LA JIRIBILLA
LA AVELLANEDA EN DOS MUJERES (III)

A escondidas de su madre, Luisa ha leído algunos libros, vidas de santas, obras para niñas y un manual sobre los deberes de la mujer casada, pero entre ellos una novela significativa como un presagio, Pablo y Virginia. No es que la haya leído, es que la está leyendo cuando Carlos regresa y mientras se casan. La crítica literaria contemporánea nos ha advertido enseñándonos a ver que ciertos libros se encierran en otros libros. Signos, pautas... Imágenes eruditas que contribuyen a dimensionar nuestra comprensión. Espejos en los que el personaje de una novela se mira en el personaje de otra, con el fin de imitarlos o distinguirse. O con el fin de prever lo que va a ocurrirle. La escritura de Avellaneda, a semejanza de varias, es también un diálogo literario con otras obras. Luisa lee en Pablo y Virginia el desarrollo de su propia desdicha, con un parecido impreciso, pero que tiene la fuerza de un vaticinio, desdicha anunciada de antemano. O bien, mediante el influjo que los libros ejercen, va creando su propia vida como la ve en la novela que lee.

Por igual, Avellaneda hacía lo mismo con los libros o éstos lo hacían con ella. En la Autobiografía del 39 revela su manera de leer buscando el parecido. En el caso que cuenta, resulta a la vez una  estrategia de conquista: el parecido que se pretende hacer evidente para que surta efecto en el hombre que se desea conquistar. Mediante el parecido adquiriría además como una dignidad —lo que ella misma llamaría «una consagración»— al estar en una novela famosa. Entonces invita a Cepeda a visitarla en su casa para  leer juntos una noche Corina de Madame de Stäel. Será ella quien lea el texto en voz alta. Al parecido agregará su excelente dicción y la belleza de su voz. Conmueve figurarse esas noches de lectura, en que la Avellaneda insinuaba su parecido con la morena y apasionada Corina, capaz de sacrificar su talento creador por el amor de un hombre, lo que la bella lectora sin embargo nunca consentiría hacer. Ambos discutirían el parecido y las semejanzas y diferencias que encontraban en sus respectivos amores. Noches de juego ardiente en que Gertrudis descubría su parecido con una ficción y, a su vez, en correcta relación dialéctica, intentaba perfeccionar el parecido con la protagonista de la novela, como aquellos que se retratan e imitan después la imagen del retrato que se hicieron. Tales noches y las estrategias tristes de la amante no correspondida, es bien sabido que terminaron en un fracaso. Cepeda nunca quiso casarse con ella.

Sobre esta Arcadia, en la que los recién casados disfrutan de un amor tranquilo, filial (según la narradora, Luisa es «benigna»), se cierne, al modo en que lo hacían los románticos, un presentimiento trágico. La voz de la narradora refiere ciertos indicios inquietantes. Al hablar de Luisa advierte que «no había conocido ni los placeres ni los dolores de la vida... aquella alma todavía serena, había sido formada para amar con toda la abnegación de la mujer. Ella empero lo ignoraba. ¡Pobre niña!». En la descripción de Carlos asoman igualmente nuevas premoniciones. Hombre bien formado, hermoso, inteligente, lleno de atractivos, en su constitución la narradora avizora un peligro: no ha sido objeto ni ha sido víctima de una gran pasión. Ama a Luisa con amor calmo, protegido por la repetición. Su amor es encantador, sin riesgos ni pesadillas, sin temor ni sorpresa. Así siempre amará a Luisa. Pero la narradora omnisciente conoce de antemano lo que ha de ocurrir, y sobresalta a su lector. Parece decirle: algo pavoroso espera a este personaje, y despertará la parte secreta de su constitución. El ulular de la tragedia venidera con sus signos de alarma adelantan la cuestión: esta organización masculina tan perfecta no conoce ni ha sufrido una pasión devastadora. ¿Quién encarna esta pasión? Catalina de S. El rumor, el «se dice», el hablar de, son como los augurios clásicos, la lectura anticipada del destino, las profecías de las brujas de Macbeth. Sobre Catalina hablan en el hogar de los recién casados. Catalina está emparentada con la familia. Es una prima que reside en Madrid. La pareja ideal es advertida: lleva una vida tumultuosa: es viuda y tiene amantes. Ha nacido en Francia, e influida por lo que doña Leonor supone la inmoral sociedad parisina, celebra grandes fiestas en su casa, toca el piano, pinta y canta. Es una mujer en entredicho, tanto en casa de doña Leonor como para sus relaciones madrileñas. De vez en cuando se reciben en el hogar arcádico las cartas que Catalina envía con saludos y ternezas familiares. Ninguna recibe respuesta. Doña Leonor lo ha prohibido. La prohibición y el rumor estimulan la imaginación de los  esposos. Ambos hablan de ella y, al hablar, la prefiguran. Se sienten atraídos por esa imagen y a su vez la repudian. Es la femme fatale, la otra mujer, extranjera y morena. <$FEl afán de que mi argumento se cumpliera como un absoluto, me llevó a exagerar. Releyendo la descripción física de Catalina descubro que la Avellaneda, como otras veces, no reproduce totalmente el arquetipo. Catalina tiene el pelo y los ojos negros, pero su piel es de una blancura casi transparente. Sólo al final, cuando en las hijas de Elvira parece que irá a repetirse la tragedia, el arquetipo se presenta completo. >

