LA JIRIBILLA
DESCOLONIZACIÓN EN LA ERA POSTCOLONIAL 

Estamos en el deber de alertar acerca de los sucedáneos que, desde el dominio hegemónico, se nos presentan como alternativas para vivir de otra manera la cultura.

Pedro de la Hoz | La Habana



1.
En determinados ámbitos académicos vinculados a las ciencias sociales, el término se ha puesto de moda. Resulta que vivimos, según se dice, en la era postcolonial. Salvo contadas y muy puntuales excepciones, también se nos dice, las potencias coloniales dejaron de serlo y los territorios colonizados también. Ni siquiera es legítimo hablar de neocolonialismo, habida cuenta de que se trata de un concepto remoto, que perdió sentido, en lo que respecta a América Latina y el Caribe, con la caída de los regímenes militares, la generalización de las democracias representativas y parlamentarias, el triunfo del liberalismo de nuevo cuño, y la igualdad de oportunidades para todos de tocar a las puertas del Fondo Monetario Internacional y aplicar sus recetas. 
Cualquiera estaría de acuerdo con todo lo anteriormente dicho si no fuera porque ya no se necesita una administración foránea, una bandera ajena, un ejército de ocupación o el impúdico saqueo material de una metrópoli -aunque no se pueda olvidar muy cerca de aquí a Puerto Rico- para calificar un status colonial. 
Un brillante escritor peruano, tan buen escritor que no sabría escribir mal, aquejado de tanta miopía política que aunque se lo propusiera no podría mirar bien el mundo que le rodea, ha llegado a afirmar que el subdesarrollo es una condición mental. No valdría la pena comentar tamaño dislate, máxime cuando se acumulan a ojos vista las demasiadas evidencias de los factores subdesarrollantes que han gravitado sobre nuestras tierras durante más de medio milenio, acrecentados y sofisticados en esta precaria postmodernidad que se nos presenta, si no fuera porque lo que sí está operando en las mentes, a base de imposiciones, malabarismos, prestidigitaciones y las más sutiles y refinadas inducciones, es la nueva condición colonial, la que nos aliena y subdesarrolla el imaginario, la que nos "cipayiza"  el espíritu. 
Promover conciencia de esta realidad, de la contundente objetividad de las deformaciones que cotidianamente se imponen a nuestra subjetividad, es tarea que no puede ser ajena al ejercicio de la opinión pública. Los comunicadores de América Latina y el Caribe debemos y contamos con posibilidades para enfocar un problema que se sitúa en el campo de la cultura, entendida esta como la capacidad del hombre para descifrar, entender y transformar su entorno, producir sentido, crear y fomentar valores. Lo primero que habría que hacer es tomar conciencia, precisamente, de que los retos de la descolonización pasan, como nunca antes, por el terreno de las ideas, un terreno lamentablemente minado por ideologizaciones espurias y por la reaccionaria persistencia hegeliana de que la ideología es el espejo invertido de la realidad, por lo que estamos en la obligación ética de contribuir profesionalmente a restituir el valor de las ideas que sustentan los proyectos de emancipación y desalienación. 

