su estancia en esta ciudad recoleta, escribió y publicó un relato en el que se encuentran varias noticias interesantes. Me detengo en una. Pese a la existencia de escuelas privadas para hembras, cuyas familias —naturalmente— poseyeran medios de fortuna, la Avellaneda se educó en su casa. Es lógico suponer que su padre, que poseía cierta instrucción, al menos la árida instrucción militar, la enseñara a leer y escribir, y le diera los primeros libros. Según cuenta ella misma en Autobiografía del 39, su precocidad asombraba a sus parientes. Varios preceptores —de música, dibujo, geografía, historia— le daban clases dos veces por semana. El más importante fue su maestro de francés, idioma que aprendió desde niña, que leía y hablaba con soltura. Interesada sin duda en que Ignacio de Cepeda la admirara, presume de haber recibido «la más brillante educación que el país proporcionaba». No parece del todo cierto. Su educación fue más bien la de una autodidacta, la de alguien que leía los libros que tenía a la mano, que nunca podían ser muchos en Camagüey, pero que parecían escogidos con buen tino, sobre todo poesía y novelas. Poco sistematizó u organizó en su juventud. A las mujeres, además, en aquella época se les negaba la posibilidad de una educación más completa.

Y en cuanto a maneras sociales, tacto, refinamiento... Años después, casi al final de su vida, retirada en Sevilla y revisando sus obras, entabló amistad con la escritora española Fernán Caballero, mujer muy remilgada, al menos en sus juicios escritos. Fueron amigas sin compenetrarse del todo, aunque existían entre ellas ciertas similitudes. Piñeyro, tan mencionado, ha visto con agudeza la amistad de las dos escritoras. Sin embargo, lo que no percibió resulta para mí fundamental: el concepto divergente que ambas tenían de la condición femenina. Las opiniones de Fernán Caballero sobre su amiga se conocen —sus cartas se han publicado—, las de la Avellaneda hasta hoy se ignoran. En una carta escribe Fernán Caballero sobre una cosa  que faltaba a su amiga Gertrudis la Magna, como la llamaba irónicamente: «una cosa que no se tiene si no se adquiere desde la cuna... educación, por lo que si le sobra talento, le falta el comme il faut, el tacto y la cultura práctica». La Avellaneda nunca adquirió —ya en su madurez  la juzga Fernán Caballero— estas maneras ni estuvo interesada en adquirirlas. Se llamaba a sí  misma «la franca india» y «la peregrina» —en el sentido de extraña, rara, que también presenta la palabra— con cierto orgullo y hasta con cierta insolencia. Quedan testimonios de su hablar desenfadado, al menos durante sus primeros tiempos españoles. Apasionada por la lectura y por los libros —escribía desde los diez años—, gustaba sin embargo del baile, las fiestas y el teatro. Se interesaba por los vestidos y por el coqueteo con jóvenes apuestos. Según los retratos y las semblanzas escritas, fue una muchacha atractiva. Tenía el cabello castaño, la piel morena. Sin ser muy alta, era esbelta. Tal vez movía demasiado los brazos al conversar, a la usanza del trópico, y para el criterio rígido español. Sobresalían en la cara los ojos de negrura luminosa, que a los cincuenta de edad llamaban todavía la atención. Dotada para la creación verbal, poseía del idioma un conocimiento de la raíz del lenguaje, pero nunca aprendió ortografía. Era errática y hasta caprichosa. Quien haya examinado sus manuscritos podrá comprobar esta deficiencia en su formación, sobre todo en los de sus cartas, escritas al correr de la pluma, plagados de errores ortográficos.

