LA JIRIBILLA
"NO FEAR"

Alfredo Prieto González | La Habana

"No al miedo", se escucha por estos días en los Estados Unidos. En los alrededores del World Trade Center, allá en Nueva York, han venido pareciendo inscripciones inéditas en los pulóvers, una prenda que aquí llaman T-Shirts por su parecido con esa letra cuando se despliega en vidrieras y establecimientos comerciales. "Yo sobreviví al World Trade Center", se dice en una. Esta sociedad lo comercializa todo, incluso hasta sus propias desgracias.

El miedo, sin embargo, ha llegado a este país para quedarse -por lo menos durante un tiempo difícil de medir. Los ataques terroristas y sus ulteriores repercusiones han cambiado radicalmente la vida personal y social de la gente. "La vida no será nunca la misma"-escribe un famoso columnista del New York Times. "A partir de ahora, todo será diferente.

Tenemos que aprender a vivir con el miedo extremo". La ya famosa encuesta del Pew Research Center, implementada poco después de los sucesos, marca tendencias inequívocas y actuales: el 71% de los norteamericanos experimentaron sentimientos de depresión; una de cada tres personas padecía insomnio; y 7 de cada 10 rezaban más que antes. Los norteamericanos, concluía, estaban más apesadumbrados y asustados que durante los días de la Guerra del Golfo.

Los mensajes de los medios contribuyen inevitablemente a retroalimentar el sentimiento e incluso la indefensión, al margen de que se ha prohibido transmitir imágenes duras de los cuerpos calcinados en las dos Torres -o de lo que quedó. "Si los Estados Unidos atacan a Afganistán y capturan a Bin Laden, el hombre mas buscado del mundo, las células terroristas podrían ser activadas, y podríamos ser golpeados de nuevo, no necesariamente en el propio territorio de la Unión", escribió hace unos días el Boston Globe. El anuncio de que el país no estaría en condiciones de enfrentar exitosamente un ataque bioterrorista, que diseminaría en los Estados Unidos virus y enfermedades ya erradicadas, como la viruela, ha contribuido a profundizar esa molesta picazón de los norteamericanos respecto a sus vidas cotidianas en el futuro.

Mientras tanto, el Gobierno -una institución en la que, por lo general, muchos no confían- no ha tenido demasiado éxito en persuadir a las personas a retornar a la normalidad, a pesar del firme mensaje que se reitera una y otra vez en foros y actividades públicas, de Bush a Giuliani: el terrorismo no ha logrado sus objetivos con nosotros. Esto es pura política, no exenta por demás de contradicciones discursivas. Por un lado, las medidas de seguridad en los aeropuertos van destinadas a que la gente recupere la confianza y vuelva a volar; pero, por otro, en días pasados la propia administración de George W. Bush anunció que dos generales tendrían poderes para derribar aviones civiles con propósitos idénticos a los de las bombas volantes de Nueva York y Washington -una decisión que, por lo demás, había sido ponderada a muy altos niveles el mismo día de los hechos. Ahora, y como validando al periódico bostoniano, el Gobierno ha solicitado a sus ciudadanos en Italia tomar medidas preventivas ante un eventual ataque terrorista a "símbolos del capitalismo norteamericano"; un ómnibus de Greyhound acaba de sufrir un terrible accidente en una carretera, y la compañía ha paralizado todas sus operaciones por el día de hoy.

"Aquellos días eran mucho más seguros" me dijo una norteamericana que frisa la tercera edad refiriéndose a la época de la Guerra Fría. "Había por lo menos refugios donde meterse. Ahora, en cambio, no se sabe de donde vendrá el Ángel Exterminador". "La paranoia de Pink Floyd con la bomba, es un juego de muchachos si se compara con esto", comentó un estudiante por una radio comunitaria de Massachussetts.

"Felices los normales", me digo a mí mismo recordando aquel verso de Retamar. El enemigo no tiene rostro; al miedo les sobran.

Amherst, MA
3 de octubre, 2001


2001. La Jiribilla. Cuba.
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