2.
De un tiempo a esta parte se ha exacerbado nuestra inserción en el territorio de las imágenes, espacio donde quizá sean más pesantes y, al mismo tiempo, menos perceptibles, los efectos de la dominación cultural. No repetiremos aquí lo que es obvio: satélites, televisión, autopistas de la información. Pero resulta pertinente subrayar cómo la trama de la comunidad virtual que se ha ido tejiendo lo es más todavía en cuanto a sus contenidos que a sus continentes. 
El aspecto cuantitativo del problema es insoslayable. Harto elocuentes y suficientemente conocidos son los índices que dan cuenta de la hegemonía norteamericana en los circuitos de producción y distribución de películas, programas de televisión y materiales audiovisuales de diverso tipo, en la ocupación de los espacios satelitales, en el dominio de las tecnologías y los enrutamientos de la comunicación digitales. Se trata, como todos sabemos, de un fenómeno que no sólo preocupa a los latinoamericanos y caribeños, sino también a la Europa comunitaria, que en el caso del cine intenta protegerse del torrente que se les ha venido encima mediante leyes proteccionistas y cuotas de exhibición. 
Pero preocupa y nos debe ocupar mucho más el perfil de las imágenes que recibimos. La visualidad predominante nos transmite, ora de modo directo, ora por la vía de la más sutil inducción, la idea de que el neoliberalismo es la doctrina única, el dólar es la moneda única, Hollywood es la industria cinematográfica única, el dinero es la única medida del éxito, consumir la única finalidad del ser humano, y la única hegemonía tiene en Washington su centro de gravedad. 
"Todo está pensado -nos dice el colega argentino Jorge Enrique Oviedo- para llamar la atención de la pupila e introducirnos sibilinamente en el cerebro la publicidad, los colores, las marcas, los envases, los rostros, los espasmódicos videos, las fotografías, los diseños, la ropa, los autos, los electrodomésticos". 
Y es que la visualidad prevaleciente fundamenta sus códigos en una estrategia de seducción que privilegia los atributos externos. Casi nada escapa a esta codificación: un candidato a la presidencia de una nación en las democracias virtuales gana votos en la medida que sea eficiente su aplicación de las leyes del marketing electoral; cuanto mejor perfilada sea su imagen, tanto mejor; el impacto visual es más importante que el impacto de su programa político. En el cine cada vez alcanzan mayor jerarquía los efectos especiales. Una narrativa sin truculencias digitales corre el riesgo de quedar restringida a los llamados circuitos de culto y no trascender al amplio disfrute popular. 
Gilbert Cesbron , con toda razón, ha dicho que la "televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo". Aquello que se nos repite en las escuelas de periodismo y comunicación social y que figura en una buena parte de los códigos éticos de la profesión acerca de que la santísima trinidad de los medios consiste en informar y difundir elementos de juicio para su evaluación por la opinión pública, ha ido cediendo espacio a una operación mucho más consistente para los fines del modelo hegemónico: la de distraer.
Esos mecanismos que entremezclan seducción y distracción como componentes sustantivos de la visualidad recurrente en la cultura contemporánea, los cuales han sido objeto de análisis en medios académicos y especializados, requieren ser expuestos en círculos cada vez más amplios. El ejercicio del criterio en los espacios culturales de nuestros medios de prensa podría brindar un enorme servicio en estos necesarios esclarecimientos. 

3.
El propio periodismo cultural en nuestra región debe ser autocrítico si pretende situarse a la altura de los desafíos de nuestra época. Desde mucho antes de que la doctrina neoliberal se convirtiera en una dictadura ideológica, los periódicos y las revistas, en el ámbito iberoamericano, establecieron compartimentos estancos en el tratamiento de la producción cultural. 
La principal escisión apunta a la falsa separación de la cultura y el espectáculo. Las llamadas bellas artes (lo de "bellas" a estas alturas no pasa de ser un eufemismo de mal gusto) y la literatura se enmarcan bajo el rubro de "cultura", mientras que el cine, la música popular, el cabaret y la televisión forman parte del "espectáculo". 
Se da por supuesto que los lectores de la sección "cultural" sean personas cultivadas, distinguidas, refinadas, de solvencia económica. Cultura para la clase media. "Espectáculo" para las grandes mayorías. La crítica artística y literaria se ejerce en la sección de "cultura", la chismografía prevalece en la de "espectáculos". Las programaciones televisuales exacerban todavía más el equívoco, en tanto tienden a confundir "cultura" con "espectáculo". 
Esto último es lo que precisamente ha aportado la globalización neoliberal a esa mala tradición que pesa sobre el diseño de los espacios de la prensa cultural. Sobre la espectacularización de la cultura se ha referido el intelectual argentino Néstor García Canclini al llamarnos la atención acerca de la problemática que disuelve la dicotomía entre "alta cultura" y "cultura de masas", a partir de la siguiente observación que hiciera la norteamericana Susan Sontag: "La gente está tan fascinada con el entretenimiento de masas que difícilmente pueda pensar en otro nivel".
Es el propio García Canclini quien revela el fracaso de la ilusión intercultural de la doctrina globalizadora actual, pues "las mezclas entre culturas suelen presentarse en los circuitos mercantiles como reconciliaciones y ecualizaciones, con una tendencia a encubrir los conflictos antes que a elaborarlos", tal como sucede en los carteles multiétnicos de la Benetton, o con los conciertos de los tres tenores en la muralla china, o la disposición de decenas de canales de televisión por satélite al alcance de la paz doméstica. La reconciliación -ese espejismo que nos induce a sentir que en términos culturales el mundo ha dejado de ser ancho y ajeno- y la ecualización -ese anestesiante poder de asordinar las diferencias- pueden llegar todavía más lejos. El teórico Slavoj Zizek nos advierte que "la manera postmoderna estándar de rechazar la importancia del conflicto de clase no es precisamente llamar la atención acerca de la supuesta clase obrera en vías de desaparición sino más bien en enfatizar cómo el conflicto de clase no debería ser esencializado como el punto de vista final hermenéutico a cuya expresión todos los demás conflictos pueden ser reducidos". 
Justamente la espectacularización de los discursos culturales puesta en boga en el entorno neoliberal trata de negar la conflictividad, la diversidad y la especificidad de los procesos culturales, mucho más aquellos que tienen lugar en la periferia a que nos quieren limitar como seres actuantes y pensantes. La celebración de nuestra diversidad es un mito que encubre la deificación de lo único. Y esta unicidad es la que determina las jerarquías culturales.
Los puntos de referencia de lo que vale y brilla en las producciones culturales se afirman en el terreno de las industria cultural hegemónica. Un cineasta, un actor, una película encuentran su máxima legitimación cuando resultan nominados o conquistan un Oscar. Un intérprete, una canción, cuando los sacraliza un Grammy. Un pintor, un escultor, cuando subasta en Christie's y Sotheby's o lo adquiere el MOMA. Un video clip, cuando alcanza la estelaridad en MTV. Un narrador, cuando su novela es un best seller (henos ante otro término acuñado por el mercado anglosajón) o alcanza un premio muy bien dotado económicamente y concedido por las transnacionales de la edición. 
Ni qué decir de las culturas populares, condenadas a una subordinación folklórica que las encierra en los circuitos museables de la arqueología, en la trampa de las identidades congeladas, únicamente buenas para mostrar en embajadas culturales oficiales, cuando no en la categoría de los productos predestinados al consumo turístico más ramplón. 
Digamos la verdad. La práctica cotidiana de la inmensa mayoría de los medios en América Latina y el Caribe se halla comprometida y refuerza esta percepción unilateral y maniquea de los valores culturales que heredamos y generamos. Es hora, por tanto, de proponernos subvertir tales esquemas.