De pronto la casualidad irrumpe en la novela —para un romántico el azar es un instrumento del destino—: un pariente muere en Madrid, dejando enredados sus asuntos económicos y legales, con una herencia de por medio. Carlos debe partir. Conmovidos y temerosos de un posible encuentro con Catalina, los esposos se despiden. El temor de los dos es callado, ninguno lo confiesa al otro. Se abrazan, y Carlos parte.

¿Espera Catalina de S. a Carlos, como se esperaban Carlos y Luisa? En un sentido, sí. Catalina es de esos personajes —o de esas personas— en desacuerdo con la vida que llevan. Vive una existencia aparencial y se conduce como una coqueta. Va de fiesta en fiesta, paseos y diversiones. Recibe en su casa y es recibida en otras, y al final, cuando regresa o se desviste y se tira en la cama, se siente a disgusto, con un sabor de ceniza en la boca. Los placeres poco le dejan y multiplican su soledad y su hastío. Por la época en que escribía Dos mujeres, la Avellaneda cerraba la edición de sus Poesías (1841) con el soneto «Mi mal» —integrante de esos cinco o seis sonetos valederos que escribiera—, donde un amigo interroga al sujeto del poema, una mujer por supuesto, con el fin de que le revele el mal que padece. Ese mal resulta difícil de explicar, apenas tiene origen definible y concreto. Ese mal es el tedio. ¿No es el de Catalina de S.? ¿No será «el mal» que años después encarnará en la escena Baltasar? En otra parte analicé la obra total de la Avellaneda como una unidad regida por un principio: la reaparición del tema en un género diferente, su multiplicación o desarrollo en personajes parecidos, pero de sexo, clase social o ambiente distintos. <$FVer mi prólogo a Espatolino, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984.> De todos los estados de ánimo cultivados por los románticos, Catalina de S. también padece este mal, el tedio. Pero el tedio en ella es una actividad o la consecuencia de su actividad. Es decir, el tedio es el descubrimiento de un vacío. Su vida es nada, la nada anonadante. Sobre su modo de vivir Catalina ejerce una crítica activa, con una especie de lucidez, que sin embargo resulta pasiva: se repite día a día y noche a noche. Ese vacío es la ausencia del amor, del amor como Catalina lo concibe, lo anhela y hasta cierto punto lo inventa. De aquí nace y se alimenta su desacuerdo y, consecuentemente, su espera. (Después de conocerse, Catalina dirá a Carlos que él es el ser que ha venido a llenar el fantasma.) Hay algo en ella todavía intacto, no corrompido por el tedio. Es una porción de sí misma, al igual que otra porción de sí mismo, no experimentada o accionada, existe en Carlos. ¿No implica esto una espera en Catalina de S.? Aunque no exista en ella una idea previa, imagen corporizada, un cuerpo anterior generador de su espera, la espera se manifiesta en su falta de entrega. Ninguno de sus amantes ha obtenido esta entrega. Ella espera y quien espera no puede entregarse a nada. Está a la expectativa, en suspenso. Su cuerpo en realidad no pertenece a nadie. Espera al que no ha llegado, y sin embargo ha llegado: reina en su falta de objeto, en su vacío. Carlos es el personaje que ha partido —se ha ido a estudiar a París— y ha vuelto. O mejor: es el personaje que llega. Como hemos visto, primero al encuentro con Luisa, luego al encuentro con Catalina. Es el personaje que provoca una transformación dondequiera que llega. Para Luisa es el objeto de su amor y el fundamento de su hogar, para Catalina será el objeto de su amor y la destrucción de su vida. Es una fuerza, un galvanizador. Después que llega, nada continuará siendo como era antes de su llegada. Pese a reticencias y premoniciones, advertencias de no encontrarse con Catalina, o tal vez estimulado por ellas, el encuentro se realiza. Por el momento, Catalina no repara en el joven provinciano, al que una amiga, Elvira, prima de Carlos —es sugestivo el hecho de que en Dos mujeres los personajes principales están enlazados por  parentesco familiar—, lo ha invitado a una de sus numerosas fiestas o saraos. Al menos eso ha confesado Catalina a su amiga, habladora y frívola, su antítesis en apariencia. Pero mantenerse apartado, sentado en un rincón, sin participar de la tertulia, es una manera de destacarse, negándose a aceptar la vida de Catalina, con la que se encuentra, al principio, en desacuerdo. Carlos se aleja, pone distancia, se aparta, pero a su vez se deja ver, es fugaz, inalcanzable. Esta es su manera de seducir. Pronto entre los dos surgirá un amor apasionado, vehemente, enfermizo. La pura exaltación romántica. Sentimiento violento, jubiloso y triste, que va del acercamiento a la separación eventual y drástica, hecho de encuentros y desencuentros. El amor entre Carlos y Catalina intentará anular  barreras y obstáculos. O mejor, cada obstáculo lo incrementará. En verdad hay uno solo: el amor que a su vez y doblemente Carlos siente por Luisa. El hecho, en verdad inquietante, de que él continúe amándola con un sentimiento diverso pero constante, es el mayor obstáculo entre ellos y, a la vez, el más prodigioso de los estímulos para Catalina. Si esto no fuera así, Dos mujeres sería un simple panfleto feminista o un pobre melodrama de protesta social.

