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LA JIRIBILLA
LA SEGUNDA VIDA DE JESÚS
DÍAZ
Aurelio Alonso |
La Habana
Agradezco a Jesús Díaz que me haya enviado el texto íntegro de
El fin de otra ilusión (a propósito de la quiebra del "Caimán Barbudo" y la clausura de "Pensamiento Crítico"), que llevó como ponencia a LASA 2000 en Miami en marzo pasado, donde expuso sólo la parte final, la de su lectura actual de aquella aventura intelectual revolucionaria de los sesenta, que vivimos juntos, y que sembró entre nosotros ese tipo de lazo que sólo puede enrarecer o disolver la intransigencia que generan las grandes rupturas. También intento reaccionar aquí a la dúplica con la cual responde al comentario crítico que me motivó su exposición en el panel. A estas alturas su ponencia, mi réplica y su dúplica ya aparecieron en
Encuentro de la cultura cubana, la revista que Jesús publica en Madrid para que esta parte de la cultura cubana (identificada en las ideas en las que él creyó y que abandonó) pueda encontrarse con la otra, la que hasta hace una década criticó sin cuartel, y a la cual se suma al final de su vida, como en una conversión iluminada, y con pretensiones de conductor.
Difícil empresa, porque las reglas de ese encuentro no son las de la inclusión sino las de la ruptura.
Encuentro ha sido concebida para que se encuentren con ella, y aparentemente sin conductos para encontrarse con el otro. No puede ser definida simplemente como un espacio crítico, sino como un proyecto explícitamente insertado en la tradición de lo que se conoce como el "anticastrismo", que es algo diferente de la crítica, en tanto supone una virulencia que vicia el discurso. Y al viciar el discurso ejerce sobre la crítica un efecto deslegitimador.
Porque es evidente - y aquí radica la falacia de Encuentro - que no se trata de comunicar a la cultura de la Isla y la de la emigración. Y ni siquiera de canalizar disenso, en sentido estricto, pues hasta el disenso de afuera podrá encontrar coincidencias en críticas efectuadas desde el interior del proyecto. Para todo esto es provechoso el debate. Pero la posibilidad de comunicación se reduce ante el clímax de las frustraciones y amarguras en la figura corrosiva del anticastrismo. Y no es que no haya frustración y amargura, sino que derive o no derive en esto, que no es muy distinto en connotación de lo que la transformación revolucionaria radical de principio de los años sesenta generó como su antípoda - léase "contrarrevolución".
Del alineamiento de entonces, conformado esencialmente por compromisos políticos y por la radicalidad del cambio económico, emergió una primera generación de anticastrismo. Una segunda ola se iba a sumar a la primera desde la invasión a Checoslovaquia de 1968, el ingreso de Cuba al CAME, la oficialización del marxismo soviético y otras coyunturas de los años setenta. El escenario del derrumbe socialista en los años noventa y la resistencia a aplicar en Cuba un esquema de transición al estilo euro-oriental han dado lugar a una tercera ola anticastrista. Esta dinámica presenta una dimensión generacional, y también un proceso recíproco de apropiación crítica de las motivaciones de una y otras oleadas.
Me represento a Encuentro de la cultura cubana como un producto típico del anticastrismo de tercera generación: no proclive a una propuesta de reversión total del cambio de los sesenta, capaz de incorporar el rechazo a la política norteamericana hacia la Isla, y circunscrito a rescates puntuales en torno al pasado; matizado en las críticas a la influencia del socialismo soviético, en especial para restar relevancia a la política cubana en los puntos de acuerdo tanto como en los de desacuerdo; amparado en una propuesta de reconciliación nacional tan sesgada, parcial y ajena a la realidad que se hace imposible tomarla en serio; implacable ante la extensión, después del derrumbe del Este, del liderazgo revolucionario en Cuba, la cual considera anacrónica, de corte gerontocéntrico; y contra el socialismo mismo como proyecto. Si mi lectura no me engaña, eso es básicamente
Encuentro: anticastrismo de tercera generación.
La nueva oportunidad de responder que me brindan ahora los textos escritos de Díaz es en realidad la primera que tengo para expresarme con el detenimiento y la atención que permiten la lectura y la escritura.
