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LA
JIRIBILLA
LA ISLA DEL
CUNDEAMOR
(fragmento)
René
Vázquez Díaz |
Caibarién
Un día antes de que lo mataran, Mary le dijo a Nicotiano:
-No sé si lo sabía, pero hoy es el Festival de la Calle Ocho.
-No, la verdad es que no lo sabía -respondió él.
-Por prejuicios o por mil trabas mentales, nunca he ido. Si no te molesta, vayamos juntos. Quiero ver qué es eso.
A Nicotiano le encantó la idea; Guarapito lo había invitado alguna vez y Mireya también, pero a él esas cosas multitudinarias más bien lo importunaban. Por eso todos nos asombramos un poco de que Mary lo animara con tanta faciidad, y antes de que se fueran Hetkinen le dijo:
-Nicotiano, cuídense en el gentío; el caso de Bartolo y la puñetera droga podría seguir teniendo consecuencias.
-No pierdas de vista a Nicotiano y a Mery -le pedí yo a Maribarbola-; síguele los pasos por donde quiera que vayan.
La Calle Ocho estaba irreconocible. Aquello, le pareció a Mary, era más digno de una ciudad como Río de Janeiro o La Habana que de Miami, y demostraba hasta qué punto la presencia de sus hermanos negros era opacada por la de los latinos, sobre todo por la tremenda influencia cubana. Nicotiano, por su parte, de entrada asoció aquel ambiente de fiesta al aire libre con los carnavales de su niñez en Villalona.
Decenas de miles de personas sudorosas y exaltadas atiborraban la Calle Ocho desde la cuarta avenida hasta la 27 de la Sagüesera, en un tramo de colorido, bullicio ensordecedor y desaforado júbilo. Recios olores a sofritos y carne asada, a churros y pesacado frito, a alcohol y empanadas, a tamales y croquetas, se densificaban en una sala de transpiración masiva en la que se identificaban condimentos de las más estridentes aguas de colonia y los más indiscretos desodorantes. Nada menos que setenta y ocho tarimas, cada una con una orquesta diferente, amenizaba aquella fiesta que a fuerza de abigarrada , apoteósica y desproporcionada, se extraviaba en su propio desparpajo. Allí había latinos de todos los países de nuestra América y la música, la comida y el meneo delirante de los culos los unía en un frenesí que a los ojos de Mary era casi histeria pero que, sin duda, los hacía sentirse vivos, hasta un poco más reales quizá que en los días normales de trabajo, pertenecientes a una raza indefinible pero vibrante. Pese a las insalvables diferencias de estatus social, filiación política, color de piel y procedencia, aquel ambiente de parranda los nivelaba, los anonimizaba mezclándolos en una sola oleada humana dispuesta a embriagarse, vociferar y a divertirse. Los ritmos contagiosos de los corridos mexicanos, los merengues dominicanos, las cumbias colombianas, las sambas, los calipsos, las lambadas y todas las trabazones sonoras del son cubano, eso que por comodidad comerical llaman salsa, tenían en ebullición a miles y miles de bailadores que pasaban de un escenario a otro presas del mismo delirio. Era como sii aquella ocasión preciosa hubiera que aprovecharla hasta el último buchito y con una intensidad que excluía cualquier inhibición.
En una esquina había un grupo de cubanos -blancos y newgros- vestidos con unas camisas de chorreras y grandes vuelos rosados, amarillos y azules en las mangas, tocando un guaguancó que se imponía a pesar del ruido con su pleamar de tumbadoras, claves y chekerés. Una señora enjuta, de cabellera oxigenada ya muy rala y de edad indescifrable pero muy cerca del siglo de vida, se contoneaba en pasos sensuales y con los ojos en blanco como si el guaguancó la estuviera poseyendo con su vaivén lascivo. La gente le había hecho un corro y la ágil anciana, con talante de adolescente soñadora, se movía procazmente abriendo y cerrando las piernas, ondulando los flecos brazos carcomidos por las locuras del diglo, y no se sabía si se iba a elevar con el ritmo o si se desplomaría en trance, vencida por su propia felicidas. Ahora la vieja se apoyaba delicadamente una mano en la sien mientras movía en redondo la cintura y hacía vibrar mansamente sus hombros, al son que ahora se antojaba casi vegetal de los tambores cuyo obsesivo flujo de golpes acendrados, rituales, repetitivos, parecía engrasar las articulaciones de la anciana. la otra mano, que daba la impresión de tener muchísimos dedos, todos flacos y volátiles como flecos, dibujaba arabescos en la salsa congestionada del aire. De repente se produjo un cambio de ritmo, el oleaje se hizo más insistente y los tambores se descobaron provocando un estremecimiento en el cuerpecillo de la anciana:
Anabacoa coa coa
Anabacoa coa ca
Que yo me voy a Guanabacoa...