En cierta medida y en una primera lectura, es ambas cosas. El canon de la cultura masculina ha sido invertido. Cada problema, social o privado, es visto desde la mujer y al mismo tiempo desde el hombre. Este dualismo se mantiene equilibrado hasta el final, aunque la mirada, el punto de mira, se sitúe a partir de la mujer.

Ahora cabe insistir por un instante en un aspecto mencionado anteriormente. En una de sus largas conversaciones con Carlos, conversaciones a la medida de los amantes, en que se cuentan sus vidas anteriores al encuentro, se narran, para traer el pasado e integrarlo al presente, en una de tales conversaciones confesionales, Catalina menciona un libro, una novela, el Werther de Goethe. Sus ojos insomnes devoraban sus «páginas de fuego». A veces la emoción le hacía arrojar el libro y la obligaba a echarse a andar por el campo en busca de la brisa nocturna y de un poco de calma que la ayudara a soportar la desdicha misteriosa de los amantes. Werther, la obra que «con desesperación» ha abandonado, le producía como un escalofrío, una «fiebre de la imaginación». Efecto semejante al que generaba en Luisa la lectura de Pablo y Virginia. ¿Por qué? Werther es una anticipación, una relación de correspondencias y parecidos. Es la historia —igualmente— de una pasión desdichada. Dos mujeres es, sobre todo, una respuesta femenina y Catalina es un Werther trasvestido. La novelita de Goethe, que Avellaneda pudo leer en francés o en español, traducción fechada en 1835, seis años antes de que redactara Dos mujeres, es un triángulo amoroso, dos hombres y una mujer. Estos dos hombres, Werther y Alberto, son también contrapuestos, diferencias que parten de asociaciones. La protagonista femenina se llama Carlota de S., y una de las mujeres en el texto de Avellaneda se llama, como sabemos, Catalina de S. Carlota es parecida a Luisa y habita una casa campestre, casi arcádica. Por primera vez en la literatura cubana o en la española de su tiempo la conversación en una novela adquiere densidad ideológica: Carlos y Catalina sostendrán diversos diálogos sobre el amor y el matrimonio, discusiones impresionantes, durante los cuales la narración (lo novelístico) está a punto de desaparecer, lo que no llega a ocurrir porque observaciones e ideas aparecen narradas, como ocurrirá luego con los grandes diálogos de Proust, forman parte de la respiración de los personajes, tienen una entonación novelesca, son también, al igual que la descripción de acciones, acontecimientos. Estos debates ya asoman en el Werther, por ejemplo, sobre las prohibiciones respecto al amor. Discusiones raras y terribles estas de Carlos y Catalina —los adjetivos son de Avellaneda—, amalgamadas de pasión y juicio, ligereza y