En la casa de sus primeros años, cuando la Avellaneda comienza a sentirse sola y abandonada, escribe versos en recuerdo de su padre, versos que ella juzgará posteriormente de principiante, escribe un cuento fantástico, «El gigante de las cien cabezas», cuento que después se extravía, escribe una obra de teatro, Hernán Cortés, que no se conserva, pero escribe y escribe, sentada a la mesita de la sala, como Jane Austen, mientras el resto de los habitantes de la casa siguen en sus quehaceres o entran por la gran puerta de la calle sus amigas para sacarla de su escritura, ponerse a conversar o llevársela a dar un paseo en coche. Pese a estas interrupciones regresará a su mesita o se encerrará en su cuarto y tirada en la cama volverá a escribir. Desde muy joven ha decidido ser una escritora. Nadie en su familia lo es, nadie como ella lee infatigablemente porque ha decidido seguir su vocación. Lee porque escribe, y lee como quien escribe. Sus amigas —ella misma lo cuenta— se reunían en su casa para leer en voz alta, poesía, teatro y novelas, pero ella es la única que leía de otra forma. Si disfruta y se enamora de los personajes, o mejor, si se enamora de la imagen que ella misma y a partir de sí misma crea de estos personajes —Lindor, Saint-Preux, Grandison—, lo hacía de modo diverso al de sus amigas. Ninguna de ellas fue escritora. Su manera y el resultado de sus lecturas se diferenciaban totalmente de los suyos. La Avellaneda leía como una escritora, sus amigas eran simples lectoras, ajenas a la estructura,  a la categoría del efecto y a la belleza de una obra. Para ella leer no fue un placer gratuito, una pura gratuidad, sino una forma de conocerse a sí misma en cuanto creadora —presente o futura—, de comparar y medir sus fuerzas.  Cada momento se irá haciendo más una entendida, quien puede reconstruir espiritualmente el universo de referencias de una obra literaria. Sus amigas son extrañas a este tipo de diálogo. El placer para sus amigas era gratuito, no las comprometía en nada. Permanecía una especie de hiato, una distancia entre ellas y la lectura. La Avellaneda, lo he dicho, lee de otra manera: su persona se halla comprometida, no tan sólo con los personajes y la historia (o la trama), lo que suele ocurrir al lector anónimo, sino por el descubrimiento de los modos que los configuran. El libro —y tal vez los cuadernillos en los que, como en un espejo, empezó a convertirse en una escritora— son esto y otra cosa más: una compañía. La ayudan a combatir su soledad y su abandono, en una casa gobernada por la presencia física del padrastro y de una madre dedicada al placer sexual con su joven marido. Al disgusto, la desdicha o al furor de verse expulsada —entregada súbitamente a sí misma, dirá más tarde pensando en estos años—, se entremezcla el conocimiento de que existe en ella una singularidad que trae como resultado una contrapartida positiva, algo particular que la aparta: ella es una escritora. Es decir, tiene un valor, y hasta un destino, del que los otros —deudos y amigos— carecen.

Sin embargo, esta convicción de no ser cualquiera, este descubrimiento un tanto insólito —«abrumada por el instinto de mi superioridad, sospeché entonces lo que después he conocido muy bien: que no he nacido para ser dichosa, y que mi vida sobre la tierra será corta y borrascosa» (Autobiografía del 39)—, esta convicción provocará en los demás una oposición imprevista, la de ser repudiada —precisamente— por lo que la distingue. Descubrimiento decisivo, pero cuyo carácter doble lo convierte en un hecho más peligroso para su vida: es una escritora, y a la vez y fatalmente, una mujer.

Si escribió un relato fantástico, un drama —hay que suponerlo en verso—  y poemas desde niña, en su casa camagüeyana, antes de su viaje a España y durante una estancia de varios meses en Santiago de Cuba, a la espera de la fragata francesa que la llevaría a Burdeos, dio a conocer poemas en el ambiente de aquella ciudad. Es decir, comenzó a hacer pública su vocación yendo en busca de su lector. A los dieciocho años, en 1832, cuatro antes de su partida, había publicado en el Diario de La Habana  su primer soneto conocido hasta hoy, sobre la muerte de uno de los hijos naturales de su padre y que llevaba su mismo nombre, Manuel Gómez de Avellaneda. En él ya aparece un epíteto curioso de sabor prerromántico, «flébiles», abundante en Meléndez Valdés, que la Avellaneda empleará después en varios de sus poemas conseguidos. Que una jovencita de buena familia, educada en casa por sus preceptores, en un medio religioso y esclavista, estrecho, suspicaz,  en el que la mayoría de las mujeres eran analfabetas, que leía el francés, escribiera,  fue considerado al principio como un adorno personal, semejante a bordar o tocar el piano y cantar dúos con las visitas. No sólo creyeron que se trataba de un adorno más, sino de que resultaría una afición temporaria. Doña Francisca al principio no se ocupó del asunto, luego comenzó a preocuparse. Se dio cuenta de que su hija lo había tomado en serio. Había aceptado su otredad, asumido su vocación como un destino, algo inflexible, cuya inflexibilidad es voluntaria y creación humana, pero con lo que hay que cumplir una vez aceptado. Ese destino se fue desplegando ante los ojos de la niña y después ante los de la joven. Cada poema, cada pieza teatral, cada relato era una manifestación de su destino. Desde ese instante, si en realidad es un instante y no una suma de variados momentos, la Avellaneda va camino de crearse a sí misma, verdadera postulación estética, hecha con palabras, con un discurso: configurar con sus datos biográficos y con sus lecturas un personaje literario,  que rebasa cualquier verdad histórica o cualquiera intención autobiográfica. Se pasaba las horas escribiendo. No bordaba ni cosía ni se preparaba como debía una mujer para el matrimonio. Cuando lo que se suponía un «adorno» fue revelándose vocación durable y absorbente —la muchacha escribía apartada de todo—, la madre y la familia se escandalizaron. La Avellaneda, ya de trece o catorce años, se vio obligada a comenzar su defensa ante la oposición de quienes la rodeaban, mujeres y hombres. La mujer podía ser vista como ángel o serafín —un demonio para los misóginos—, magnolia o sílfide, una divinidad terrestre, pero nunca como una escritora. De ningún modo podía permitírsele se arrogara una de las funciones masculinas más destacadas. La mujer estaba al servicio del matrimonio y de la maternidad (o de la iglesia). La sociedad y la cultura, poderes eminentemente masculinos, así lo habían determinado. El  hombre le escogía su destino.

