LA JIRIBILLA
CONTIGO EN LA DISTANCIA
Jesús David Curbelo
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La última madrugada Sebastián del Pino había vuelto a tener aquel mal sueño. Despertó sobre las tres con la sensación de que acontecería el final. Ya no podría soportar más tal disparate. Desembocó en la azotea dispuesto a liquidar, a como diera lugar, aquella locura.
El drama había comenzado en su juventud. Hijo de un rico hacendado ganadero, Sebastián era adicto a los buenos caballos. Su fama de gran jinete recorría la región de finca en finca.Le convidaban a cuanto rodeo y justa de caballería se celebraran por la zona. El mismo fomentaba la cuadra de su padre, provista con los mejores ejemplares que se conocieran en veinte leguas a la redonda. Pero Sebastián estaba inconforme: los animales que montaba no le parecían dignos de su maestría, con ninguno conseguía formar esa pareja perfecta que constituyen hombre y cabalgadura en las estatuas ecuestres. Por eso decidió elegir uno de excelente raza y comenzar a entrenarlo desde potrillo con el propósito de poseer,algún día, una montura capaz de sostenerlo en su lomo para la eternidad.
Seleccionó para ello la cría de un semental de Kentucky y una yegua Koel de pura sangre traída directamente del Líbano. Ambas bestias reunían las cualidades que, mezcladas, convendrían a su ideal: donosura, nervio, docilidad y fuerza. El parto arrojó una potranca criolla que era un milagro de genética caballar. Sebastián del Pino, orondo, se entregó a la faena de amamantarla con un biberón para crearle una dependencia definitiva de aquel ser bípedo que sustituía el calor y la blandura de la ubre materna. La potriquita comprendió enseguida: se la veía diariamente tras la estela de su dueño como un perrito faldero. De su mano comía guayabas con sal y mangos verdes, pagando con la caricia de sus belfos tamaña dedicación. Acudía a su silbido para lamerle dedos, brazos y cara en una muestra de regocijo apenas verosímil si no existieran decenas de testigos que pudiesen dar fe de esa suerte de romance entre el muchacho y la yeguita.
Y llegó la doma. Sebastián la condujo al picadero y se afanó en urdir para ella una serie de ejercicios que flexibilizaran su cuello al gobierno del bocado en un amplio abanico de izquierda a derecha a izquierda, y de abajo hacia arriba y de nuevo abajo, dejándola lista para obedecer el freno hasta al menor movimiento muscular del montador. Después vino la silla. La potra acató cinchas y bastos y glúteos en el arzón y muslos y rodillas en las perneras y en los estribos esos pies armados de unas espuelas que hurgaban en sus ijares con esta o aquella frase apoyada o contradicha por los manejos de la rienda. Así aprendió el aire del paso castellano, largo y cómodo, y el compás del trote donde lucía sus cañas y cernejas en una pisada rápida y concisa que Sebastián calzaba con el peso de su tronco marcándole el ritmo y la velocidad. Pulió, luego, en el galope, la solidez de sus coronas y menudillos al alzarse sobre las patas traseras, apoyar las cuatro, impulsarse en las delanteras y mantenerse suspendida unos segundos, para volver a caer y reiniciar una secuencia tan perfecta que le granjeaba aplausos, carantoñas, cebada y zanahorias frescas en el comedero y reposo en establo aparte tras el baño tibio y la estregadura de la almohaza por su piel.
Fue la gloria: Sebastián y Milagrosa cristalizaron en un dúo infalible y el prodigio corrió de boca en oídos y de ahí a la prensa hípica que acosó al joven con entrevistas, fotos y jugosas propuestas publicitarias con las cuales crecieron su vanidad y la admiración de múltiples jovenzuelas fascinadas por la apostura y lapericia del caballero. Mas Sebastián del Pino andaba poco interesado en mujeres. Una tarde de verano, a orillas del río donde fue a refrescarse junto a su jaca, había descubierto el atractivo de aquella grupa y el excitante aroma de aquel sudor emanado de las ancas de la yegua. La guió, pues, hasta un tocón cercano y la penetró con toda la furia de sus veinte años después de haberla enredado en un escarceo donde haló crines y colas y mordió con frenesí cruz, sulcos y belfos como había visto hacer a los garañones en las sabanas desde que era niño. Milagrosa respondió con bufidos de placer y tomó parte activa en la cópula bautizando a Sebastián con el aire caliente que expelía por los ollares y con la verdosa saliva que su lengua iba regando por el cuerpo del amante.