profundidad, actividad y cansancio. Si en el Werther, según dije o recordé, dos hombres luchan por la posesión de una mujer, situación arquetípica en la literatura y hasta en la vida, sobre todo en la tradición literaria cuando se trata de un narrador, en el caso de Dos mujeres la narradora ha asumido su sexo y su condición de escritora, asumido con coraje, cambiando radicalmente la posición habitual  de observación y crítica de la sociedad. Gertrudis Gómez de Avellaneda mira en cuanto mujer. En vez de dos hombres, la inversión primordial que introduce en su diálogo con el Werther, en esta respuesta femenina a la novela de Goethe, consiste en colocar dos mujeres. El acento no cae sobre dos hombres, sujetos de la acción, y un objeto, que es Carlota, la mujer virgen, sino sobre dos, que ya no son vírgenes, aunque distintas en su carácter y en sus deseos, y sobre un hombre, que es a su vez sujeto y no objeto del amor. Algo importante se mantiene: por igual, tanto el personaje Werther como Carlos lloran por una mujer. Este rasgo en Goethe, tan poco habitual y prototípico, Avellaneda lo retoma agudizándolo. (Recordemos que desde la utopía de la república de Platón le estaba prohibido al hombre llorar.) Mientras Werther y Alberto son conquistadores, según es común en el prototipo del hombre, Catalina de S. es —igualmente— una conquistadora, especie de Don Juan femenino, que rompe con el acatamiento al tabú social y religioso sobre la mujer como objeto pasivo en la relación amorosa. <$FEn Dos mujeres existe un minucioso trazado de inversiones recíprocas. Si Catalina duerme en el hombro de Carlos, él a su vez dormirá en el hombro de ella. Cuando él enferma, ella lo cuida. Luego, al revés, ella enferma y él la cuida con idénticos cuidados. Para cada acción habitualmente masculina (o femenina) hay una contrapartida de signo contrario. > No es la mujer que mantiene la posición impuesta por el hombre: permitir que se acerque mientras ella finge carecer de deseos y de sexo, inocente y pudorosa, propiciándole al hombre la conquista, que como una araña singular despierte (y hasta cree) sus deseos, introduciendo hilos eléctricos en sus poros, para darle a conocer, señor descubridor, el mundo ignorado de la sexualidad y el placer, mundo con el cual ella en verdad ya ha soñado y suele experimentar en sus horas solitarias. Catalina, por el contrario, no renuncia a sus verdaderos impulsos naturales, es activa y despliega alrededor de Carlos su estrategia de posesión.

¿Por esta inversión o contradiscurso cabría decir que Dos mujeres es «disolvente»? Ha llegado el momento en esta exposición de cerrar el extenso paréntesis y retomar, finalmente, las dos cuestiones que he dejado en suspenso. Empiezo por la segunda.