En 1838, Ramón de Palma, de las inteligencias más perspicaces de su época, escribió: «nunca ha tenido la mujer en la sociedad otra importancia que la que el hombre ha querido darle». Esta opinión no era una novedad entre familiares y amigos de la Avellaneda, resultaba, ya se ve, un estado generalizado de opinión, y con cientos de años de historia. Como me interesa circunscribirme al siglo XIX y a los límites de la Isla, cito al respecto un párrafo del artículo de José Quintín Suzarte publicado en La Siempreviva en 1838, dos años después de la partida de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Lleva como título «La mujer buena», en claro contraste con la mala, que se supone es la mujer escritora. Dice el memorable y jocoso Suzarte:

Cuando una señorita le preguntó a Voltaire qué libro creía mejor para estudiar, le regaló uno en blanco con el título Cuentas del gasto diario; cuando Madame Staël se interesó en conocer el criterio de Napoleón sobre qué mujer le parecía la mejor, éste le contestó «la que me dé más hijos». Respetando la opinión de tan grandes hombres, me atreveré a decir que no estoy en nada acorde con ellas, aunque cierto que yo me guardaría muy bien de tomar por esposa a una Madame Staël, aunque me gloriaría mucho de ser su amigo. Una mujer que no piensa más que en la gloria, muy presto se aburrirá del marido, y el amor a las musas le robará el de sus hijos. Por nada querría yo ver a mi adorada mitad distraída, meditabunda, a caza de consonantes y conceptos; yo quiero que ella sea la poesía misma, no el poeta; que me inspire y no me diga que está inspirada; que no empañe su linda frente con las arrugas de la meditación para que pueda leer siempre en ella un pensamiento de amor; que me enseñe en sus preciosos dedos las huellas de la aguja más que las manchas de la tinta; y que sepa amenizar mis ratos de holgura con gratos coloquios y discretas y alegres conversaciones.

Estas debían ser en el fondo las creencias de la gente que rodeaba a la Avellaneda, y sobre todo del padrastro y la madre, creerlo y ponerlo en práctica. Aunque Francisca Arteaga era una mujer, ya sabemos que la mayoría de las mujeres aceptaron —tal vez inconscientemente— el rol y el modelo impuestos por los hombres. En el hogar abuelas y madres intentaron que sus hijas se comportaran como debían hacerlo las hembras, como les dijo el hombre que eran, dotándolas de una esencia elegida, y que los varones se condujeran como el padre les decía que debían conducirse los varones. Pero la Avellaneda no se dejó convencer. Varios medios ensayó su familia para conseguirlo («sufrí muchos pescozones de mi mamá»), hasta el más socorrido e impresionante: concertarle un matrimonio —«compromiso que mi corazón reprobaba»—. El abuelo se encargó, ya lo había hecho anteriormente con la propia Francisca en su primer casamiento, de que la nieta, al tener un novio, del que podría hasta llegar a enamorarse, se apartara de la escritura, de estar sentada a la mesita o tirada en la cama con un cuadernillo entre las manos. El propósito del abuelo fracasó. La Autobiografía del 39 no cuenta estos hechos con detenimiento: pero algo queda claro, y es lo que me interesa subrayar: la Avellaneda no aceptó el pacto matrimonial. Ya adelanté su resolución: su corazón —más que víscera, símbolo de la capacidad humana de sentir en un romántico— lo repudiaba. Su repudio tuvo una consecuencia económica, entre los varios problemas que desató en su hogar: su abuelo la desheredó. Al insistir en su libertad sentimental y al no renunciar a su destino de poeta, como parte central de su existencia futura, al negarse a combatirlo, se convirtió en un ser aislado y diferente. No sólo fue la hija sin padre, la que no quería casarse —y en esta estratagema de su familia puede encontrarse uno de los motivos de su desconfianza hacia el matrimonio, que siempre sentiría después—, sino y fatalmente una mujer que escribe. «Cuántas veces envidié la suerte de esas mujeres que no sienten ni piensan; que comen, duermen, vegetan, y a las cuales el mundo llama mujeres sensatas.» (Autobiografía del 39.) Ese mundo, compuesto de familiares y amigos, de preceptores y del novio rechazado, la veía (y la juzgaba) como un ser raro, que se negaba a participar de sus valoraciones, a entrar en el mundo consagrado por los demás. No se comportaba —según apunté ya— en función de su rol de mujer, sino en función de las musas, y más que de las musas, de las musarañas.