A partir de entonces se repitieron las escapadas y se sofisticaron los intercambios a niveles sublimes. Sebastián insistió en el aislamiento de su pupila y no hubo padrote de casta ni rocín que pudiesen acudir a los reclamos de Milagrosa en su \época de celo. El dueño mandó a fabricar una telliz de lienzo para cubrirla durante las salidas imprescindibles y con tal cinturón de castidad logró evitar las acometidas de cuanto potro excitado estuvo a menos de dos metros de profanar con su verga las carnes únicamente consagradas a Sebastián. Usó siempre el subterfugio de que no enturbiaría con una gestación y una maternidad innecesarias la estampa de Milagrosa y la posibilidad de sacarle, en hipódromos y ferias, cientos de billetes que acrecentaran el patrimonio familiar.
Pero Don Manuel del Pino tenía otra idea de la vida. A su puerta tocaron muchos pudientes señores trayendo como oferta la virginidad de sus hijas y unas dotes atendibles para el sostén de cualquier matrimonio. El padre sentó al retoño en el portal y le aclaró los detalles de la situación: podía escoger entre colarse en la familia de un senador o desposar a la primogénita de Don Arcadio Ladrón de Guevara, quien haciendo honores al torvo sustantivo que encabezaba su prosapia lograra reunir una fortuna sólo comparable a la de ellos mismos. Sebastián se negó rotundamente a casarse con nadie. El viejo le preguntó rudamente si acaso no le gustaban las mujeres. Y añadió, sin dejarle responder y así no enterarse del conflicto, que aun de ese modo merecería soportarse cualquier martirio con tal de sumar a los suyos los acres de fértil suelo y las cabezas de ganado, por no hablar de los miles de pesos en efectivo que dejarían la agricultura y las rentas. Sebastián mantuvo el no. Don Manuel juró que lo desheredaría por imbécil y, viendo que el vástago dubitaba, le dio una semana de plazo para tomar la decisión.
El día de la petición de mano Sebastián ensilló a Milagrosa con una sombra de culpa en la mirada. Partieron hacia los predios de los Ladrón de Guevara a tiro hecho: Don Manuel y Don Arcadio habían compuesto el mosaico entre el ir y venir de tazas de café y copitas de aguardiente, y sólo restaba aquella visita para que la niña Asunción diera por sus labios un sí tan público que ya rumoraban de él los periódicos de la capital. El ilustre caballista estrenó esa tarde las galanuras del paso piafe: la yegua atravesó el portón de los futuros suegros de Sebastián con los remos delanteros golpeando el terreno alternativamente una, dos veces, y avanzando en zigzag con la testuz erguida y el pecho resaltando sus músculos en el ardor de tal danza. Su rival aguardaba en la veranda de la mansión con los ojos encandilados por el deslumbramiento. La ceremonia fue breve: en el almuerzo Don Arcadio hizo un paréntesis y anunció el compromiso, mientras Asunción, saltando de su asiento, corría hacia Sebastián del Pino y le estampaba un beso en los labios.
A la despedida, el ósculo resultó mucho más íntimo: los novios juntaron sus alientos en una mutua exploración con lenguas y dientes que sólo fue interrumpida por un estrepitoso relincho. Asunción tembló de miedo al percibir la belicosidad de Milagrosa. Sebastián la distrajo hablándole de la afinidad entre ellos. La muchacha, suspicaz, indagó3 hasta dónde llegaba. El joven la miró colérico y montó bruscamente con la intención de marcharse. Ya a horcajadas asimiló la disculpa y dobló el torso para el besito que sellaría las paces. Entonces sucedió: desatando un torbellino de corcovos y caracoleos Milagrosa terminó encabritándose y dando por tierra con un Sebastián incapaz de domeñarla y que, para peor ventura, no pudo sacar a tiempo el pie izquierdo de la estribera y hubo de ser arrastrado cerca de veinte metros en frenética galopada.