4.
El neo-neocolonialismo cultural se basa en la construcción del hombre trivial. La emancipación cultural tiene que destrivializar al hombre. Tenemos que hacer saber al ser humano que el mercado no tiene que ver nada con su rehabilitación humanista, sino todo lo contrario. Como ha afirmado Martín Barbero, "el mercado no puede crear vínculos societales, pues estos se constituyen en procesos de comunicación de sentido y el mercado opera mediante lógicas de valor que implican intercambios puramente formales, asociaciones y promesas evanescentes que sólo engendran satisfacciones y frustraciones pero nunca sentido". Tenemos que reivindicar para el hombre una cultura eminentemente social, restituirlo a una escala verdaderamente humana. 
Estamos en el deber de alertar acerca de los sucedáneos que, desde el dominio hegenómico, se nos presentan como alternativas para vivir de otra manera la cultura, como lo son la proliferación de nuevas religiones y terapeúticas místicas, libros de autoayuda y doctrinas de la nueva era. Todo ello apunta a un concepto de cultura light que muy bien describe el colega colombiano Carlos Fajardo al enumerar cómo lo que más se aprecia es "el facilismo, el paradigma del atajo , la pasión desmesurada por las nuevas tecnologías de la cibercultura, las realidades virtuales, la internet, la estética del video clip, lo tecno-imaginativo, el síndrome del zapping, la reivindicación del pastiche estético, ese reencauche híbrido y nostálgico por las producciones del pasado y el impulso de la simulación de la arrogancia y la salud corporal de las pasarelas". 
La destrivialización del ser humano no tiene que ver con prohibiciones ni censuras, con anteojeras ni descalificaciones apriorísticas, sino por fomentar desde una nueva capacidad crítica, un nuevo sentido de la historicidad, una nueva percepción de la memoria, que deshaga la visión inmediatista y pragmática prevaleciente, hasta la percepción de que los valores culturales de un pueblo, una nación, una región no es directamente proporcional al producto interno bruto, como lo ha señalado lúcidamente el escritor cubano Abel Prieto en diversos foros de debate cultural. 
"Una afirmación necesaria solo puede nacer si renace a sí misma", suele decir Jacques Derrida. El renacimiento humanista que debemos alentar es el de una atenta espiritualidad que articule nuestra capacidad de pensar y actuar, de reconocer y descubrir, de soñar y realizar los sueños.


2001. La Jiribilla. Cuba.
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