Emilio Cotarelo, secretario perpetuo de la Academia de la Lengua, a la que años antes no se permitió ingresar a la Avellaneda como miembro de número, cuidadoso de la estructura social dominante, fue de los primeros en advertir en Dos mujeres su tendencia contra la inviolabilidad del matrimonio, uno de los fundamentos de la sociedad española de su tiempo, como sacramento de la Iglesia católica y ley social. «La influencia de Jorge Sand —escribe Cotarelo castellanizando de paso el nombre, como buen académico—, mujer de asombroso talento, no siempre bien dirigido, es visible en esta novela; su tendencia contra el matrimonio, aunque muy disimulada, se percibe después de alguna reflexión.» Más adelante, en el párrafo siguiente, nos ofrece una explicación plausible de la exclusión de Dos mujeres de la recopilación de sus obras en 1869, que mencioné al inicio de estas páginas. Como el estilo y el lenguaje de la novela, según Cotarelo, no eran «indignos de la autora», cree encontrar —lo que es cierto— en «el fondo y tendencias, afirmaciones, discursos y juicios que en toda ella pululan» el motivo exacto de su exclusión. Cotarelo respetaba y admiraba a la Avellaneda. La consideraba una mujer de genio. Por eso se apresura en buscar algún propósito moralizante en su escritura. «Sin duda asustada ella misma del alcance y consecuencias que se desprendían de un asunto que sólo quiso hacer dramático e interesante, trató de enmendarlo con un desenlace tan rápido como inesperado (alude al suicidio de Catalina) y por medio del cual se restablece la buena doctrina...»

Me detengo en este juicio.

Que la Avellaneda hubiera sufrido un susto con el tema de su novela me parece una trivialidad. Tal vez tuviera conciencia de las consecuencias peligrosas que corría. Por eso la dedica a Gallego, poeta de prestigio establecido, clérigo y amigo suyo, quien le daba consejos que Cotarelo calificaría de «saludables», y de quien ella era muy superior como poeta. Tal vez por eso antecede a Dos mujeres con un corto prólogo en el que se da aires de ingenua y escritora sin presunciones doctrinarias. El suicidio de Catalina —por igual gran tema del Werther— no es un desenlace ni rápido ni inesperado. La Avellaneda no quiere enmendar nada con el suicidio de su personaje. Tras él, nada recupera su curso normal. Luisa será desdichada y Carlos un hombre herido y solitario. Luisa no tendrá hijos, porque él ha renunciado —es una consecuencia evidente— a la intimidad del sexo con ella. ¿Dónde está, en este final desabrido y gris, el restablecimiento de «la buena doctrina»? Además, lo que Cotarelo supone un intento de enmienda, es la consecuencia extrema del sufrimiento de los tres protagonistas, causado por el lazo indisoluble del matrimonio.

Hasta aquí un aspecto de su poder disolvente. Pero hay algo más. Si se agotara en esto, según afirmé, no sería más que un panfleto feminista o un pobre melodrama de crítica social. Avellaneda irá un poco más lejos al tocar la naturaleza trágica del hombre. Cuando un amor pleno, sin término medio ni medias tintas, tropieza con un obstáculo demasiado difícil y pesado, la naturaleza trágica del ser humano se ilumina hasta el fondo. Por un instante los amantes —Carlos y Catalina— intentan escapar. Irse a América, huir a Londres. (Instante en que Luisa adquiere a su vez la dimensión de personaje trágico, por su generosidad de amante, al planear la huida de su aparente rival.) ¿Pero de qué huyen? Si la ley del matrimonio fuera abolida, como lo fue tiempo después, Dos mujeres interesaría al lector contemporáneo como un documento histórico. No sentiría la agonía singular que la lectura de ciertos pasajes todavía genera: la de expresar un imposible, que no es ya la ley ni el sacramento, sino la libertad humana. Si en Dos mujeres el obstáculo es social, ajeno a los amantes, al mismo tiempo es doble: producido por el propio ser.

Trataré de explicarme.

Entre Romeo y Julieta existe igualmente un obstáculo con el que su amor tropieza. Sin embargo es dable conjeturar que dicho obstáculo hubiera podido ser removido, dándole fin a la oposición de las dos familias rivales. El obstáculo que separa a Romeo de Julieta quedaría anulado y los amantes alcanzarían la plenitud de su relación. Separados por el mundo, el mundo podría volver a reunirlos. Repito la conjetura con la novela de la Avellaneda. Abolida la indisolubilidad del lazo matrimonial, Carlos se divorciaría de Luisa y podría casarse con Catalina.