Al no dejarse convencer, al reivindicar el compromiso consigo misma, supo llevar adelante su vocación (o su destino) contra cualquiera oposición. No se dejó doblegar. Afirmó y tomó a su cargo cuanto los demás veían como su diferencia. Desde entonces, con violencia terca, se hizo una escritora.

Tenía veintidós años al llegar a España. Podría afirmarse que estaba formada como escritora. Había leído a los autores que después y siempre considerará sus favoritos, sus influencias decisivas, sus maestros. Por sí misma —generosamente— nos dice quiénes son en sus autobiografías y en  sus cartas. Lee y traduce el francés. En este idioma conocerá a Richardson, a Walter Scott y a Byron. En el original a Lamartine, a Víctor Hugo, sus poemas y su novela Nuestra Señora de París. De Chateaubriand Atala y René. La nueva Heloísa, de su admirado Rousseau. Había estudiado a Montesquieu, lo que resulta sorprendente. Una de las obras maestras del género «sensible», Manon Lescaut. Debió haber llorado con Pablo y Virginia, idilio infeliz y exótico dentro de la selva tropical, en que la naturaleza es una armoniosa construcción de la Providencia destinada a los seres humanos —en varios de sus poemas se mostrará esta armonía o esta correspondencia—. Dos novelas de mujeres la marcaron: Corina de Madame de Staël e Indiana de George Sand. Desprovista de una tradición accesible de escritura femenina, donde las cosas se vieran desde la mujer, encontró en ellas ejemplo y autoconfirmación. Sin duda una manera de ver un tanto —naturalmente— diversa de la masculina, representada por la mayoría de los autores que leyó.

Apunto brevemente un aspecto contrario. Sus autobiografías cuentan que en las representaciones teatrales de su casa, cuando era una muchacha, siempre se reservaba los papeles de hombre. En sus cartas a Cepeda hay momentos en que parece sufrir como un desdoblamiento, si fuera hombre y encontrara un alma como la suya en el cuerpo de una mujer, la amaría en el acto. «Él era altivo y yo también», dice en otro momento. Antes ha observado que una de sus primas «...Como yo, reunía la debilidad de mujer y la frivolidad de niña con la elevación y profundidad de sentimientos, que sólo son propios de los caracteres fuertes y varoniles.» (Autobiografía del 39.) En nuestra época existe una estridente preocupación por la conducta sexual, creo que por esta vez no hay nada lésbico en esta aparente varonilización. Aunque su admiración por la mujer y algunos poemas a cantantes, duquesas y amigas podrían resultar ambiguos por su sentimiento y sensualidad, ahora me refiero a una cuestión que me parece más significativa, y que está relacionada con la Avellaneda en cuanto escritora, con ella y con cualquier escritor de cierta importancia. Al referirse a este asunto, Virginia Woolf ha citado una observación de Coleridge en la que afirma que existen grandes mentes andróginas. La fusión de lo femenino y lo masculino que se da en ellas, y tal vez virtualmente en cualquiera ser humano, les permite utilizar por completo sus facultades creadoras. En el caso de la Avellaneda esta fusión propiciaría, al escribir sus dramas y novelas, una singular comprensión del personaje masculino en contraposición de los femeninos. Una mente puramente femenina no podría realizar esta creación múltiple, como tampoco la puramente masculina. La mente andrógina no se siente inclinada por un sexo en detrimento del otro. Ha fundido ambos y participa de experiencias con ambas posibilidades. Como explica Virginia Woolf al comentar a Coleridge, se trata de cierta porosidad de la mente andrógina, que recibe y trasmite sin obstáculos experiencias imaginarias disímiles para la mente habitual, para la que el mundo se halla dividido en compartimentos separados, en mónadas, como diría Leibniz. Al hablar más adelante de Dos mujeres a veces llamaré a esta facultad imaginación dramática o de raíz dramática.

Entre sus lecturas impregnantes o contaminantes, resta un autor, un poeta, por mencionar. Es José María Heredia. Resultaría conmovedor  pensar que Heredia, que estuvo en Camagüey dos meses, de mayo a julio, en 1823, conoció personalmente a la Avellaneda, a esa niña precoz, que con nueve años componía versos y hacía representaciones teatrales en su casa. No conozco ninguna evidencia de este encuentro. Quedan solamente las numerosas pruebas de la admiración y el fervor que ella sintió toda su vida por la poesía de Heredia. Temas de esta poesía —destierro, misterio del mar— , y el élan romántico herediano, integrarían luego la suya propia.