La boda debió ser pospuesta casi un año, mientras remolcaban a Sebastián de un médico en otro tratando de restañarle las fracturas. Al fin un ortopédico obtuvo, mediante prótesis en la cadera y fijadores en el fémur,la proeza de hacerlo caminar sobre sus piernas. Mas no podría volver a subirse en un caballo durante lustros. Sus peones se preocuparon por el destino de la potranca. Sebastián aseguró que guardaba algo muy especial para ella. Inmediatamente a la caída se había aplicado en saber su sino: era presa de un ataque como de rabia: pateaba, mordía y echaba espumarajos por la boca; solamente a lazo consiguieron acarrearla al corral y, una vez allí, tuvieron que drogarla para que se apaciguara. Nadie fue capaz de cabalgarla jamás. Antes de pegarle un escopetazo consultaron a Sebastián si no estaría bien como yegua de vientre. Dijo que no, sugiriendo la empleasen en el tiro. Pero no existió varón que alcanzara a convencerla con colleras, sillines y medias gamarras, ni tílburi o cabriolé cuyas barras soportaran tanto brinco mal intencionado ni tanta carrera a campo traviesa. Tampoco funcionaron los carruajes de doble tracción, pues Milagrosa hostigaba a sus compañeros de tal forma que era imposible para los conductores ejercer el control sobre los coches.
El recién casado Sebastián del Pino resolvió cortar por lo sano el asunto de aquella bestia enloquecida. Aunque cobrándole el golpe artero que le propinara luego de asaz cariño. Ordenó atarla firmemente al toc\ón de los orígenes y dejarla ahí a sol y sereno, muerta de hambre entre la fresca hierba y de sed ante el caudaloso río a los que un duro bozal de cuero le impedía acceder. A lo largo de cuatro jornadas se escucharon sus relinchos cada vez más débiles. Las auras se dieron banquete con la carniza. El esqueleto fue enterrado a varias millas con un gesto de asco en la faz del montero por aquel ensañamiento del amo.
Y a Sebastián del Pino le principiaron las pesadillas. A sus sueños acudieron retazos de las escenas eróticas entre é y Milagrosa. Amanecía empapado en su propio líquido seminal para espanto suyo y molestia de Asunción, quien consideraba baldía esta dilapidación que no menguaba ante ningún esfuerzo imaginativo por satisfacer el eros de su cónyuge. Después las cosas se complicaron: despertaba aullando de dolor porque la aparición le arrancaba de un mordisco el miembro viril, la nariz, una oreja, o retorcía los pasadores del fijador hasta hacerle saltar el hueso. Pálido y convulso, debía de contentarse con el vano consuelo de Asunción, sin atreverse a confesarle la causa de sus terrores so pena de echar abajo el andamiaje tan bien tejido por Don Arcadio y Don Manuel. Por esa fecha apareció el monstruo mitad persona mitad equino que le llamaba papá y pretendía alucinar sus siestas con demandas de afecto y protección económica. Finalmente, soñaba sólo con Milagrosa plagada de llagas purulentas merced al calor y al abandono, y provista con una voz de ultratumba que le imprecaba: "Te voy a cobrar la afrenta, cabrón".
No durmió más. Pasaba las noches en vela sentado en la cama, tratando de conjurar con el insomnio la mueca de la potra al proferir la sentencia maldita. No le salvaguardaron cocimientos ni curanderos: Sebastián no pegaba un ojo ni se lo dejaba pegar a nadie en la casa bajo el pretexto de los atracadores que vendrían a saquear la hacienda y a violar y aniquilar a sus moradores. Dispuso construir sólidas tapias de ladrillos y fosos y cercas de tela metálica alrededor del hogar que, cual si no bastara, hizo proteger con perros fieros y matones armados, porque había comenzado a oír relinchos y repique de cascos en el silencioso bullicio de la campiña nocturna.
Ya Don Manuel pensaba en un sanatorio cuando su hijo desencadenó la trifulca. Salió una madrugada rifle en mano hacia la profundidad del monte haciendo caso omiso de sus dolencias y de los familiares y servidores que quisieron impedírselo. Hasta el amanecer estuvo disparándole a la oscuridad y gritando insultos del peor jaez al espectro de Milagrosa. Lo ubicaron sobre las diez de la mañana, en la ribera del arroyo, con la ropa en jirones y musitando una críptica letanía acerca del crimen y del castigo. Don Manuel en persona se ocupó de trasladarlo al manicomio fuertemente amarrado y de ajustar con el doctor Quintero los pormenores de su tratamiento.