No en balde ha creído Jesús necesario rectificar una confusión de mi parte en aquella breve intervención que hice desde el público. El dice que nunca habló en su ponencia de grandezas y miserias de la Revolución. Tiene razón en cuanto a mi error, habla de grandeza y miseria de
Pensamiento Crítico, pero la rectificación me vale de poco. Apenas para confirmar una perogrullada: que desde el anticastrismo ni siquiera se pueden reconocer grandezas a la Revolución. Más allá de esta observación no encuentro motivo alguno para rectificar lo que allí dije: que el dilema que nos marca no radica en definir si vivimos en un mundo de grandezas o en uno de miserias, si paraíso o infierno, que por simplista que nos parezca es el dilema que sigue polarizando posturas. Sino el de saber si nos seguimos reconociendo en las grandezas o si nos dejamos aplastar por las miserias.
Lo que valida, en primer lugar, el espacio histórico que significó la existencia de
Pensamiento Crítico, del impulso innovador en la enseñanza del marxismo, de la labor publicística, y de la intensa actividad de reflexión que nuestro grupo pudo desarrollar hasta 1971, es, precisamente, haber constituido un producto genuino de la Revolución. Si hubo grandeza en ello - y creo que la hubo - se debió precisamente a su articulación, como obra de pensamiento colectivo, a la grandeza de la Revolución. De levantarse contra "las injusticias seculares que afligían y aun afligen a la tierra" (uso palabras de la ponencia de Jesús) que, efectivamente, teníamos entonces la ilusión de que tendrían solución por caminos emprendidos en el siglo XX y antes de que la humanidad entrara en el siguiente. En el centro de la orientación de la revista palpitaba la urgencia de la transformación hacia un mundo mejor, antimperialista y anticapitalista por definición.
El título de Pensamiento Crítico se proyectaba en ese sentido, al que la revista se mantuvo siempre fiel, coherente en todos los ámbitos temáticos que abarcó, teóricos y coyunturales, internacionales y nacionales, políticos, económicos y sociales. Son sus virtudes las que hacen que hoy se siga recordando y tomando en cuenta en numerosos medios académicos y también políticos de nuestro continente - particularmente en aquellos que siguen empeñados en la búsqueda de soluciones a las injusticias seculares - y no, por supuesto, la ridícula confusión que pudiera haber generado identificarla con el órgano teórico del Partido Comunista - como sugiere Jesús. En cualquier caso después de 1970 no hubo confusión posible, y magnificar este argumento anecdótico es una forma de disminuirse que me resisto a adjetivar para no restar altura a este debate.
De lo que habría que excusarse, en realidad, ante los jóvenes intelectuales cubanos es de empequeñecer y desvirtuar esta vivencia, de renunciar a ella, o de reconstruirla de manera vergonzante. El alcance crítico de la revista estuvo en correspondencia con el pensamiento de los que la hacíamos, y reprocharse ahora, desde las posturas del anticastrismo, "no haber pensado críticamente la revolución cubana" se me ocurre un despropósito, convincente exclusivamente para quien se sienta en el plano de compartir una ruptura radical.
Lo digo con todo respeto de quien quiera adoptar ese plano, y hacer de su pasado la relectura que le convenga, por distorsionada y depredadora que resulte, para asumir una segunda vida. Pero también con la libertad necesaria para expresar mis opiniones al respecto.
No tenía ni tengo la intención de implantar un clisé al oponer el calificativo de "generación de la lealtad" (que usé en mi réplica oral en LASA) al de "generación del silencio" (que usa Jesús en su ponencia). No ignoro ni niego que entonces la censura de las autoridades políticas silenció el discurso teórico que había comenzado a desarrollar el grupo, y que dada la coyuntura de crisis de subsistencia al final de la primera década de la Revolución, lo aceptamos y asumimos la dispersión. Lo que quedó claro es que ni fue nuestra la decisión
de interrumpir la publicación de la revista, ni la de clausurar el Departamento de Filosofía de la Universidad, ni nos reconocimos en los calificativos críticos (que no sólo volvieron a salir a la luz en 1996, sino que vale recordar que tampoco antes habían sido rectificados), ni renegamos de pensamiento ni de obra.
Tampoco rompimos con nuestro compromiso revolucionario puntual con las instituciones, ni cuestionamos el liderazgo político, a pesar del espectro de diferencias y discrepancias que desde entonces vimos abrirse. Es por esto que pienso que fue la "lealtad" (a los ideales, al pensamiento y a los principios, sobre todas las cosas) y no el "silencio" lo que nos caracterizó. Puede ser que el recurso a la caracterización por el "silencio" esté muy enraizado en la perdida del sentido de la "lealtad". Jesús Díaz debiera comprender esto muy bien, porque él tampoco se convirtió entonces en el renegado, sino después, mucho después del revés de 1970.