Menciono ahora la cuestión esencial. Dije que los amantes habían planeado su fuga, y que Luisa propiciaba esa fuga. ¿Pero de qué huyen?, me pregunté. No importa que los imponderables románticos —o el azar que rige la realidad— impidan su fuga. Si hubieran escapado de España refugiándose en cualquier otro país, colocando tierra por medio, hubieran conseguido simplemente trasladar el problema de lugar geográfico. Ambos tendrían que  cargar con él a cualquier parte. Es lo que Catalina descubre y la lleva al suicidio. La distancia jamás los separará del imposible. Ese imposible está encarnado en Carlos. Oigámoslo. Se refiere a su amor por Luisa y es lo más terrible que le confesará a Catalina. «Por estrechos y santos que sean los vínculos con que la religión nos liga, lo son más aquellos con que se han unido para siempre nuestros corazones.» Recordemos la novela de Goethe. Carlota va a casarse y el amor de Werther no conseguirá deshacer este enlace, por tanto la perderá. Por el contrario, cuando Catalina encuentra a Carlos, él ya está casado. Naturaleza activa y vehemente, Catalina no renunciará a su pasión. Tratará de minar este amor de Carlos por Luisa, de minarlo y extinguirlo. Se interpone entre los dos. «El adulterio es un crimen —le dice—, pero no hay adulterio para el corazón. El hombre puede ser responsable de sus acciones, no de sus sentimientos.» Frase que es una argucia suprema del amor. Carlos llegará a amarla, enfermará —literalmente— de amor por ella. No volverá al hogar arcádico. Dejará de escribirle a Luisa, única forma de comunicación entre ellos. Sin embargo, no la olvidará, se negará una y otra vez a olvidarla y seguirá unido a ella por ese vínculo del corazón. Aquí se acerca la Avellaneda a la naturaleza trágica del amor, que es la libertad. Hay algo en Carlos que Catalina no alcanza a poseer. Su amor por Luisa, muy diferente al que siente por ella, es ese algo  generado por su propia persona y manifestación de su libertad. Nada puede Catalina contra este sentimiento. Si su amor es absorbente —como todos—, si avanza cada día sobre su objeto y le pone sitio, no podrá adueñarse de este último reducto, del pequeño espacio que le resta a Luisa en el corazón de Carlos. Lamentos, llantos, fiebres, desmayos compartidos y de ambas partes nada obtendrán. Ahondan más la desdicha, que engendra el reconocimiento de un imposible. Estas escenas son espléndidas en la novela por el análisis de la pasión, por su sutileza. No es Dos mujeres una narración de peripecias. Muy pocas cosas, digo exteriores, ocurren, como no ocurren en el Werther, La princesa de Clèves o en el Adolfo. El núcleo de la acción es muy sencillo. No abundan descripciones del cuerpo, ropa y ambientes. Sabemos que Carlos es hermoso y también Luisa. Catalina por el contrario es insignificante físicamente, de mediana estatura, bellamente vestida, sin ser deslumbrante. Pero el amor la volverá deslumbrante, otorgándole una hermosura inesperada. Todo o casi todo ocurre en la mente, en la imaginación de los protagonistas, exacerbada por la pasión. Amor vuelto sobre sí mismo, inflexible, batallador, creador excelente de argucias y aplicador de estrategias, en el esplendor de sus conquistas breves y derrotas repentinas, vacilante siempre, tanteando, seguro de pronto e inseguro al instante. Catalina, personaje admirable, contradictorio y oscuro, no ceja. Si abandona la lucha y se retira, al minuto regresa con bríos renovados. Los tres son generosos, dolidos, sufrientes, capaces de gestos desmesurados y grandes remordimientos. Así interesaban a la narradora. Así creyó que había sido su padre, el comandante de puertos. En ellos la realidad está levemente mitigada, son más un deber ser, que seres reales. Es posible que Carlos sea juzgado por algunos —a veces resulta ambigua la propia narradora cuando observa que «no se hallaba con valor para sacrificar a ninguna»  de las dos mujeres—, un cobarde, cínico de refinada crueldad o adúltero que goza con dos amores distintos, goce al que no se halla dispuesto a renunciar. Tal vez una parte sombría de su persona experimente el neurótico placer de tener dos amores. Pero él es también  un personaje trágico, desgarrado por su fidelidad.