Ahora me permitiré una ligera observación sobre sus lecturas. Son obras y autores de su tiempo, y algunos no fueron más que una moda de su tiempo. Era un momento afrancesado, tanto para la cultura española como para la hispanoamericana. Después de la Revolución francesa, cuyo ideario parecía compartir en su juventud, la cultura francesa prevaleció en occidente. Pero el romanticismo francés no fue el mejor de los romanticismos. (Por supuesto el español fue peor.) Con él nuestra modernidad —opina Roland Barthes— tiene pocas afinidades. La poesía de Lamartine, que admiró, imitó y tradujo, carente de conciencia crítica, sentimental y monótona, apenas sobrevive actualmente. Las novelas Corina, Indiana y La nueva Heloísa tuvieron un éxito y una popularidad inmensos. Leerlas hoy en día hasta la última página implica un esfuerzo serio y sobre todo una necesidad profesional. Su romanticismo ya no nos toca y, además, son malas novelas o casi no son novelas. Si hubo un romanticismo francés más perdurable, la obra de Gérard de Nerval por ejemplo, que alcanza en el presente una resonancia que en su momento no tuvo, la Avellaneda no lo conoció. Dije antes que sus lecturas francesas eran las de su tiempo, lecturas comunes en su tiempo, pero igualmente eran de su tiempo otros autores románticos superiores a los franceses (y españoles), como los ingleses y los alemanes, de los que nada supo. Correspondencias, relaciones entre sueño y vigilia, poesía como visión, el universo como constelación de símbolos relacionables, la realidad de lo oscuro y lo nocturno, poco significaron en su obra. No obstante, como cualquiera escritor, realizó su obra con los elementos que tenía a mano, valiosos y menos valiosos, profundos y frívolos, carencias, residuos, experiencias vividas o imaginadas, fundidos  en una unidad peculiar que solamente a ella pertenecía. Con eso le bastó.

Si cuando la Avellaneda sube a la fragata francesa que ha de alejarla de su país natal, para iniciar su larga residencia en España, su formación literaria es completa, se encuentra —igualmente— en posesión consciente de sus facultades de escritora, tanto para la prosa como para el verso. En los meses de travesía marítima escribe el soneto «Al partir» y el canto «Al mar», que figuran entre sus poemas conseguidos. <$FAntón Arrufat. «La Avellaneda de las antologías». Revista Revolución y Cultura, La Habana, junio, 1981.> Durante la estancia en Burdeos, en el mismo año del arribo, 1836, comienza la novela Sab. La prosa es segura, con variados recursos —enumeración, diálogos, descripciones, forma epistolar, transiciones—, sin la dicción enérgica de algunos de sus poemas, tiene cierto encanto modesto y un equilibro fácil. La prosa con la que escribirá sus textos íntimos parece establecida ya para la confesión, como muestra un fragmento de Memorias a Eloísa, Sevilla, 1838: «El viento soplaba más fuerte y el mar no era ya aquel que bañara blandamente la costa de Cuba. El ruido de sus olas agitadas, nuevo a mis oídos, tenía algo de terrible y amenazador, que excitaba en el alma emociones tristes y profundas, a la par que sublimes; emociones inexplicables que solo puede comprender el que las haya experimentado y recuerde aquellos momentos en que se viera por primera vez en medio del cielo y del mar, entre dos infinitos en que la nave parece un átomo imperceptible perdido en la inmensidad.»

Cuando llegó a España, sociedad más conformada y jerarquizada que la cubana, sufrió mayor oposición declarada, como hemos visto en los parientes de su padrastro con su afán de ridiculizarla y dominarla a la vez, y más decepcionante en boca de uno de sus pretendientes. «Parecía humillado de la superioridad que me atribuía: sus ideas y sus inclinaciones contrariaban siempre las mías. No gustaba de mi afición al estudio y era para él un delito que hiciese versos. Mis ideas sobre muchas cosas le daban pena e inquietud. Temblaba de la opinión y decíame muchas veces: ¿qué lograrás cuando consigas crédito literario y reputación de ingenio? Atraerte la envidia y excitar calumnias y murmuraciones...» Al poco tiempo de su llegada abandonó la casa de la Coruña y luego la de Sevilla y se instaló en Madrid. Anhelaba —como al partir de Camagüey— respirar otros aires. En Madrid, sin embargo, encontró idéntica oposición, pero más solapada. En los medios intelectuales, donde había también hombres más libres de la ortodoxia social, causó asombro aparejado a la molestia y las chuscadas. Ahí fue eso de «mucho hombre esta mujer» y lo otro de que no era una poetisa sino un poeta, variante de la sentencia: poeta con toda la barba. Si obtuvo resonantes triunfos en el teatro madrileño, en el que la atmósfera  tradicionalmente tenía más amplitud de criterios, cuando presentó su candidatura a la Academia Española —institución oficial regida por hombres serios—, fue rechazada de plano por el hecho de ser mujer.

