LA JIRIBILLA
NOTICIAS DE UN BOXEADOR-ARISTÓCRATA 

¿Cuánto demora un emigrado económico en transfundir su discurso, en sustituir el vocabulario de la Revolución por el de la Contrarrevolución? ¿Se equivocará alguna vez en público, y dirá Fidel, o bloqueo, cuando debió decir Castro, o embargo? Comentarios sobre el libro El heroísmo revolucionario (Washington, Center for Free Cuba, 2001, 140 pp.) de Emilio Ichikawa Morín.

Enrique Ubieta Gómez |
La Habana


Confieso que sentí una curiosidad extrema cuando hallé este extraño librito de Emilio Ichikawa Morín, editado en Washington por el llamado Center for Free Cuba, con entrelineados y tipografía para adolescentes, y prólogo de Carlos Alberto Montaner. Más que un texto reflexivo, con su dosis posible de cinismo, me pareció una trampa, una burda provocación política. No estaba errado.

A pesar de su porte académico y de las buenas recomendaciones de contraportada, el autor muestra ahora mañas de boxeador profesional. Y entre fintas y golpes, aguanta por el costado no visible a su imaginario adversario, le pone traspiés e intenta clavarle el codo en el ojo. Lo que se remunera en definitiva no es la calidad del boxeo, sino el espectáculo. Mientras, el manager Montaner -que nada puede decirnos a los cubanos que nacimos y crecimos con la Revolución- azuza al lector-transeúnte con la "guapería" típica del apostador que está fuera del ring, siempre "vencedor", porque aunque pierda, gana sus pesos. "Avísenles a los castristas que aquí está Ichikawa"(p. 12), vocifera. El manager Montaner se siente eufórico con su nuevo gladiador formado en Cuba. Los viejos detractores de la Revolución se habían anquilosado, ya ni se acordaban de cómo era una guagua (si es que alguna vez la montaron), o un trabajo voluntario, sus discursos sólo eran "viables" para la claque partidista miamense o madrileña, que se regodeaba en anécdotas de los sesenta. La llegada de jóvenes como él, les da un respiro. Él, al menos, ha vivido en Cuba.

Pero Ichikawa, ¿cree en lo que dice? Ser un "hombre libre" en Miami no significa necesariamente decir lo que se piensa. Acaso significa también tener la libertad de decir, sin limitaciones éticas, lo conveniente. ¿O es que lo conveniente en Miami, de tanto repetirse, acaba por parecer verdadero? ¿Cuánto demora un emigrado económico en transfundir su discurso, en sustituir el vocabulario de la Revolución por el de la contrarrevolución? ¿Se equivocará alguna vez en público, y dirá Fidel, o bloqueo, cuando debió decir Castro, o embargo? No basta con aprender a usar los nuevos términos; en un continente azotado por la pobreza y las dictaduras militares, es necesario inventarse un país donde frases como "la sangre que la tierra absorbe"(p. 92 ), sean reales. Ichikawa acepta y asume las nuevas reglas del habla, aunque aparentemente -su reciente inserción en ese ámbito lingüístico le permite comprender su ineficacia-, se desmarque con la propuesta de un imposible consenso: "Una pragmática metodológica -dice- recomienda la concertación de acuerdos transitorios sobre el nombrar donde la pasión por la exactitud ceda ante la necesidad del diálogo"(p. 72). Tu renuncias a hablar de bloqueo, parece sugerir, y yo no menciono la palabra embargo. ¡¿Y no hablamos del asunto!?

Pero no creo que Ichikawa sea específicamente insincero, aunque sí falaz. Explicaré la contradicción: su escepticismo crónico lo hace honestamente cínico. No se avergüenza de "trampear" o de "jugar" con los hechos y las palabras, porque no cree en la existencia de la verdad. O, al menos, está convencido de que es legítimo manipularla. De un supuesto plan de estudio de la escuela de los konsomoles de la ex-URSS, extrajo una enseñanza bien aprendida, que atribuye a otros: "Para decirlo en un lenguaje más contemporáneo: a la propaganda no le importa tanto 'la verdad' como el efecto de 'veracidad'"(p. 136).

Ese descreimiento militante lo hace abrazar la clásica "filosofía" del Reader's Digest: "pudiéramos asociar la conducta revolucionaria a la psicología juvenil en política y la infantil en economía"(p. 107); "el aliado que me salía honesto no tenía inteligencia, el que tenía inteligencia, no era honesto. Y el que era honesto y también inteligente, pues ese, no era comunista"(p. 94). Agrego una frase más que no está en su libro, pero sí en el Reader's Digest, y sintetiza las anteriores: el que a los veinte años no es comunista, no tiene corazón; el que a los treinta siga siéndolo, no tiene cerebro. Ichikawa, por supuesto, es inteligente. Y ya se acerca a los cuarenta. Por eso quizás escribe: "Los debates públicos sobre el castrismo, cuando no aportan dinero o fama, apenas son interesantes para identificar alguna posición hasta ese momento desconocida o para registrar algún dato o chisme atrevido"(p. 132). ¿Qué le habrá aportado (o le estará aportando) su librito? En otro contexto de su alegato contrarrevolucionario, desliza una premisa social: "No es que el dinero carezca de moral, es que la presupone, es a veces hasta dador de sentido ético"(p. 89).