Hacia el final del texto, Catalina y Luisa, que han luchado como rivales —una a la ofensiva y otra resistiendo—, se encuentran en una clásica escena de anagnórisis —no olvidemos la imaginación dramática de la Avellaneda—, como mujeres que aman verdaderamente a un hombre y cuyo amor doliente y poderoso las dignifica y aproxima. Después de esta agnición, Catalina decide suicidarse.

Durante el apogeo del existencialismo, Albert Camus dedicó El mito de Sísifo  al tema del suicidio. Decidir si la vida vale o no la pena de ser vivida es el grave problema de la  filosofía, la cuestión que antecede a todos, la respuesta a la pregunta fundamental: se vive o se deja de vivir. Los grandes temas vienen después, previamente el hombre debe responder. Catalina dará su respuesta. Presentimos que ese momento se aproxima. Entre las pocas descripciones de la naturaleza que se encuentran en Dos mujeres, he señalado una, cuando Carlos llega al hogar. Ahora se produce la segunda correspondencia entre la naturaleza (en este caso el paisaje) y la vida humana. Se trata también de un paisaje urbano: los últimos días del otoño en la ciudad. Las hojas desprendidas de los árboles —metáfora recurrente en su poesía— son arrastradas por el viento y resuenan lúgubres. Pasan bandadas de aves que abandonan la ciudad. Bellos y tristes son los últimos días del otoño, con «melancólica hermosura» grata a los «corazones heridos». Catalina en su quinta de las afueras de Madrid, enflaquecida, los cabellos negros desordenados, la tez pálida, perdido su esplendor, vaga en la fría noche por el campo, sola y callada. Sus pisadas apenas hacen crepitar las hojas secas. Se para «muchas veces a escuchar, como si quisiera comprender misteriosas palabras». Quiere oír hablar su corazón, oírlo y comprenderlo. Suena bajo el viento, gimiendo con gemidos de dolor. La naturaleza parece acompañar a Catalina. Recordemos el verso de Heredia, a quien tanto admiraba la narradora, «la naturaleza padece como yo».

Semejante a una obra de teatro, la novela se precipita en busca del fin. Se resuelve de golpe. Adquiere un ritmo vertiginoso, como el de las almas de los protagonistas, entregadas al vértigo de la muerte. Con torpeza crítica, Emilio Cotarelo condenó este final al que llamó «inesperado». Nada tan esperado como esta muerte: se oye a lo largo de los últimos capítulos, a lo largo de más de cien páginas. ¿Qué otra cosa podía suceder ante la cerrazón, ante el telón de acero de estos amores contrariados? No hay otra salida que el suicidio, si el suicidio de Catalina es una salida.

¿Por qué se suicida esta mujer?

Las causas de su suicidio —al igual que de cualquiera otro— son complejas y varias. Ha pedido demasiado a su amor, a la idea que se ha hecho del amor, tal como lo concibe y lo sueña. Este amor se ha frustrado. Conocer la generosidad de Luisa al legitimar el amor que existe entre ella y Carlos, ha soliviantado su corazón, quebrando la fuerza de la lucha entre rivales. «El dolor nos revela un Dios, y el tedio nos hace concebir la nada». La ilusión y la espera de que la vida  pueda ofrecerle algo exultante, continuado y sin fin, quedan anuladas después de este encuentro. El tedio de su existencia anterior al conocimiento de Carlos, amaga con reaparecer. Con ello se extinguiría la magia, el misterio, el sabor de la vida. La ausencia de futuro en su relación con Carlos, un aumento en los sentimientos de culpabilidad y en los remordimientos. El suicidio como un modo de deshacer los lazos, concediéndole a Carlos la libertad que le permita reanudar su regreso al hogar arcádico y a una felicidad calmada con Luisa. Hasta aquí las causas evidentes y comunes del suicidio de Catalina.