Patikimbombo, patikimbó
Arroz con picadillo, yucá
Sal de la cueva, majá
Que yo me voy a Guanabacoa...
En medio del fervor festivo había un señor con una pancarta que corría de un lado a otro, como si lo hubiera picado un alacrán, gritando: ¡Cuba sin Fidel Castro, Cuba sin Fidel Castro! Mary y Nicotiano, siempre vigilados por el atento Maribarbola, pasaron por un lugar donde había unas mesas adornadas con banderas cubanas en las que un llamado "Centro de Democracia Cubana" recogía firmas para la celebración de un plebiscito en La Habana. Un señor bañado en sudor, pero que no por ello se zafaba el nudo de la corbata, y que chillaba con la ayuda de un magnetófono más estridente que la voz de Celia Cruz, arengaba a la multitud ebria y desfilante que lo ignoraba y seguía: ¡Acérquense señoras y señores, apoyen la campaña cívica de todos los cubanos decentes y patriotas para la celebración de un plebiscito que devuelva la libertad a nuestra isla de Cuba!
La competencia política, por lo visto, se había disfrazado de carnavalera pero era igualmente encarnizada a pesar de las dulzuras melódicas, rítmicas y gastronómicas del Festival, y la Transacción Cubano Americana, siempre acuciosa, había armado una plataforma rodeada de mesas aparatosamente cubiertas con la gloriosa bandera cubana. En la plataforma había un quejumbroso grupo de viejos cuya edad promedio oscilaba entre los 75 y 79 años y que constituían "el núcleo más puro de los cubanos afectados por las expropiaciones del comunismo en la isla", según vociferaba otro activista con megáfono, que emulaba en floripondios verbales a su vecino más cercano mientras explicaba el contenido de las listas que, como largos papiros egipcios, estaban en las mesas: todo el que antes de 1959 hubiera poseído en Cuba bienes raíces, tierras o propiedades de cualquiera índole, debía apuntarse inmediatamente en las listas para que cuando Fidel Castro se cayera y empezara a funcionar en La Habana un Ministerio de Bienes Malversados auspiciado por la Transacción, todas sus antiguas propiedades les fueran devueltas legalmente. El activista entrevistó uno a uno a la caterva de despojos vivientes que a duras penas se mantenía en pie sobre la plataforma, uno de los cuales se quejó amargamente de que, "Allá en la provincia de Pinar del Río", en el lugar donde una vez estuvieran su residencia y "sus tierritas", ahora había una escuela gigante para alumnos minusválidos.
-¿Qué voy a hacer yo con esas instalaciones? -se quejaba el anciano, casi inaudiblemente a causa de los bucles y las floraciones del solo de flauta de la charanga vecina.
No lejos de los politiqueros estaba el tinglado de los religiosos, no menos inspirados y frenéticos, que vendían camisetas, sombreritos, globos y bermudas con esta inscripción insondable:
¡cristo te ha reservado un lugar en el oasis de la verdadera felicidad!