Es natural pues que le incomode el heroísmo revolucionario. Que los pioneritos cubanos repitan cada mañana en la escuela: "seremos como el Che", le provoca una comprensible irritación. "El hombre no se mueve por ideales sino por intereses"(p. 80), dice junto a un "sabio" valenciano y otro alemán, tesis que es interpretada, en mi opinión, desde una perspectiva vulgar. Pero debo detenerme en dos extremos básicos de su argumentación: el origen malévolo de la Revolución "resultado de fuerzas como la envidia, la inocencia, el odio, el rencor y hasta la venganza" (p. 45-46) y la futura "restauración" de una aristocracia "legítima". Sobre el primero escribe: "Se acostumbra a hablar a nivel abstracto de los ideales y la justicia pendiente en Cuba; pero sucede que esas macroexplicaciones de tendencias históricas dicen muy poco de los móviles reales de la actuación de los seres humanos concretos, en este caso de los cubanos" (p. 79). ¿Cuáles fueron las motivaciones reales? La respuesta, siguiendo una tendencia desmovilizadora del pensamiento finisecular, es patéticamente simple: "la subversión social que propuso el castrismo dio la oportunidad de 'emparejar' la sociedad, de que el vecino agraviado, el novio preterido, el hermano fracasado, etc., tomaran 'venganza' o hicieran 'justicia' sobre aquellos que habían ascendido en la escala social que propiciaba la República"(p. 84). 

Sin embargo, en 1957, una Encuesta sobre Empleo, Subempleo y Desempleo, realizada en pleno auge azucarero por el gubernamental Consejo Nacional de Economía -encuesta que no consideraba como trabajadores potenciales o frustrados al 1, 5 millón de mujeres catalogadas como 'amas de casa'- arrojaba que el 30,2 por ciento de la población laboralmente activa se encontraba desempleada, total o parcialmente. El Censo Nacional de 1953 describía una realidad insólita: el 42 por ciento de las viviendas en Cuba carecía de electricidad y el 53 por ciento de la población habitaba casas calificadas de ruinosas o malas. En 1957 la Asociación Católica Universitaria presentó un informe sobre la situación del campesinado cubano, que puede ser consultado por Ichikawa. No creo que esos datos puedan ser calificados de abstractos. "La justicia pendiente en Cuba" no era una consigna política, ni una conclusión teórica, sino una realidad lacerante y movilizadora.

Acompañado de los machadistas Alberto Lamar Schweyer y Orestes Ferrara, y de su manager Montaner, el autor desprecia y desautoriza a las masas. "La masa -dice, en singular- puede ser 'justiciera' pero no 'justa', es monovalente y puede lo mismo glorificar que asesinar.(...) La masa es un vértigo, un manojo de equívocos" (p. 138). Y añade más adelante: "Diez mil, medio o un millón de personas conforman una sola masa; una voz, un voto. Por tal razón en una hipotética consulta donde una multitud millonaria o 'masa' diga 'sí', y otros dos sujetos 'A' y 'B' digan 'no', habría ganado la alternativa negativa por dos votos contra uno"(p. 138).

La supuesta nueva "aristocracia" que, según él, gobierna el país, es culpable sobre todo de su origen humilde, " 'una aristocracia' de verde olivo' -dice- sin 'pedigree' " y agrega con desprecio de aristócrata: "es atea, prefiere la pelota al golf, los chicharrones al caviar" (p. 88). Entonces, aventura la tesis que, quizás, le ha soplado Montaner al oído, a nombre suyo o de Más Santos: "A veces pienso que, si de cualquier manera una sociedad va a tener su cúspide aristocrática, entonces es preferible que sea de verdad. No es lo mismo, digo yo, inclinarse ante una reina, que tener que celebrar los malos chistes de un miliciano con suerte. Va y hasta esa aristocracia juega un papel político importante, como el Rey en la transición española; o sirve de estímulo al turismo, como pasa con el resto de las monarquías europeas" (p. 89). Conste que, a pesar de su tono irónico, no es una broma. Ichikawa insiste una y otra vez en la restauración de la antigua aristocracia, aquella, dice, "que emergió en una república con raíces en la colonia y que (...) se mudó del panorama público cubano con sangre, dinero, modales, arte y todo lo demás" (p. 88). Pero, ¿quiénes son esos legítimos aristócratas? ¿Acaso el alcalde de Miami, acusado de corrupción? ¿o los líderes de la Fundación, con un rostro para la política palaciega y otro para el financiamiento de atentados terroristas? El Conde Montaner debe sentirse satisfecho. 

Emilio Ichikawa Morín a veces es, todavía, el ensayista y profesor universitario de antaño. Me lo imagino en la ardua tarea de reescribir los párrafos que nacieron demasiado veraces o sinceros, y que sus nuevos amigos le señalaron como "concesiones" inconscientes e inadmisibles, como "rémoras" de su formación inicial. El resultado es un amasijo de especulaciones y trampas retóricas, de idas y vueltas salpicadas de citas que, no obstante, dejará insatisfecho a un público miamense (o madrileño) ávido de sangre. No se puede ser un boxeador profesional, manteniendo la elegancia de un auténtico aristócrata. Y la aristocracia adquirida con esfuerzo, a golpes, no siempre es reconocida por los nobles de cuna. Pero algún título nobiliario le darán. Él lo merece.



2001. La Jiribilla. Cuba.
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