Tal vez podamos ahora acceder a una razón más complicada, que engendraría consecuencias un tanto morbosas. No entendamos el suicidio como claudicación, escapatoria, siquiera triste o desesperado. ¿Pero entonces no se sacrifica Catalina? Al principio puede creerse así. En vez de huir con su amante a Londres, propicia que sea Luisa quien huya con él. Sin embargo, se suicida antes de la partida y deja una carta para Luisa, una de esas cartas postreras, a semejanza de la que Sab escribe, en la que le suplica «que no sepa Carlos, si es posible, que muero por mi voluntad: tendría remordimientos». Tras su muerte, Luisa está en libertad de irse con él. Sin embargo,  con anterioridad a esta carta, Catalina ha sostenido una última conversación con Carlos, en la que le ha insinuado la posibilidad de su muerte. Este augurio va unido a juramentos de un amor constante, pero en la eternidad. Catalina le confiesa a su amante que había abandonado sus creencias religiosas y que ha vuelto a creer, tanto como él cree. Ella necesita de esa creencia mutua como sustento de su proposición: encontrarse en la otra vida. Si ha recuperado por amor su creencia en la vida eterna y participa de la misma creencia de Carlos, se suicida para esperarlo. En esa vida eterna ilusoria, en la que van a rencontrarse, las consecuencias sociales adversas y los intensos remordimientos provocados por su conducta para con Luisa, habrán sido abolidos. Ante este inmenso deseo del amor contrariado, la razón retrocede obnubilada por la apuesta. La capacidad del amor para ilusionarse resulta infinita y conmovedora. Su suicidio —una herejía— le abriría las puertas del cielo católico, con una mediación —el suicidio mismo— que el propio catolicismo condena. En este suicidio alienta un anhelo extraordinario, una loca esperanza. Si los dos participan de la misma creencia en la vida eterna y comulgan en idéntica fe, ¿no es éste el modo más profundo y perdurable de poseer al amado, de no perderlo? El suicidio de Catalina es una posposición, una postergación, un paréntesis en su amor. Ella deja de ser Catalina de S., pero no le importa si lo más personal de sí misma, constituido por su amor, alcanza la perennidad.

A su vez, y en su carta de despedida, Catalina desliza un «si es posible» y  comprobaremos hacia el final de la novela que Carlos está enterado de su muerte voluntaria, a su vez Catalina obtiene al suicidarse una victoria póstuma: que Carlos no olvide el hecho. Mientras viva lo recordará. Recordará que Catalina se ha suicidado por él. Es evidente esta consecuencia, su muerte voluntaria separa a Carlos de Luisa, y su cadáver se interpondrá entre ellos, disolviendo el matrimonio indisoluble y secando todo deseo en la pareja. Catalina quedará insepulta en la memoria de ambos. («Es absolutamente imposible vivir sin olvidar» decía Nietzsche.)

En los párrafos finales Carlos regresa de Londres. Es una tarde bastante fría. Aún conserva su hermosa figura, aunque algo marchita. Han pasado siete años. Vestido de negro recorre uno de los cementerios más antiguos de Madrid y se inclina a leer cada inscripción. Se detiene cuando encuentra la de Catalina y permanece un rato ante su tumba, pensativo, con los ojos húmedos.

Eso es todo.

Dos mujeres se coloca dentro de la gran tradición del amor occidental ligado con la muerte, el amor entre la muerte y el deseo. De esta obra queda una especie de resplandor enfermizo. Los personajes han luchado inútilmente, presos en un círculo de hierro. Nada en verdad han conseguido y nada ha cambiado. La novela se cierra casi del mismo modo en que comenzó, con la conversación de dos personajes, más bien voces, que ofrecen una postrera información al lector. Luego, en una suerte de visión circular, las dos hijas de Elvira, amiga íntima de Catalina, oyen a su madre prometer que les contará la historia dolorosa de dos mujeres, ambas desdichadas, como lección provechosa. Por primera vez  aparece en la literatura cubana una visión circular de las cosas, la otra ocurrirá también en el siglo diecinueve, con Mi tío el empleado. La repetición o el presagio de la repetición futura de la misma vida es clara: dos son las hijas de Elvira, una rubia y otra morena.   
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2001. La Jiribilla. Cuba.
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