De las cinco novelas de Gertrudis Gómez de Avellaneda, hasta ahora Dos mujeres es la más atractiva, la que presenta mayores posibilidades de interesar y hasta gustar al lector contemporáneo. Aunque novela romántica —en cualquier momento algunas de estas novelas volverán a interesar, al menos podemos prever esa posibilidad, como ha ocurrido con la música barroca o la novelística de Sterne o Diderot—, Dos mujeres presenta una síntesis muy singular entre la descripción realista y el pathos romántico. Es un pre  Balzac, como lo fuera de sí mismo el propio Balzac cuando escribió La duquesa de Langeais —en la que un lector atento podrá hallar diversas semejanzas con Dos mujeres—, antes de que el novelista francés encontrara su manera definitiva. No ocurrió así con la Avellaneda, que se mantuvo dentro del romanticismo. De Balzac se puede decir —paradójicamente— que fue un precursor de sí mismo.

Algunos espíritus conservadores al juzgar Dos mujeres han empleado un término curioso y casi exacto, el término disolvente. Me agrada este adjetivo. El miedo es lúcido a su modo. ¿Qué disuelve la novela? Pronto lo veremos. Volveremos a él, tras un dilatado paréntesis. Al inicio he dejado por  igual en suspenso el hecho de que su autora calificara su novela «fruto de ocios amargos, tras una larga enfermedad». Tal vez ambas cuestiones puedan enlazarse al final de mi exposición.

¿Por qué se llama Dos mujeres esta novela? El título implica un dualismo. Los románticos heredaron esta interpretación filosófica del mundo como un dato primario. La percepción de la realidad, categoría tan dudosa actualmente, dividida en contrarios. La observación más sencilla y la experiencia inmediata ponen  de relieve polaridades, en la naturaleza y en la sociedad (las tinieblas y la luz, lo justo o lo injusto) e igualmente una cuestión con la fuerza perentoria de una necesidad del espíritu, la unidad (oculta) del ser, que el hombre aspira a encontrar en la abigarrada diversidad de sus experiencias. En la poesía de la Avellaneda, en sus poemas «A un cocuyo» o «Contemplación», por ejemplo, el mundo es entrevisto como un cosmos organizado, en el que los dualismos confluyen en la unidad final del ser. En su poema al cocuyo, de sus páginas más logradas en este sentido, las cosas de la naturaleza y de la vida se corresponden entre sí, en un orden ascensional, sin que ninguna signifique la anulación de otra. Pero en Dos mujeres la busca de esta unidad se convierte en un imposible trágico. Platón es uno de los autores citados en la novela. La Avellaneda lo cita para proporcionarnos una pista. Ella está dentro de la tradición del platonismo y de sus continuadores cristianos. El gran trabajo dialéctico de Platón  en su última época no logró deshacer el dualismo, por el contrario su doctrina culminó en una fuga del mundo sensible, de la vida en el tiempo, hacia lo que existe y vale eternamente: las ideas arquetípicas, el ser que es, a diferencia de nuestra realidad. En ciertos poemas de la Avellaneda este ser que es se confunde (o se asimila) con el cielo católico. No obstante Dos mujeres se desarrolla en el espacio y en el tiempo del mundo sensible, dentro de los contrarios, de un dualismo exacerbado, de opuestos en conflicto, aunque sin duda en el fondo exista en ellos, en cada una de las dos mujeres protagonistas, el empeño o el conato de alcanzar la unidad. Donde hay dos, hay dolor. ¿Por qué?, se pregunta el maestro Eckehart. Porque el uno no es el otro. Y ese no hace la diferencia  y la amargura, se responde.

Para nosotros actualmente es una convención, o mejor, un topos, usar dos heroínas contrapuestas en una novela. Tal vez no lo fuera tanto para la Avellaneda. Para ella en verdad el hecho pudo resultar un descubrimiento, aprendido en los libros tanto como observado en la realidad. Es decir, resultaba todavía algo operante. O tal vez, semejante a otros escritores, hiciera un uso explícito del topos. Se encuentran en Dos mujeres referencias a diversos libros, referencias claves, que parecen advertirnos de que debiera leerse partiendo de la presencia de estos libros. En su casa de Camagüey durante su juventud, cuando ciertas lecturas dejan su impronta en la experiencia imaginativa, leyó la Avellaneda a Walter Scott. Menciona en sus papeles íntimos varias de sus novelas, entre ellas Ivanhoe, en la que también se presentan dos heroínas contrapuestas, una sajona y la otra judía. Ocurre por igual en El pirata, que también conoció por esa época de su vida en una ciudad provinciana. Ella, además o sobre todo, fue una de estas heroínas, disputándose el amor de uno de sus primeros novios con su amiga Rosa Carmona. (Autobiografía del 39.) En estas protagonistas o heroínas encuentro un aspecto subrayable: el físico, lo que Goethe llamaba «la presencia sensible». Trigueña era la Avellaneda, de piel morena, y Rosa Carmona rubia, la piel de un blanco rosado. (En una rápida asociación de la memoria involuntaria, recuerdo la letrilla deliciosa de Plácido escrita por esos años: «Yo vi una veguera / trigueña tostada, / que el sol envidioso... / le quemó la cara.») Al igual que ellas dos, lo eran las protagonistas de Walter Scott. La teoría de una relación unívoca y absoluta entre el carácter y la fisonomía, entre el color de la piel y los instintos, teoría sostenida por Lavater —a quien menciona la Avellaneda por lo menos una vez en uno de sus más hermosos relatos, «La Baronesa de Joux»—, ejerció una extensa y continua influencia en los escritores románticos. Por otra parte, Lavater no hacía más que sistematizar las indicaciones dispersas que ya se encontraban en la literatura. Enumero de paso algunos ejemplos. De Poe, Ligeia, y de Hawthorne, El fauno de mármol. Cabría  mencionar una versión masculina, la que se halla en Cumbres borrascosas, y conforma el fundamento simbólico del texto.