Permítaseme una digresión personal de quien ha tenido que pasar en dos ocasiones en tres décadas por la experiencia socialista de la crudeza de la censura pública. Creo que quien la sufre se encuentra ante un serio desafío existencial, que yo defino como el de mantener la identidad propia. De cómo no plegarse a la exigencia de una autocrítica que se considera injusta, en un extremo. Y de cómo no dejar que la amargura polarice el disenso, hasta llegar a la posición del renegado, en el otro extremo. Lo que digo puede resultar desagradable, pero la historia esta repleta de ejemplos polares: los que optan por plegarse a la crítica que en el fondo no alcanzan a compartir, de una parte; de otra, los que suman a sus objeciones el efecto de malestar suficiente para consumar el paso de la herejía a la ruptura. De ningún modo me refiero a equilibrios cuantitativos, sino únicamente al desafío de no perder la identidad. De continuar siendo ni más ni menos el mismo, en otra palabra.
Es por eso que me permito insistir que la capacidad de mantener el compromiso político - de no someterse al oportunismo del acomodo ni a los impulsos de la amargura - se pone a prueba sobre todo cuando se percibe el rechazo. No lo puedo ver como un síntoma de resignación , o
como algo comparable a "las confesiones ante el tribunal del Santo Oficio" (como cree Jesús). No diré que me satisfaga haber tenido que atravesar esas penosas pruebas, pero sí me precio de haber mantenido mi posición esencial ante el proyecto revolucionario, y no haber optado por la ruta de las claudicaciones.
La lectura detenida de los textos de Jesús me mueve a otras consideraciones. Me mueve a muchas en realidad, pero tengo el hábito de pensar que cuando se quiere ser exhaustivo en un debate se acaba siendo aburrido. Por eso más de una vez he dado por terminada una polémica sin preocuparme quien dijo la última palabra o publicó el último artículo.
En realidad ni siquiera logro distinguir con claridad cuál es la grandeza que Jesús dice reconocer a
Pensamiento Crítico, y al Departamento de Filosofía, que caricaturiza tristemente en su ponencia. ¿Qué se podría encontrar de grande en la obra de lo que llama sin rodeos "un grupo de jóvenes ignorantes", cooptados bajo la batuta de asesores hispanosoviéticos que fueron cesanteados cuando el uso de los manuales de Moscú cayó en descrédito, "y sus discípulos, suprimidos los manuales, nos quedamos sin saber que hacer exactamente"?.
La desestimación crítica de los manuales de Moscú en la docencia del pensamiento marxista (a los cuales sabemos que lamentablemente se regresó desde principios de los setenta) fue para nosotros un proceso interno, pensado y actuado con intensidad polémica, y no el fruto de una orientación. No nos quedamos sin saber qué hacer, perplejos ante un vacío. Jesús lo sabe y lo calla. Comenzamos a experimentar ante una urgencia sentida con fuerza, nos propusimos no escatimar originalidad, y fue cuando más hicimos. Fue por aquel entonces que hicimos también
Pensamiento Crítico.
A veces me queda la impresión de que Jesús se ve de cierto modo a si mismo por fuera - y por encima - como benefactor de aquel grupo al que ofreció la sombrilla generosa de "cierta notoriedad" ganada en buena lid por su primer libro (Los años duros, que ahora considera "juvenil y prescindible"). Confieso que nunca imaginé en aquellos tiempos que se viera de ese modo, y que todavía abrigo la esperanza de equivocarme sobre el Jesús de entonces. Verse tan adentro y tan afuera a la vez pudiera ser un rescoldo de la dialéctica, aprendida al estilo soviético, o el signo de una descomunal vanidad.
Cuando constato que no tiene paz ya ni con las grandezas que presume haber compartido me queda la impresión de asomarme a una tragedia distinta de la que proclama haber sufrido entonces. La tragedia que intuyo atraviesa hoy, dada por esa necesidad de renegar de su propio pasado, de empequeñecerlo artificialmente, de debilitarlo, para los que lo quieren pequeño y debilitado afuera y adentro (siempre la paradójica convergencia de las oposiciones polares). Como si hiciera falta para que afuera se pueda engrosar un expediente de aceptación y adentro otro de repudio. En el arte de las concesiones nunca hay arreglo: lo que haces para adentro lo haces también para afuera, y lo que haces para afuera, lo haces también para adentro.