El galeno nunca acertó a diagnosticar si era una parafrenia o una esquizofrenia paranoide. Le confundía aquel cuadro con delirios de persecución y perjuicio en una personalidad aparentemente conservada. Prescribió altas dosis de neurolépticos y allá fue Sebastián del Pino a tragar fenotiacinas en píldoras y grajeas sin que ello influyera un ápice en que dejara de escuchar galopes y bufidos, ni de ver a Milagrosa clamando venganza en sus ensoñaciones. Quintero, decepcionado, suspendió la trifluoperacina, el parkisonil y la levopromacina y se avino al viejo procedimiento de Cerletti y Bini de borrarle, mediante corriente eléctrica, las ideas fijas al paciente. En virtud de las lesiones óseas de Sebastián, Quintero hubo de esmerarse en las porciones de tiopental sódico y succinilcolina que anularan las severas contracciones musculares de la convulsión. Pero fue en vano: retornaban la yegua y los fragores a despecho de voltajes y electrodos. El médico decidió palpar el límite y se decantó por el coma insulínico. Con Sebastián en ayunas probó a irle inyectando, por vía intramuscular, cantidades ascendentes de insulina que le llevaran de la hipotonía a la agnosia, de la apraxia a las sacudidas clónicas y de los espasmos tónicos a la pereza en los reflejos palpebral y corneal.
Inútil. Luego de una comida suculenta Sebastián del Pino organizaba las obsesiones y refería que Milagrosa le amenazaba de muerte desde la opacidad de sus duermevelas. También sufría un proceso de estropeo físico que dejó de gustarle a Don Manuel, no dispuesto a invertir tanta plata en menoscabo de su muchacho. Alguien, por esa época, le dio a leer un artículo de Kalinovsky sobre la inoperancia de los métodos biológicos y el potentado estalló: se personó ante Quintero revólver en mano a reclamar el alta de Sebastián estuviese o no curado de sus dislates. Acusó al siquiatra de sádico y le intimidó con un escándalo sin precedentes en caso de que el hijo padeciera algún trastorno posterior al ingreso en su clínica. El sujeto, queriendo salvar la honrilla, le recomendó consultar al doctor Estrada, egregio discípulo de Franz Alexander especializado en trastornos sexuales.
Don Manuel no quedó muy convencido de que los males de Sebastián estuvieran determinados por el sexo, mas fueron donde el nuevo terapeuta en busca de la salvación. Estrada prohibió, desde el principio, cualquier contacto con el pasado y aconsejó la mudanza: Sebastián y su señora debían de abandonar el campo e instalarse en la ciudad, lejos de todo vestigio de equitación y cría de caballos. Con paciencia de orfebre fue desentrañando hasta el último secreto relacionado con la enfermedad. Arguyó que aquellos sueños denotaban una insatisfacción de primer orden originada por algún episodio de infancia. Era, sin dudas, una típica afección de bestialismo. Ensayó una terapia por aversión, influyendo en la mente del enfermo a través de la hipnosis catártica. Censuró los westerns, las series ecologistas, las novelas de capa y espada y hasta el mínimo elemento relacionado con equinos. Pero Sebastián no adelantaba. Tampoco lo hizo bajo la sugestión en vigilia: las fantasías eróticas con Milagrosa no conseguían disuadirlo del pánico y sólo acentuábanlo tanto que tornaba a la próxima sesión con una ansiedad cada vez más profunda y murmurando trabalenguas acerca de asesinatos y suicidios.
Estrada recetó, aun contra su criterio, gran cantidad de benzodiazepinas. Y pasó a la fase de las asociaciones libres en pos de una experiencia emocional correctiva que pusiera a Sebastián en un plano de aceptación y manejo de su parafilia. Hilvanó un largo discurso cimentado en lo común que es soñar con caballos. Sebastián ripostó que él soñaba con una yegua específica: Milagrosa. Estrada volvió a la carga con una sonrisa de triunfo: precisamente, yegua era una palabra asociada con pesadilla desde la antigüedad, de tal modo, que el equivalente inglés del término, nightmare, significaba literalmente "yegua de la noche", lo cual constituía un indicio de que ya los antiguos atribuían al animal, por una parte, ferocidad y furor demoníacos y, por otra, una fidelidad tan grande a los humanos que no les abandonaban ni siquiera durante el reposo. O bien podría ser que en los albores de la humanidad a alguien se le apareciera en sueños una yegua para atormentarlo lo mismo que a él le mortificaba Milagrosa. Iba el facultativo a pegar la hebra con una teoría audacísima sobre la cura de Sebastián mediante la asunción de una de las dos variantes, cuando éste se puso en pie y salió hecho una fiera de la consulta, tras de haberle aclarado a aquel mariconazo con ínfulas de sabio que para recibir conferencias de lingüística inglesa no precisaba pagar la hora a precio de pozo petrolero, y que en lo tocante a asunciones bastante tenía con su mujer. A la susodicha, que le aguardaba en el salón de espera, la agarró con vehemencia por un brazo y abandonó con ella el edificio gritando que resolvería por su cuenta aquel enredo.