Tiempo después, hacia 1887, Pérez Galdós escribió Fortunata y Jacinta, figuras antitéticas  —rubia versus morena— de dos mujeres enamoradas del mismo hombre, esposa y amante, en el Madrid de fines del diecinueve. Este dualismo es tan profundo y poderoso, en la realidad y en la imaginación, que se ha prolongado hasta nuestros días, reapareciendo con múltiples variantes, pero continuo en lo esencial, como lo demuestran las novelas de Edith Wharton La edad de la inocencia, de 1920, y la de Jane Bowles, Two Serious Ladies (Dos damas muy serias), publicada en Estados Unidos en 1943, donde una de las «damas» busca la felicidad, y la salvación, su antagonista.

En Dos mujeres esta división en arquetipos entra en conflicto. Una de ellas es rubia y morena la otra. Dentro de la simbología arquetípica, la morena es el magma pasional, altiva, orgullosa, primigenia, y casi siempre extranjera o que ha residido largo tiempo en el extranjero. Es afín a algo prohibido, como el adulterio o el incesto. (En el caso de Dos mujeres al adulterio.) Por el contrario o en contraposición, la rubia, cercana al resplandor áureo, es tierna, modesta, diáfana, ordenada, angelical y algo fría, fiel guardiana de las tradicionales virtudes hogareñas y de la ley. Por lo general, cuando estas dos mujeres aman al protagonista masculino, regularmente joven y galano, la morena será sacrificada, apartada o liquidada, para que el orden social sea restablecido y la novela se cierre con un final feliz. Cabría recordar el dualismo de Nietzsche, lo apolíneo y lo dionisíaco. <$FLas polaridades abundan en el pensamiento de Nietzsche: Wagner y Bizet, águila y serpiente, Cristo y Anticristo, hombre y superhombre. >

Entre las varias concepciones del amor, cada una de estas dos mujeres tiene la suya, en oposición y antagónicas. O más bien que concepciones, en las cuales lo intelectual prevalece, se trata de maneras, dos maneras diferentes de amar. Como dije hace un momento, la mentalidad de la Avellaneda era dramática o de raíz dramática. En su obra, novela, teatro, poesía, se contraponen y entran en colisión —el término es de Hegel o de sus traductores— dos teorías, dos sentimientos opuestos, dos visiones del mundo, que en algunos casos confluyen hacia el final en una tercera, que las integra. En Dos mujeres estas maneras de amar se enfrentan en un debate irritado y a ratos melancólico, por la posesión de un hombre. Ambas maneras lo perderán, y la novela se cerrará con la restitución del equilibrio social y la desdicha de sus protagonistas. No habrá, como acostumbra el topos, un final feliz, sino un final desabrido. En este aspecto impresiona en la obra su estructura luminosa, lo que la autora llamaba «la regularidad del plan», casi didáctica, en que las pasiones encontradas, más que un hacer, se interrogan y reflexionan sobre sí mismas de un modo inflexible, a punto del daño personal. No sólo esas dos pasiones y sus efectos en los otros están sutilmente narradas, sino que aparecen como en una representación, son como en un ballet sombrío. O más exactamente, una suerte de retablo medieval en que cada figura representa una pasión.