Todos nos habíamos sentido ya, de otra parte, decepcionados por el Jesús de
Los anillos de la serpiente. Perplejos por su declaración de ruptura. No expreso ahora sentimientos postreros. A pesar de ello nos gustaría - al menos a mí me gustaría - respetar su opción, como él dice respetar la nuestra.
Por eso, si de mantener normas de respeto se trata, tengo que objetar por abusivo y hasta falaz que se caracterice a Hugo Azcuy - fallecido dolorosamente sobre todo para los que seguimos juntos, con él, hasta sus últimos días - como "el que más lejos había llegado en la crítica del castrismo entre los miembros del CEA". El espacio de debate que por entonces habíamos tratado de abrir, defendimos con Hugo en la primera línea, y al cual hoy seguimos fieles fuera del CEA, no incluía ni incluye un concurso de crítica del castrismo. Ese aparente
sine qua non detrás de la frontera, donde no puede aceptase como válida crítica que no parta de descontar, demoler o exorcizar a Fidel Castro, y donde el más riguroso es el que más enjundia aporte a este torcido propósito. Me parece imperdonable la frase de Jesús, en primer lugar, porque Hugo hubiera sido el primero que no se la habría perdonado, y él lo conoció tan bien como para saberlo. Valerse de una interpretación intencionada de Hugo Azcuy para tomarlo como bandera del anticastrismo, rebasa el límite de la decencia. Y discúlpeseme en este punto la dureza del lenguaje, que adopto con desagrado, pero que lo sombrío de la cita de Jesús me impide atemperar.
Percibí con tristeza en la ponencia su necesidad de pedir tantas excusas a aquellos a quienes alguna vez criticó. Los que emigraron antes que él, con quienes tiene que convivir ahora, se sobrentiende. O su aclaración a Jorge Edwards que hace casi treinta años, en su libro
Persona non grata, lo hace presentarse ("mal informado", "sin mala fe") como capitán de la Seguridad del Estado (Edwards debe haberse sorprendido de lo tardío de la aclaración). Si le quedan excusas por presentar después de una década en el exterior, como sugiere su ponencia, me hace pensar que tal vez no haya terminado todavía. Habrá tenido ya o tendrá que renunciar a más, desde lo que publicó en
Pensamiento Crítico, pasando prácticamente por todo su cine - que no gozó de las virtudes de su narrativa - hasta llegar a principios de los noventa, si quiere calificar con éxito en la avanzada del anticastrismo. El precio de ser aceptado en tan discutible cónclave puede ser muy alto.
Baste con recordar que mientras nosotros confrontábamos civilizadamente - como a él le agrada decir - nuestras diferencias de fondo en un hotel de Miami, Guillermo Cabrera Infante hacía pública renuncia del Doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Internacional de la Florida, por considerarla culpable precisamente de favorecer nuestras discusiones. La conversión de Jesús debe incluir en la agenda - imagino yo, muy subjetivamente, y si me equivoco que me disculpe - una reconciliación con un Cabrera recalcitrante e irreductible que se siente con créditos para imponer sus derechos de precedencia en la cocina intelectual del anticastrismo. Y a quien él tampoco vaciló en criticar alguna vez, al margen de la admiración que le merezca como escritor.
Termino estas líneas reiterando mi alusión a las palabras con que inició aquella primera discusión con Osvaldo Dorticós a finales de 1970. Jesús no considera riguroso, y ni siquiera honesto, que lo cite de memoria veintinueve años después. El debiera recordar mejor que yo lo que allí dijo, aunque ahora también habrá de parecerle prescindible, como su primer libro. Y supongo que por alguna razón, sobre la que no quiero especular, no formuló esta objeción en el panel de Miami, y se ha limitado después a cuestionar mi memoria, y hasta mi honestidad.
Me pregunto si la dosis de genuflexión y de humillaciones que conlleva el reto de construirse una segunda vida le será finalmente redituable. Y si los sinsabores y disgustos sufridos en Cuba, durante su vida revolucionaria, su primera vida, que personalmente tampoco creo que hayan sido tantos, le impidieron verdaderamente mantenerse ingenuflexo.
La Habana, junio de 2000.
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