Tiró al cesto de la basura los medicamentos, despidió a guardaespaldas y enfermeras y alquiló para él y Asunción el penthouse de un rascacielos en la capital. Una vez aposentado acondicionó la vivienda con paredes a prueba de ruidos y cortó la vinculación con el mundo exterior. Se había surtido de ametralladoras, parque y armas blancas suficientes para enfrentar a un ejército. Obligó a la esposa a velar juntos mientras le relataba sus encontronazos de amor con la potranca a orillas del río. Poniéndola en cuatro pies sobre la alfombra la conminó a bufar y relinchar al tiempo que torcía sus largas trenzas y le llenaba el cuello y la espalda de mordiscos y chupaduras. Asunción, resignada, condescendió sin condiciones con tal de paliar la congoja del marido. Sebastián, sin embargo, dio señales de una inequívoca mejoría.
Primero cesó de escuchar relinchos y galopadas; después se quedó dormido por espacio de varias horas luego de haber vaciado en Asunción su lava de macho primitivo; por último logró descansar la noche entera sin quejidos ni contorsiones. Entonces se inflamó de soberbia. Escribió a su padre comunicándole la nueva y reclamando su sitio en la administración de los negocios familiares. Notificó a los médicos el cómo de su sanación, aprovechando para mandarles a paseo junto con Sakel y Freud y todo el circo de la siquiatría moderna. Sólo le faltaba tener un hijo para considerarse completamente feliz. El y Asunción se empeñaron en la tarea con el ímpetu de un par de náufragos que avistan tierra tras una larga temporada a la deriva.
El embarazo cambió la tónica de sus existencias. Don Manuel y Don Arcadio colmaron el ático de comodidades y regalos inservibles. Sebastián fue admitido en la plana mayor del clan. La prensa hízose eco de las interioridades de su recuperación, burlando hábilmente los momentos amorales o poco edificantes de la etapa crítica. La futura mamá cumplió tres meses en medio de una bonanza absoluta, aunque el ginecólogo recomendó suspender el trasiego carnal al encontrarse con una capacidad uterina prácticamente infantil y propensa al aborto.
Automáticamente, Sebastián reincidió en la soñadera. Con la diferencia de que ahora no resucitaba Milagrosa en sus ensueños. Era Asunción quien daba a luz un centauro que crecía y crecía hasta reventar en pedazos que daban origen a nuevos centauros que también se multiplicaban en otros que se reproducirían en más y así infinitamente si no acaecía la bendición del despertar.
Mantuvo el secreto con la esperanza de que después del parto sus nervios se arreglarían y la crianza del chiquillo actuaría como un bá1lsamo definitivo. Pero Asunción lo descubrió una medianoche en que mascullaba: "No, no, de nuevo no, por favor". Tuvo que contarle la catástrofe y ella le propició una solución: no podía dormirse, habría de resistir despierto los meses restantes para convencerse de que su hembra portaba dentro un niño común y corriente encargado de exorcizar aquel desvarío. Fue imposible lograrlo. No bien hablaron de ello Sebastián arrancó a adormecerse a todas horas y por sus letargos pululaban los seres cuadrúpedos que aniquilaban su razón y su espíritu y le hacían abjurar de todo. La última madrugada reapareció Milagrosa envuelta en un halo de olores y sonidos casi tangibles "Te advertí que te la cobraba, cabrón".
Los vecinos padecieron alaridos y ráfagas hasta el alba. Ninguno osó intervenir temiendo las reacciones de un orate respaldado por arsenal tan rotundo. A las seis de la mañana arribó la Fuerza especial de la Policía con el equipamiento para y la disposición de arrastrar a Sebastián de regreso al manicomio. Hallaron una escena espeluznante: tendida bocarriba sobre el lecho yacía Asunción abierta en canal con un cuchillo comando y con las vísceras hechas picadillo y diseminadas por la habitación. Del útero y su huésped no se encontraron más que algunas reminiscencias a la puerta del incinerador. El cuerpo de Sebastián fue localizado al borde de la azotea, con el rostro enteramente desfigurado, en mitad de un charco de sangre, astillas óseas y restos de masa encefálica. Alrededor del cadáver se aglomeraban como un edicto, nítidamente impregnadas con sangraza al enlosado del piso, las huellas de los cascos de un caballo.
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