Dos mujeres, en sus primeros capítulos, expone el mundo del hogar, la casa familiar, regida por una matrona a la usanza de la vieja España, representante de sus valores políticos y morales. Es la madre de Luisa. Hasta cierto punto es el hogar idílico, dentro de la tradición bucólica. Es una pequeña Arcadia monárquica. La novela se inicia con un diálogo entre esta señora y su hermano. Al modo de Walter Scott, el diálogo entre los padres de una de las protagonistas femeninas y de Carlos, el protagonista masculino, brinda al lector los antecedentes imprescindibles para la comprensión de la trama futura. Carlos ha partido hace ocho años a estudiar en París, y está a punto de regresar. Todos en esa Arcadia lo esperan. Cada espera tiene un contenido distinto. En su padre, para que se vaya a Madrid «a tomar ese bañito de corte que sienta a un joven de su clase». En su tía, para que contraiga matrimonio con Luisa, como ya está acordado con su padre. Para Luisa esta espera significa una apuesta: la de ser reconocida por Carlos como su novia, lo que fue cuando ambos eran niños. Hubo entre ellos el enamoramiento que experimentan los niños sensualmente despiertos, hecho de amistad, juego, deseo, descubrimientos... Pero este sentimiento se ha intensificado con la distancia. Él en París y ella en Sevilla se han recordado, se han visto y anhelado imaginariamente. He aquí una experiencia que el romanticismo perfeccionó. La que en su período romántico Villaverde llamara «amor por reminiscencia». Alejados, sabiendo uno del otro solamente y de vez en cuando por cartas, sin espacio ni tiempo reales, con una luz fija en el espacio y el tiempo interiores o del «alma», como diría la Avellaneda, estos novios de adolescencia, próximos en edad y que se han criado juntos, han alimentado su amor con la reminiscencia, creándose como ideales. Esta es una de las manifestaciones del amor que aparece con frecuencia en las obras de Gómez de Avellaneda. Está en uno de sus poemas de mayor excelencia, en el primero de los que escribió con el título de «A él», fechado en 1840, por la época en que planeaba Dos mujeres. Su obra está llena de indicios, pistas, claves, de signos. «A él» es de los más esclarecedores. Luisa y Carlos, esta pareja de enamorados por reminiscencia, van a encontrarse de nuevo. Ambos desean y temen este reencuentro. Como mujer, la narradora está colocada desde Luisa, una de las diseminaciones de su subjetividad real, y desde ahí mira la acción y sus consecuencias. Luisa espera ser reconocida. Es decir, que el pasado regrese. Esa es su apuesta. Este rencuentro es uno de los más hermosos momentos de la novela. A quien Luisa tiene delante es a «un  hombre» —Avellaneda lo dice con esta palabra—, no al muchacho que se fue y que ella amaba como ausente. Entonces la narradora se desplaza hacia Carlos, haciendo uso de lo que vimos como mente andrógina, que por igual percibe que no tiene delante a la muchacha o la niña que dejó, sino a «una mujer». El encuentro está amenazado por la negatividad. Puede fracasar, desenamorarse uno del otro. En párrafos admirables se describe este misterioso proceso instantáneo de superposición entre presente y pasado, en el que el amor de ambos sufre una transformación: concluye la reminiscencia y comienza una nueva atracción sentimental y física. La Avellaneda da un paso más, y los dos problemas de su propia juventud en Camagüey los unirá en uno solo. El matrimonio concertado por los padres de la pareja será sancionado por esta nueva atracción. Luisa y Carlos se casan. El padre renuncia a enviarlo a Madrid. El idilio se consuma y todo parece perfecto en esta Arcadia. La Naturaleza se corresponde y semeja acompañarlos. Mientras esperaban a Carlos el amanecer fue espléndido en el patio de la casa de doña Leonor, con sus ramajes y macetas sembradas de geranios y heliotropos. El paisaje se ha convertido en naturaleza humanizada, sin riesgos, violencia ni irregularidades. El patio es un jardín protegido y trazado, separado del exterior por altos muros, sin animales salvajes ni noches espantosas. Es el jardín presidido por la diáfana mujer rubia de ojos azules «digna del pincel de Urbino o del Correggio». El jardín queda distante de Madrid, contrapuesto al espacio del idilio bucólico como la sociedad de moda, centro de refinamientos peligrosos que implican la pérdida de la inocencia y la vida feliz. Es decir, de la armonía natural, la paz consigo mismo y con el mundo exterior.

Este patio andaluz, pequeño cuadro de la naturaleza regularizada, me recuerda el patio de su casona en Camagüey. Gómez de Avellaneda acentúa en algo el parecido: el calor, el verde, el ruido de la calle... Señalo un hecho curioso: la narración de Dos mujeres termina en 1826. Faltan diez años para que la Avellaneda en realidad se embarque en la fragata francesa y abandone su casa natal. No sé si exagero, pero en el tono de la narración encuentro algo distante, en el dejo irónico con el que ha sido trazada doña Leonor, la autora parece apartarse un tanto, para manifestar que no comparte las rancias creencias del personaje. Como narradora la Avellaneda es omnisciente, omnipresente, asoma constantemente en la novela, graciosamente opina, se dirige al lector, lo advierte... En fin, es un testigo.  

Notas: 
4. Ver mi ensayo «Para una lectura de Baltasar». Revista Revolución y Cultura, La Habana, junio, 1981.

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2001. La Jiribilla. Cuba.
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