Entonces Mary, muerta de la risa, se preguntó qué lugar sería el más apetecido por los bienaventurados en aquel "oasis", si debajo de un cocotero, como en la propaganda turística de las agencias de viajes, o a la vera de algún arroyo de Dios. Nicotiano dijo que no valía la pena preocuparse, pues los mejores sitios ya estarían reservados por los que tenían medios para conseguir un pasaje de primera, incluso con ida y vuelta. pero la risa los dobló de veras en medio del apogeo de la múscia, los empujones, el lechón asado, los pistones y los culos ondulando en el calor ora perfumado ora hediondo, cuando vieron a un grupo de no menos de doscientos jóvenes que, abriéndose paso como un cerdumen de extraños peces con prisa, repartían pasquines religiosos portando grandes carteles de cartón que les cubrían el pecho y la espalda. Con unas letras remotamente góticas de un dorado fodforescente los carteles proclamaban:
cristo ama la calle ocho
Una conga pasó arrollando, y el cerdumen de peces religiosos tuvo que desparramarse un poco. Era una camarilla de negros con camisas y pañuelos rojos al cuello que tocaban bombos hechos a mano y como cuatro trompetas, dos trombones e infinidad de gangarrias y tumbadoras-quinto a la altura de la cintura. El ritmo que producían, de marcha imparable, estrepitosa y disonante, pero irresistible como una bocanada de humo narcotizante, arrastró a Nicotiano y a Mary un buen trecho sin que pudieran, ni quisieran, separarse de aquel deslumbramiento. No lejos de ellos, en medio de la marejada humana, un grupo de turistas seguramente escandinavos a juzgar por el despellejamiento solar de sus narices rosadas y por el acalambramiento ruborizado de sus esfuerzos de danza bajo el rigor de la conga, traídos quizás por algún guía turístico de los hoteles-chárter de Fort Lauderdale o de Miami Beach, intentaban mantener un mínimo de decencia en el toqueteo y el apelmazamiento de aquel guateque sin leyes mientras mordisqueaban algún tamal y la conga se arremolinaba en torno a ellos como un ciclón de música y miembros excitados. Sonaban las trompetas a todo dar y seguidamente el coro de arrolladores bramaba: Ay... Melembe, la Sagüesera ni se rinde ni se vende... ¡Malembe!
De pronto, como si alquien abriera la cortina de un sueño imposible, en la esquina de la 14 Ave. Vieron un enjambre de niños halando las cintas de colorines de una piñata criolla de tres pisos y 30 pies de ancho que tenía la forma de un gigantesco sombrero de yarey. Una infinidad de golosinas, juguetes y globos salió de la piñata y el alegre tumulto de los niños habría absorbido la atención de la pareja si Nicotiano no hubiera descubierto en la esquina, impávido y ligero como un corcho que la marea lleva y trae ausente de sí mismo y del olvido de la muchedumbre gracias a la borrachera que amenazaba con derribarlo al suelo, nada menos que al ex expedicionario de la gloriosa Brigada de Asalto 2506, el semiparacaidista diabético Curro Pérez. llevaba Curro unas cartulinas que, a modo de sándwich y muy similares a las de los religiosos pero de modesta confección casera, le colgaban en el pecho y en la espalda y decían, en letras disparejas pintadas con acuarela:
¡los mercenarios
de playa girón
nos merecemos
una pensión
como soldados
regulares
de la fuerzas
armadas de los estados
unidos de américa,
cojones!
-Si no fuera por lo borracho que está -se lamentó Nicotiano- y por el aspecto de loco que tiene, ya lo habrían descalabrado al pobre Curro.
La observación fue muy certera, pues a cada rato pasaba alguien y le propinaba un cocotazo al otrora aguerrido y admirado mercenario, como si no fuera más que un niño descarriado que jamás aprendió bien las lecciones del colegio. Nicotiano intentó llevárselo para que durmiera la curda en La Isla del Cundeamor, pero casi no logró establecer con él.
-Estoy haciendo usufructo -eructó y explicó con grandilocuencia el ex mercenario sin reconocer a Nicotiano- de mis sagrados derechos democráticos, ¡cojones!
Y siguió parado en su esquina, terco y lastimoso: varado, como el esqueleto oxidado y carcomido de una lancha de desembarco en la playa solitaria de las ruines traiciones de la era que le tocó vivir, mientras el feliz gentío lo zarandeaba y, en medio de burlas humillantes, lo salpicaban con Budweiser o con ron.
-¡Llévatelo viento de agua! -gritaba alguien y lo empujaba.
La Reina del Festival era Celia Cruz. A pesar de que Mary ya estaba harta de todo aquello y quería irse, Nicotiano la retuvo un momento para ver a aquella fuerza natural de la tierra y del sol de Cuba, el vozarrón sincopado de los ramilletes de islas bajo el viento. Cantaba Celia con la Orquesta de Tito Puente y le rendían homenaje nada menos que al "Bárbaro del Ritmo", Benny Moré. Era tal la multitud que se electrizaba y se apelmazaba ante el escenario de Celia y Tito Puente, que era imposible abrirse paso. Fue allí donde Maribarbola le perdió el rastro a la pareja.
René
Vázquez Díaz
(Caibarien, 1952)
Vive en Suecia. Ha publicado libros de teatro, poesía, relatos y novelas.
Han aparecido sus títulos La era imaginaria, Querido
traidor, La isla del cundeamor, a la cual pertenece el fragmento
incluido en esta sección, que será publicada próximamente en Cuba, con el sello de la Editorial Letras Cubanas.
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